EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

"Mucho amor germina en la casualidad; tened siempre dispuesto el anzuelo, y en el sitio que menos lo esperáis encontraréis pesca".

Ovidio.

Baelo Claudia, siete años después.

Marco terminó de desabrochar la coraza y la dejó cuidadosamente sobre el soporte de madera.

Había sido una jornada larga. Los trabajos de reconstrucción de la ciudad ya casi habían concluido y, además de sus responsabilidades como comandante, dedicaba parte de cada día al entrenamiento de los nuevos legionarios destinados en Baelo Claudia.

Se pasó una mano por el cuello intentando aliviar el cansancio. Sin embargo, en cuanto las risas de sus hijos llegaron desde el atrium, toda la fatiga pareció desaparecer. Sonrió. No existía mejor recompensa que regresar a casa.

Desde el nacimiento del pequeño Marco, siete años atrás, la vida había vuelto a sonreírles.

Dos años después había llegado una niña.

La llamaron Claudia. Ninguno de los dos quiso olvidar jamás a la joven que un día había formado parte de aquella familia.

Desde entonces no habían vuelto a recibir noticias suyas.

Ni tampoco de Quinto. Lo último que Marco supo de su amigo fue a través de Máximus.

El emperador había destinado al tribuno a Tarraco, después de años recorriendo el Mediterráneo en una búsqueda que parecía no tener fin y de luchar en Judea.

Marco abandonó la habitación. Apenas puso un pie en el atrium, dos pequeños torbellinos corrieron hacia él.

—¡Padre!

El pequeño Marco fue el primero en lanzarse a sus brazos. Detrás llegaba Claudia, intentando alcanzar a su hermano con sus cortas piernas. Marco se agachó y los abrazó a los dos al mismo tiempo.

—¿Qué hacéis conspirando sin mí?

—Esperarte —respondió Claudia muy seria.

—Y mamá dice que esta tarde nos vas a llevar a la playa —añadió Marco.

—¿Eso ha dicho vuestra madre?

Los dos niños asintieron con entusiasmo.

—Pues tendremos que comprobar antes si os habéis portado como buenos romanos.

—¡Sí!

—¡Muchísimo! —respondieron al unísono.

Julia, que observaba la escena desde el pórtico, no pudo evitar sonreír. Aún le emocionaba contemplar a Marco convertido en padre. El severo comandante de la Novena Legión desaparecía por completo cuando cruzaba la puerta de su casa. Se acercó hasta ellos.

—No les creas. Hoy han puesto a prueba toda mi paciencia.

Marco levantó una ceja.

—Entonces quizá tenga que cancelar esa excursión.

—¡Nooo! —protestaron los dos niños.

Julia rompió a reír.

—Está bien. Confieso que solo ha sido un poco de paciencia.

Marco la rodeó por la cintura.

—Cada día estás más hermosa.

Ella negó divertida.

—Después de tantos años sigues exagerando.

—Después de tantos años sigo diciendo la verdad.

Julia alzó la vista hacia él. Todavía había momentos en los que le costaba creer cuánto había cambiado su vida. Le bastó una sonrisa para comprender que volvería a elegir aquel destino mil veces más. Marco se inclinó para besarla.

—¿Sabes cuánto te quiero?

—Déjame pensar...

Unas diez veces desde ayer.

—Entonces tendré que decírtelo once.

Los niños comenzaron a reír.

—¡Otra vez se van a besar! —protestó Marco fingiendo horror.

—¡Qué asco! —añadió Claudia escondiendo la cara entre las manos mientras espiaba entre los dedos.

Las carcajadas llenaron el patio. En ese instante un legionario apareció en la entrada. Se detuvo respetuosamente.

—Mi general. Ha llegado una misiva desde Tarraco. El mensajero espera vuestra respuesta.

La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Marco. Dejó a los niños en el suelo.

—Hazlo pasar.

Julia observó inmediatamente el cambio de expresión de su marido. Algo no iba bien. Un soldado cruzó el atrium y le entregó un pequeño rollo de pergamino sellado. Marco rompió el lacre. Leyó las primeras líneas. Su semblante se volvió completamente serio. Julia sintió un vuelco en el estómago.

—¿Qué ocurre?

Marco levantó lentamente la vista. Sus ojos buscaron los de ella.

—Es de Quinto.

El nombre bastó para que el corazón de Julia comenzara a latir con fuerza. Durante siete años habían esperado una noticia. Durante siete años habían rezado para que siguiera con vida.

—¿Qué dice? —preguntó casi sin voz.

Marco volvió a leer las últimas líneas. Después enrolló cuidadosamente el pergamino.

—Nos pide que vayamos inmediatamente a Tarraco.

Julia sintió cómo las lágrimas acudían a sus ojos.

—¿Ha encontrado a Claudia?

Marco guardó silencio unos segundos.

—No lo sé. Pero si Quinto nos llama después de tanto tiempo... es porque algo ha ocurrido.

Se volvió hacia el legionario.

—Decid al mensajero que partiremos al amanecer.

Después miró de nuevo a Julia. No hicieron falta más palabras. Los dos comprendieron que el destino volvía a llamarlos y que aquel viaje cambiaría sus vidas una vez más.

FIN