EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

Su voz sonaba tranquila, sin ira, sin lágrimas. Solo llena de una serenidad que jamás había conocido.

—No puedo ayudarte.

Tiberio negó desesperadamente con la cabeza.

—Valeria... No...

Ella dio un paso atrás.

—Durante años te temí. Hoy ya no. Los dioses han decidido por nosotros. Yo no voy a cambiar su voluntad.

Tiberio intentó llamarla de nuevo. Su voz apenas era un susurro.

—No me dejes...

Valeria lo miró por última vez.

—Adiós, Tiberio.

Se volvió hacia Servia.

—Vámonos.

La criada dudó unos instantes, después asintió en silencio.

Las dos mujeres comenzaron a alejarse. A su espalda todavía se escuchaban los débiles gemidos del hombre.

Valeria no volvió la cabeza. No porque fuera incapaz de sentir compasión.

Sino porque comprendió que, si lo hacía, volvería a convertirse en la mujer asustada que había sido durante tantos años. Y ella ya no era esa mujer.

Cuando abandonaron el teatro, una ligera brisa arrastró el polvo de las ruinas. Valeria respiró profundamente. No tenía casa, ni fortuna. Tampoco sabía qué le depararía el futuro pero, por primera vez desde que podía recordar... era libre.

Casarse con Tiberio había sido el mayor error de su vida.

Sin embargo, comprendió que el sufrimiento también la había transformado.

Cada golpe había intentado destruirla. Y, sin saberlo, había terminado por hacerla más fuerte.

Miró una última vez hacia las ruinas del teatro.

Aquel terremoto había arrebatado la vida a demasiadas personas inocentes.

Jamás podría alegrarse por semejante tragedia.

Pero en medio de tantadestrucción, los dioses también le habían concedido algo que creía perdido para siempre.

La posibilidad de decidir su propio destino.

Y, sin volver la vista atrás, echó a andar junto a Servia hacia una vida nueva.

Cuando por fin llegaron a la domus, comprobaron con alivio que, aunque el terremoto había abierto profundas grietas en varios muros y parte de la decoración se había venido abajo, la casa seguía en pie. Marco condujo a Julia hasta el dormitorio.

—Paulo, procura no pisar donde haya cascotes. Busca a Horacio y a Prisca. En cuanto los encuentres, tráelos inmediatamente.

—Sí, general.

El muchacho salió corriendo. Marco ayudó a Julia a sentarse sobre el lecho. Tenía el rostro completamente pálido.

—¿Dónde guardas la ropa limpia?

—En el arca... junto a la ventana.

Mientras buscaba una túnica seca, Marco no dejaba de observarla de reojo. Respiraba cada vez con mayor dificultad. Cuando regresó junto a ella comenzó a ayudarla a cambiarse.

En ese instante llamaron suavemente a la puerta.

—¿Podemos pasar?

—Adelante, Prisca.

La cocinera entró apresuradamente. Al ver el estado de Julia, su expresión cambió de inmediato.

—¿Qué ha ocurrido?

—Compruébalo tú —respondió Marco sin apartar la vista de su esposa—. Creo que el niño quiere adelantarse.

Julia intentó ponerse en pie para terminar de colocarse la túnica. No pudo. Un abundante chorro de líquido descendió entre sus piernas hasta formar un charco sobre el suelo.

Prisca reaccionó al instante. Sujetó a Julia por los hombros.

—No te levantes. Recuéstate inmediatamente.

Julia la miró desconcertada.

—¿Qué ocurre? ¿Le pasa algo al bebé?

Prisca le acarició el cabello con ternura.

—No, muchacha. Pero acabas de romper aguas. Tu hijo ha decidido que quiere conocer el mundo antes de tiempo.

Julia abrió los ojos con incredulidad.

—No... todavía falta casi un mes...

Marco sintió un nudo en el estómago. Él también lo sabía. Pero no podía permitirse mostrar miedo. Se arrodilló junto al lecho y tomó la mano de Julia entre las suyas.

—Todo saldrá bien. Te lo prometo.

Ella intentó sonreír pero una nueva punzada atravesó su vientre. Cerró los ojos y respiró profundamente.

—Marco... Ahora sí me duele...

Prisca levantó ligeramente la túnica para explorarla. Su expresión se volvió mucho más seria. Miró al general.

—El parto ha comenzado y va bastante adelantado. Si la partera no llega pronto... nosotros tendremos que traer a este niño al mundo.

Marco tragó saliva.

—Dime qué debo hacer.

—Lo primero, mantener la calma. Después dile a Horacio que hierva agua, prepare lienzos limpios y mande a un hombre a buscar a la partera. Corriendo.

Marco asintió. Jamás había sentido tanto miedo. Ni siquiera durante las batallas.

Mientras Horacio salía en busca de ayuda, las contracciones comenzaron a hacerse cada vez más frecuentes. Julia apretaba con fuerza la mano de Marco. Él notó cómo sus dedos temblaban.

—¿Desde cuándo te duele?

Julia evitó mirarlo.

—Desde que salimos del teatro... Pensé que solo era el golpe. No quería preocuparte.

Marco cerró los ojos un instante. Después apoyó la frente sobre la de ella.

—La próxima vez me lo dirás aunque sea la molestia más pequeña. ¿Me lo prometes?

Julia asintió. Otra contracción la hizo doblarse de dolor. Un gemido escapó de sus labios y Marco sintió que el corazón se le rompía.

—Respira conmigo. Eso es. Muy bien. Estoy aquí. No voy a soltarte.

Las horas transcurrieron lentamente. Fuera de la casa todavía se escuchaban gritos, órdenes y el ir y venir de los legionarios que socorrían a los heridos del terremoto.

Pero, dentro de aquella habitación, el mundo entero se había reducido a una única batalla.

La de Julia. Cada contracción era más intensa que la anterior.

El sudor empapaba su frente. Marco no dejaba de secársela con un paño húmedo.

Jamás se había sentido tan impotente. Habría dado cualquier cosa por sufrir él aquel dolor.

—Ya puedo ver la cabeza —anunció finalmente Prisca.

Julia reunió las pocas fuerzas que le quedaban. Marco la sostuvo por la espalda.

—Mírame. Solo un poco más. Lo estás haciendo muy bien.

Ella buscó sus ojos. Encontró en ellos la fuerza que ya no creía tener. Empujó una vez más, después otra y una tercera. Un pequeño llanto rompió el silencio.

Durante unos segundos nadie habló. Ni siquiera Marco. Prisca levantó al recién nacido entre sus brazos. Una sonrisa iluminó su rostro.

—Es un niño.

El general sintió que las lágrimas le nublaban la vista.

Aquel diminuto ser agitaba los brazos con fuerza mientras llenaba la habitación con su llanto.

Nunca había escuchado un sonido tan hermoso.

Prisca cortó cuidadosamente el cordón umbilical y envolvió al pequeño en un lienzo. Después se volvió hacia Marco.

—Tome. Conozca a su hijo.

El general extendió los brazos con una mezcla de respeto y temor. Jamás había sostenido algo tan frágil. Miró a Julia, ella lloraba de felicidad.

—Es precioso...

—Se parece a ti —susurró Marco.

Se inclinó para besarla en la frente y volviendo la vista al bebé, le dijo:

—Bienvenido a casa, hijo.

Después de asegurarse de que Julia y el recién nacido descansaban atendidos por Prisca, Marco regresó al campamento. La alegría por el nacimiento de su hijo apenas había podido disfrutarla. Baelo Claudia necesitaba a su general.

La ciudad presentaba un aspecto desolador. Muchas viviendas habían quedado reducidas a montones de piedra, los templos mostraban profundas grietas y las calles estaban cubiertas de cascotes, vigas y ánforas destrozadas.

Durante horas, legionarios y vecinos trabajaron codo con codo retirando escombros, rescatando a los heridos y recuperando los cuerpos de quienes no habían sobrevivido.

Aquel día, romanos, comerciantes, pescadores y esclavos habían dejado de lado cualquier diferencia. Solo existía una prioridad, salvar a los que aún podían salvarse.

Mientras ayudaba a trasladar a un anciano herido hacia el campamento, el centurión Lucio Flavius llegó apresuradamente hasta él.

—Mi general, será mejor que venga conmigo. Hay algo que debe ver.

Marco lo siguió sin hacer preguntas. Cuando regresaron a las inmediaciones del teatro, Lucio señaló discretamente hacia uno de los cuerpos que acababan de recuperar.

Marco se acercó despacio. Bastó un instante para reconocer aquel rostro.

Tiberio. La enorme losa que había aplastado la mitad inferior de su cuerpo no había dejado ninguna posibilidad de supervivencia.

Marco permaneció unos segundos en silencio.

No sintió alegría, tampoco lástima. Solo una profunda sensación de alivio.

Por fin comprendió que aquel hombre jamás volvería a amenazar a Julia, a su hijo ni a ninguno de los suyos.

El destino había dictado sentencia allí donde ningún tribunal habría podido hacerlo.

Mientras observaba el cadáver recordó unas palabras de Cicerón: "No hay cosa que el hombre procure conservar tanto ni administre tan mal como su propia vida. "

Después pensó en Quinto. Deseó con todas sus fuerzas que su hermano Máximus y el tribuno encontraran cuanto antes el barco de Spículus. Solo cuando Claudia regresara sana y salva podría considerar que aquella pesadilla había terminado de verdad. Lucio rompió el silencio.

—¿Qué hacemos con él, mi general?

Marco apartó finalmente la vista del cadáver.

—Tratadlo igual que a los demás. Que nadie diga que Roma

distingue entre muertos. Llevadlo con el resto.

Lucio inclinó la cabeza.

—Sí, señor.