CAPÍTULO 19
En cuanto el suelo comenzó a vibrar bajo sus pies, Marco comprendió que aquello no era un simple temblor.
Era un terremoto. Los primeros gritos resonaron entre las gradas mientras el público se levantaba presa del pánico.
En cuestión de segundos, miles de personas corrían desesperadas hacia las puertas de acceso, empujándose unas a otras con la única intención de escapar de aquel lugar.
Marco sintió un escalofrío. La avalancha que se estaba formando junto a la salida podía resultar aún más mortífera que el propio seísmo.
Julia reaccionó instintivamente. Sujetó a Paulo con una mano y a Helena con la otra mientras intentaba avanzar hacia donde se encontraba Marco.
Pero apenas dio un paso, un violento movimiento sacudió nuevamente el graderío.
El equilibrio desapareció bajo sus pies.
Los legionarios que la custodiaban trataron de protegerla del gentío, aunque ellos mismos apenas conseguían mantenerse en pie sobre las losas que no dejaban de estremecerse.
Helena se abrazó aterrorizada a su hermano.
Julia rodeó con un brazo a los dos niños mientras protegía su vientre con la otra mano, evitando que alguien la golpeara.
A lo lejos escuchó la voz de Marco.
—¡Julia! ¡No te muevas! ¡Espérame!
Intentó responder pero no tuvo tiempo. Una nueva sacudida, mucho más violenta, hizo que todos perdieran el equilibrio.
Cayeron sobre las gradas. Paulo amortiguó gran parte del golpe, pero Julia sintió un fuerte impacto en la espalda al chocar contra el borde de uno de los escalones de piedra.
El dolor le arrancó un gemido. Mientras intentaba incorporarse notó una punzada en el bajo vientre. Respiró hondo.
—¡Por los dioses! ¿Te he hecho daño, Paulo? —preguntó alarmada.
El niño, todavía aturdido, negó con la cabeza.
—No... pero pesas muchísimo.
A pesar del horror que los rodeaba, Julia estuvo a punto de sonreír. Helena, con los ojos llenos de lágrimas, se aferró con fuerza a su túnica.
—Tengo miedo, Julia... ¿Qué está pasando?
—Es un terremoto... tranquila... no os mováis.
Dos legionarios consiguieron llegar hasta ellos para ayudarla a levantarse mientras el suelo continuaba ondulando bajo sus pies.
Marco alcanzó por fin las gradas. Nada más llegar sujetó a Julia por los brazos.
—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
Julia respiró profundamente antes de responder.
—Solo ha sido el golpe...
Paulo se ha llevado la peor parte. Me he caído encima de él. Mentía. La espalda le dolía intensamente y aquella extraña molestia en el vientre comenzaba a preocuparla. Marco miró inmediatamente al muchacho.
—¿Estás bien, Paulo?
El niño asintió. Después dirigió la vista hacia los legionarios.
—No intentaremos salir por la entrada principal. Nos matarían en la avalancha. Aquí estamos más seguros. Las gradas descansan sobre la propia colina. Permaneceremos donde estamos.
Nadie discutió la orden. Frente a ellos, el escenario comenzaba a derrumbarse.
El estruendo era ensordecedor. Las columnas del frons scaenae se resquebrajaban una tras otra.
Las enormes piezas de mármol se desplomaban sobre los actores, levantando inmensas nubes de polvo.
Los gritos sustituyeron definitivamente a la música.
Una cornisa cayó sobre varios hombres que no tuvieron tiempo de escapar, después otra y otra más.
En apenas unos instantes el escenario desapareció bajo una montaña de escombros.
Era imposible saber cuántas personas habían quedado sepultadas.
Marco comprendió que nadie habría sobrevivido bajo semejante peso.
—Al suelo. ¡Todos al suelo! —ordenó.
Ayudó cuidadosamente a Julia a tumbarse mientras él se colocaba sobre ella para protegerle la cabeza y el cuello de los cascotes que seguían desprendiéndose. Los demás hicieron lo mismo.
El teatro entero crujía como si fuera a desplomarse. El polvo hacía cada vez más difícil respirar. Muy cerca de ellos, un niño lloraba arrodillado junto al cuerpo inmóvil de su madre.
Julia sintió un nudo en la garganta. Entonces ocurrió. Una sensación cálida comenzó a deslizarse entre sus piernas. Frunciendo el ceño, miró sorprendida la parte inferior de su túnica. La tela empezaba a oscurecerse rápidamente. Levantó la
vista hacia Marco. Su voz apenas fue un susurro.
—Marco... Creo que... creo que he roto aguas.
El general bajó inmediatamente la mirada.
Durante un instante sintió que el corazón dejaba de latir.
No era sangre pero aquello era casi peor.
El niño aún no debía nacer. No allí. No en mitad de aquel desastre.
Levantó lentamente la vista hacia Julia, comprobando que ella todavía no comprendía la gravedad de la situación.
Marco obligó a su rostro a mantener una serenidad que no sentía.
—No pasa nada. Vamos a salir de aquí enseguida. Después regresarás a casa y el galeno vendrá a verte. Todo irá bien.
Julia asintió, aunque la preocupación comenzaba a reflejarse en sus ojos. No estaba convencida.
Tan bruscamente como había comenzado, el temblor cesó. El silencio apenas duró unos segundos, después volvieron los gritos. Los supervivientes corrían entre el polvo intentando encontrar a sus familiares o escapar del edificio antes de que se produjera una nueva sacudida.
Marco se incorporó. Miró rápidamente a sus hombres.
—Buscad una salida alternativa. La entrada principal es una trampa. Si no regreso enseguida, organizad la evacuación y llevad a todos los heridos al campamento. No permitáis que nadie permanezca junto a columnas, muros o edificios dañados. Si vuelve a temblar, buscad espacios abiertos.
—Sí, mi general.
Uno de los legionarios señaló entonces un enorme boquete abierto en uno de los muros.
—¡Señor! El terremoto ha abierto una grieta. Quizá podamos salir por ahí.
Marco se acercó rápidamente. Inspeccionó la abertura con cautela. Al otro lado parecía haber espacio suficiente. Volviendo junto al grupo les dijo:
—Pasaremos por allí. Uno detrás de otro. Sin correr. Y si vuelve a temblar... os tiráis inmediatamente al suelo. ¿Entendido?
Todos asintieron. Marco ayudó a Julia a ponerse en pie. Paulo permanecía completamente callado, sujetaba con fuerza la mano de Julia. El niño alzó lentamente la vista.
—Julia... no me ha gustado nada la obra de teatro.
Ella, pese al dolor que comenzaba a sentir, le acarició el cabello.
—A mí tampoco, Paulo. A mí tampoco.
Pocos minutos después lograron abandonar el teatro.
Pero al salir, todos quedaron inmóviles.
La ciudad que habían dejado apenas unas horas antes había desaparecido.
Columnas derrumbadas, casas reducidas a montones de piedra, animales corriendo sin rumbo, gente excavando desesperadamente entre los escombros mientras llamaban a gritos a sus familiares…
Baelo Claudia había dejado de existir tal y como la conocían. Marco sujetó a Julia por el brazo.
—¿Puedes caminar?
Ella intentó sonreír.
—Sí... Estoy bien.
Pero volvió a mentir. Cada pocos pasos un dolor sordo comenzaba a repetirse en su bajo vientre.
Todavía no quería preocupar a Marco. Todavía no.
Porque, mientras avanzaban entre la devastación, empezaba a comprender que el terremoto quizá no fuera la única desgracia que los dioses les tenían reservada aquel día.
Valeria avanzaba con dificultad entre los restos del teatro siguiendo los pasos de Servia.
Cada piedra que esquivaban dejaba al descubierto una nueva escena de horror.
El escenario prácticamente había desaparecido.
Enormes bloques de mármol cubrían el lugar donde apenas unos instantes antes los actores hacían reír al público.
Bajo ellos asomaban brazos inmóviles, sandalias destrozadas y fragmentos de túnicas cubiertos de polvo.
Valeria sintió un escalofrío, jamás olvidaría aquella imagen.
Especialmente la de uno de los actores que había intentado escapar cuando una de las columnas se desplomó sobre él.
Llevaba una larga peluca rubia. Durante unos instantes había luchado desesperadamente por liberarse, pero el peso del mármol había terminado por vencerlo.
—¿Os encontráis bien, ama? —preguntó Servia con preocupación.
Valeria asintió lentamente.
—Sí. Solo quiero salir de aquí.
La criada observó el escenario.
—Creo que podremos hacerlo por ese lado.
El general ha sacado a su esposa por una grieta abierta en el muro.
—Entonces sigámoslos.
Avanzaron con cuidado entre los escombros. Cuando pasaban junto al cadáver del actor, Valeria se detuvo de repente. Frunció el ceño. La peluca se había desplazado ligeramente. Debajo asomaba parte de un rostro que le resultaba inquietantemente familiar. El corazón comenzó a latirle con fuerza.
—Servia...
La criada se volvió.
—¿Qué ocurre?
Valeria levantó lentamente una mano.
—Mira.
Servia siguió la dirección de su dedo. Durante unos segundos ninguna de las dos dijo una palabra.
Después avanzaron hasta quedar frente al cuerpo.
Valeria se arrodilló. Con manos temblorosas retiró completamente la peluca.
Al volver el rostro del hombre hacia la luz, sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Era Tiberio. Una enorme losa le aprisionaba desde la cintura.
La sangre empapaba la túnica. Aún respiraba.
Abrió lentamente los ojos y al reconocerla, un hilo de voz escapó de sus labios.
—Valeria... Ayúdame...
Ella permaneció inmóvil. Lo contempló durante largos segundos.
Aquel hombre le había arrebatado la juventud, la tranquilidad, la dignidad…
Había convertido su vida en un infierno.
Y, sin embargo... ya no sentía odio. Solo un inmenso cansancio.
Tiberio intentó incorporarse. Un gesto de dolor le arrancó un gemido.
—Por favor...
Valeria levantó lentamente los brazos, todavía le dolían al moverlos.
—¿Ves estos brazos?
Los alzó apenas unos centímetros.
—Todavía no han terminado de curarse desde la última vez que me los rompiste.