CAPÍTULO 18 #4
Tiberio llevaba siete largos meses esperando una oportunidad como aquella.
Desde el ataque de los mercenarios no había podido volver a poner un pie dentro de Baelo Claudia.
Nada más descubrir su traición, Marco había ordenado cerrar la ciudad para él y había ofrecido una recompensa de mil sestercios a quien proporcionara cualquier información sobre su paradero.
Su casa permanecía sellada. Ni siquiera había podido acceder a ella utilizando el pasadizo secreto.
Había intentado ponerse en contacto con su esposa en varias ocasiones.
Todas habían sido inútiles. La muy ingrata ni siquiera había respondido a sus mensajes.
Una mueca de desprecio cruzó su rostro. Aquella mujer debía de sentirse protegida bajo la autoridad del general.
No importaba. Tarde o temprano cometería un error.
Y cuando llegara ese momento... nadie podría impedirle terminar lo que había empezado la última vez que la golpeó.
Oculto bajo el disfraz de uno de los actores de la compañía, nadie parecía haber reparado en él.
Desde un lateral del escenario dominaba buena parte del graderío.
Sus ojos encontraron enseguida a su esposa.
Allí estaba, sentada junto a su criada. Sonriendo, como si nada hubiera ocurrido.
Los dedos de Tiberio se crisparon lentamente.
También ella tendría que pagar por su traición.
Entonces un movimiento llamó su atención.
Por uno de los accesos apareció Marco Vinicius acompañado de varios legionarios.
No caminaban como simples espectadores. Buscaban a alguien.
Los soldados comenzaron a repartirse discretamente por las distintas salidas mientras el general intercambiaba unas breves órdenes con el centurión Lucio Flavius.
Tiberio apenas necesitó unos segundos para comprenderlo.
Lo habían descubierto. Su mirada recorrió rápidamente el teatro.
Las entradas, las escaleras, los vomitorios…
Cada posible vía de escape comenzaba a cerrarse.
Maldita fuera. Aquel romano siempre iba un paso por delante.
Observó entonces cómo Marco ascendía hacia la zona reservada a los patricios.
Seguía exactamente la dirección donde se encontraba Julia.
La joven levantó la cabeza al verlo llegar.
Sonrió y se incorporó lentamente para recibirlo.
Fue entonces cuando Tiberio reparó por primera vez en su vientre.
Su expresión cambió. Estaba embarazada. Durante unos instantes permaneció inmóvil.
Después una sonrisa lenta y cruel se dibujó en sus labios.
Así que Spículus había fracasado. Ni el mar...
ni el acero... habían conseguido acabar con ella.
Apretó la mandíbula. Si hubiera tenido a Julia al alcance de la mano...
habría terminado allí mismo el trabajo que el mercenario dejó inconcluso.
Ella y el hijo que llevaba en el vientre.
Los dos. Sin embargo, aquella no era la ocasión.
Por primera vez en mucho tiempo, Tiberio hizo lo único sensato que podía hacer.
Retrocedió un paso y comenzó a pensar cómo escapar del cerco antes de que Marco llegara hasta él.
Marco estaba ya a escasos metros de las gradas donde esperaba Julia. En cuanto ella lo vio aparecer entre el gentío, toda la inquietud que había reflejado su rostro durante la representación desapareció de golpe. Sonrió. Por fin había llegado.
Marco le devolvió la sonrisa mientras seguía avanzando hacia ella.
Entonces ocurrió. Sintió bajo sus sandalias una ligera vibración.
Tan leve que durante un instante creyó haberla imaginado.
Frunció el ceño y se detuvo apenas un segundo.
Julia también había dejado de sonreír. Lo miraba con una expresión extraña.
Como si ella hubiera percibido exactamente lo mismo.
Un rumor sordo comenzó a llegar desde las entrañas de la tierra.
Era un sonido profundo, lejano, cada vez más intenso.
Marco volvió lentamente la cabeza hacia el escenario.
Las columnas vibraban. Una de las máscaras colgadas en el decorado cayó al suelo.
Después rodó una crátera. Los actores dejaron de recitar.
El silencio apenas duró un instante. El suelo volvió a sacudirse, esta vez con mucha más violencia.
Las hornacinas del escenario temblaron. Varias piezas de mármol comenzaron a desprenderse y un grito desgarró el teatro.
—¡Corred! La tierra tiembla.
Otro grito surgió desde las gradas.
—¡Un terremoto!
El pánico estalló de inmediato. Los espectadores abandonaron precipitadamente sus asientos. Los niños lloraban. Las mujeres gritaban. Los esclavos intentaban abrirse paso entre la multitud. Marco sintió cómo el graderío se balanceaba bajo sus pies. Su único pensamiento fue Julia.
—¡Julia!
Comenzó a abrirse paso empujando a quienes huían en dirección contraria.
—¡No te muevas! ¡Espérame ahí!
Pero ya era imposible distinguirla con claridad. La multitud se había convertido en una marea humana que corría desesperadamente hacia las salidas mientras el teatro entero crujía como si fuera a desplomarse sobre ellos.