EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 18 #3
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CAPÍTULO 18 #3

—Entonces aceptaré la invitación pero solo porque quien me la hace es mi marido.

Marco besó suavemente su frente.

—No esperaba otra respuesta.

Y permanecieron un largo rato abrazados, disfrutando de aquella tarde tranquila, ignorando por unos instantes que, en algún lugar del inmenso Mediterráneo, el destino de Claudia seguía siendo una incógnita.

El teatro de Baelo Claudia se alzaba en el extremo occidental de la ciudad, adosado a la muralla y aprovechando la ladera natural de la colina.

Desde la basílica se accedía directamente a la entrada principal y, gracias a la inclinación del terreno, las gradas ascendían en perfecta armonía con el trazado urbano.

Aunque no era uno de los mayores teatros de Hispania, podía albergar cerca de dos mil espectadores.

Las distintas cáveas distribuían al público según su condición social.

Los magistrados y las familias patricias ocupaban las mejores localidades, mientras que libertos, esclavos y mujeres accedían por entradas diferentes hasta los sectores que les correspondían.

Julia llevaba ya un buen rato sentada junto a Paulo y Helena.

Por expreso deseo de Marco, varios legionarios permanecían discretamente repartidos entre el público, vigilando sin apartar la vista de la esposa de su general.

Aquellas precauciones ya formaban parte de su vida cotidiana.

Marco le había prometido reunirse con ellos en cuanto terminara el entrenamiento, pero todavía no había aparecido.

Paulo, incapaz de permanecer quieto, no dejaba de levantarse para contemplarlo todo. Sus ojos recorrían con asombro el escenario, las altas gradas y la elegante decoración del frons scaenae, donde columnas, hornacinas revestidas de mármol y pilas ornamentales reflejaban la luz de la tarde.

—¡Mira, Julia! —exclamó señalando el escenario—. ¡Ya salen!

—Sí, ya los veo. Pero siéntate de una vez o acabarán echándonos del teatro.

—¡Es enorme! —dijo sin hacerle demasiado caso—. ¿Dónde está el general? Se lo va a perder.

Julia volvió la vista hacia la entrada.

—No lo sé. Me prometió que llegaría antes de empezar.

También ella comenzaba a inquietarse. Desde el ataque de los mercenarios, la tranquilidad de Baelo Claudia nunca había terminado de regresar.

El edil, consciente del temor que aún reinaba entre los habitantes de la ciudad, había organizado aquella representación con la esperanza de devolverles, aunque solo fuera durante unas horas, la alegría perdida.

El dominus gregis, director de la compañía teatral, había escogido para la ocasión una de las comedias más celebradas de Plauto.

Aulularia. Julia nunca había tenido ocasión de verla representada.

Los músicos ocuparon su lugar e instantes después aparecieron los primeros actores.

Todos eran hombres. Incluso quienes interpretaban personajes femeninos ocultaban su rostro tras máscaras pintadas y largas pelucas de vivos colores.

El elevado coturno que calzaban aumentaba todavía más su estatura, permitiendo que los espectadores distinguieran perfectamente sus movimientos desde cualquier punto del graderío.

Paulo volvió a ponerse en pie.

—¡Julia! ¡Mira los zapatos!

Antes de que ella pudiera responder, un anciano sentado unas filas más atrás carraspeó con evidente impaciencia.

—Muchacho... ¿Piensas sentarte alguna vez?

Paulo obedeció inmediatamente. Julia no pudo evitar sonreír.

—¿Ves? Ya te lo había dicho.

El niño se encogió de hombros, aunque apenas tardó unos instantes en volver a asomarse entre las cabezas del público.

La representación comenzó. La historia narraba las desventuras de un anciano tan avaro que, tras encontrar una olla repleta de monedas de oro, vivía convencido de que todos pretendían robársela.

Las ocurrencias de los esclavos arrancaban continuas carcajadas al público.

Los cocineros, exagerando cada uno de sus movimientos, provocaban nuevas risas con sus danzas.

Julia sonreía, aunque para su gusto la obra resultaba excesivamente fantasiosa.

Sin embargo, admiraba la extraordinaria habilidad con la que Plauto jugaba con el lenguaje.

Cada diálogo parecía cuidadosamente construido para provocar una nueva carcajada.

Aun así, le costaba concentrarse. Por tercera vez volvió la cabeza hacia la entrada.

Marco seguía sin aparecer. Inconscientemente llevó una mano hasta su vientre.

El pequeño no dejaba de moverse. Sonrió con ternura mientras acariciaba lentamente la tela que cubría su embarazo.

—Parece que tú también quieres ver la función... —susurró para sí.

Aun así, una extraña inquietud comenzó a instalarse en su pecho. Marco nunca incumplía una promesa. Y si todavía no había llegado... era porque algo lo había retenido.

Mientras Julia esperaba inquieta el comienzo del segundo acto, Marco recibía una noticia que le heló la sangre. Acababa de terminar el entrenamiento y se disponía a abandonar el campamento para reunirse con su esposa cuando el centurión Lucio Flavius irrumpió precipitadamente en su tienda.

—¡General!

Marco se volvió de inmediato. La expresión del centurión bastó para comprender que algo grave había ocurrido.

—¿Qué sucede?

—Uno de nuestros informadores acaba de enviar un aviso. Cree haber localizado a Tiberio.

Marco dio un paso al frente.

—¿Estás seguro?

—Todo indica que sí. Aprovechando la llegada de la compañía teatral, se ha mezclado entre los actores. Va disfrazado, pero nuestro hombre no lo ha perdido de vista.

Marco sintió un escalofrío.

—¿Dónde?

Lucio vaciló apenas un instante.

—En el teatro.

Durante una fracción de segundo el general permaneció inmóvil. Después reaccionó. Julia. Sin decir una palabra más salió de la tienda a toda velocidad.

—¡Lucio!

El centurión corrió tras él.

—¡Reúne a varios hombres y sígueme!

Mientras descendían hacia la ciudad, Marco preguntó sin dejar de correr.

—¿Nuestro informador continúa vigilándolo?

—Sí, general. No se ha separado de él. Como estaba solo, envió a un vecino para avisarnos.

Marco aceleró todavía más el paso.

—Que los dioses hagan que no lleguemos tarde...

Atravesaron las calles de Baelo Claudia a la carrera. El teatro ya estaba lleno cuando alcanzaron la entrada. Las carcajadas del público impedían distinguir cualquier otro sonido.

Marco recorrió las gradas con una rápida mirada.

—Separémonos. Quiero a Tiberio vivo. Nadie actuará por su cuenta. Lo necesito para interrogarlo.

Los legionarios se dispersaron discretamente entre el gentío.

Marco subió hacia la zona reservada para las familias patricias.

Sabía que Julia estaría esperándolo allí.

A lo lejos distinguió enseguida a Paulo.

El muchacho acababa de ponerse en pie para señalar algo del escenario y, como era habitual, Julia lo obligó a sentarse mientras varios espectadores protestaban con evidente impaciencia.

A pesar de la situación, una leve sonrisa cruzó el rostro del general.

Al menos seguían allí. Seguían a salvo. Se volvió hacia Lucio.

—Ya los he localizado. Saca a algunos hombres por la parte posterior del escenario. Que nadie permita escapar a Tiberio. Yo sacaré a Julia del teatro sin levantar sospechas.

Lucio asintió.

—Como ordenéis, mi general.

El centurión desapareció entre la multitud acompañado por varios legionarios. Marco respiró hondo. Después comenzó a descender lentamente entre las gradas. Sin saberlo, tanto él como Tiberio avanzaban el uno hacia el otro. Y solo uno de los dos abandonaría aquel teatro con libertad.