EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

—No nos debéis nada, señor. Solo traednos de vuelta a nuestra muchacha.

Quinto asintió sin decir una palabra. Desde detrás de Prisca apareció Paulo. El niño llevaba días esperando aquel momento.

—¿Ya os marcháis?

Quinto sonrió.

—Así es, pero antes tengo que agradecerte una cosa.

Se agachó con dificultad hasta quedar a la altura del pequeño.

—Fuiste muy valiente. Quizá más que muchos soldados.

Paulo infló el pecho con orgullo.

—Cuando sea mayor seré legionario. Como tú.

Quinto le revolvió cariñosamente el cabello.

—Entonces tendré que andarme con cuidado, no vaya a ser que acabes quitándome el puesto.

Las risas aliviaron durante unos instantes la tristeza que envolvía la despedida. El niño volvió inmediatamente la cabeza hacia su madre.

—¿Puedo ir al puerto?

Prisca sonrió.

—Ve, pero no te separes del general.

Cuando llegaron al puerto, la quinquerreme de la Classis Mauretania estaba preparada para zarpar. Los marineros terminaban de asegurar las últimas provisiones mientras los legionarios ocupaban sus puestos. Máximus esperaba junto a la pasarela. Nada más ver a Marco, lo abrazó con fuerza.

—Cuida de Julia y de ese sobrino al que todavía no conozco.

Marco respondió al abrazo.

—Te estaremos esperando. Ahora eres tú quien debe cuidar de Quinto. Todavía no está completamente recuperado.

Máximus sonrió.

—No pienso perder de vista a ninguno de los dos.

Después su expresión se volvió más seria.

—¿Y Tiberio?

Marco negó lentamente.

—Ha desaparecido, pero sigue vivo. Y mientras siga respirando... Julia no estará completamente a salvo.

Máximus asintió.

—Entonces encontradlo antes que él os encuentre a vosotros.

Los dos hermanos se estrecharon nuevamente en un silencioso abrazo. No hicieron falta más palabras. Después Marco se volvió hacia Quinto. Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Finalmente el general dio un paso al frente y lo abrazó.

—Tráela a casa.

Quinto cerró los ojos.

—No regresaré sin ella.

Era una promesa, Marco lo sabía. Se separaron lentamente.

Quinto subió la pasarela y ocupó su lugar junto a la borda.

Pocos instantes después sonó la orden de levar amarras.

Las velas comenzaron a desplegarse. Los remos entraron al unísono en el agua y muy despacio, la gran nave romana fue alejándose del muelle.

Marco permaneció inmóvil observándola. A su lado, Paulo seguía el barco con la misma atención.

Cuando la costa empezó a quedar atrás, el niño rompió el silencio.

—¿Creéis que volverán pronto, mi general?

Marco tardó unos segundos en responder. No apartó la vista del horizonte.

—Solo los dioses lo saben.

Su voz sonó serena, aunque cargada de melancolía.

—Pero conozco a Quinto. Mientras Claudia permanezca lejos de él... su hogar estará allí donde la esté buscando.

Y el general continuó mirando el barco hasta que la silueta de la quinquerreme se confundió con el azul del Mediterráneo.

Baelo Claudia, siete meses después.

Julia descansaba sentada en uno de los bancos del atrio después de la comida.

Estaba a punto de cumplir ocho meses de embarazo y el vientre había crecido tanto que Marco apenas se atrevía a dejarla sola un instante.

Aquella mañana había tenido que insistirle casi con amenazas para que abandonara la domus y acudiera al campamento.

Conforme habían transcurrido los meses, el general se había vuelto todavía más protector.

Solo consentía separarse de ella cuando quedaba acompañada por alguien de absoluta confianza, y nunca durante demasiado tiempo. Aquel día el encargado de hacerle compañía era Paulo.

Desde la desaparición de Claudia, Helena había asumido muchas de las tareas que antes desempeñaba la joven.

El pedagogo estaba muy satisfecho con la niña.

Aprendía con una rapidez sorprendente y acompañaba a Horacio al mercado para llevar las cuentas, ya que su padre apenas sabía leer ni escribir.

Ningún mercader conseguía engañarla. Julia sonreía cada vez que la veía discutir un precio con hombres que duplicaban su edad.

Paulo, por el contrario, alternaba las pequeñas tareas que realizaba en el campamento con una misión que Marco le había encomendado personalmente: vigilar a Julia cuando él no estaba.

El muchacho se había convertido, sin darse cuenta, en el pequeño confidente del general.

Julia no podía evitar enternecerse al contemplar la complicidad que existía entre ambos.

Después de un largo rato sintiendo la mirada fija del niño sobre ella, terminó por romper el silencio.

—¿Por qué me miras tanto, Paulo? —preguntó divertida—. Llevas un buen rato observándome sin decir una palabra... y eso sí que es raro en ti.

El muchacho seguía mirando fijamente su enorme vientre.

—Porque hay una cosa que no entiendo.

—¿Ah, sí? Pues dime.

Paulo frunció el ceño.

—Nadie quiere explicarme cómo has conseguido tragarte un melón entero.

Julia abrió mucho los ojos.

—¿Cómo dices?

—Pues eso. Yo he intentado comerme uno muchas veces y siempre tengo que partirlo en trozos. Pero el tuyo... —dijo señalando su vientre—... cada día es más grande.

Julia no pudo contener la risa.

—¿Y quién te ha contado semejante disparate?

—Nadie. Como nadie quiere explicármelo, he pensado que tu melón debía de ser muy pequeñito cuando te lo comiste... como una semilla.

Julia rompió a reír con ganas. Hacía mucho tiempo que no lo hacía de aquella manera.

—¡Eres un verdadero demonio!

Paulo seguía observando su barriga con absoluta seriedad.

—Entonces... ¿no es un melón?

Julia respiró hondo intentando recuperar la compostura.

—No, Paulo. No tengo ningún melón. Voy a tener un bebé.

El niño dio un respingo.

—¿¡Un bebé!?

La miró horrorizado.

—Eso no puede ser. Los bebés no se comen.

—¿Y quién ha dicho que me lo haya comido?

Paulo volvió a señalar su vientre.

—Entonces... ¿cómo ha entrado ahí?

Julia carraspeó. Nunca se había encontrado en una situación semejante. Miró instintivamente hacia el jardín, como esperando que apareciera alguien dispuesto a rescatarla. No había nadie.

—Bueno... eso...

El niño esperaba la respuesta con los ojos muy abiertos.

—¿Y cómo va a salir?

Julia abrió la boca y la volvió a cerrar. Notó cómo las mejillas empezaban a arderle y respondió lo primero que se le ocurrió.

—Pues... por la rodilla.

Paulo permaneció inmóvil. Parpadeó una vez, después otra y una tercera. Finalmente negó con energía.

—Eso no puede ser. Yo me caí hace unos días y me hice una herida enorme en la rodilla y de allí no salió ningún bebé.

Julia ya no sabía dónde meterse.

—Bueno... eso solo les pasa a las mujeres. Los hombres no podéis tener bebés.

El pequeño soltó un enorme suspiro de alivio.

—¡Uf... menos mal! Ya me estaba imaginando teniendo un hijo cada vez que me cayera.

Julia volvió a estallar en carcajadas.

Oculto tras una de las columnas del peristilo, Marco contemplaba la escena sin que ninguno de los dos hubiera advertido su presencia.

Había regresado del campamento hacía unos minutos.

Al escuchar la risa de Julia, se había detenido sin hacer ruido.

Hacía meses... muchos meses... que no la oía reír de aquella manera.

Y comprendió que, si los dioses le permitían conservar aquel instante para siempre, no pediría nada más.

Sonriendo para sí, abandonó finalmente su escondite.

—¿De qué hablan ustedes con tanto entusiasmo? —preguntó acercándose.

Paulo se volvió inmediatamente.

—¡General! ¿Sabía usted que los hombres no podemos tener bebés? Me lo acaba de explicar Julia. ¡Menudo alivio!

Marco tuvo que contener la risa. Se agachó hasta quedar a la altura del niño.

—¿De verdad? ¿Y estás completamente seguro de eso?

Paulo asintió convencidísimo.

—Claro. Julia me lo ha explicado muy bien.

Marco levantó la vista hacia su esposa. Ella lo miraba con expresión amenazadora, suplicándole en silencio que no siguiera por aquel camino pero era demasiado tarde.

—Entonces será mejor que otro día tengamos tú y yo una conversación de hombres. Cuando seas un poco mayor.

Paulo pareció quedarse pensativo unos segundos. Después sonrió.

—De acuerdo, pero ahora tengo que irme al campamento.

Marco asintió.

—Puedes marcharte. Eso sí... mañana tendrás otra misión.

El muchacho abrió mucho los ojos.

—¿Cuál?

—Acompañarás a Julia al teatro hasta que yo termine el entrenamiento. No quiero que vaya sola.

El rostro del niño se iluminó.

—¿Al teatro? ¡Nunca he estado en un teatro! ¡Claro que iré!

Se despidió agitando la mano y salió corriendo del atrio. Julia intentó llamarlo.

—¡Hasta mañana, Paulo!

Pero el muchacho ya había desaparecido. Marco tomó asiento junto a ella. Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Después él la miró con una sonrisa imposible de disimular.

—¿Por la rodilla?

Julia se llevó una mano a la frente.

—No te rías... fue lo primero que se me ocurrió.

Marco rompió finalmente a reír.

—Tengo que reconocer que ha sido la explicación más ingeniosa que he oído jamás. No recuerdo haberte visto tan colorada desde el día de nuestra boda.

Julia le dio un suave codazo.

—No seas malo. Me has dejado sola frente al peor interrogatorio de mi vida.

Marco pasó un brazo alrededor de sus hombros y la atrajo con cuidado hacia él.

—Lo has resuelto bastante bien. Aunque me temo que dentro de unos años tendremos que darle una explicación un poco más convincente.

Julia apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Eso se lo dejo a su general. Él fue quien empezó a hacer preguntas.

Los dos rieron otra vez. Después Marco acarició con ternura el vientre de su esposa.

—¿Cómo te encuentras esta tarde?

Julia bajó la vista hacia su enorme barriga y sonrió.

—Pues... exactamente igual que dice Paulo. Como si me hubiera tragado un melón.

Los dos estallaron de nuevo en carcajadas. Cuando la risa se fue apagando, Marco volvió a abrazarla.

—Mañana iremos al teatro. Creo que te vendrá bien salir un poco de casa. Y, además... hace demasiado tiempo que Baelo Claudia no ve sonreír a su señora.

Julia levantó la vista hacia él. Sus ojos brillaban otra vez con aquella luz que Marco tanto había echado de menos.