CAPÍTULO 18
«Desdichado es el que por tal se tiene.»Séneca.
Quinto permanecía apoyado en el marco de la puerta, observando en silencio cómo los esclavos terminaban de acomodar a Julia sobre el lecho de la habitación. Por fin habían podido trasladarla desde el quinquerreme.
El galeno había esperado hasta estar seguro de que el viaje no pondría en peligro su vida ni la del niño que llevaba en su vientre.
Aun así, el corto trayecto desde el puerto hasta la domus había bastado para agotar las escasas fuerzas que la joven había conseguido recuperar.
Su rostro seguía demasiado pálido. Las mejillas, hundidas y el brillo que siempre había iluminado sus ojos parecía haberse apagado.
Quinto sintió un nudo en la garganta. Aquellos días de convalecencia habían dejado cicatrices en todos ellos. Marco apenas hablaba. Julia sonreía únicamente para tranquilizar a quienes la rodeaban. Y él... él convivía con una rabia silenciosa que amenazaba con consumirlo por dentro.
Cada mañana preguntaba por los preparativos de la expedición. Cada mañana recibía la misma respuesta. «Aún no.» Sabía que Máximus había retrasado su partida únicamente por el delicado estado de Julia. Pero ahora ella ya estaba en la domus. No quedaba ningún motivo para seguir esperando.
Dentro de la habitación, Marco terminaba de acomodar las mantas mientras Máximus conversaba en voz baja con el galeno.
Los dos hermanos impresionaban por su parecido.
La misma estatura, La misma complexión, hasta la misma serenidad en los momentos difíciles.
Durante un instante, Quinto sintió una profunda envidia.
Ellos aún se tenían el uno al otro. Él no sabía siquiera si Claudia seguía con vida.
Marco levantó la vista y descubrió a su amigo en la puerta. Una leve sonrisa asomó a su rostro.
—¿Qué haces ahí, Quinto? Entra.
La voz del general hizo que Julia volviera lentamente la cabeza. Al verlo apoyado sobre el bastón, una mezcla de alivio y tristeza cruzó su rostro.
—¡Quinto...!
Los ojos se le llenaron inmediatamente de lágrimas.
—¿Qué va a ser de Claudia?
El silencio cayó sobre la habitación. Quinto fue incapaz de responder. Solo avanzó despacio hasta situarse junto al lecho.
Marco tomó con delicadeza la mano de su esposa.
—No debes alterarte, Julia. El galeno ha sido muy claro. Cualquier sobresalto puede perjudicarte y ahora ya no solo debes cuidar de ti.
Quinto levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
Marco intercambió una breve mirada con Máximus. Después sonrió con una ternura que hacía días no se reflejaba en su rostro.
—Aún no lo habíamos contado. Julia espera un hijo.
El tribuno quedó completamente inmóvil.
Después una sincera sonrisa apareció en su rostro.
—Enhorabuena, amigo. De corazón. Ojalá muy pronto pueda conocer al nuevo miembro de la familia Vinicius.
Marco asintió agradecido.
—Eso esperamos todos, pero todavía debemos ser prudentes. El embarazo es muy reciente y Julia necesita recuperar fuerzas. Reposo absoluto y nada de preocupaciones.
Mientras pronunciaba aquellas palabras, Marco sostuvo unos instantes la mirada de Quinto. No hizo falta decir nada más. Ambos comprendieron que el nombre de Claudia no debía volver a pronunciarse delante de Julia.
Quinto respondió con una leve inclinación de cabeza.
—Aquí estará bien cuidada. Prisca no permitirá que le falte de nada. A mí ya consiguió devolverme las fuerzas.
En ese momento apareció la cocinera con una bandeja entre las manos. Al ver a Julia, los ojos se le humedecieron de inmediato.
—Con vuestro permiso... He preparado un caldo y un poco de pan tierno. Creo que ya va siendo hora de que esta muchacha vuelva a comer como es debido.
Julia sonrió débilmente.
—¡Prisca! Cuánto os he echado de menos...
La cocinera dejó la bandeja sobre una pequeña mesa.
—Y nosotros a ti, hija. La casa no ha vuelto a ser la misma desde que os marchasteis. Julia recorrió lentamente la habitación con la mirada.
—¿Dónde están los demás?
—Esperando impacientes a que descanséis un poco. Cuando terminéis de comer, irán entrando poco a poco para saludaros.
Marco se incorporó.
—Nosotros os dejaremos tranquilas. Estoy seguro de que tenéis muchas cosas de las que hablar.
Después se inclinó sobre Julia y depositó un beso en su frente.
—Pero no te canses demasiado.
La joven asintió con una sonrisa apenas perceptible. Marco esperó a que Prisca comenzara a ayudarla con el caldo. Después miró a Quinto y a Máximus.
—Vamos. Tenemos asuntos pendientes.
Los tres hombres abandonaron la habitación en silencio. Los esperaba la biblioteca y una decisión que ninguno de ellos podía seguir aplazando.
Una vez que los tres hombres entraron en la biblioteca y tomaron asiento, Marco fue el primero en romper el silencio.
—Antes de que digas nada, Quinto, tengo que pedirte perdón.
El tribuno levantó la vista, sorprendido.
—¿Perdón?
Marco asintió lentamente.
—No pude rescatar a Claudia. Cuando vi cómo arrojaban a Julia al mar... dejé de pensar como un general. Solo reaccioné como un hombre que estaba a punto de perder a la mujer que amaba.
Guardó silencio unos instantes antes de añadir con pesar:
—Lo siento.
Quinto negó despacio con la cabeza.
—No vuelvas a disculparte por eso. Yo habría hecho exactamente lo mismo.
Los dos hombres se sostuvieron la mirada durante unos segundos. No había reproche alguno, solo comprensión. Finalmente, Quinto respiró hondo.
—Precisamente por eso necesito pedirte una cosa.
Marco permaneció en silencio.
—Llevo demasiados días encerrado entre estas cuatro paredes. Sé que todavía no estoy completamente recuperado, pero cada hora que pasa siento que Claudia está más lejos.
Apretó los puños.
—Necesito salir a buscarla. Necesito que me liberes de la promesa que te hice. Si el prefecto me acepta entre sus hombres... quiero embarcar con él.
La biblioteca quedó en silencio. Marco observó largamente a su amigo. Veía en sus ojos la misma desesperación que él había sentido cuando creyó haber perdido a Julia.
—¿Estás seguro? —preguntó finalmente.
Quinto no vaciló.
—Nunca he estado tan seguro de nada. La quiero y mientras exista una sola posibilidad de encontrarla con vida... seguiré buscándola. Aunque tenga que cruzar todos los mares del Imperio.
Marco dejó escapar un leve suspiro.
—No necesito que me convenzas. Conozco demasiado bien ese sentimiento. Si Julia hubiera desaparecido... yo también habría recorrido el mundo entero para encontrarla.
Se levantó de la silla y se acercó hasta Quinto. Le apoyó una mano sobre el hombro.
—Por mi parte, quedas libre de tu promesa. Tienes mi permiso.
Los dos hombres volvieron la mirada hacia Máximus.
El prefecto sonrió al advertir que la decisión ya estaba tomada antes incluso de que él hablara.
—No me miréis así.
Se levantó lentamente.
—Mi respuesta también es sí. Será un honor contar contigo. Pero quiero que tengas una cosa muy clara. No zarparemos movidos por la venganza. Zarparemos para traer a Claudia de vuelta. Y solo cuando ella esté a salvo... Spículus responderá por todo lo que ha hecho.
Quinto asintió con solemnidad.
—Lo entiendo. Y os doy mi palabra de que no pondré la misión en peligro. Pero si ese hombre se cruza en mi camino... no responderé de lo que pueda hacer.
Máximus se acercó hasta él.
—Entonces procura que sea yo quien llegue primero. Porque ese pirata también tiene una deuda pendiente conmigo.
Los tres intercambiaron una leve sonrisa. Era la primera desde hacía muchos días. Una sonrisa nacida del dolor... pero también de la esperanza.
Marco extendió la mano.
—Entonces queda decidido. Partiréis juntos.
Quinto estrechó la mano de su general. Después hizo lo mismo con Máximus.
Ninguno de los tres necesitó añadir una sola palabra más.
La decisión estaba tomada. En algún lugar del Mediterráneo...
Spículus navegaba convencido de que había escapado.
Ignoraba que, desde aquel mismo instante, tres romanos acababan de jurar que no descansarían hasta encontrarlo.
Cuatro días después, Quinto se despedía en la domus de Tito Livio.
Todavía caminaba apoyándose en un bastón, pero cada jornada recuperaba un poco más de fuerza.
El galeno había intentado convencerlo de que permaneciera algunos días más en reposo.
Había sido inútil. Nada podía retenerlo ya en Baelo Claudia.
Julia, desobedeciendo por unos instantes las estrictas órdenes del médico, había insistido en levantarse para despedirse de él. Marco la sujetaba con firmeza por la cintura, temeroso de que el esfuerzo resultara excesivo. Al verla de pie, Quinto negó con la cabeza.
—No deberías haberte levantado.
Julia sonrió con dulzura.
—¿Y cómo iba a abrazarte desde la cama? Acércate. Prometo que Marco no permitirá que me caiga.
Aquellas palabras arrancaron una leve sonrisa al general. Quinto avanzó despacio hasta quedar frente a ella. Julia lo abrazó con cuidado.
—Tráela de vuelta.
La voz apenas fue un susurro.
—No hay un solo día en que no piense en Claudia. La echo muchísimo de menos.
Quinto cerró los ojos un instante.
—La encontraré. No importa cuánto tiempo tenga que buscarla.
Julia se apartó ligeramente. Las lágrimas brillaban en sus ojos.
—Lo sé, por eso confío en ti.
Marco entregó entonces al tribuno una pequeña bolsa de cuero. Quinto la miró con curiosidad.
—¿Qué es esto?
Julia respondió antes que su marido.
—Solo un pequeño obsequio. Puede que nunca tengas que utilizarlo... pero me quedaré más tranquila sabiendo que lo llevas contigo.
Quinto no preguntó nada más. Guardó la bolsa entre sus pertenencias y sonrió.
—Entonces volveré para devolvértela y espero encontrarme a un pequeño Vinicius correteando por esta casa.
Julia dejó escapar una tímida sonrisa.
—Ojalá.
Marco ayudó a su esposa a sentarse de nuevo. Después miró a su amigo.
—Yo te acompañaré hasta el puerto.
En el atrio esperaban Horacio, Prisca y los demás criados. Quinto los observó uno a uno. Aquella casa se había convertido también en su hogar.
—Gracias por todo lo que habéis hecho por mí.
Horacio inclinó respetuosamente la cabeza.