EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 17 #4
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CAPÍTULO 17 #4

Al otro lado de aquella oscuridad... Julia era vagamente consciente de que alguien hablaba.

Reconocía aquella voz. Era Marco. Intentó responderle, decirle que seguía allí, que no se rindiera pero su cuerpo no respondía.

Le pesaban los párpados, los brazos, como si una enorme roca la mantuviera prisionera.

De pronto... sintió que un dedo conseguía moverse muy despacio, después otro.

Marco levantó la cabeza de inmediato, conteniendo la respiración.

Había notado aquel leve roce sobre su mano.

—¿Julia...?

La mano volvió a moverse. Él se incorporó de golpe.

—¡Julia!

Los párpados de la joven comenzaron a temblar.

Con un enorme esfuerzo consiguió abrir ligeramente los ojos.

La luz le resultó insoportablemente intensa.

Parpadeó varias veces. Lo primero que vio fue el rostro de Marco.

Desaliñado, con barba, los ojos hundidos y completamente llenos de lágrimas. Frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué... te ha pasado...?

Su voz apenas era un susurro.

—Pareces... haber librado una guerra...

Marco dejó escapar una mezcla de risa y sollozo. Se inclinó inmediatamente sobre ella.

—La he librado y casi la pierdo.

Julia intentó sonreír.

—Me siento... como si me hubiera atropellado un carro...

Marco acarició su rostro con una ternura infinita.

—No hables. Has estado muchos días dormida. Lo importante es que has vuelto conmigo.

Le besó lentamente la mano y después apoyó la frente sobre ella, incapaz de contener la emoción. Julia entrelazó débilmente los dedos con los de él. Era apenas un gesto pero bastó para que Marco comprendiera que la pesadilla empezaba, por fin, a terminar.

A la mañana siguiente, Quinto abrió lentamente los ojos. Durante unos instantes permaneció inmóvil, intentando comprender dónde se encontraba. El techo le resultaba conocido, las paredes, el olor a madera y a aceite de oliva. La domus de Tito Livio. Cerró de nuevo los ojos unos segundos.

Aunque había permanecido inconsciente durante días, recordaba vagamente algunas sensaciones. Una mano húmeda refrescando su frente. Una voz tranquilizadora que le pedía que resistiera. Pasos que entraban y salían de la habitación. Alguien había velado por él sin descanso.

Con enorme esfuerzo volvió a abrir los ojos.

A los pies del lecho distinguió un camastro improvisado.

Horacio dormía profundamente, vencido por el cansancio.

Quinto intentó incorporarse. En cuanto movió el torso, un dolor insoportable le atravesó el costado.

Apretó los dientes para contener un gemido.

Los recuerdos comenzaron a regresar de golpe. La emboscada, los mercenarios, Claudia… Su corazón dio un vuelco. Lo último que recordaba era haber luchado desesperadamente para protegerla. Después... la oscuridad. La angustia se apoderó de él.

—¿Claudia...? —susurró.

Intentó levantarse una segunda vez. El dolor fue tan intenso que cayó de nuevo sobre el colchón. El golpe despertó sobresaltado a Horacio. En cuanto vio al tribuno consciente, acudió rápidamente junto a él.

—¡No os mováis! —exclamó sujetándolo con cuidado—. La herida podría abrirse otra vez.

Pero Quinto apenas lo escuchaba. Con una fuerza inesperada, le aferró la muñeca.

—¿Dónde está Claudia?

Horacio sintió que el corazón se le encogía. Desvió la mirada unos instantes.

—Debéis guardar reposo.

El galeno ha dicho que...

Quinto apretó con más fuerza.

—Horacio. ¿Dónde está?

La voz del tribuno sonó firme. Demasiado firme. Horacio comprendió que no podía mentirle, pero tampoco estaba dispuesto a darle una noticia de la que ni siquiera él conocía el desenlace. Respiró profundamente.

—El general regresó ayer.

Quinto lo miró fijamente.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Marco os lo explicará todo. Ha pedido expresamente que no os alteréis hasta que él pueda hablar con vos.

Quinto frunció el ceño. El silencio de Horacio le resultaba mucho más inquietante que cualquier respuesta.

—¿Está viva?

Aquellas tres palabras dejaron la habitación en absoluto silencio. Horacio tardó varios segundos en responder.

—No lo sabemos.

Quinto sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Qué... quieres decir con que no lo sabéis?

Horacio bajó la cabeza.

—Los piratas se la llevaron. Desde entonces... no hemos vuelto a tener noticias de ella.

Quinto cerró lentamente los ojos. No dijo una sola palabra. Solo apretó con fuerza la sábana entre los dedos. Horacio observó cómo un profundo dolor se reflejaba en su rostro.

—El general salió tras ellos. Harán todo lo posible por traerla de vuelta.

Quinto permaneció inmóvil unos instantes. Después volvió a abrir los ojos. Habían perdido parte de su brillo.

—Ve a buscar a Marco. Necesito hablar con él.

Horacio asintió.

—Volveré enseguida.

Antes de salir volvió la vista hacia el tribuno.

Nunca lo había visto tan abatido. Cuando la puerta se cerró, Quinto quedó completamente solo.

Giró lentamente la cabeza hacia el lugar donde, apenas unos días antes, Claudia se había sentado junto a él para sonreírle.

La habitación estaba vacía. Y por primera vez desde que despertó... tuvo miedo de no volver a verla jamás.

Marco permanecía de pie frente a su amigo.

Durante toda aquella semana le había ocultado la verdad.

No había sido una decisión fácil. El galeno insistió en que cualquier sobresalto podía abrir de nuevo la herida y costarle la vida.

Por eso inventó que Claudia permanecía junto a Julia a bordo del quinquerreme.

Cada mentira le había pesado como una losa.

Ahora ya no podía seguir ocultándoselo. El médico había autorizado a Quinto a levantarse por primera vez.

Todavía caminaba con dificultad, pero el peligro inmediato había pasado.

—El galeno dice que podrás empezar a caminar poco a poco —comentó Marco intentando sonar tranquilo—. Solo procura no hacer esfuerzos.

Quinto sonrió por primera vez en varios días.

—Estaba harto de esa maldita cama.

Después levantó la vista.

—Ahora avisa a Claudia. Ha esperado demasiado. Si no viene ella... iré yo a buscarla.

Marco sintió que el pecho se le cerraba. Bajó lentamente la mirada.

—Quinto... Tengo que contarte algo.

El tribuno dejó de sonreír. Durante días había percibido miradas esquivas, silencios incómodos y respuestas demasiado medidas. Siempre había pensado que le ocultaban algo. Sintió un frío repentino recorriéndole la espalda.

—¿Qué ocurre?

Marco tardó unos segundos en responder.

—Cuando caíste en aquella calle... los mercenarios creyeron que habías muerto. Se llevaron a Claudia y también a Julia.

Quinto permaneció inmóvil. No dijo nada. Marco continuó.

—A Julia la apuñalaron y la arrojaron al mar. Conseguimos rescatarla... pero Claudia permanecía a bordo del barco pirata cuando escapó. Mi hermano está preparando la expedición para perseguirlos. No hemos dejado de buscarla.

El silencio se hizo insoportable. Quinto respiraba cada vez más deprisa. Su mirada permanecía perdida en algún punto del suelo. Marco dio un paso hacia él.

—Quinto...

De pronto, el tribuno descargó un violento puñetazo contra la mesa de madera. La mesa volcó de inmediato. Las jarras y los cuencos se hicieron añicos contra el suelo. Con un rugido de rabia lanzó una silla contra la pared. La estancia quedó sumida en el caos. Marco intentó sujetarlo.

—¡Basta! ¡La herida...!

Quinto se apartó bruscamente. No parecía sentir dolor alguno.

Solo respiraba con dificultad. Como un hombre al que acababan de arrancarle el alma.

De pronto... toda aquella furia desapareció.

Sus piernas cedieron. Cayó de rodillas entre los restos de la habitación.

Las lágrimas comenzaron a brotar sin que pudiera contenerlas.

—No... No... No ella...

Se llevó ambas manos al rostro. Su cuerpo entero temblaba. Marco permaneció inmóvil. No existían palabras capaces de aliviar un dolor semejante. Él mismo había sentido aquel mismo vacío cuando creyó perder a Julia en el mar. Se acercó despacio. Apoyó una mano sobre el hombro de su amigo.

—La encontraremos.

Quinto no respondió.

—Mi hermano ya prepara los barcos. No dejaremos de buscarla. Sea donde sea.

Marco esperó unos segundos. Comprendió que Quinto necesitaba quedarse solo.

—Estaré fuera. Si me necesitas... llámame.

Cerró la puerta con suavidad. La habitación quedó completamente en silencio.

Quinto permaneció largo rato de rodillas.

Las lágrimas fueron apagándose poco a poco.

Cuando por fin consiguió serenarse, levantó lentamente la cabeza.

Su mirada ya no era la de un hombre derrotado.

Era la de un soldado que acababa de encontrar un propósito.

Se incorporó con esfuerzo. Ignoró el dolor que le atravesaba el costado.

Miró por la ventana hacia el mar. Allí, en algún lugar más allá del horizonte... estaba Claudia. Apretó los puños.

—Espérame... te encontraré. Viva... o muerta. Te lo juro.