CAPÍTULO 17 #3
El galeno regresó hace unas horas y continúa vigilándolo. Marco abandonó el campamento sin perder un instante.
Al llegar a la domus de Tito Livio, varios legionarios montaban guardia en la entrada. Sus rostros reflejaron un evidente alivio al verlo aparecer.
—¿Cómo está Quinto?
—Continúa con vida, mi general.
Marco atravesó rápidamente el atrio y llegó hasta la habitación donde descansaba su amigo. Horacio permanecía sentado junto al lecho. Al verlo entrar se incorporó inmediatamente.
—Mi general... ¿Dónde está la señora Julia?
Marco dejó escapar un largo suspiro.
—Todo salió mal. Graco la entregó a los piratas. Conseguimos rescatarla... pero está gravemente herida. Permanece en el barco de mi hermano.
Horacio cerró los ojos unos segundos. Aquella noticia fue como un golpe. Después miró hacia Quinto.
—La fiebre no baja. No deja de agitarse. El galeno pidió que lo avisáramos en cuanto despertara.
Marco contempló durante unos instantes el rostro del tribuno. Sentía que estaba abandonando a una persona que significaba mucho para él pero sabía dónde debía estar.
—Volveré en cuanto Julia pueda moverse. Si Quinto despierta... mandad a buscarme inmediatamente.
—Así se hará, mi general.
Marco salió de la habitación. Horacio volvió a sentarse junto al lecho. Pocos instantes después apareció Prisca.
—He visto salir al general. ¿Dónde está Julia?
Horacio bajó la cabeza antes de responder.
—Graco la secuestró. Los piratas la hirieron y ahora lucha por su vida.
Prisca llevó una mano a la boca, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—¡Por los dioses...! ¡Nuestra Julia...!
Horacio la abrazó con fuerza.
—Saldrá adelante. Ha sobrevivido a cosas peores y mientras Marco siga respirando... no permitirá que nadie le arrebate a la mujer que ama.
Prisca asintió lentamente. Secándose las lágrimas, consiguió serenarse.
—Prepararé la casa. Cuando vuelva... todo deberá estar listo para recibirla.
Horacio sonrió con tristeza.
—Eso es. Yo me quedaré aquí con Quinto. No creo que tarde mucho en despertar.
Los dos dirigieron la vista hacia el tribuno. Como si hubiera escuchado aquellas palabras... los dedos de Quinto se movieron levemente sobre la sábana.
Un rato después, Marco regresó al camarote de su hermano. Nada más cruzar la puerta buscó con ansiedad el rostro de Julia. Continuaba inmóvil sobre el lecho.
El galeno y Máximus conversaban en voz baja junto al ventanal.
Al verlo entrar, ambos guardaron silencio.
Aquello bastó para que un escalofrío recorriera el cuerpo del general.
Se acercó rápidamente a la cama. Acarició la mano de Julia y seguía helada.
Sin apartar la vista de ella, preguntó con un hilo de voz:
—¿Cómo está?
Ninguno respondió inmediatamente. Marco levantó la cabeza. La expresión de Máximus era demasiado seria.
—Hermano... —murmuró el prefecto—. Será mejor que te lo explique el galeno.
Marco se volvió hacia el médico. Su corazón latía con violencia.
—Hablad.
El galeno respiró profundamente antes de responder.
—La herida continúa siendo muy grave, pero hay algo más que he descubierto al volver a examinarla.
Marco sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué ocurre?
El médico bajó la mirada unos instantes.
—Vuestra esposa está embarazada.
El silencio que siguió fue absoluto. Marco permaneció inmóvil. Como si no hubiera comprendido aquellas palabras.
—¿Qué... habéis dicho?
—El embarazo es todavía muy reciente. Es probable que ni siquiera ella supiera que esperaba un hijo.
Marco volvió lentamente la vista hacia Julia. Su mano tembló al acariciarle el rostro. Un hijo. Él y Julia iban a ser padres. Durante un breve instante una inmensa felicidad iluminó su rostro pero desapareció tan rápido como había llegado. Volvió a mirar al galeno.
—Decidme la verdad.
El médico sostuvo su mirada.
—La puñalada, la pérdida de sangre y el enorme esfuerzo que ha realizado en el mar hacen que la situación sea extremadamente delicada. Existe un riesgo muy elevado de que pierda al niño.
Marco tragó saliva con dificultad.
—¿Y Julia?
El galeno tardó unos segundos en responder.
—También lucha por su vida. No puedo garantizaros que ninguno de los dos sobreviva.
Aquellas palabras golpearon a Marco con la fuerza de un ariete. Retrocedió un paso. Después otro. Finalmente cayó de rodillas junto al lecho. Apoyó la frente sobre la mano de Julia. Las lágrimas comenzaron a resbalar en silencio.
—No... —susurró con la voz quebrada—. No podéis arrebatarme también esto. No ahora. No después de haberla encontrado.
El galeno se acercó despacio.
—No deis nada por perdido. Es joven y posee una fortaleza extraordinaria. He visto muy pocas personas resistir lo que ella ha soportado hoy. Mientras respire... hay esperanza.
Marco levantó lentamente la cabeza. Sus ojos enrojecidos buscaron el rostro de Julia.
—La esperanza... es lo único que me queda. Porque si la pierdo... lo perderé todo.
Máximus permanecía en silencio. Observaba a su hermano con un nudo en la garganta.
Apenas unas horas antes ignoraba incluso que Marco estuviera casado.
Ahora contemplaba cómo aquel hombre, al que siempre había considerado indestructible, se derrumbaba por miedo a perder a su esposa...
y al hijo que aún no había llegado a conocer.
Dirigió la mirada hacia Julia. Parecía frágil. Demasiado frágil para haber sobrevivido a una puñalada, a un mar embravecido y a tantas horas luchando contra la muerte. Y, sin embargo... allí seguía. Aferrándose a la vida con una fuerza que desafiaba toda lógica.
Máximus comprendió entonces por qué Marco había sido capaz de lanzarse al Mediterráneo sin dudarlo un solo instante. Aquella joven no era solo la mujer de su hermano. Era el corazón de su familia.
El amanecer llegó cubierto por un cielo plomizo.
La tenue luz que penetraba por la ventana del camarote apenas conseguía romper la penumbra que envolvía la estancia.
Los días habían pasado lentamente. Marco permanecía sentado junto al lecho de Julia, incapaz de apartarse de ella más de unos minutos.
Apenas dormía, apenas comía. La barba comenzaba a cubrir su rostro y el cansancio se reflejaba en unas ojeras profundas.
Julia seguía sin despertar. La herida evolucionaba favorablemente y la infección, contra todo pronóstico, no había aparecido.
Sin embargo, continuaba sumida en un profundo estado de inconsciencia.
El bebé seguía con vida. Era casi un milagro pero el galeno insistía en que todavía era demasiado pronto para confiarse.
El silencio del barco resultaba insoportable. Solo el ir y venir de los marineros sobre la cubierta rompía, de vez en cuando, aquella angustiosa calma. La puerta se abrió suavemente. Máximus entró sin hacer ruido. Observó primero a Julia y después a su hermano.
—¿Cómo sigue?
Marco ni siquiera levantó la vista. Continuaba sosteniendo la mano de Julia entre las suyas.
—Igual. No despierta.
Máximus guardó silencio unos instantes. Nunca había visto a Marco tan derrotado.
—Lo siento, hermano. Si hubiera algo que pudiera hacer...
Marco negó lentamente con la cabeza.
—Ya no depende de nosotros. Solo podemos esperar.
Su voz se quebró. Tuvo que apartar la mirada para secarse discretamente las lágrimas. Durante unos instantes ninguno de los dos habló. El silencio resultaba más elocuente que cualquier palabra. Finalmente Marco volvió a mirar a Julia.
—No se merece esto. Todavía ni siquiera sabía que iba a ser madre.
—Siempre hablas como si el destino la hubiera perseguido desde que nació —dijo Máximus frunciendo el ceño.
Marco dejó escapar una amarga sonrisa.
—Porque así ha sido.
Su hermano lo observó con curiosidad.
—Hay algo que todavía no me has contado.
Marco permaneció unos segundos pensativo. Después señaló el banco que había junto a la pared.
—Siéntate. Creo que ha llegado el momento de que conozcas toda la verdad.
Máximus tomó asiento.
—Te escucho.
Marco dirigió una larga mirada hacia Julia antes de comenzar.
—¿Recuerdas cuando éramos niños y jugábamos en el palacio imperial?
Máximus sonrió con nostalgia.
—Claro que lo recuerdo. Pero... ¿qué tiene que ver eso con Julia?
Marco respiró profundamente.
—Mucho más de lo que imaginas...
Las horas fueron transcurriendo mientras Marco relataba una historia que Máximus jamás habría creído posible. Cuando terminó, la madrugada había caído sobre Baelo Claudia. El prefecto permanecía completamente inmóvil. Necesitó varios segundos para encontrar la voz.
—¿Estás completamente seguro de lo que me has contado?
Marco sostuvo su mirada.
—Tan seguro como de quién soy.
Máximus volvió lentamente la vista hacia Julia. Ahora comprendía muchas cosas. Comprendía el empeño de Tito Livio por protegerla. Comprendía la obsesión de los mercenarios. Y comprendía el miedo permanente con el que Marco había vivido desde que la conoció.
—Entonces nadie puede conocer jamás su verdadera identidad.
Marco asintió.
—Por eso he decidido establecerme definitivamente en Baelo Claudia. Roma nunca volverá a ser un lugar seguro para ella. Ni para nuestro hijo.
Su voz volvió a quebrarse.
—Solo necesito que sobreviva.
Máximus se puso en pie. Se acercó a su hermano y apoyó una mano sobre su hombro.
—Sobrevivirá. Y cuando se recupere... te prometo una cosa. Buscaré a Spículus. No importa dónde se esconda. Ni cuántos mares tenga que cruzar. No descansaré hasta verlo responder por todo lo que ha hecho.
Marco levantó la vista, no hizo falta responder. Ambos hermanos se entendieron con una sola mirada. Máximus abandonó el camarote en silencio.
Cuando volvió a quedarse solo, Marco se arrodilló junto al lecho. Tomó con delicadeza la mano de Julia, su voz apenas era un susurro.
—No puedes dejarme... no ahora. Todavía nos queda toda una vida por delante. Tienes que conocer a nuestro hijo y verlo crecer conmigo.
Bajó la cabeza y las lágrimas cayeron sobre la sábana.
—Si te marchas... una parte de mí se irá contigo.