CAPÍTULO 17 #2
—Debéis saber que no dispongo de ningún remedio capaz de dormirla. Va a sentir cada punto de sutura.
Julia cerró los ojos un instante. Respiró hondo y después volvió la cabeza hacia Marco. El miedo, por primera vez, apareció reflejado en su rostro. Intentó ocultarlo pero no lo consiguió. Pequeñas lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
—¡Marco!
Marco se colocó a su lado y la rodeó con un brazo. Ella buscó refugio entre su pecho, como si aquel abrazo pudiera protegerla del dolor que estaba a punto de comenzar.
—Mírame —susurró él.
Julia obedeció.
—No voy a soltarte. Estaré contigo todo el tiempo.
Ella asintió muy despacio, apretando los labios. El galeno tomó la aguja. Introdujo la punta en la piel y Julia apenas tuvo tiempo de contener un gemido. Su cuerpo se tensó y unos segundos después, perdió el conocimiento.
El médico dejó escapar un suspiro de alivio.
—Es lo mejor que podía ocurrir.
Durante largos minutos reinó el silencio. Solo se escuchaba el tintineo de los instrumentos y la respiración contenida de Marco. Cuando el galeno terminó, permaneció unos instantes contemplando la herida. Finalmente levantó la vista.
—He hecho cuanto estaba en mi mano.
La puñalada anterior aún no había cicatrizado completamente y los tejidos estaban muy dañados. Ha perdido mucha sangre. Ahora todo dependerá de cómo responda su organismo. Me quedaré con ella durante la noche.
Marco cerró los ojos. Por primera vez desde el rescate, toda la tensión acumulada se derrumbó sobre él. Se pasó ambas manos por el cabello. Después caminó lentamente hasta su hermano. Sin decir una sola palabra... lo abrazó.
—No sé qué haré si la pierdo... Es la segunda vez que temo despedirme de ella.
Máximus le devolvió el abrazo con fuerza.
—No vas a perderla. Pero ahora tienes que pensar también en ti. Llevas horas empapado, agotado y sin fuerzas. Ven conmigo. Necesitas cambiarte de ropa.
Marco volvió la vista hacia Julia. Le costaba apartarse de ella.
—No quiero dejarla sola.
Máximus siguió la dirección de su mirada.
—No estará sola. Estará con el mejor galeno de toda la flota. Y tú solo tardarás unos minutos.
El médico asintió.
—Si su estado cambia, os mandaré llamar inmediatamente.
Marco acarició una última vez la mano de Julia.
—Volveré enseguida. No tardaré.
Mientras tanto, el Fortuna continuaba alejándose de la costa de Hispania impulsado por un viento favorable.
Spículus permanecía en la popa observando el horizonte.
A lo lejos, el quinquerreme romano se había desviado de la persecución para dirigirse hacia el lugar donde habían caído el general y la joven.
Una sonrisa de satisfacción se dibujó lentamente en su rostro.
Había apostado por una única jugada y había funcionado.
Si el barco de guerra hubiera continuado tras ellos, el combate habría terminado en pocos minutos.
Un mercante podía eludir a otra nave mercante, pero jamás a un quinquerreme romano preparado para la guerra.
Los dioses habían estado de su lado o quizá no habían sido los dioses.
Quizá había sido la desesperación de aquel general.
Aquel romano había elegido salvar a una sola mujer antes que capturar al hombre que había arrasado Baelo Claudia.
Spículus apoyó los antebrazos sobre la borda mientras contemplaba el mar.
—Ponemos rumbo a Éfeso, mi capitán —informó uno de sus hombres.
—Bien.
El mercenario permaneció unos segundos en silencio antes de preguntar:
—¿Algún barco a la vista?
—Ninguno.
—¿Cree que los romanos nos perseguirán?
Spículus negó despacio con la cabeza.
—No de inmediato. Si hubieran querido alcanzarnos, ese quinquerreme no habría cambiado de rumbo.
Miró una vez más hacia la costa, ya casi difuminada por la distancia.
—Pero no os confiéis. Los romanos jamás olvidan una ofensa. Quiero dos hombres vigilando permanentemente la popa y duplicad las guardias durante la noche. No pienso dejar que nos sorprendan.
—Sí, mi capitán.
El marinero se retiró apresuradamente mientras Spículus continuaba contemplando el horizonte. Por primera vez en muchos años... respiró con cierta tranquilidad, pero una voz en su interior seguía advirtiéndole de que aquella historia estaba lejos de haber terminado.
A muchos kilómetros de allí, en la domus de Tito Livio, la calma también comenzaba a abrirse paso.
Los proyectiles habían dejado de caer hacía ya varias horas y el estruendo del combate se había ido apagando poco a poco.
Los esclavos que permanecían refugiados en la bodega empezaban a salir con cautela.
En silencio, recogían los muebles destrozados, retiraban cascotes y trataban de devolver un poco de orden a la casa que, apenas unas horas antes, había sido un auténtico campo de batalla.
Sin embargo, Horacio apenas prestaba atención a los desperfectos.
Su preocupación tenía nombre. Quinto. El tribuno llevaba horas debatiéndose entre la vida y la muerte.
El galeno del campamento no se había separado de él durante buena parte de la tarde. Había limpiado sus heridas, cambiado los vendajes y vigilado cada uno de sus movimientos. Finalmente, antes de regresar al campamento para atender a otros heridos, se había detenido frente a Horacio.
—Ahora solo queda esperar. Si supera la noche, tendrá posibilidades. Pero en cuanto despierte, mandad a buscarme inmediatamente.
Horacio había asentido en silencio. El médico dio entonces una última recomendación.
—Y una cosa más. No le habléis de lo sucedido hasta que llegue el general. Si pregunta por Marco, por Julia o por Claudia... decidle únicamente que aún no tenéis noticias. No es conveniente alterarlo.
Después había abandonado la domus, dejando tras de sí un silencio todavía más inquietante.
Ahora, sentado junto al lecho del tribuno, Horacio observaba con atención el rostro pálido de su amigo.
De pronto... Quinto frunció ligeramente el ceño.
Sus dedos comenzaron a moverse. Y, unos instantes después, sus párpados temblaron lentamente.
Horacio se incorporó de un salto. Contuvo la respiración. El tribuno estaba despertando.
Varias horas después, el quinquerreme de la Classis Mauretania atracó finalmente en el puerto de Baelo Claudia. Marco permanecía inmóvil en la cubierta, con la vista fija en la puerta del camarote donde descansaba Julia.
El galeno le había prohibido trasladarla.
La operación había sido demasiado reciente y cualquier movimiento brusco podía abrir de nuevo la herida.
Aquella decisión lo atormentaba. Habría dado cualquier cosa por llevarla a la domus de Tito Livio, donde estaría rodeada de los suyos, pero comprendía que el médico tenía razón. Máximus se acercó despacio.
—Hermano.
Marco levantó la vista.
—No puedes seguir aquí esperando sin hacer nada. Tu ciudad te necesita. Tus hombres también.
Marco negó lentamente.
—Mi sitio está con ella.
—Y lo estará. Pero ahora mismo no puedes hacer nada por Julia. Yo me quedaré aquí. Si cambia lo más mínimo su estado, mandaré a buscarte inmediatamente.
Marco guardó silencio. Le costaba apartarse de aquel camarote. Máximus continuó hablando con serenidad.
—Mientras tanto reorganiza la ciudad, comprueba cómo está Quinto y tranquiliza a tus hombres. Cuando regreses... seguiré aquí.
Marco respiró hondo.
—No la dejes sola ni un instante.
Máximus asintió.
—No pienso apartarme de su lado. Y nadie subirá a este barco sin mi permiso.
Marco frunció el ceño.
—Los mercenarios tenían un aliado en Baelo. No sabemos cuántos más pueden quedar. Si descubren que Julia ha sobrevivido...volverán a intentarlo.
—Entonces tendrán que pasar antes por mí.
Durante unos segundos ambos hermanos permanecieron en silencio. Después Marco dio un paso al frente y, sin decir una palabra, abrazó a Máximus. El prefecto respondió al abrazo con una sonrisa.
—Soy yo quien debería darte las gracias. Hacía años que no te veía abrazarme.
Marco esbozó una leve sonrisa, la primera desde el ataque.
—Hoy te debo mucho más que un abrazo. Si no hubieras llegado... la habría perdido.
Máximus le dio una palmada en la espalda.
—Para eso están los hermanos. Ya encontraremos la forma de cobrarnos las deudas.
Marco hizo ademán de marcharse cuando Máximus añadió con una sonrisa maliciosa:
—Eso sí... espero que tu esposa no despierte llamándome por tu nombre.
Marco lo miró de reojo.
—Ni se te ocurra acercarte a ella.
Máximus soltó una carcajada.
—Tranquilo. Ya he comprobado que esa mujer solo tiene ojos para ti.
Aquellas palabras hicieron que Marco sonriera apenas un instante antes de descender por la pasarela.
Máximus entró en el camarote inclinando la cabeza para no golpearse con el dintel. El galeno acababa de terminar una nueva exploración.
—¿Ha empeorado? —preguntó preocupado.
El médico negó lentamente.
—Todavía no, pero sigue siendo una paciente muy delicada. Quisiera volver a examinar la herida con detenimiento para asegurarme de que no existe ninguna hemorragia interna.
Máximus asintió.
—Proceded. Todo cuanto necesitéis.
Marco se dirigió primero al campamento. El centurión acudió inmediatamente a su encuentro.
—Mi general.
—Informe de la situación.
El oficial desplegó un pequeño plano sobre la mesa.
—Los daños son importantes, pero no irreparables. Los proyectiles han alcanzado varios edificios próximos al puerto y
parte de la muralla occidental. Calculamos que en dos o tres días podremos restablecer la mayor parte de las defensas.
Marco asintió.
—¿Y el traidor?
—Ha desaparecido. Registramos la vivienda y encontramos únicamente a su mujer y a los esclavos abandonados. El pasadizo ha quedado sellado por ambos extremos. No volverán a utilizarlo.
—Perfecto. Continuad con la reconstrucción. Yo permaneceré en el barco de mi hermano hasta que Julia pueda ser trasladada. Si ocurre cualquier incidente, avisadme inmediatamente. El centurión inclinó la cabeza.
—Sí, mi general.
Marco hizo una última pregunta antes de salir.
—¿Qué noticias hay del tribuno Quinto?
—Sigue con vida. Nada más.