EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

«La esperanza es el único bien común a todos los hombres;

Marco vio cómo arrojaban a Julia por la borda y un terror indescriptible se apoderó de él.

Su mujer iba a morir y él estaba demasiado lejos para impedirlo.

Julia apenas sabía nadar. Tan solo le había enseñado unas nociones básicas durante aquellas tardes tranquilas en la playa de Baelo Claudia, cuando el mar era un aliado amable y no aquella inmensa masa de agua embravecida que ahora rugía con una fuerza implacable.

Aquel Mediterráneo enfurecido no tenía compasión de nadie, y mucho menos de una mujer con las manos atadas.

Sin pensarlo un instante, Marco se lanzó al mar. El agua helada golpeó su cuerpo con violencia, pero apenas lo sintió. Una fuerza desconocida parecía impulsar cada brazada mientras luchaba desesperadamente contra las enormes olas.

Aguanta... Aguanta un poco más... No me dejes todavía...

Cada metro que avanzaba parecía convertirse en una eternidad.

Desde el barco, legionarios y marineros observaban la escena con el corazón encogido.

Nadie pronunciaba una sola palabra. Vieron cómo Julia conseguía emerger una primera vez entre las olas.

Después desapareció nuevamente bajo el agua.

El silencio se hizo insoportable. Solo el rugido del mar rompía aquella angustiosa espera.

Ninguno de aquellos hombres se atrevía siquiera a respirar.

Mientras tanto, el quinquerreme de la Classis Mauretania continuaba aproximándose al barco pirata. El decurión señaló de pronto hacia el mar.

—¡Prefecto!... ¿Aquel hombre que nada no es vuestro hermano?

Máximus tomó el catalejo y dirigió la vista hacia el lugar indicado. Su rostro perdió el color.

—¡Por todos los dioses!... ¿Qué hace Marco ahí? ¿Se ha vuelto loco?

—Creo que intenta alcanzar a la mujer que los piratas han arrojado por la borda.

Máximus no dudó un instante.

—¡Detened el abordaje!

El timonel lo miró sorprendido.

—¡Cambiad el rumbo inmediatamente! Salvad primero a mi hermano. Los piratas no escaparán muy lejos, pero Marco no sobrevivirá mucho tiempo en este mar.

La enorme nave romana abandonó la persecución y giró bruscamente hacia el lugar donde luchaban dos pequeñas figuras contra la inmensidad del Mediterráneo.

Marco seguía nadando con todas las fuerzas que le quedaban. Las olas lo levantaban y lo hundían sin compasión. De pronto, entre dos crestas de espuma, creyó distinguir una figura flotando a cierta distancia. El corazón se le detuvo.

—¡Julia!

Redobló el esfuerzo. Sus brazos comenzaban a negarse a obedecerle, pero siguió avanzando. Cada brazada le arrancaba un gemido de agotamiento.

No... Por favor... No llegues tarde...

Las lágrimas se mezclaban con el agua salada que golpeaba su rostro.

—¡Julia!

Su voz desaparecía ahogada por el estruendo de las olas.

No obtuvo respuesta. Sintió cómo el miedo se convertía en desesperación.

Cuando por fin llegó hasta ella, la rodeó con ambos brazos y la atrajo con fuerza hacia su pecho.

Su cuerpo estaba inmóvil. Frío. Marco apoyó la frente sobre el cabello empapado de Julia.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control.

—No... No, por favor... No me hagas esto... No ahora... No después de todo lo que hemos vivido...

La abrazó todavía con más fuerza, incapaz de aceptar aquella realidad.

—No me dejes... Por favor... No me dejes...

Entonces... Sintió un leve movimiento. Tan débil que creyó haberlo imaginado. Después escuchó un susurro apenas perceptible.

—...Marco...

El general levantó bruscamente la cabeza. Julia había abierto ligeramente los ojos. Una sonrisa incrédula apareció entre las lágrimas de Marco. Sin poder contenerse, comenzó a cubrir de besos el rostro de su esposa.

—¡Estás viva!... ¡Por todos los dioses... estás viva!

Reía y lloraba al mismo tiempo. La estrechó entre sus brazos con tanta fuerza que Julia dejó escapar un pequeño gemido.

—Nunca vuelvas a hacerme pasar por esto —murmuró con la voz quebrada—. He creído que te perdía para siempre.

Julia sonrió débilmente.

—Me acordé... de lo que me enseñaste...

Marco la miró sin comprender.

—Aquella tarde... en la playa... Me dijiste... que no luchara contra el mar... que dejara que el agua me sostuviera...

Cerró los ojos un instante, agotada.

—Intenté hacerlo... solo quería aguantar... hasta que llegaras...

Las lágrimas volvieron a llenar los ojos de Marco.

—Te habría buscado hasta el fin del mundo, mi vida. El mar no te arrebatara de mi lado.

Acarició con delicadeza su rostro.

—Has sido tú quien ha luchado. Eres mucho más fuerte de lo que imaginas.

Julia quiso sonreír de nuevo, pero un intenso dolor le arrancó un gesto de sufrimiento.

Marco lo advirtió inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

Ella bajó la vista hacia su costado.

—Me... me han apuñalado...

El corazón del general volvió a encogerse. Solo entonces reparó en la sangre que el agua iba extendiendo lentamente alrededor de ambos. Palideció. La herida seguía sangrando.

—Resiste un poco más —dijo intentando mantener la calma—. Ya vienen a por nosotros. No cierres los ojos. Mírame... quédate conmigo.

El sonido de remos y órdenes comenzó a escucharse cada vez más cerca. Marco levantó la vista.

El quinquerreme romano se aproximaba rápidamente. Al frente de la cubierta distinguió la figura de Máximus. El prefecto respiró aliviado al comprobar que su hermano seguía con vida.

—¡Marco! ¡Lanzad las escalas! ¡Rápido!

Varios marineros arrojaron cuerdas y una escala de rescate. Cuando ambos estuvieron lo bastante cerca, Máximus se inclinó sobre la borda.

—¿Estáis heridos?

Marco sujetó con firmeza a Julia.

—Ayúdame primero a subirla. Está perdiendo mucha sangre.

Entre varios legionarios izaron cuidadosamente a Julia hasta la cubierta. Después ayudaron a Marco. Empapado, jadeante y completamente agotado, el general cayó de rodillas junto a su esposa sin apartar la vista de ella ni un solo instante.

Máximus observó la escena con evidente desconcierto. Después miró alternativamente a Marco y a la joven. Frunció el ceño.

—Hermano... ¿Quién es esta mujer?

Marco levantó la cabeza. Aún respiraba con dificultad.

—Mi esposa.

Durante unos segundos, Máximus permaneció completamente inmóvil. Parpadeó, convencido de haber oído mal.

—¿Tu esposa...? —preguntó con absoluta incredulidad—. ¿Cuándo demonios te has casado?

—¡Está herida! ¡La han apuñalado! —gritó Marco con la voz rota—. ¡Necesita un galeno!

Máximus apenas necesitó un vistazo para comprender la gravedad de la situación. La túnica de la joven estaba empapada de sangre y su rostro había adquirido una palidez inquietante.

—¡Llevadla a mi camarote! ¡Que avisen al galeno inmediatamente! ¡Daos prisa! —ordenó con autoridad.

Varios legionarios improvisaron una camilla con unos escudos y transportaron cuidadosamente a Julia bajo cubierta.

Marco caminaba a su lado sin apartar la vista de ella.

Solo entonces descubrió que la sangre seguía brotando del costado.

La habían vuelto a apuñalar. Sintió que el estómago se le encogía.

—Julia... —susurró acariciándole el cabello húmedo.

No obtuvo respuesta. La joven había perdido el conocimiento. Máximus posó una mano sobre el hombro de su hermano.

—Tranquilo. El galeno es un hombre muy capaz. Hará todo lo posible por salvarla.

Marco ni siquiera pareció escucharlo. Continuaba hablándole a Julia como si pudiera oírlo.

—Voy a levantarte un poco... Solo te dolerá unos instantes.

Con infinita delicadeza la tomó entre sus brazos. Al sentir el movimiento, Julia abrió lentamente los ojos. Su respiración era cada vez más débil.

—No... te preocupes... —murmuró apenas—. Dile al galeno... que haga lo que tenga que hacer...

Marco esbozó una sonrisa cargada de angustia.

—No hables. Guarda fuerzas.

Ella negó muy levemente con la cabeza.

—Perdóname... Debí hacerte caso... No tendría que haber salido sola.

Marco acercó su frente a la de ella.

—No vuelvas a decir eso. Nada de esto ha sido culpa tuya.

En ese momento el galeno irrumpió en el camarote con su bolsa de instrumentos. Julia volvió la cabeza hacia Marco. Sus ojos, debilitados por el dolor, buscaron los de su marido.

—Por si... por si no salgo de esta... Quiero que sepas... que te quiero. Muchísimo…

El tiempo pareció detenerse. Marco tragó saliva con dificultad. Sintió un nudo insoportable en la garganta. Se inclinó lentamente y besó con infinita ternura los labios de Julia.

—Yo también te quiero, mi amor. Y precisamente por eso... vas a salir de esta. No pienso permitir otra cosa.

Desde un rincón del camarote, Máximus contemplaba la escena en absoluto silencio.

Nunca había visto a su hermano así. Aquel hombre era el mismo Marco Vinicius que había rechazado a todas las mujeres que habían intentado acercarse a él durante años.

El mismo que juraba una y otra vez que el matrimonio no estaba hecho para él.

Y, sin embargo... ahora bastaba una mirada de aquella muchacha para comprender que la amaba con una intensidad que jamás habría imaginado.

Sintió que estaba asistiendo a un momento demasiado íntimo. Apartó discretamente la vista.

El galeno dejó su bolsa sobre la mesa.

—¿Qué ha ocurrido?

—Una puñalada en el costado —respondió Máximus—. Ha perdido mucha sangre.

El médico se arrodilló junto a Julia y examinó cuidadosamente la herida. Su expresión se ensombreció.

—Necesito espacio.

Después levantó la vista hacia Marco.

—Será necesario quitarle la ropa mojada. Si continúa perdiendo calor, sus posibilidades disminuirán todavía más.

Marco asintió inmediatamente.

—Decidme qué debo hacer.

—Ayudadme. Necesito ropa seca, mantas y agua caliente.

Máximus abandonó el camarote sin perder un segundo. Mientras tanto, Marco ayudó al galeno a retirar con enorme cuidado las prendas empapadas. Cada movimiento arrancaba un leve gesto de dolor a Julia. Cuando por fin quedó cubierta con mantas secas, el médico respiró profundamente.

—Voy a intervenirla ahora mismo.

Miró a Marco con absoluta seriedad.