EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 16 #6
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CAPÍTULO 16 #6

—Tú misma has elegido tu destino. Ahora soporta las consecuencias.

Julia sintió cómo las lágrimas comenzaban a resbalar por sus mejillas.

—¿Cómo puedes haberte convertido en esto? Yo confié en ti.

Graco esbozó una sonrisa amarga.

—Ese fue tu error. Tendrías que haberme elegido a mí. No a él.

Julia negó lentamente con la cabeza.

—Jamás comprendiste que el amor no puede imponerse. Lo que sientes no es amor, es odio y algún día pagarás por todo el daño que has hecho.

El rostro de Graco se endureció y escupió al suelo.

—Tú no vivirás para verlo.

Después volvió la cabeza hacia uno de los mercenarios.

—Acabad con ella.

Claudia comenzó a forcejear desesperadamente.

—¡No! ¡Por favor! ¡No lo hagáis!

El hombre que sujetaba a Julia dio un paso al frente. Desenvainó lentamente una daga. Durante un instante la joven creyó que solo pretendía intimidarla. Entonces sintió un dolor insoportable. La hoja penetró profundamente en su costado.

Un gemido ahogado escapó de sus labios y el mundo pareció detenerse.

Sus ojos quedaron clavados en el rostro del hombre que acababa de atravesarla.

No sintió rabia. Ni siquiera miedo. Solo una inmensa incredulidad.

El mercenario retiró la daga. La sangre comenzó a empapar lentamente su túnica.

Sin darle tiempo a reaccionar... la empujó con todas sus fuerzas.

Julia desapareció entre las olas.

—¡¡¡No!!!

El grito de Claudia resonó sobre toda la cubierta. Intentó soltarse, pateó, arañó, mordió la mano del mercenario que la sujetaba…

—¡Os mataré! ¡Os juro que os mataré a todos!

Se lanzó directamente contra Graco pero apenas había dado dos pasos cuando un fuerte golpe la alcanzó en la sien.

Todo comenzó a dar vueltas. Tropezó con unas cuerdas, intentó levantarse de nuevo pero un segundo mercenario descargó el puño sobre su rostro.

La oscuridad la envolvió por completo. Su cuerpo cayó inerte sobre la cubierta. Spículus ni siquiera volvió la vista.

—Llevadla abajo. Esa no morirá hoy. Quiero que llegue viva. Después... ya veremos cuánto tarda en desear la muerte.

Los piratas obedecieron inmediatamente. En pocos instantes la cubierta volvió a recuperar la frenética actividad del combate. Como si nada hubiera ocurrido.

Mientras tanto... Julia caía hacia las profundidades del mar.

El agua helada envolvió su cuerpo. Por puro instinto llenó los pulmones de aire antes de hundirse.

Las cuerdas que inmovilizaban sus muñecas la arrastraban hacia el fondo.

Intentó mover los brazos pero fue inútil.

Solo podía impulsarse con las piernas. El costado le ardía.

Cada movimiento hacía que la herida volviera a abrirse.

Abrió los ojos bajo el agua. Sobre ella distinguía la superficie.

La luz atravesaba el mar formando un resplandor plateado.

Estaba cerca. Muy cerca. Movió desesperadamente las piernas.

Necesitaba respirar, los pulmones comenzaron a quemarle.

Su pecho se contrajo involuntariamente. No pudo evitar abrir ligeramente la boca.

El agua salada invadió su garganta. Tosió, pero tragó más agua.

Sintió que las fuerzas empezaban a abandonarla.

Con el último impulso consiguió emerger.

El aire entró violentamente en sus pulmones.

Tosió una y otra vez intentando expulsar el agua.

Entre lágrimas alcanzó a distinguir el Fortuna alejándose poco a poco.

Nadie miraba ya hacia ella. Solo era un cuerpo más perdido en el mar.

Entonces una enorme ola la golpeó de costado.

Volvió a hundirse. El peso de la ropa empapada parecía arrastrarla hacia un abismo sin fondo.

Quiso luchar pero comprendió inmediatamente que el mar era mucho más fuerte.

Y entonces... recordó a Marco. Una tarde, junto a la playa de Baelo Claudia.

—No luches contra el agua —le había dicho él sonriendo—. Déjala sostenerte. Confía en ella.

Aquellas palabras regresaron con una claridad sorprendente. Julia dejó de agitarse desesperadamente. Se obligó a relajarse. Con enorme esfuerzo consiguió colocarse boca arriba. Las olas comenzaron a mecerla lentamente. Seguía viva. Todavía.

Las lágrimas se mezclaban con el agua salada mientras contemplaba el cielo. Las imágenes comenzaron a desfilar por su memoria. Tito enseñándole a leer los pergaminos, su primer día en la fábrica, la cena sorpresa de su decimoctavo cumpleaños, la primera vez que vio a Marco, su primer beso, su boda.

Qué injusto resultaba que toda una vida terminara allí.

Todavía le quedaban demasiados sueños por cumplir.

Demasiadas palabras por decir. Demasiados abrazos por dar.

Cerró lentamente los ojos. Solo debía seguir respirando.

Una inspiración y otra. Mientras pudiera respirar...

todavía quedaba esperanza. Pero alrededor de ella el mar comenzaba a teñirse lentamente de rojo.

La sangre que escapaba de su costado se extendía entre las olas como un oscuro presagio.