EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 16 #5
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CAPÍTULO 16 #5

Lucio se acercó lentamente. El centurión llevaba varios minutos observando en silencio a su general. Sabía que aquella tragedia también era culpa suya. Había permitido que la mujer del general abandonara la domus.

—Mi general... —dijo finalmente—. ¿Creéis que conseguiremos alcanzarlos?

Marco tardó unos segundos en responder. Sin apartar la mirada del barco pirata, habló con voz grave.

—No lo sé. Solo los dioses conocen el desenlace de esta persecución.

Lucio bajó la cabeza.

—Debí impedir que la señora saliera de la casa. Aunque hubiera tenido que desobedecerla.

Marco giró lentamente hacia él.

—No.

Lucio levantó la vista sorprendido.

—La decisión fue de Julia y también habría sido la mía si alguien me hubiera dicho que ella corría peligro.

El centurión permaneció en silencio.

—No carguéis con una culpa que no os pertenece. Bastante tengo yo con la mía.

Durante un instante el rostro de Marco dejó de ser el del general. Solo quedó el del hombre que acababa de perder a la mujer que amaba.

—Si le ocurre algo... jamás conseguiré perdonármelo.

Lucio apoyó una mano sobre el hombro de su comandante.

—La encontraremos. Os lo juro.

Marco volvió la vista hacia el horizonte. No respondió. Quería creer aquellas palabras. Las necesitaba. Pero el barco enemigo seguía alejándose. De pronto, un silbido atravesó el aire.

—¡Proyectil!

El grito llegó demasiado tarde. La enorme piedra impactó violentamente contra el costado de la nave.

El barco entero se estremeció. Varios legionarios perdieron el equilibrio y cayeron sobre la cubierta.

Las cuerdas crujieron. Uno de los mástiles vibró peligrosamente.

Marco consiguió mantenerse en pie sujetándose al palo mayor.

Miró inmediatamente hacia la zona del impacto.

Varias tablas habían saltado hechas pedazos. El agua comenzaba a entrar.

—¡Lucio!

El centurión ya corría hacia allí.

—¡Estoy en ello, mi general!

—¡Que los carpinteros tapen esa vía de agua inmediatamente! ¡Quiero achicar antes de que aumente!

—¡Sí, señor!

Los marineros y los legionarios trabajaron hombro con hombro para contener la entrada de agua mientras el barco continuaba avanzando.

Marco volvió la vista hacia el horizonte.

El barco de Spículus seguía allí, todavía podían verlo pero cada minuto que pasaba lo convertía en una sombra más pequeña sobre el mar.

Marco apretó los puños. No pensaba rendirse. Aunque tuviera que perseguir a aquel pirata hasta el último puerto del Mediterráneo.

Mientras tanto, Spículus observaba el horizonte con una sonrisa de satisfacción.

El plan había salido mejor de lo que había imaginado.

El barco mercante del general seguía intentando alcanzarlos, pero la distancia entre ambas embarcaciones aumentaba lentamente con cada brazada de los remeros y cada golpe de viento sobre las velas.

Dentro de poco desaparecerían de su vista.

Y, con ellos, también la esposa del general.

El pirata apoyó las manos sobre la borda, completamente convencido de que la victoria ya era suya. Entonces...

—¡Capitán!

El grito del vigía rompió el silencio.

—¿Qué ocurre?

—¡Vela a estribor!

Spículus giró inmediatamente la cabeza. A lo lejos se distinguía una silueta oscura que avanzaba con rapidez.

Al principio parecía un simple mercante.

Pero conforme iba acercándose... el pirata comprendió que había cometido un grave error.

No era un mercante. Era un buque de guerra y navegaba directamente hacia ellos.

—¿Qué nave es esa? —preguntó con brusquedad.

El vigía entrecerró los ojos. Después palideció.

—Mi capitán... es un quinquerreme romano.

Durante un instante nadie habló. Incluso los hombres que manejaban las catapultas dejaron de moverse.

Todos sabían lo que significaba. Un quinquerreme era más pesado, más resistente y mucho más rápido que el Fortuna.

Además, estaba construido precisamente para el combate. El timonel se volvió hacia Spículus.

—Capitán... intentan cortarnos el rumbo. Quieren colocarse a nuestro costado para abordarnos.

Spículus maldijo entre dientes. Sabía perfectamente lo que ocurriría si aquellos soldados conseguían acercarse. El Fortuna no podría resistir un enfrentamiento directo. No con aquella nave. El timonel volvió a insistir.

—¿Qué hacemos?

Spículus permaneció unos segundos completamente inmóvil. Después sonrió. Una sonrisa fría. Cruel.

—Traed a las mujeres.

Los piratas se miraron unos a otros.

—¿Ahora, capitán?

—Sí, quiero que las subáis inmediatamente a cubierta.

Uno de los hombres comprendió al instante sus intenciones.

—¿Pensáis utilizarlas como rehenes?

Spículus clavó la mirada en el quinquerreme, que cada vez estaba más cerca.

—Si los romanos intentan abordarnos... verán morir a las dos mujeres delante de sus propios ojos.

Un escalofrío recorrió la cubierta. Hasta los propios piratas guardaron silencio porque todos comprendieron que su capitán hablaba completamente en serio.

Mientras tanto, a bordo del quinquerreme romano, Máximus Vinicius observaba atentamente la persecución.

En cuanto su nave había doblado el cabo y distinguió el humo que se elevaba sobre Baelo Claudia, comprendió que algo terrible estaba ocurriendo.

Y cuando vio un mercante romano persiguiendo desesperadamente a un barco pirata...

lo supo. Marco. Solo su hermano sería capaz de lanzarse al mar con un simple mercante para perseguir a unos corsarios.

Máximus entrecerró los ojos. Aquello no era una persecución cualquiera. Era algo personal. Se volvió hacia el timonel.

—Más velocidad. Quiero ese barco a nuestro alcance cuanto antes.

Los remeros redoblaron el esfuerzo. El enorme quinquerreme comenzó a cortar las olas con una velocidad sorprendente. A los pocos instantes, un decurión apareció junto al prefecto. Llevaba el ceño profundamente fruncido.

—Prefecto, hay movimiento sobre la cubierta del barco pirata.

Máximus tomó el catalejo y observó detenidamente la nave pirata. Dos mujeres acababan de ser obligadas a salir a cubierta. Tenían las manos atadas y la boca amordazada.

El oficial frunció el ceño.

—Parece que pretenden utilizarlas como rehenes.

Máximus permaneció unos segundos observando la escena. No conseguía distinguir sus rostros. Pero sí comprendía una cosa. Aquellas mujeres eran la razón por la que el mercante seguía persiguiendo a los piratas pese a no tener ninguna posibilidad de alcanzarlos. Bajó lentamente el catalejo.

—Ahora entiendo por qué mi hermano no ha abandonado la persecución.

El decurión lo miró intrigado.

—¿Conocéis a esas mujeres?

—No. Pero si Marco está dispuesto a arriesgar la vida de todos sus hombres por alcanzarlos... es porque una de ellas significa mucho para él.

Marco observó cómo un segundo barco aparecía por estribor. Durante un instante apenas pudo distinguir su silueta entre el oleaje. Lucio entrecerró los ojos.

Después sonrió por primera vez desde que había comenzado la persecución.

—¡Mi general!... ¡Mirad la enseña!

Marco levantó la vista. En lo alto del mástil ondeaba la bandera de la Classis Mauretania. Sintió que el aire volvía a llenar sus pulmones.

—Máximus...

Murmuró casi para sí. Los dioses acababan de responder a sus plegarias.

El enorme quinquerreme avanzaba cortando las olas con una velocidad muy superior a la del mercante.

En pocos instantes comenzó a colocarse sobre el costado del barco pirata, obligándolo a modificar su rumbo.

Marco conocía perfectamente aquella maniobra.

Su hermano intentaba impedir la huida. Por primera vez desde el secuestro de Julia...

existía una posibilidad. Una sola, pero era suficiente.

Entonces ocurrió. Los piratas comenzaron a sacar a dos mujeres a cubierta.

Marco sintió que el corazón dejaba de latir.

Julia y Claudia. Ambas tenían las manos atadas a la espalda y la boca cubierta con un paño.

Spículus avanzó lentamente hasta la proa.

Sujetó a Julia con una mano mientras apoyaba una espada sobre su garganta.

El quinquerreme redujo inmediatamente la velocidad. Incluso desde la distancia, Marco comprendió lo que estaba sucediendo. Su hermano dudaba. No sabía quién era aquella mujer, pero tampoco estaba dispuesto a provocar su muerte. Spículus sonrió satisfecho. Había recuperado el control.

—¡Retroceded! —gritó hacia el quinquerreme.

Naturalmente, nadie respondió. El barco romano continuó aproximándose. Muy despacio, pero seguía acercándose. La sonrisa del pirata desapareció.

Volvió la vista hacia el quinquerreme, después hacia el mercante de Marco y comprendió que ninguno de los dos comandantes pensaba detenerse.

Apretó con fuerza el brazo de Julia. Ella cerró los ojos. Marco sintió un escalofrío. Comenzó a quitarse la coraza y Lucio lo observó desconcertado.

—¿Mi general...?

Marco no respondió. Se desabrochó las grebas. Después dejó caer la espada sobre la cubierta. Si Julia caía al agua... cada segundo sería decisivo. Tenía que estar preparado. Entonces Spículus gritó con furia.

—¡Si queréis acercaros... quedaos con ella! Y, empujándola con todas sus fuerzas... la lanzó al mar.

—¡¡¡Julia…!!!

El grito de Marco desgarró el aire. Sin pensarlo un solo instante... saltó tras ella.

Iba a morir. Julia lo comprendió en el mismo instante en que los mercenarios la arrastraron hasta la proa del Fortuna.

Frente a ella no había tierra. Solo una inmensa extensión de agua embravecida.

Con las manos atadas a la espalda y el barco alejándose de la costa, cualquier posibilidad de escapar había desaparecido.

Buscó desesperadamente a Graco. Todavía quería creer que, en el último instante, aquel hombre recuperaría algo de humanidad.

—Graco... por favor... Ayúdame. El liberto la observó con absoluta frialdad. Aquellos ojos ya no conservaban nada del hombre que un día había conocido. Solo quedaba odio.