EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 16 #4
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CAPÍTULO 16 #4

Dentro de la vivienda, Julia seguía sin apartar la vista de Graco.

—¿Has estado trabajando para Tiberio todo este tiempo?

El liberto no respondió. Solo siguió empujándola por los pasillos.

—¿Era todo mentira?

—No. Lo único verdadero fue que te amé y precisamente por eso no pienso dejarte con él.

Julia negó lentamente con la cabeza.

—Eso no es amor. Es egoísmo. Es obsesión.

Graco no respondió. Llegaron hasta una habitación.

Movió un pesado armario. Tras él apareció la entrada a un estrecho pasadizo subterráneo.

Julia comprendió inmediatamente. Aquel era el túnel secreto de Tiberio.

Los mercenarios comenzaron a descender. Graco la obligó a seguirlos.

El aire era húmedo y apenas se podía respirar. Solo se escuchaba el eco de sus pasos.

Julia caminaba en silencio. Tenía miedo.

Mucho miedo. Pero se negó a llorar delante de ellos.

No pensaba concederles esa victoria. Al cabo de varios minutos alcanzaron la salida.

Una pequeña gruta oculta entre los acantilados.

Tan bien escondida que nadie habría imaginado que existía.

Abajo, una estrecha cala permanecía protegida de las miradas.

Un bote los esperaba balanceándose suavemente sobre las aguas.

Los mercenarios empujaron a Julia hacia la embarcación.

Antes de subir, la joven volvió la vista hacia Baelo Claudia.

Sobre las murallas aún se elevaban columnas de humo.

En algún lugar de aquella ciudad... Marco estaría buscándola seguramente.

Sin saber que cada palada del bote la alejaba un poco más de él.

Marco permanecía inmóvil a la entrada de la gruta.

Observaba el pequeño embarcadero oculto entre los acantilados mientras la rabia le oprimía el pecho.

Habían llegado demasiado tarde. Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos comenzaron a blanquear.

Aún podía imaginar a Julia descendiendo por aquel túnel, rodeada de mercenarios.

Se había prometido protegerla y había fracasado.

Aquella certeza le atravesó el alma como una espada.

Ahora comprendía por qué el enemigo siempre parecía adelantarse a todos sus movimientos.

Tiberio. Todo había sido obra de Tiberio.

Gracias a él, los piratas habían entrado y salido de Baelo Claudia sin levantar sospechas.

Habían conocido los movimientos de la guarnición y encontrado un refugio seguro dentro de la ciudad.

El comerciante los había traicionado a todos.

Marco respiró profundamente intentando dominar la ira. Si Julia sufría el menor daño... juró para sus adentros que Tiberio no encontraría lugar alguno donde esconderse. Jamás. Se volvió hacia los hombres que aguardaban detrás de él. Su voz recuperó la firmeza del comandante.

—Volvemos al puerto. Vamos tras ellos. Uno de los centuriones dio un paso al frente.

—Mi general, existe un problema.

Marco fijó la vista en él.

—Hablad.

—Las embarcaciones atracadas son mercantes. Ninguna está preparada para un combate naval. Si intentamos acercarnos al barco pirata sin protección, nos convertirán en un blanco fácil.

Marco permaneció unos segundos en silencio. Miró hacia el horizonte. El barco de Spículus ya comenzaba a alejarse lentamente de la costa. Cada instante que perdían acercaba más a Julia a un destino desconocido.

—Lucio —preguntó sin apartar la vista del mar—, ¿queda alguna embarcación en condiciones de navegar y plantar cara a ese barco?

El centurión reflexionó unos instantes.

—No puedo asegurarlo, mi general. Tendremos que comprobar el estado de los barcos del puerto. Quizá alguno

pueda adaptarse con rapidez, pero no puedo prometerlo.

Marco apretó la mandíbula. No tenían otra opción.

—Entonces no perdamos un solo instante. Quiero todos los capitanes reunidos en cuanto lleguemos.

Requisaremos cualquier nave capaz de mantenerse a flote.

Y si ninguna está preparada para el combate...

la prepararemos nosotros. Los soldados asintieron al unísono.

Sin añadir una palabra más, Marco echó a correr hacia la ciudad.

No pensaba permitir que el mar le arrebatara a Julia.

Aunque tuviera que perseguir a Spículus hasta el último rincón del Imperio.

Julia fue empujada a bordo del barco con tanta fuerza que estuvo a punto de caer sobre la cubierta.

El penetrante olor a brea, salitre y pólvora impregnaba el aire.

A su alrededor, los piratas corrían de un lado a otro con una coordinación que la sorprendió.

Mientras unos cargaban los proyectiles incendiarios, otros tensaban las cuerdas de las catapultas o vigilaban la costa atentos a cualquier persecución.

A pesar del miedo que la atenazaba, Julia no pudo evitar pensar que aquellos hombres estaban extraordinariamente bien organizados.

Aquella disciplina solo podía tener un responsable.

Spículus. Sin duda, aquel era el temido pirata del que tantas veces había oído hablar a Marco.

Graco la obligó a descender por una estrecha escalera de madera. Al llegar al fondo del barco abrió de un empujón una pesada puerta.

—Quédate aquí y procura no dar problemas.

Sin esperar respuesta, la empujó al interior. Julia cayó de rodillas sobre el suelo de madera. La puerta se cerró tras ella con un fuerte golpe y el sonido del cerrojo resonó en la oscuridad.

Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil. Solo se escuchaba el crujido del casco al abrirse paso entre las olas. Entonces... algo se movió al fondo de la estancia. Julia sintió cómo el corazón se le aceleraba. Se incorporó lentamente.

—¿Quién anda ahí? —preguntó intentando que el miedo no se reflejara en su voz.

Del rincón más oscuro surgió una silueta.

—¡Julia!... ¡Por todos los dioses...!

La joven reconoció inmediatamente aquella voz.

—¡Claudia!

Las dos mujeres corrieron la una hacia la otra y se fundieron en un fuerte abrazo. Durante largos segundos ninguna fue capaz de pronunciar una sola palabra. Solo lloraban. Claudia se aferraba a Julia con todas sus fuerzas, como si temiera volver a perderla.

—Pensé... pensé que nunca volvería a verte... —balbuceó entre sollozos—. Han matado a Quinto...

Julia la sujetó por los hombros.

—No, Claudia. Escúchame. Quinto sigue vivo.

La muchacha levantó la cabeza de golpe. Sus ojos, enrojecidos por el llanto, buscaron los de Julia con desesperación.

—¿Qué... qué has dicho?

—Paulo os siguió cuando salisteis de la casa. Él fue quien nos avisó. Cuando llegamos, Quinto todavía respiraba.

Claudia apenas podía creerlo.

—¿Estás segura?

Julia asintió.

—Completamente. Lo trasladamos a la domus. Un galeno del campamento acudió inmediatamente y operó la herida. Está muy grave... pero sigue luchando por vivir.

Claudia rompió a llorar de nuevo. Esta vez no eran lágrimas de desesperación. Eran de esperanza.

—Gracias a los dioses... —susurró llevándose ambas manos al rostro—. Creí que había muerto delante de mí...

Julia volvió a abrazarla. Permanecieron así unos instantes, intentando darse mutuamente el consuelo que ninguna de las dos encontraba.

En ese momento el barco comenzó a moverse con mayor fuerza.

Las dos perdieron el equilibrio y acabaron sentándose sobre el suelo de la bodega.

El silencio duró apenas unos segundos. Fue Claudia quien habló primero.

—¿Cómo han conseguido capturarte?

Julia dejó escapar un largo suspiro.

—Graco apareció en la domus. Dijo que había descubierto algo que ponía en peligro a Marco. Aseguró que necesitaba hablar con él inmediatamente. Y yo... le creí.

Claudia apretó los puños.

—¡Maldito traidor!

Siempre sospeché que ese hombre acabaría haciendo alguna locura.

Julia bajó la mirada.

—Marco me había ordenado no salir de la casa bajo ningún concepto. Y, aun así... desobedecí.

Claudia negó con firmeza.

—No podías imaginar algo así. Él se aprovechó de que querías proteger a tu marido.

Julia guardó silencio. Aquellas palabras no conseguían aliviar el sentimiento de culpa que la consumía. Después levantó lentamente la vista. Había una pregunta que no dejaba de repetirse en su cabeza.

—¿Crees que Marco conseguirá encontrarnos?

Claudia sonrió por primera vez desde que había sido secuestrada. Una sonrisa débil pero sincera.

—Conozco al general. Moverá cielo y tierra para rescatarte. Aunque tenga que perseguir este barco hasta el fin del mundo.

Julia cerró los ojos un instante. Ella también conocía a Marco. Y sabía que, mientras siguiera con vida... jamás dejaría de buscarla.

Sobre sus cabezas volvió a escucharse el estruendo de una catapulta. El barco entero vibró con el disparo. Ambas mujeres levantaron la vista en silencio. La guerra todavía no había terminado.

Marco había zarpado con una centuria de legionarios a bordo de la única embarcación que todavía podía hacerse a la mar.

La mayoría de los barcos mercantes permanecían escorados junto al muelle o habían quedado seriamente dañados por el bombardeo.

No era un navío de guerra, ni estaba preparado para un abordaje, pero era la única esperanza que les quedaba.

Sobre la cubierta, Marco mantenía la vista fija en el horizonte.

A lo lejos, el barco de Spículus avanzaba impulsado por el viento, aumentando poco a poco la distancia que los separaba.

Cada instante que pasaba alejaba un poco más a Julia.

Sintió una punzada de impotencia. En tierra era capaz de prever cada movimiento del enemigo, conocía el terreno, sabía dónde colocar a sus hombres, cómo tender una emboscada, cómo convertir cualquier desventaja en una oportunidad, pero el mar...

el mar era un campo de batalla completamente distinto.

Allí dependían del viento, de las corrientes y de un capitán al que apenas conocían.

Por fortuna, el patrón del mercante había permanecido a bordo cuando comenzó el ataque y ahora gobernaba la nave con toda la velocidad que el barco era capaz de ofrecer.