CAPÍTULO 16 #3
Julia le entregaba cada instrumento antes incluso de que él lo pidiera.
Cuando terminó el último punto, el anciano dejó escapar un largo suspiro.
Después aplicó un espeso ungüento sobre la herida y la cubrió cuidadosamente con vendas limpias.
Permaneció unos instantes observando al paciente. Finalmente se volvió hacia Julia.
—La herida está cerrada. Ahora la batalla ya no depende de nosotros. Depende de él.
Le entregó un pequeño recipiente de barro.
—Aplicadle este ungüento cada vez que cambiéis las vendas. Y si recupera el conocimiento y el dolor se vuelve insoportable... dadle solo unas gotas de este preparado de adormidera. No más.
Julia tomó el frasco.
—¿Por qué?
—Porque aliviará su sufrimiento... pero demasiadas gotas podrían detener su respiración.
Ella asintió lentamente. Comprendía perfectamente el riesgo. El anciano comenzó a guardar sus instrumentos.
—Debo regresar al campamento. Esta noche habrá muchos hombres que necesiten mis manos.
Julia inclinó la cabeza con gratitud.
—Gracias.
El médico abandonó la habitación sin volver la vista atrás.
Durante unos instantes reinó un silencio absoluto.
Julia volvió a sentarse junto al lecho de Quinto.
Le tomó la mano. Estaba fría. Demasiado fría.
Mientras cambiaba con cuidado el paño ensangrentado que cubría la herida, una única idea no dejaba de repetirse en su cabeza.
—¿Dónde estás, Claudia...? Ojalá los dioses también estén velando por ti.
Mientras tanto, en la húmeda bodega del barco pirata, Claudia recuperó lentamente el conocimiento.
Un intenso dolor le atravesaba la cabeza.
Intentó incorporarse. Las muñecas le dolían por las cuerdas que las mantenían atadas y el olor a salitre, humedad y madera mojada impregnaba el reducido calabozo donde la habían encerrado.
Durante unos instantes no recordó dónde estaba. Entonces la memoria regresó de golpe: Quinto, la emboscada, la espada atravesándole el costado, su cuerpo desplomándose sobre los adoquines… Un sollozo escapó de sus labios. Se abrazó las rodillas con desesperación.
—No... —susurró entre lágrimas—. No...
La imagen del tribuno cayendo una y otra vez delante de sus ojos era insoportable.
Nunca había sentido un dolor semejante. Ni siquiera cuando fue vendida como esclava siendo apenas una niña.
Hasta aquella noche no había comprendido cuánto significaba Quinto para ella.
Había muerto intentando protegerla y ella no había podido hacer absolutamente nada.
Las lágrimas comenzaron a resbalar sin control por sus mejillas.
—Perdóname... lo siento tanto...
Apoyó la frente sobre las rodillas mientras intentaba contener el llanto. Pero era imposible. Sentía que le arrancaban el alma.
Por encima del ruido del mar llegaban los gritos de los piratas.
Cada vez que una catapulta lanzaba un nuevo proyectil, los hombres rompían en vítores.
El barco entero vibraba con cada disparo.
Claudia levantó lentamente la cabeza. Pensó en Julia, en Helena, en Paulo.
En todos los que seguían en Baelo Claudia.
—Que los dioses los protejan...
Murmuró una breve oración antes de cerrar nuevamente los ojos.
Sobre la cubierta, Spículus contemplaba la ciudad envuelta en llamas. Una sonrisa de satisfacción asomó a sus labios.
—Seguid bombardeando. No dejéis que los romanos respiren.
Uno de sus hombres se acercó.
—Capitán... ¿cuánto tiempo seguiremos aquí?
Spículus volvió la vista hacia la costa.
—Hasta que nuestro hombre termine su trabajo.
El pirata miró de nuevo hacia la ciudad.
—A estas alturas ya debería haber capturado a la muchacha.
—¿Creéis que lo conseguirá?
Spículus soltó una carcajada.
—Lo conseguirá. Tiene más interés que nadie en verla muerta.
El marinero sonrió.
—¿Y si fracasa?
El rostro del pirata recuperó toda su dureza.
—Entonces zarparemos sin él. Los hombres que fracasan... no merecen un lugar entre los míos.
El marinero inclinó la cabeza.
—Como ordenéis, capitán.
Spículus volvió la mirada hacia Baelo Claudia. Sus hombres habían cometido un error capaz de arruinar todo el plan. En la bodega no estaba la esposa del general. Sino la mujer del tribuno Quinto y ese simple error estaba a punto de cambiar el destino de todos.
La noche fue dando paso lentamente al amanecer.
Sentada junto al lecho de Quinto, Julia humedecía un paño de lino en agua fresca y lo apoyaba con cuidado sobre la frente del tribuno.
La fiebre había comenzado a subir durante la madrugada y cada respiración del joven sonaba más fatigosa que la anterior.
No podía dejar de pensar en Marco, ni en Claudia. Desde el inicio del ataque no había vuelto a tener noticias de ninguno de los dos. Un nuevo suspiro escapó de sus labios.
—Resiste, Quinto... Por favor.
En ese momento apareció Horacio en la puerta de la habitación.
—Julia, preguntan por vos en la entrada de la domus.
Ella levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Quién es? ¿Ha ocurrido algo? ¿Es Marco?
—No, señora. Es Graco. Dice que necesita hablar con vos con urgencia.
Julia frunció el ceño.
—¿Graco? Pensaba que ya habría partido hacia Ostia con el cargamento.
—Yo también. Dice que es asunto de vida o muerte.
Julia permaneció unos segundos pensativa. Apenas unos días antes el liberto se había despedido de ella con aparente serenidad, aceptando que jamás correspondería a sus sentimientos. Parecía sinceramente arrepentido. Quizá hubiera regresado para advertirles de algo.
—Quédate vigilando al tribuno —ordenó a Horacio—. No lo dejéis solo ni un instante.
—Así se hará.
—¿Los demás siguen refugiados en la bodega?
—Sí, señora. Nadie ha salido desde vuestra orden.
Julia asintió y abandonó la habitación.
Al llegar al atrio encontró a varios soldados impidiendo el paso al liberto. Graco presentaba un aspecto lamentable. La túnica estaba manchada de barro y polvo. El cabello revuelto. Respiraba con dificultad, como si hubiera corrido durante largo tiempo. Al verla, dio un paso hacia ella.
—¡Julia! Gracias a los dioses...
—¿Qué haces aquí? Creía que estabas camino de Ostia. ¿Dónde está el barco?
Graco miró rápidamente a ambos lados antes de responder.
—Luego os lo explicaré. Ahora no hay tiempo. He descubierto algo que el general debe saber inmediatamente.
Julia sintió un escalofrío.
—¿Qué ocurre?
—Los mercenarios no solo atacan desde el mar. Hay hombres infiltrados dentro de Baelo Claudia y el general corre un grave peligro.
Julia palideció.
—¿Qué peligro?
Graco negó con la cabeza.
—No aquí. Necesito llevaros al campamento. Si intento hablar con el general, probablemente ni siquiera me reciba pero tu eres su esposa. Te escuchará.
El centurión dio inmediatamente un paso al frente.
—Las órdenes del general fueron muy claras. La señora no abandonará esta casa bajo ningún concepto.
Graco respiró profundamente, aparentando contener la impaciencia.
—Entonces perderemos un tiempo precioso.
Julia miró al soldado. Sabía que Marco le había prohibido salir. Pero si realmente existía un peligro contra él... ¿Cómo permanecer allí sin hacer nada?
—Si Graco dice la verdad, debo advertir a mi marido.
El centurión negó lentamente con la cabeza.
—No me gusta esto. Ni un poco.
Miró fijamente al liberto.
—Pero tampoco puedo ignorar una posible amenaza contra el general. Acompañaré personalmente a la señora.
Graco esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Como deseéis.
La pequeña comitiva avanzó con cautela por las calles todavía cubiertas de humo. El silencio era inquietante. Solo se escuchaban, a lo lejos, los gritos procedentes del puerto y el estruendo ocasional de algún edificio que terminaba desplomándose. Julia caminaba junto a Graco.
—Ahora ya puedes hablar. ¿Qué has descubierto?
—Estamos cerca... Un poco más.
Ella lo observó extrañada. Algo en su voz había cambiado. De pronto... varias sombras surgieron simultáneamente de dos tabernas abandonadas. Mercenarios, fuertemente armados. Los legionarios desenvainaron de inmediato.
—¡Proteged a la señora!
Pero fue demasiado tarde. En un movimiento rapidísimo, Graco sujetó a Julia por detrás y apoyó una afilada daga contra su cuello.
Durante un instante la joven quedó paralizada.
No comprendía lo que estaba ocurriendo. Después sintió el frío del acero sobre la piel y una fina gota de sangre comenzó a resbalar por su garganta. El centurión levantó la espada.
—¡Maldito traidor!
Graco sonrió con una calma que resultaba aterradora.
—Un paso más... ...y le corto el cuello.
Los soldados quedaron inmóviles. Julia volvió lentamente la cabeza. Miró a Graco con absoluta incredulidad.
—¿Por qué...?
Él sostuvo su mirada. Durante unos segundos pareció debatirse entre la rabia y la tristeza.
—Todo habría sido distinto si me hubieras elegido.
Julia sintió un profundo dolor. No por miedo. Sino por comprobar hasta dónde había llegado la obsesión de aquel hombre.
—Jamás te di motivos para creer eso.
—No. Pero elegiste a otro.
—Porque nunca fui tuya. Ni lo habría sido jamás.
Graco cerró los ojos un instante. Aquellas palabras parecieron atravesarlo. Cuando volvió a abrirlos, toda la dulzura había desaparecido. Solo quedaba resentimiento.
—Entonces él tampoco podrá tenerte.
Los mercenarios comenzaron a retroceder lentamente. Los legionarios los siguieron sin apartar las armas de ellos. Nadie se atrevía a lanzar un ataque. La vida de la esposa del general dependía de un simple movimiento.
Tras recorrer varias calles llegaron frente a una elegante domus.
Julia sintió un vuelco en el corazón. Conocía perfectamente aquella casa.
La residencia de Tiberio. De pronto todas las piezas comenzaron a encajar.
El ataque, los mercenarios, la desaparición de Claudia, Graco.
Todo formaba parte del mismo plan. Los piratas empujaron la puerta y entraron rápidamente.
—¡Rodead la casa! —ordenó el centurión—. ¡Y corred a avisar al general!
Varios legionarios salieron inmediatamente hacia el campamento.