CAPÍTULO 16 #2
Media hora después, Marco se encontraba sobre la muralla occidental dirigiendo la defensa de Baelo Claudia.
Desde allí contemplaba el resplandor de los incendios que comenzaban a extenderse por distintos puntos de la ciudad mientras, mar adentro, el barco enemigo continuaba lanzando proyectiles incendiarios con una cadencia implacable.
Cada impacto iba seguido de gritos, de edificios que se derrumbaban, del llanto de quienes huían buscando refugio.
Marco permanecía inmóvil. Solo sus ojos recorrían el campo de batalla.
—Lucio —dijo sin apartar la vista del mar—. ¿Está preparada la artillería?
El centurión dio un paso al frente.
—Sí, mi general. Las balistas y los escorpiones están listos. Los hombres esperan vuestra orden.
—¿El barco sigue fuera de alcance?
—Todavía sí. Se mantiene a una distancia prudente. Saben perfectamente cuál es el alcance de nuestras máquinas.
Marco apretó la mandíbula. Aquellos piratas no actuaban al azar. Alguien los dirigía y conocía demasiado bien la forma de combatir de Roma.
—No desperdiciéis un solo proyectil —ordenó con serenidad—. Esperaremos a que cometan un error. En cuanto entren en nuestro alcance, concentrad todos los disparos sobre el timón y la cubierta. Quiero inutilizar ese barco antes de que pueda alejarse.
—Así se hará, mi general.
—Preparad también la brea. Si intentan desembarcar, incendiaremos la playa antes de permitir que pongan un pie en tierra.
Lucio asintió y se disponía a marcharse cuando un legionario apareció corriendo escaleras arriba. Venía jadeando. Se cuadró inmediatamente.
—¡Mi general!
Marco volvió la cabeza.
—Hablad.
—Traigo un mensaje urgente del centurión que protege la domus.
Durante una fracción de segundo, el corazón de Marco dejó de latir. Solo pensó en Julia.
—¿Qué ha ocurrido?
—El tribuno Quinto ha sido encontrado gravemente herido en un callejón de la ciudad. Lo han trasladado a la domus. Vuestra esposa intenta salvarle la vida.
Marco permaneció completamente inmóvil. Sintió un inmenso alivio al comprender que Julia estaba a salvo, pero ese alivio desapareció casi al instante. Quinto. Su mejor amigo. El hombre con el que había compartido campañas durante media vida.
—¿Vive?
—Sí, mi general. Pero el centurión teme que no sobreviva a la noche.
Marco cerró los ojos apenas un instante. Solo uno. Cuando volvió a abrirlos, el general había sustituido al amigo.
—Enviad inmediatamente al mejor galeno del campamento. Que ayude a mi esposa.
—Sí, señor.
—¿Cómo ocurrió?
—Le tendieron una emboscada. Lo dieron por muerto... y secuestraron a la mujer que lo acompañaba.
Marco frunció el ceño. Ya conocía la respuesta antes de formular la siguiente pregunta.
—¿Quién era?
—Una joven llamada Claudia, señor.
Marco desvió la mirada hacia la ciudad. Sabía lo que aquella noticia significaría para Julia. Y comprendió también que Quinto jamás habría permitido que se la llevaran mientras pudiera seguir luchando.
El tribuno había vendido muy cara su derrota. Respiró hondo. No era momento para lamentarse. Todavía había una ciudad que defender.
—Que el oficial siguiente en la cadena de mando ocupe el puesto del tribuno.
—Así se hará.
El mensajero saludó y se retiró. Marco volvió a dirigirse a Lucio.
—Envía una centuria a patrullar las calles.
Lucio levantó la vista sorprendido.
—¿Creéis que hay más hombres dentro de la ciudad?
—No lo creo. Estoy seguro. Ese ataque no es obra únicamente del barco. Quiero patrullas en todos los accesos al puerto. Que registren cada callejón y decid a los hombres que no bajen la guardia. Si esos mercenarios siguen en Baelo Claudia... esta noche volverán a matar.
Mientras tanto, en la domus de Tiberio, el nerviosismo comenzaba a transformarse en auténtico pánico.
El hombre recorría la estancia de un lado a otro sin dejar de escuchar el silbido de los proyectiles que cruzaban el cielo.
Cada explosión hacía temblar los muros de la casa y le recordaba que el plan había escapado por completo a su control.
Spículus jamás le había hablado de bombardear Baelo Claudia. Aquello no formaba parte del acuerdo. Si hubiera conocido sus verdaderas intenciones, habría abandonado la ciudad antes de que comenzara el ataque.
—¡Maldito insensato! —murmuró entre dientes mientras abría un arcón.
Con manos temblorosas empezó a llenar una bolsa de cuero con monedas de oro, joyas y pequeños objetos de valor.
Todo lo demás podía perderse. El oro, no.
Un nuevo impacto hizo vibrar el suelo bajo sus pies.
Del techo cayó una fina lluvia de polvo.
Tiberio levantó la vista instintivamente.
Por primera vez sintió miedo de morir. Sin perder un segundo más, abrió la puerta que ocultaba el acceso al pasadizo secreto excavado años atrás bajo la casa.
Aquel corredor conducía fuera de las murallas.
Nadie, salvo él, conocía su existencia. Ni siquiera Valeria.
En la habitación contigua, Valeria permanecía inmóvil sobre el lecho.
La pierna fracturada le impedía levantarse y el estruendo que llegaba desde el exterior aumentaba por momentos su angustia.
No sabía qué estaba ocurriendo. Solo escuchaba explosiones, gritos y el ruido de la ciudad desmoronándose.
Comenzó a golpear desesperadamente el cabecero con el puño.
—¡Servia!... ¡Servia!... ¡Por todos los dioses, sacadme de aquí!
Al cabo de unos instantes, la puerta se abrió bruscamente. La criada entró jadeando.
—¡Señora!
Valeria respiró aliviada.
—¿Qué sucede? ¿Qué son esos estruendos?
—Están atacando la ciudad. Lanzan enormes proyectiles desde el mar. Son los mercenarios de los que hablasteis.
Valeria palideció. Durante unos segundos permaneció en silencio. Después formuló la única pregunta que realmente le importaba.
—¿Dónde está mi marido?
Servia bajó la mirada.
—No lo sé, señora. Hace un rato entró en sus aposentos y desde entonces nadie lo ha vuelto a ver.
Valeria comprendió la verdad al instante. Una amarga sonrisa apareció en sus labios.
—No ha huido de los enemigos... Ha huido de mí.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.
—Cuando un barco se hunde... las primeras en escapar son las ratas.
Servia permaneció en silencio. No encontró palabras para consolarla.
Mientras tanto, Tiberio avanzaba apresuradamente por el estrecho pasadizo subterráneo.
Apretaba la bolsa contra el pecho como si en ella llevara su propia vida.
Ni una sola vez volvió la vista atrás. Había dejado a Valeria encerrada en la casa.
Si el bombardeo acababa con ella... no perdería gran cosa.
Hacía tiempo que había dejado de serle útil.
Y, aunque hubiera querido llevársela, jamás habría conseguido arrastrarla con la pierna destrozada.
No. Era mejor marcharse solo. Además, nadie debía conocer aquella vía de escape.
Quizá algún día volviera a necesitarla. Sin embargo, mientras se alejaba de la ciudad, ignoraba que la mayor amenaza ya no era el bombardeo de Spículus.
La verdadera ruina de Tiberio acababa de comenzar.
Mientras tanto, en la domus de Tito Livio, la lucha por otra vida acababa de comenzar.
Julia apenas había tenido tiempo de cambiar su vestido de novia.
Las manos que unas horas antes habían sostenido el ramo ceremonial estaban ahora cubiertas de sangre.
La del hombre que yacía inconsciente sobre el lecho.
—¡Horacio, deprisa! Traed mi bolsa de ungüentos y los lienzos limpios. ¡Se está desangrando!
Horacio desapareció corriendo escaleras arriba mientras varios soldados depositaban cuidadosamente al tribuno sobre el camastro.
Julia apoyó ambas manos sobre la profunda herida del costado, intentando contener la hemorragia.
La sangre seguía brotando entre sus dedos.
El centurión observaba la escena con el rostro desencajado.
—¿Creéis... que sobrevivirá?
Julia ni siquiera levantó la vista.
—No lo sé. Y ahora mismo no puedo perder el tiempo pensando en ello. Ayudadme a quitarle la túnica.
Entre ambos rasgaron la ropa empapada en sangre. Cuando la apartaron, Julia sintió un nudo en el estómago. La herida era mucho más profunda de lo que había imaginado. Si la espada había alcanzado algún órgano vital... solo los dioses podrían salvarlo.
En ese instante regresó Horacio. Pero no venía solo. Tras él apareció un hombre de edad avanzada con una bolsa de cuero al hombro.
—Señora, el general ha enviado al galeno del campamento.
Julia respiró aliviada.
—Gracias a los dioses...
El médico apenas perdió un instante. Se arrodilló junto al lecho y examinó cuidadosamente la herida.
Después tomó el pulso del tribuno. Observó el color de sus labios.
Levantó un párpado y finalmente abrió su bolsa.
En su interior descansaba un completo instrumental de cirugía: pinzas, agujas curvas y rectas, pequeños bisturíes, sondas, espátulas y ganchos de bronce perfectamente ordenados.
—Necesito brasas y vino caliente.
Horacio salió inmediatamente a cumplir la orden. El galeno comenzó a limpiar cuidadosamente la herida mientras Julia sostenía una lámpara para iluminar mejor el campo de trabajo.
Fuera, un nuevo proyectil sacudió la ciudad. Nadie apartó la vista del tribuno. El médico introdujo con cuidado una sonda para comprobar la profundidad de la herida. Frunció el ceño. Julia advirtió inmediatamente su gesto.
—¿Ha alcanzado algún órgano?
El anciano tardó unos segundos en responder.
—No puedo asegurarlo. Pero si hubiera perforado el hígado o el intestino... ya estaría muerto. Todavía tiene una oportunidad.
Julia respiró profundamente. Era todo cuanto necesitaba escuchar. Durante más de una hora trabajaron casi sin pronunciar palabra. El galeno limpió la herida, detuvo la hemorragia y comenzó a suturar lentamente los músculos desgarrados.