EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Después de la boda de Julia, a Paulo le resultaba imposible conciliar el sueño.

Todo cuanto había vivido aquella noche daba vueltas en su cabeza.

Nunca antes había asistido a una celebración semejante.

Todavía recordaba el aroma de los asados, las bandejas rebosantes de frutas y dulces bañados en miel, las copas de vino que no dejaban de llenarse y las conversaciones de aquellos patricios que parecían pertenecer a un mundo completamente distinto al suyo.

Por primera vez se había sentido importante.

Había acompañado a Julia durante la ceremonia, había formado parte del cortejo nupcial y todos lo habían tratado con un cariño que jamás habría imaginado cuando todavía era un niño esclavo.

Mientras Helena dormía profundamente a su lado, él seguía con los ojos abiertos mirando el techo.

Aquella noche había descubierto cómo vivían los hombres libres y él quería llegar a ser como ellos. Algún día lo conseguiría.

Con disimulo palpó el pequeño bolsillo que llevaba cosido en el interior de la túnica. Había escondido un par de pasteles de miel y unos higos secos aprovechando que nadie reparaba en él.

Los guardaría para compartirlos con Helena al día siguiente.

Pensando en ello, una sonrisa traviesa apareció en su rostro.

Como el sueño seguía sin llegar, salió del pequeño camastro procurando no despertar a su hermana.

Abrió despacio la puerta y se asomó al pasillo.

La domus permanecía casi en silencio. Solo algunos sirvientes recogían todavía los restos del banquete.

Cuando atravesaba el atrio, distinguió dos figuras que abandonaban la casa sin llamar la atención. Entrecerró los ojos. Eran el tribuno Quinto y Claudia. Los vio alejarse abrazados. Paulo sonrió con picardía.

—¿Dónde irán a estas horas...? —murmuró para sí.

La curiosidad pudo más que él. Sin hacer ruido comenzó a seguirlos.

Conocía aquellas calles mejor que nadie y sabía cómo esconderse entre las sombras sin ser descubierto.

La pareja caminaba despacio, completamente ajena a que alguien los observaba.

Paulo avanzaba unos metros por detrás, ocultándose tras columnas, carros y esquinas.

Al doblar una calle que descendía hacia el puerto, dejó de verlos durante unos instantes.

Entonces escuchó voces. No eran voces normales.

Sonaban tensas, amenazadoras. El niño se quedó inmóvil.

Después llegaron los primeros golpes de acero.

Su corazón comenzó a latir con violencia.

Muy despacio se dejó caer al suelo y avanzó arrastrándose junto a la pared hasta alcanzar la esquina.

Asomó apenas unos centímetros la cabeza y sintió que el mundo se detenía. Seis hombres rodeaban al tribuno.

Quinto luchaba solo contra todos ellos. Nunca había visto a nadie pelear de aquella manera. La espada del soldado brillaba una y otra vez bajo la luz de la luna.

Uno de los atacantes cayó. Después otro.

Pero seguían siendo demasiados. De pronto uno de aquellos hombres sujetó a Claudia.

Ella gritó y Quinto giró instintivamente la cabeza.

En ese preciso instante una espada se hundió en su costado.

El tribuno lanzó un grito de dolor pero aun así continuó luchando.

Abatió a otro de sus enemigos antes de desplomarse finalmente sobre los adoquines.

Paulo abrió mucho los ojos. Contuvo un grito llevándose ambas manos a la boca. Vio cómo uno de los hombres golpeaba a Claudia en la cabeza. La muchacha dejó de moverse. Después la cargaron sobre sus hombros y desaparecieron calle abajo.

El silencio volvió a adueñarse del callejón. El niño permaneció inmóvil unos segundos. No se atrevía a moverse. Cuando estuvo seguro de que aquellos hombres se habían marchado, salió lentamente de su escondite. Corrió hasta donde yacía el tribuno.

—¿Señor Quinto...? —susurró con la voz quebrada.

Se arrodilló junto a él. Lo sacudió suavemente por un hombro. No obtuvo respuesta. Apoyó una mano sobre el pecho del soldado. Seguía caliente, pero Paulo era demasiado pequeño para saber si todavía respiraba. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.

—No... no os muráis... Por favor...

Al ver la enorme cantidad de sangre que brotaba de la herida, creyó que ya era demasiado tarde.

Aterrado, se puso en pie. Solo podía hacer una cosa.

Echar a correr. Corrió con todas sus fuerzas en dirección a la domus, sin dejar de llorar, convencido de que el tribuno acababa de morir ante sus ojos.

Mientras tanto, un violento estruendo hizo temblar los muros de la casa de Tito Livio. En el atrio reinaba el desconcierto. Los sirvientes corrían de un lado a otro mientras los últimos restos del banquete quedaban abandonados sobre las mesas. Horacio apareció con el rostro desencajado.

—¿Qué está pasando, general?

Marco escuchó un nuevo estampido. No tenía ninguna duda.

—La ciudad está siendo atacada. Necesito que todos se refugien inmediatamente. ¿Hay algún lugar seguro?

—La bodega.

—Perfecto. Llevad allí a las mujeres, a los niños y a todos los sirvientes.

Julia dio un paso hacia él.

—Quiero acompañarte.

Marco negó con firmeza.

—No, necesito saber que estarás a salvo. Si tengo que preocuparme por ti, no podré dirigir a mis hombres.

Julia bajó la cabeza apenas un instante. Sabía que tenía razón.

—Está bien... pero prométeme que volverás.

Marco le acarició el rostro.

—Te lo prometo.

Se inclinó, depositó un breve beso sobre su frente y salió corriendo de la domus, seguido por varios legionarios que ya acudían a reunirse con él. Apenas cruzó la puerta principal, el cuerno de alarma comenzó a resonar por toda Baelo Claudia. La guerra acababa de llegar a la ciudad.

Julia respiró hondo para dominar el miedo que amenazaba con paralizarla. Después se volvió hacia los sirvientes.

—Todos a la bodega. ¡Rápido! Ayudad a los niños y no os separéis unos de otros.

Los criados obedecieron de inmediato. En ese momento apareció Prisca, completamente desencajada.

—¡Horacio! No encuentro a Paulo. Ese demonio de muchacho no está en su cama.

Julia volvió la vista hacia Helena, que lloraba abrazada a su madre.

—¿No estabais durmiendo juntos?

La niña asintió entre sollozos.

—Cuando me desperté... ya no estaba.

Julia intercambió una rápida mirada con Horacio.

—No os preocupéis. Nosotros iremos a buscarlo. Vosotras llevad a todos a la bodega.

Sin perder un instante comenzaron a recorrer la domus, llamando al muchacho a voces.

—¡Paulo!

—¡Paulo!

Registraron las habitaciones, la cocina, el atrio, el peristilo e incluso los almacenes.

Nada. Cada nuevo estampido hacía vibrar la casa y aumentaba la angustia de Julia.

Cuando comprendieron que el niño no estaba allí, salieron apresuradamente al exterior.

La patrulla que Marco había dejado custodiando la casa les salió al paso.

El centurión levantó una mano para detenerlos.

—El general ha ordenado que nadie abandone la domus, especialmente vos, señora.

Julia apenas le dejó terminar.

—Ha desaparecido uno de los niños. Lo hemos buscado por toda la casa y no aparece. Necesitamos vuestra ayuda.

El centurión vaciló apenas un instante. Entonces, desde el fondo de la calle, una voz desgarró la noche.

—¡¡Padre!!

Todos volvieron la cabeza. Paulo corría hacia ellos completamente descompuesto. Lloraba, tropezaba, apenas podía respirar. Horacio salió a su encuentro y se arrodilló justo cuando el niño se arrojó entre sus brazos. Lo abrazó con fuerza.

—¿Dónde estabas? ¿Sabes el susto que nos has dado?

Paulo apenas conseguía articular palabra.

—Padre... el tribuno...

Horacio lo sujetó por los hombros.

—Tranquilo. Respira. ¿Qué ha ocurrido?

El niño rompió a llorar.

—Han atacado al tribuno Quinto... y... y se han llevado a Claudia.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó el centurión.

—Unos hombres... eran muchos... Lo hirieron con una espada... Claudia quiso ayudarlo... pero se la llevaron.

Julia sintió que el corazón se le detenía. Se agachó frente al muchacho.

—Paulo, mírame. ¿Sabes dónde está el tribuno?

El niño asintió con desesperación.

—Sí. Yo lo vi todo. Creo... creo que está muerto.

Las últimas palabras apenas fueron un susurro. Julia apoyó una mano sobre su hombro.

—Llévanos hasta él.

El centurión no dudó más.

—¡Vamos!

Comenzaron a correr por las estrechas callejuelas siguiendo al pequeño.

A su alrededor reinaba el caos. Las familias buscaban refugio mientras enormes proyectiles cruzaban el cielo nocturno envueltos en llamas.

Las catapultas de la ciudad respondían desde las murallas, y cada impacto hacía temblar los edificios de Baelo Claudia.

—¡Es allí! —gritó Paulo señalando un callejón.

Todos aceleraron el paso. A unos metros, tendido sobre los adoquines, yacía el cuerpo inmóvil de Quinto. El centurión fue el primero en arrodillarse junto a él. Buscó el pulso en el cuello. Durante unos interminables segundos nadie respiró. Finalmente levantó la cabeza.

—Tiene pulso.

Todos soltaron el aire al mismo tiempo.

—Pero es muy débil. Está perdiendo demasiada sangre.

Julia ya estaba junto al tribuno. Rasgó con decisión la túnica ensangrentada. La herida del costado era profunda.

—Aquí no podemos hacer nada por él —dijo mientras presionaba con ambas manos sobre la herida para contener la hemorragia—. Si queremos salvarle la vida debemos llevarlo inmediatamente a la domus.

El centurión asintió.

—Con mucho cuidado.

Cuatro soldados levantaron al tribuno procurando moverlo lo menos posible.

Cada paso arrancaba un leve gemido del herido.

Julia caminaba a su lado sin dejar de comprimir la herida.

La sangre seguía escapándose entre sus dedos.

Al levantar la vista hacia el puerto comprendió la magnitud del desastre.

El cielo se había teñido de rojo. Baelo Claudia estaba ardiendo.