CAPÍTULO 15 #4
Cuando los recién casados desaparecieron tras la puerta de la cámara nupcial, la celebración comenzó a disolverse. Los invitados se despedían entre abrazos, brindis y risas, convencidos de haber asistido a una jornada inolvidable.
Aprovechando el bullicio, Quinto buscó discretamente la mirada de Claudia. Le bastó un leve gesto con la cabeza. Ella comprendió de inmediato. Con una sonrisa cómplice, se escabulló entre los invitados y salió al jardín, donde el tribuno la esperaba.
—¿Nos marchamos? —preguntó él en voz baja.
—¿Y dejar solos a los novios?
—Precisamente por eso.
Claudia soltó una risita. Quinto pasó un brazo por sus hombros y ambos abandonaron la domus sin que nadie reparara en su ausencia. La noche era cálida y el murmullo del mar llegaba hasta las calles de Baelo Claudia. Caminaron durante unos instantes en silencio. Claudia rompió finalmente el mutismo.
—Hoy he sentido un poco de envidia de Julia.
Quinto volvió la cabeza.
—¿Envidia?
—Ella ha podido casarse con el hombre al que ama. Yo... ni siquiera sé qué nos deparará el destino. Algún día volverán a destinarte lejos de aquí.
El tribuno se detuvo. Le acarició suavemente el rostro.
—Escúchame bien. Mientras siga con vida... siempre regresaré a tu lado.
Claudia sintió un nudo en la garganta.
—Prométemelo.
—Te lo juro.
La besó con ternura. Después sonrió.
—Pero basta ya de tristezas. Esta noche celebramos algo.
—¿Qué has preparado?
—Ven. Quiero enseñarte un lugar.
Tomándola de la mano, descendieron por las estrechas calles que conducían hacia el puerto. No llegaron. Al doblar un callejón oscuro, seis sombras surgieron de improviso y les cerraron el paso.
Quinto empujó inmediatamente a Claudia detrás de él. Su mano buscó la empuñadura de la espada.
—No te separes de mí.
Uno de aquellos hombres dio un paso al frente.
—Entregadnos a la mujer.
Quinto desenvainó lentamente la gladius. El acero brilló un instante bajo la luz de la luna.
—Tendréis que arrebatármela.
El mercenario sonrió.
—Eso pensábamos hacer.
Los seis hombres atacaron al mismo tiempo.
El estrecho callejón impedía rodear al tribuno con facilidad, y Quinto aprovechó aquella ventaja.
El primero cayó con la garganta abierta.
El segundo recibió una estocada en pleno pecho antes de comprender siquiera lo que ocurría.
Los otros retrocedieron un instante. No esperaban encontrar semejante resistencia.
Claudia observaba horrorizada. Jamás había visto luchar así. Quinto parecía multiplicarse. Cada golpe era preciso. Cada movimiento estaba perfectamente calculado pero eran demasiados.
—¡Corre! —gritó sin volver la cabeza.
Ella negó desesperadamente.
—¡No pienso dejarte!
Uno de los piratas consiguió rodearlo. Quinto giró sobre sí mismo y le atravesó el vientre. En ese mismo instante, otro mercenario se abalanzó sobre Claudia y la sujetó por la espalda. La joven lanzó un grito.
—¡Quinto!
El tribuno volvió la cabeza de forma instintiva.
Aquel fue el único error que cometió. Una espada se hundió profundamente en su costado.
El golpe le arrancó un jadeo de dolor. La sangre comenzó a empapar rápidamente su túnica.
Aun así... no cayó. Con un rugido de rabia descargó un violento mandoble que abrió el pecho del hombre que acababa de herirlo. El mercenario cayó muerto a sus pies.
Quedaban tres. Quinto respiraba con dificultad. La sangre resbalaba por su costado. Le costaba mantenerse erguido. Apretó con más fuerza la empuñadura de la espada.
—Mientras respire... no la tocaréis.
Los tres hombres intercambiaron una mirada.
Después atacaron al unísono. Uno golpeó con fuerza el brazo armado del tribuno.
La espada escapó de su mano. Otro descargó el pomo de la espada contra su cabeza y Quinto cayó de rodillas.
La vista comenzó a nublársele. Intentó levantarse.
Pensó en Marco. Pensó en Claudia. Y volvió a incorporarse.
Un tercer golpe lo alcanzó de lleno en la sien.
Esta vez su cuerpo se desplomó sobre los adoquines. Inmóvil.
Claudia rompió a llorar.
—¡Quinto!
Intentó correr hacia él. El mercenario que la sujetaba le tapó inmediatamente la boca. Ella mordió con todas sus fuerzas la mano que la retenía. El hombre lanzó un grito de dolor.
—¡Maldita zorra!
Le propinó un brutal puñetazo en el rostro y la joven perdió el conocimiento. Uno de los piratas se acercó al cuerpo del tribuno. Se agachó para observarlo. La sangre seguía extendiéndose bajo él.
—Déjalo. No llegará vivo al amanecer.
El mercenario le propinó una fuerte patada en el costado. Quinto no reaccionó.
—Está acabado. Vámonos.
Cargando con Claudia inconsciente, los hombres desaparecieron en dirección al puerto. El callejón volvió a quedar en silencio. Solo el rumor del mar rompía la quietud de la noche. Y, entre las sombras, el cuerpo inmóvil del tribuno permanecía tendido sobre el empedrado.
Mientras tanto, en el puerto, los hombres de Spículus ejecutaban la segunda parte del plan.
Aprovechando la oscuridad, sorprendieron a los legionarios que custodiaban los muelles.
Los centinelas apenas tuvieron tiempo de dar la voz de alarma antes de ser abatidos.
Los mercenarios embarcaron con rapidez. El hombre que transportaba a Claudia descendió hasta la bodega y la encerró en un pequeño calabozo de madera.
Pocos instantes después, las amarras fueron soltadas. Impulsado por el viento nocturno, el barco comenzó a alejarse lentamente de la costa, buscando la distancia necesaria para atacar la ciudad sin exponerse al alcance de las armas romanas.
Una hora más tarde, la domus de Tito Livio dormía en silencio. Marco y Julia apenas habían comenzado a disfrutar de su primera noche como marido y mujer cuando un estruendo ensordecedor hizo temblar los muros de la casa.
El suelo vibró bajo sus pies. Desde el exterior llegaron gritos. Después, otro impacto y Marco abrió los ojos al instante. Su instinto de soldado se impuso antes incluso de comprender lo que estaba ocurriendo. Saltó del lecho y tomó la espada.
—¡Julia, levántate!
Ella se incorporó sobresaltada.
—¿Qué sucede?
Marco escuchó un tercer estampido. Esta vez no tuvo ninguna duda. Su rostro se endureció.
—Nos están atacando.