CAPÍTULO 15 #3
En aquel momento la puerta se abrió lentamente. Toda conversación cesó. Los invitados se volvieron al unísono. Julia apareció acompañada por la pronuba, una respetable matrona casada que habría de asistirla durante toda la ceremonia, seguida de Prisca, Claudia y las demás mujeres de la casa.
Marco dejó de respirar. El velo color azafrán caía con elegancia sobre el rostro de la joven, suavizando sus delicados rasgos.
La corona de mirto y flores de azahar descansaba sobre las seis trenzas cuidadosamente recogidas siguiendo la antigua tradición de las Vestales.
Nunca la había visto tan hermosa. Quinto siguió la dirección de su mirada y sonrió divertido.
—General... limpiaos la baba antes de que llegue.
Marco ni siquiera reaccionó. No podía apartar los ojos de ella.
Julia avanzó lentamente por el atrio y cuando llegó frente a Marco levantó ligeramente la vista. Durante unos segundos ninguno de los dos fue capaz de pronunciar una sola palabra.
No hacía falta. Sus miradas decían cuanto sus labios eran incapaces de expresar.
Fue el galeno, viejo amigo de Tito Livio, quien rompió el silencio.
Tomó las tabulae nuptiales y comenzó a leer las capitulaciones matrimoniales.
En ellas quedaban recogidos los bienes que Tito había dispuesto para Julia como dote y las condiciones del matrimonio.
Cuando terminó la lectura, ambos manifestaron su conformidad.
Marco firmó primero, después lo hizo Julia.
Los diez testigos añadieron también sus nombres.
Con aquel sencillo gesto el matrimonio quedaba reconocido ante la ley romana.
La pronuba se acercó entonces a los novios.
Con infinita solemnidad tomó la mano derecha de Julia y la depositó sobre la de Marco.
El general cerró lentamente los dedos alrededor de la mano de su esposa.
No pensaba volver a soltarla jamás. Junto a ellos, una antorcha permanecía encendida como símbolo del nuevo hogar que ambos estaban llamados a formar.
Muy cerca aguardaban Paulo, Helena y un tercer niño, elegidos para acompañar la ceremonia por conservar todavía vivos a sus padres, signo de prosperidad y buen augurio.
El auspex alzó entonces las manos hacia el cielo.
Su voz resonó con solemnidad por todo el atrio.
Invocó la protección de Júpiter, Juno, Venus, Diana y Fides, pidiendo a los dioses que bendijeran aquella nueva familia y concedieran a los esposos una vida larga, próspera y fecunda.
Al concluir la plegaria se encendieron cinco cirios. La llama iluminó suavemente los rostros de los presentes.
La pronuba miró a Marco. Era el momento. El general dirigió la vista hacia el cinturón que ceñía la túnica de Julia. Con manos sorprendentemente cuidadosas comenzó a deshacer el antiguo nodus Herculeus. Julia sintió un leve temblor. Marco levantó entonces la vista y sonrió.
—Ahora sí... ya eres mi esposa.
Los aplausos y las felicitaciones estallaron por todo el atrio. Paulo fue el primero en empezar a gritar.
—¡Vivan los novios!
Las risas llenaron la casa. Uno tras otro, familiares, amigos y soldados fueron acercándose para abrazar y felicitar a los recién casados. Cuando terminó el interminable desfile de saludos, todos pasaron al gran comedor, donde esperaba el banquete.
Las mesas rebosaban de frutas, panes recién horneados, quesos, aceitunas, pescados, aves asadas y las mejores carnes que podían encontrarse en Baelo Claudia.
Durante horas se sucedieron los brindis, la música y las danzas.
Los músicos hicieron sonar flautas y liras mientras bailarines recorrían el salón entre los aplausos de los invitados.
Marco apenas probó la comida. No conseguía apartar la mirada de Julia y ella terminó por darse cuenta.
—¿No piensas comer?
—Ya tengo delante todo cuanto deseo.
Julia sonrió, ruborizándose.
—General... están todos mirándonos.
—Que miren. Ahora eres mi mujer.
En ese momento apareció Quinto con una copa en la mano.
—¿Puedo felicitar por fin a la novia... o seguís vigilando el territorio?
Marco levantó una ceja.
—Puedes felicitarla. Pero procura no entretenerla demasiado.
Quinto soltó una carcajada.
—Acabas de casarte y ya no compartes.
Besó respetuosamente la mano de Julia.
—Os deseo toda la felicidad que merecéis.
—Gracias, Quinto.
—No le hagáis demasiado caso. Hoy cree que el mundo entero quiere robarle a su esposa. ¿Crees que exagera? —preguntó el tribuno.
Julia miró de reojo a Marco.
—Solo un poco.
Los tres rompieron a reír. La cena continuó entre conversaciones, música y brindis pero Marco apenas escuchaba nada.
Mientras los invitados seguían disfrutando del banquete, él solo podía pensar en una cosa.
Que llegara la noche. Porque, por fin, cuando el último invitado abandonara la domus...
podría quedarse a solas con la mujer a la que había esperado toda una vida.
Concluido el banquete, los invitados abandonaron el triclinio entre risas y bromas.
Había llegado el momento de conducir a la novia hasta su nuevo hogar.
Aunque, en esta ocasión, la tradición debía adaptarse a una circunstancia poco habitual.
Como Marco y Julia continuarían viviendo en la domus de Tito Livio, el cortejo recorrió únicamente el atrio y los corredores de la casa.
Aun así, ninguno quiso renunciar a unos ritos que los romanos consideraban esenciales para atraer la protección de los dioses sobre el matrimonio.
Entre las risas de los presentes, Marco fingió arrancar a Julia de los brazos de su pronuba, mientras esta simulaba oponer una débil resistencia.
—¡No os la llevéis todavía! —exclamó Claudia entre carcajadas.
—Llegáis demasiado tarde —respondió Marco sin dejar de sonreír—. Ahora ya es mi esposa.
Las bromas arrancaron nuevas risas entre los invitados.
El cortejo se puso en marcha. Helena caminaba en primer lugar sosteniendo una antorcha de espino albar encendida con el fuego del hogar de Tito Livio, símbolo de la continuidad de la familia.
Tras ella avanzaban Paulo y otro muchacho de su misma edad.
Uno llevaba un huso. El otro, una rueca.
Los dos objetos recordaban las antiguas virtudes domésticas que toda matrona romana debía custodiar.
Los invitados caminaban detrás de ellos entonando los tradicionales cantos nupciales.
Algunos eran solemnes; otros, mucho más pícaros, provocaban continuas carcajadas entre los presentes.
Julia sintió cómo el rubor volvía a teñirle las mejillas.
—Creo que jamás había pasado tanta vergüenza...
—Es solo el principio —susurró Claudia divertida.
Cuando el cortejo llegó ante la puerta de la cámara nupcial, Marco aguardaba ya frente a ella.
Al verla, todo cuanto ocurría a su alrededor dejó de tener importancia.
Solo existía Julia. Los invitados comenzaron entonces a lanzar puñados de nueces sobre los recién casados, deseándoles una unión próspera y muchos hijos.
Marco tomó una pequeña redoma de aceite y la entregó a Julia.
Ella ungió cuidadosamente los goznes de la puerta, deseando que la prosperidad jamás abandonara aquel hogar.
Después él le ofreció un copo de lana y Julia lo recibió con una sonrisa.
Por último, Marco acercó hacia ella el fuego y el agua, símbolos del nuevo hogar que compartirían.
La miró fijamente a los ojos.
—¿Quién eres tú?
Julia sostuvo su mirada. No vaciló.
—Ubi tu Gaius, ego Gaia.
Donde tú estés... allí estaré yo.
El silencio que siguió a aquellas palabras fue absoluto. Marco sonrió con emoción. Después, con infinita delicadeza, la tomó entre sus brazos. Julia soltó una pequeña exclamación de sorpresa mientras él cruzaba el umbral procurando que ninguno de sus pies rozara la madera.
Los presentes rompieron a aplaudir y poco a poco comenzaron a retirarse.
Las risas, las canciones y los buenos deseos fueron apagándose hasta desaparecer por completo.
Finalmente la puerta se cerró. Por primera vez desde que se conocieron...
estaban completamente solos. Marco seguía sosteniéndola entre sus brazos.
Julia apoyó la cabeza sobre su pecho y escuchó durante unos instantes el fuerte latido de su corazón.
—Pensé que iba a morirme de vergüenza ahí fuera.
Marco soltó una suave carcajada.
—Yo solo pensaba en este momento.
La contempló con una mezcla de admiración y ternura.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Todavía me cuesta creer que seas mi esposa.
Julia sonrió.
—Pues ya puedes ir acostumbrándote. Porque no pienso marcharme a ninguna parte.
Marco cerró los ojos un instante. Aquellas palabras eran todo cuanto había deseado escuchar. Con cuidado se sentó en el borde del lecho sin dejar de sostenerla. No parecía dispuesto a soltarla nunca.
—He luchado en demasiadas batallas. He visto morir a muchos hombres. He conquistado ciudades... pero nada de eso tiene ya importancia. Lo único que deseo conservar el resto de mi vida eres tú.
Julia sintió cómo se le humedecían los ojos. Le acarició lentamente el rostro.
—Vas a conseguir que llore y llevo todo el día intentando contenerme.
Marco apoyó la frente contra la suya.
—Llora si quieres. Hoy no tienes que ocultarme nada.
Ella sonrió entre lágrimas.
—Yo también soy feliz. Muchísimo. Jamás imaginé que los dioses me concederían una vida como esta.
Marco tomó con infinita delicadeza sus manos. Después buscó el antiguo nodus Herculeus que aún ceñía la cintura de la túnica nupcial. Lo contempló unos instantes.
—¿Sabes lo que pensé la primera vez que te vi en el mercado?
Julia negó sonriendo.
—Que algún día desharía este nudo. Y que, desde ese momento, jamás volvería a dejarte sola.
Con infinita paciencia fue aflojando lentamente el antiguo lazo. Cuando terminó, levantó la vista hacia ella.
—Bienvenida a casa... esposa.
Julia cerró los ojos. Nunca se había sentido tan protegida. Tan querida. Tan inmensamente feliz. Y, durante unos instantes, creyó de verdad que aquella felicidad duraría para siempre.