CAPÍTULO 15 #2
La sirvienta salió del despacho y dejo al hombre solo.
No había ni un solo sirviente en la casa que se atreviera a ayudar a su señora, de todos era conocida la extrema crueldad con que trataba a todo el mundo.
A pesar de que apreciaba a la ama Valeria, prefería vivir a morir en manos de ese ser tan malvado.
La noche anterior a la boda, la domus de Tito Livio permanecía en un inusual silencio.
Julia se encontraba sola en su habitación, iluminada únicamente por la tenue luz de una lámpara de aceite.
Frente a ella descansaban los pequeños juguetes de madera con los que había pasado tantas horas durante su infancia: una muñeca de trapo ya desgastada por el tiempo, unas pequeñas figurillas de barro y una pelota de cuero que Tito le había regalado cuando apenas levantaba un palmo del suelo.
Los contempló durante unos instantes con una sonrisa melancólica. Después los tomó entre sus manos y los depositó cuidadosamente sobre el pequeño altar doméstico.
—Que la diosa Fortuna proteja siempre esta casa, como me ha protegido a mí.
Era el último gesto de su niñez. También guardó los vestidos que había llevado durante aquellos años felices y, con emoción contenida, vistió la túnica blanca reservada para las novias romanas.
La prenda, confeccionada siguiendo la antigua tradición con las costuras en sentido vertical, descendía hasta sus pies y estaba adornada por una delicada cenefa púrpura.
Prisca se acercó para ceñirle la cintura con el cinturón nupcial. Sus manos se detuvieron unos segundos antes de anudar cuidadosamente el nodus Herculeus, el antiguo nudo que simbolizaba la fidelidad y la fortaleza del matrimonio.
—Ya está... —susurró con emoción—. Solo el esposo podrá deshacerlo mañana.
Julia sintió un leve rubor en las mejillas. Aquella sencilla ceremonia hacía que todo pareciera mucho más real.
Poco antes de caer la noche, Marco acudió a despedirse. No le agradaba en absoluto abandonar la casa. Desde que habían compartido por primera vez la misma habitación, no había vuelto a separarse de Julia una sola noche pero ella había insistido.
Las mujeres acudirían antes del amanecer para prepararla y habría muerto de vergüenza si alguna las hubiera sorprendido juntos. Marco tomó su rostro entre las manos.
—No me gusta marcharme.
Julia sonrió dulcemente.
—Solo será una noche.
—Precisamente por eso se me hará eterna.
Ella apoyó la frente contra la suya.
—Mañana, cuando despiertes... ya seré tu esposa.
Marco acarició lentamente su mejilla.
—No. Mañana despertaré sabiendo que, por fin, dejarás de ser mi prometida.
La besó con infinita ternura antes de separarse de ella. Quinto, que aguardaba divertido junto a la puerta, no pudo evitar sonreír.
—Nunca imaginé que el general Marco Vinicius pudiera mostrarse tan reacio a obedecer una tradición.
—No me acostumbro a dormir lejos de ella.
—Pues procura sobrevivir una sola noche, porque mañana ya no tendrás escapatoria.
Los dos soldados abandonaron la domus entre las risas del tribuno. Julia los observó alejarse desde el peristilo hasta que desaparecieron por la puerta principal.
Más tarde, Prisca ayudó a la joven a prepararse para dormir. Debía acostarse con la túnica nupcial puesta, como mandaba la tradición. Mientras acomodaba cuidadosamente los pliegues de la tela, observó el rostro pensativo de Julia.
—¿Qué ocurre?
La muchacha tardó unos segundos en responder.
—Tengo miedo.
Prisca levantó la vista.
—¿De casarte?
Julia negó lentamente.
—No. Tengo miedo de ser tan feliz... que los dioses decidan arrebatármelo.
La cocinera dejó escapar una sonrisa llena de ternura.
—Los dioses llevan demasiado tiempo preparándote este momento para quitártelo ahora. Marco te ama con toda su alma. No hay más que ver cómo te mira.
Julia suspiró.
—No podría soportar perderlo.
—Entonces deja de pensar en el mañana y disfruta de lo que tienes hoy. Mañana será uno de los días más felices de tu vida.
Un suave golpe en la puerta interrumpió la conversación.
—¿Puedo pasar?
—Entra, Claudia.
La muchacha apareció sonriendo de oreja a oreja.
—No podía dormir. Estoy más nerviosa que tu.
Prisca resopló exageradamente.
—¡Magnífico! Bastante trabajo tengo intentando tranquilizar a una novia como para que aparezca otra igual de inquieta.
Las tres rompieron a reír. Claudia contempló a Julia con admiración.
—Estás preciosa. Mañana el general dejará de respirar cuando te vea.
Julia sonrió divertida.
—Espero que no salga corriendo.
—¿Corriendo? Si pudiera, ya estaría esperando dentro de esta habitación.
Las carcajadas volvieron a llenar la estancia.
—¿Está todo preparado? —preguntó Julia.
—Horacio se ha ocupado del sacrificio y toda la casa está lista. Solo faltas tú.
Prisca dio unas suaves palmadas.
—Y ahora basta de hablar. Necesitáis descansar.
—Buenas noches.
—Hasta mañana.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Julia permaneció unos instantes contemplando el techo de la habitación. Le costó mucho conciliar el sueño. Al día siguiente dejaría atrás toda su vida para comenzar otra junto al hombre que amaba.
El alba apenas comenzaba a teñir de oro los tejados de Baelo Claudia cuando la domus despertó envuelta en una actividad frenética.
Los esclavos adornaban el atrio con guirnaldas de laurel y flores.
El aroma del incienso se mezclaba con el perfume de las rosas recién cortadas, mientras desde la cocina llegaba el olor del pan recién horneado y de los primeros platos del banquete.
Aquella casa, acostumbrada durante meses al silencio impuesto por la enfermedad de Tito, volvía a llenarse de vida. Parecía que hasta las paredes celebraban aquel día. Como Tito Livio ya no estaba para ejercer de pater familias, Horacio realizó en su nombre el sacrificio propiciatorio.
Los testigos guardaron un respetuoso silencio mientras el sacerdote examinaba cuidadosamente las entrañas del animal sacrificado. Finalmente levantó la vista.
—Los auspicios son favorables. Los dioses bendicen esta unión.
Un murmullo de alivio recorrió el atrio. También se abrieron los armarios donde descansaban las máscaras de cera de los antepasados de la familia Livio. Ellos también debían estar presentes en aquella jornada.
Mientras tanto, Julia permanecía en su habitación.
La peluquera tomó la pequeña hasta caelibaris, la antigua lanza ritual consagrada a Juno, y comenzó a separar cuidadosamente su cabello rubio en seis gruesas trenzas.
Con infinita paciencia fue rodeando la cabeza de la joven hasta formar el peinado tradicional de las Vestales.
Julia permanecía inmóvil frente al espejo de bronce. Por primera vez comprendió que ya no era la muchacha que Tito había acogido años atrás. Aquella mañana dejaba atrás su juventud. Cuando atravesara el atrio... se convertiría en esposa.
Una vez terminado el peinado, Prisca tomó entre sus manos el flammeum, el velo color azafrán reservado exclusivamente para las novias romanas. Antes de colocárselo permaneció unos segundos contemplando a Julia. Los ojos comenzaron a humedecérsele.
—¿Qué ocurre? —preguntó la joven.
La cocinera sonrió con tristeza.
—Perdóname... es que no puedo dejar de pensar en Tito. Le habría hecho tan feliz verte hoy...
Julia sintió un nudo en la garganta. Sin decir una palabra abrazó con fuerza a aquella mujer que había sido para ella una madre durante tantos años.
Las dos permanecieron unos instantes en silencio.
Cuando finalmente se separaron, Prisca colocó con delicadeza el flammeum sobre la cabeza de Julia y ajustó una corona trenzada de mirto y flores de azahar.
Las mujeres presentes quedaron maravilladas.
—Estás preciosa... —susurró Claudia, incapaz de apartar la vista de ella.
—Jamás había visto una novia tan hermosa —añadió la peluquera.
Julia se volvió lentamente hacia el espejo.
Durante unos segundos apenas pudo reconocerse.
Aquella joven que la observaba reflejada ya no era la niña que había llegado años atrás a la casa de Tito Livio.
Era una mujer y estaba a punto de comenzar la vida con la que siempre había soñado.
Desde el exterior llegaban ya las voces de los invitados que iban ocupando sus lugares. Julia sonrió nerviosa.
—¿Ha llegado Marco?
Claudia soltó una risita.
—Ha sido de los primeros. Creo que lleva preguntando cada pocos minutos cuándo podrá verte.
Julia bajó la mirada, incapaz de ocultar la emoción. En ese instante un esclavo llamó suavemente a la puerta.
—Señora... todos los invitados ocupan ya sus lugares. Ha llegado el momento.
El corazón de Julia comenzó a latir con fuerza. Prisca acomodó por última vez el velo y Claudia le tomó las manos.
—Está esperándote.
Julia cerró los ojos un instante. «Ojalá pudieras verme hoy, Tito», pensó con emoción. Después respiró profundamente... y dio el primer paso hacia la nueva vida que siempre había soñado.
Marco Vinicius apenas escuchaba el murmullo de los invitados.
Sabía que, al amanecer, Horacio había celebrado el sacrificio en nombre de Tito Livio y que las entrañas del animal habían confirmado unos auspicios favorables.
También habían quedado firmadas las tabulae nuptiales ante los diez testigos exigidos por la ley romana.
Todo estaba dispuesto. Solo faltaba ella.
Por primera vez desde que era comandante de la Novena Legión, Marco sentía que la espera podía derrotarlo.
No dejaba de dirigir la vista hacia el corredor que conducía a las habitaciones. A su lado, Quinto terminó por suspirar.
—Si sigues mirando hacia esa puerta cada dos latidos acabarás desgastando el suelo del atrio.
Marco ni siquiera volvió la cabeza.
—¿Está todo preparado?
—Por quinta vez... sí. La guardia se ha duplicado. Los hombres vigilan cada acceso a la domus y las murallas de la ciudad continúan protegidas.
Marco asintió.
—No quiero un solo descuido.
Quinto sonrió.
—Hoy nadie conseguirá estropearte el día.
El general guardó silencio unos instantes.
—Eso espero.