EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

«Recordad que el secreto de la felicidad está en la libertad,

Julia conversaba con el maltrecho pedagogo en la biblioteca de la domus. El pobre hombre tenía el rostro tan inflamado por las picaduras que apenas podía abrir un ojo, y cada palabra parecía costarle un auténtico esfuerzo.

—La niña será siempre bienvenida en mi escuela —dijo con evidente indignación—. Pero ese pequeño salvaje... no volverá a poner un pie allí mientras yo siga siendo el maestro.

Julia suspiró resignada.

—Lamento profundamente todo lo ocurrido. Le aseguro que Paulo recibirá el castigo que merece. Si puedo compensarle de alguna manera por los daños ocasionados, no tiene más que decírmelo.

El maestro soltó un gesto de dolor al intentar negar con la cabeza.

—Ni un cofre lleno de sestercios me haría cambiar de opinión. Tengo picaduras hasta en sitios cuya existencia desconocía. Me duele la cara, me duelen las piernas... y hasta hablar se ha convertido en un suplicio.

Julia no pudo evitar sentir verdadera compasión por él.

A unos pasos de distancia, Paulo y Helena permanecían en silencio.

Helena mantenía la cabeza baja y Paulo hacía verdaderos esfuerzos por aparentar arrepentimiento.

Sin demasiado éxito. A Julia le bastó observar el leve brillo de satisfacción que asomaba en sus ojos para comprender que, en realidad, seguía sintiéndose orgulloso de su hazaña.

—La pequeña puede incorporarse mañana mismo a las clases. En cuanto al muchacho... hemos terminado.

El pedagogo hizo una breve inclinación de cabeza y abandonó la estancia. Justo entonces Marco apareció por la puerta. Observó con curiosidad al hombre, que caminaba con paso torpe y el rostro completamente deformado por la hinchazón. Esperó a que desapareciera por el corredor antes de preguntar:

—¿Quién era ese hombre... y qué demonios le ha ocurrido?

Julia lo miró con resignación.

—Creo que será mejor que te lo explique Paulo.

Marco dirigió inmediatamente la vista hacia el niño.

—¿Qué has hecho esta vez?

Paulo tragó saliva mientras Helena daba un pequeño paso hacia atrás. Julia cruzó los brazos. El silencio se prolongó unos segundos.

—¿Es cierto que has llevado un avispero a la escuela?

El muchacho bajó lentamente la cabeza.

—Sí...

—¿Por qué?

Paulo respondió casi en un susurro.

—Porque no quería volver.

Marco arqueó una ceja.

—¿Y pensaste que esa era la mejor solución?

El niño levantó tímidamente la vista.

—Funcionó...

Durante un instante, el general tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no sonreír. Julia, en cambio, cerró los ojos desesperada.

—No le rías la gracia, Marco. No sabes el desastre que ha organizado.

El general carraspeó para recuperar la compostura.

—Paulo... lo que has hecho está muy mal. Podías haber provocado una desgracia.

El pequeño volvió a bajar la cabeza.

—Lo sé.

—¿Te arrepientes?

Hubo un breve silencio.

—Un poco...

Helena lanzó un resoplido de indignación.

—¡No es verdad!

Paulo le dirigió una mirada fulminante a su hermana.

—Tú calla.

Marco no pudo evitar soltar una breve carcajada.

—Está bien, creo que ya entiendo el problema.

Se volvió hacia Julia.

—No habéis hecho nada mal. Simplemente Paulo no está hecho para permanecer sentado durante horas aprendiendo letras.

He conocido a muchos hombres como él. Cuando eran niños desesperaban a sus familias, más tarde se convirtieron en excelentes soldados.

Solo necesitan que alguien les enseñe a canalizar toda esa energía.

De aquí en adelante, se formará con nosotros.

Julia seguía preocupada.

—¿Crees que estará bien en el campamento?

Marco sonrió.

—Estoy completamente seguro.

Le bastó escuchar la palabra «campamento» para que a Paulo se le iluminaran los ojos.

Después miró al pequeño.

—Desde hoy quedarás bajo mi responsabilidad. A partir de ahora obedecerás las órdenes del tribuno Quinto. ¿Ha quedado claro?

Paulo asintió con tanta energía que casi perdió el equilibrio.

—Sí, mi general.

—Ve a buscarlo. Dile que vas de mi parte.

El niño salió disparado de la biblioteca antes incluso de que Marco terminara de hablar. Helena negó divertida con la cabeza y corrió detrás de él. Cuando ambos desaparecieron por el pasillo, Julia dejó escapar un largo suspiro.

—No sé qué va a ser de ese niño.

Marco rodeó suavemente su cintura.

—Será un buen hombre. Solo necesita encontrar su lugar.

Julia apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Espero que tengas razón.

—La tengo.

Después sonrió con expresión traviesa.

—Aunque, si algún día desaparecen todas las abejas de Baelo Claudia... ya sabremos quién habrá sido.

Julia no pudo evitar echarse a reír.

Cuando recuperaron la calma, Marco recordó el verdadero motivo por el que había ido a buscarla.

—En realidad venía a darte una noticia.

Julia levantó la vista.

—¿Qué ocurre?

El general adoptó un tono solemne.

—Esta mañana el augur ha celebrado la ceremonia. Ha observado el vuelo de las aves y los sacrificios han sido favorables. Los dioses bendicen nuestra unión.

Julia sintió un vuelco en el corazón.

—¿De verdad?

Marco tomó sus manos.

—La boda será el próximo domingo. Apenas queda una semana.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Tan pronto? No sé si tendré tiempo para organizarlo todo...

Marco sonrió con infinita ternura.

—Lo único imprescindible es que estés tú. Todo lo demás carece de importancia.

Julia sintió cómo el corazón comenzaba a latir con fuerza. Dentro de apenas unos días... sería su esposa.

—Entonces tendré que darme mucha prisa.

—No. Tendrás que dejar de preocuparte. De eso ya me encargo yo.

Ella sonrió.

—Cuando se te mete algo en la cabeza eres imposible.

—Solo hay una persona capaz de llevarme la contraria.

—¿Ah, sí?

—Tú. Y espero que nunca dejes de hacerlo.

Marco la besó con dulzura. En ese instante apareció Quinto por la puerta.

—Espero no interrumpir nada.

Marco soltó una carcajada.

—Llegas en el momento justo. Necesito pedirte un favor.

—Dependerá de cuál sea.

—Quiero que seas el hombre que permanezca a mi lado cuando Julia se convierta en mi esposa. Mi hermano no llegará a tiempo desde Roma.

Quinto sonrió ampliamente.

—Será un honor. No podría recibir un encargo mejor.

—Gracias, amigo.

—Después de todo lo que te ha costado convencerla... sería imperdonable faltar a la boda.

Julia sonrió divertida.

—No exageréis tanto.

—¿Exagerar? —respondió Quinto riendo—. He visto asedios durar menos que vuestro noviazgo.

Los tres rompieron a reír. Marco tomó de nuevo la mano de Julia.

—Quinto y yo iremos a ocuparnos de los preparativos. Nos veremos esta noche.

—Aquí os esperaré.

Los dos soldados abandonaron la biblioteca conversando animadamente.

Julia permaneció unos instantes observándolos alejarse por el corredor.

Sonrió sin darse cuenta. Dentro de apenas una semana...

se convertiría en la esposa de Marco Vinicius.

Respiró hondo y comenzó a ordenar mentalmente todo lo que aún quedaba por preparar.

Ignoraba que, mientras ella soñaba con su boda...

otros hombres también contaban los días.

Pero no para celebrar un matrimonio, sino para destruir la felicidad que, por fin, acababa de encontrar.

En casa de Tiberio las cosas no marchaban tan bien, Servia la sirviente de Valeria se hallaba en la habitación de su señora cuidándola de las heridas que le había propinado el amo.

Su ama había tenido suerte esta vez de no morir con la paliza que le había propinado su marido, tenía una pierna rota y ambos brazos de protegerse la cara cada vez que le pegaba.

Cuando el hombre se hartó de pegarle con el cinto cogió una vara que tenía en la habitación y hasta que la mujer no cayó completamente desvanecida el hombre no dejó de golpear a su esposa.

—¿Sabe de lo que me he enterado ama?. En el mercado no paraban de hablar de lo mismo. El domingo que viene se va a celebrar la boda del general con Julia. ¿Qué le parece? Ha tenido suerte la muchacha, ¿verdad?

Valeria que se hallaba recostada en su cama, volvió la cara con mucho cuidado hacia su sirvienta, solamente ese movimiento ya le producía un dolor horrible.

Con los ojos cerrados intentó hablarle a la mujer intentando incorporarse lentamente de la cama, pero solo era capaz de coger a la sirvienta de la manga de su túnica.

—¿Qué quiere ama?—. Preguntó la mujer.

—Servia tienes que hacerme un favor, tienes que ir a casa de Julia y ponerles en aviso.

Mi marido quiere matarlos a los dos, seguro que aprovechará la boda de ambos para acabar con ellos.

Le dijo al pirata ese que cuando más descuidados estuvieran atacarían.

Por favor, tienes que ir a avisarles. El desalmado me ha roto la pierna para que no me pueda valer, ni pueda salir de casa—.

Dijo Valeria muy lentamente y con esfuerzo.

—Está bien ama no se preocupe en cuanto se descuide el amo, les avisaré. Usted intente no moverse, ni hablar. Así podrá recuperarse antes. Además, no le permite salir de la habitación.

—Gracias, así me quedo más tranquila—. Dijo la mujer volviéndose a echar sobre la cama, le dolía tanto el cuerpo que había necesitado algunas hierbas para poder dormir sin sentir los dolores. Había escapado por los pelos de morir, estaba segura que no resistiría una segunda vez.

Cuando Servia salió de la habitación con el cuenco y las cosas de curar a Valeria, se dirigió hacia el despacho donde estaba su amo y pidiendo permiso para entrar le comentó:

—Ya he curado a la señora, señor.

—¿Te ha dicho algo?

—Sí, quiere que ponga en aviso al general y a Julia—. Dijo la sirviente temerosa.

—Me alegro que me lo hayas dicho, ya sabes lo que te pasaría a ti también si me traicionaras—. Dijo Tiberio pensativo.

—¿Puedo retirarme amo?

—Sí, márchate ya… y no abras la boca, sobre todo no le digas a ella que no has avisado al general.