EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 14 #4
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CAPÍTULO 14 #4

La pequeña abeja dio un par de vueltas más y, para alivio del muchacho, volvió a introducirse en el interior del panal. Paulo soltó el aire muy despacio.

—Casi me estropeas el plan... —susurró con gesto de reproche.

Después volvió a colocar cuidadosamente el paño sobre el panal, cerró el arcón y caminó hasta el último banco del aula y tomó asiento con la expresión más inocente que fue capaz de poner.

Aquel sería su último día de escuela. Estaba completamente convencido.

Nadie conseguiría obligarlo a regresar. Él iba a ser soldado, como el general.

Y los soldados no necesitaban perder el tiempo aprendiendo letras.

Unos minutos más tarde apareció Helena. Entró jadeando después de haber recorrido medio foro buscándolo.

—¿Por qué no me has esperado?

Paulo evitó mirarla.

—Porque no quería.

—Creía que veníamos juntos.

—Pues hoy no.

Helena frunció el ceño.

—¿Y por qué te has sentado tan atrás?

—Aquí corre más el aire.

La niña observó desconfiada toda la clase.

—Yo creo que desde aquí no voy a escuchar bien al maestro.

Paulo respondió sin apartar la vista de la puerta.

—Pues escucha más fuerte.

Helena cruzó los brazos.

—Hoy estás muy raro.

—Siéntate ya.

La pequeña obedeció, aunque seguía convencida de que su hermano escondía algo. Poco a poco fueron llegando el resto de los alumnos. Cuando todos ocuparon sus asientos, el pedagogo inició la lección.

Como cada mañana, se dirigió al arcón para repartir las tablillas. Introdujo la mano sin mirar. Su expresión cambió de inmediato.

—¿Qué...?

Los dedos acababan de tocar algo blando y tibio. Extrañado, retiró lentamente el viejo paño que lo cubría. Durante un segundo reinó el silencio. Al siguiente... un zumbido ensordecedor inundó el aula. Del interior del arcón salió disparado un enorme enjambre de abejas enfurecidas.

—¡¡Por todos los dioses!!

El maestro comenzó a agitar los brazos desesperadamente mientras las abejas revoloteaban a su alrededor. Los primeros picotazos no tardaron en llegar.

—¡¡Aaaaah!!

Los niños rompieron a gritar. Las tablillas cayeron al suelo. Los bancos comenzaron a volcar. En cuestión de segundos el aula se convirtió en un auténtico caos. Paulo se puso en pie como impulsado por un resorte.

—¡Corre, Helena!

Agarró a su hermana de la mano y salió disparado hacia la puerta antes que nadie. Detrás de ellos, el pedagogo seguía huyendo de las abejas mientras intentaba cubrirse la cabeza con la túnica. Ya en la calle, Helena apenas podía contener el aliento.

—¡Madre va a matarte cuando descubra que has sido tú!

Paulo siguió corriendo sin volver la cabeza.

—¡No lo descubrirá!

—¡Claro que sí!

—Pues como abras la boca...

Paulo disminuyó la velocidad lo justo para mirarla muy serio.

—...la próxima vez meteré el panal debajo de tu cama.

Helena abrió mucho los ojos. Después soltó una carcajada.

—¡Estás loco!

—Puede. Pero hoy no ha habido clase. Y eso... ha merecido la pena.

Julia se encontraba ayudando a Prisca en la cocina cuando un fuerte alboroto procedente del atrio hizo que ambas levantaran la cabeza. Entre el ruido distinguió una voz que conocía demasiado bien.

—¡Dejadme pasar!

Julia frunció el ceño.

—Es Graco...

Sin esperar respuesta salió apresuradamente hacia el atrio. Varios legionarios sujetaban al liberto por los brazos mientras Quinto le cerraba el paso con expresión severa. El hombre forcejeaba inútilmente.

—¡Quiero hablar con Julia!

—¿Qué sucede aquí? —preguntó ella acercándose.

Quinto no apartó la vista del intruso.

—Ha intentado entrar por la fuerza.

Julia dio un paso al frente.

—Graco... ¿Qué ocurre?

El liberto clavó en ella una mirada llena de desesperación.

—Acabo de enterarme. Es cierto, ¿verdad? ¿Vas a casarte con el general?

Julia respiró hondo.

—Sí.

Hubo un largo silencio. Durante un instante pareció que Graco iba a marcharse, pero el dolor terminó convirtiéndose en rabia.

—Al final has terminado vendiéndote a ese romano.

El atrio quedó completamente en silencio. Una voz grave rompió la tensión.

—Retira esas palabras.

Todos volvieron la cabeza. Marco acababa de entrar en la domus. Su expresión era serena. Caminó despacio hasta colocarse frente a Graco.

—Te daré una única oportunidad. Pídele perdón.

Graco soltó una amarga carcajada.

—¿Perdón? ¿Porque diga la verdad? La has convertido en tu amante. Eso es todo lo que...

No terminó la frase. El puñetazo de Marco lo alcanzó de lleno en el rostro.

Graco cayó de espaldas sobre el pavimento.

El golpe resonó en todo el atrio. Durante unos segundos nadie se movió.

El liberto escupió sangre. Después volvió a levantarse.

Los ojos le ardían de rabia mientras se lanzaba sobre Marco.

Esta vez el general lo esquivó con facilidad.

Lo sujetó por un brazo y lo hizo perder nuevamente el equilibrio. La pelea ya era inevitable.

Julia dio un paso hacia ellos.

—¡Marco!

Quinto la sujetó suavemente por los brazos.

—No intervengáis. Esto debe terminar aquí.

—¡Van a hacerse daño!

—Precisamente por eso. Graco necesitaba entender que ha cruzado un límite.

Los criados comenzaron a asomarse desde las distintas estancias. Prisca apareció secándose las manos en el delantal. Horacio salió del almacén. Incluso algunos soldados observaban la escena en absoluto silencio.

Graco volvió a incorporarse. Respiraba con dificultad mientras Marco permanecía inmóvil esperándolo. No había odio en su rostro. Solo determinación.

—Escúchame bien porque hay algo que no entiendes. Julia jamás te perteneció, nunca te dio esperanzas y jamás dejó de tratarte con respeto. Y tú acabas de responder insultando el honor de la mujer que dices amar.

Graco bajó unos instantes la mirada. Marco dio un paso hacia él.

—Todavía estás a tiempo. Discúlpate y márchate con la poca dignidad que te queda.

Julia sintió un nudo en la garganta.

—Graco... por favor, hazle caso.

El liberto levantó lentamente la vista hacia ella. Sus ojos estaban llenos de derrota.

—¿De verdad lo amas?

Julia no dudó.

—Sí. Con todo mi corazón.

Las palabras atravesaron a Graco como una espada. Comprendió que había perdido mucho antes de llegar allí. Solo él se había negado a aceptarlo. Permaneció unos segundos inmóvil y después bajó la cabeza.

—Perdóname, Julia. Nunca debí hablarte así.

Ella sonrió con tristeza.

—Te deseo que algún día encuentres a una mujer que pueda quererte como mereces. Pero esa mujer... no soy yo.

Graco cerró los ojos un instante. Aquellas palabras dolían más que cualquiera de los golpes recibidos. Sin mirar de nuevo a Marco, comenzó a alejarse lentamente. Cuando alcanzó la puerta principal se detuvo un instante.

—Espero que seas feliz.

No volvió la cabeza. Simplemente desapareció calle abajo. Julia permaneció inmóvil observándolo marcharse. Sentía alivio pero también una profunda compasión. Marco se acercó despacio. Ella descubrió entonces el pequeño corte que tenía junto al pómulo. Le acarició el rostro con la yema de los dedos.

—Siempre terminas metiéndote en peleas.

Marco sonrió.

—Solo cuando alguien olvida el respeto que te merece.

Julia negó con la cabeza, enternecida.

—Ven. Antes de que vuelvas a comportarte como un soldado orgulloso... déjame curarte esa herida.

Marco tomó su mano.

—A tus órdenes... futura esposa.

Julia no pudo evitar sonreír. Y juntos desaparecieron por el corredor mientras, detrás de ellos, Quinto soltaba un largo suspiro.

—Al fin... creo que ese asunto ha quedado resuelto.