EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

Era la única forma de asegurarse de que ningún comerciante los engañara. Leer, escribir, contar… aquello siempre había parecido un privilegio reservado a otros. Ahora, gracias a Julia, sus hijos tendrían la oportunidad que ellos nunca habían tenido.

La cocinera sintió un nudo en la garganta.

—Gracias.

Julia negó suavemente con la cabeza.

—No me las des. Dáselas a Tito. Él fue quien me enseñó que el conocimiento siempre es la mejor herencia.

Poco después atravesaban el foro acompañados por varios legionarios. Bajo uno de los pórticos se encontraba el pequeño ludus litterarius. El maestro interrumpió la lección al ver entrar a Julia.

—Buenos días.

—Buenos días, maestro.

Os traigo a los dos alumnos de los que hablamos. El pedagogo observó detenidamente a los niños. Su mirada se detuvo unos instantes en Helena. Frunció ligeramente el ceño.

—Acepté recibirla porque vos me lo pedisteis. Pero sigo creyendo que una niña poco provecho sacará de estas enseñanzas.

Julia sostuvo serenamente su mirada.

—Permitidle demostraros que estáis equivocado.

El hombre permaneció unos segundos en silencio. Finalmente asintió.

—Muy bien. Tendrá la misma oportunidad que los demás. Pero deberá ganársela.

Julia sonrió.

—Eso es todo lo que pedía.

El maestro señaló un banco vacío.

—Sentaos. Hoy comenzaremos repasando las letras.

Paulo dejó escapar un profundo suspiro que provocó las risas de varios compañeros.

Helena, en cambio, se sentó con los ojos brillantes de ilusión.

Antes de marcharse, Julia volvió la vista hacia ambos.

Por primera vez comprendió que cambiar el destino de una persona no siempre requería grandes gestas.

A veces... bastaba con abrirle la puerta de una escuela.

Cuando Julia regresó de la factoría, dos caballos aguardaban ensillados frente a la puerta principal de la domus.

—¿Qué sucede, Marco?

—Sube, tenemos que ir a un sitio.

—Pero… no puedo.

—Hoy tienes la tarde libre —declaró Marco insistiendo.

—¿Seguro?

—No te hagas de rogar mujer. Es una sorpresa.

Julia accedió. Marco la ayudó a montar y, después de acomodarse sobre su propio caballo, abandonaron Baelo Claudia por la puerta de Carteia.

El camino discurría entre pinares, lentiscos y pequeños olivares que descendían suavemente hacia el mar.

La brisa arrastraba el aroma de la resina y el canto de las cigarras llenaba el aire mientras avanzaban uno junto al otro.

Tras casi una hora de camino, Marco abandonó el sendero principal y condujo los caballos por una estrecha vereda apenas visible entre los árboles.

—¿Adónde me llevas? —preguntó Julia, cada vez más intrigada.

—Ya falta poco.

Pocos minutos después el bosque se abrió de repente.

Ante ellos surgía un pequeño paraíso escondido.

De una profunda grieta en la roca brotaba un manantial de aguas cristalinas que descendía formando varias pozas de un intenso color esmeralda.

El rumor constante del agua se mezclaba con el canto de los pájaros, mientras los altos pinos proyectaban agradables manchas de sombra sobre la orilla.

Julia permaneció inmóvil contemplando el paisaje.

—Es... precioso.

Marco sonrió satisfecho.

—Esperaba que dijeras eso.

Ella volvió lentamente la cabeza hacia él.

—¿Cómo encontraste este lugar?

—Una patrulla lo descubrió hace unos días mientras inspeccionábamos los manantiales de la zona. Pensé que te gustaría conocerlo antes que nadie.

Julia volvió a contemplar las pozas.

—Gracias. Nunca visto nunca un lugar tan hermoso.

Marco comenzó a desatar el hatillo preparado por Prisca.

—Antes de comer... ¿qué te parece un baño?

Julia observó el agua.

—Está helada.

—Solo al principio.

—Pues tú puedes comprobarlo. Yo te esperaré aquí.

Marco soltó una carcajada.

—Eso no es una respuesta digna de una futura esposa de un general romano.

Ella arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Los generales somos muy persuasivos.

Julia empezó a retroceder.

—Marco... No se te ocurra...

Él se acercó lentamente.

—¿Qué?

—Ya sabes perfectamente qué.

Antes de que pudiera escapar, Marco la tomó suavemente de la cintura.

—No he traído otra ropa.

—No la vas a necesitar.

Julia no pudo contener la risa.

—Eres incorregible.

Poco después descendían lentamente hacia la poza. Cuando el agua alcanzó los tobillos, Julia dio un respingo.

—¡Está congelada!

—Dentro de un momento cambiarás de opinión.

Ella seguía aferrada al brazo de Marco. Entonces, casi en un susurro, confesó:

—Hay otra cosa.

—¿Qué ocurre?

Julia bajó la mirada.

—No sé nadar.

Marco dejó de caminar.

—¿Nunca aprendiste?

Ella negó con la cabeza.

—Los esclavos no disponíamos de tiempo para esas cosas.

El general permaneció unos segundos en silencio. Después sonrió con dulzura.

—Entonces hoy aprenderás.

—¿Y si me hundo?

—No dejaré que eso ocurra. Nunca.

Aquellas dos últimas palabras hicieron que Julia levantara lentamente la vista. No hablaba únicamente del agua. Lo comprendió por la forma en que él la miraba.

Durante largo rato Marco le enseñó pacientemente a flotar, a mover los brazos y a confiar en el agua.

Al principio Julia apenas conseguía relajarse.

Cada vez que perdía el equilibrio volvía a agarrarse a él, pero poco a poco fue soltándose.

Cuando consiguió avanzar sola unos pocos metros, lanzó una carcajada llena de orgullo.

—¡Lo he conseguido!

Marco aplaudió divertido.

—Todavía no diría que ya sabes nadar... pero has dado el primer paso.

Julia regresó hasta él. Sin decir una sola palabra, apoyó ambas manos sobre su rostro y lo besó lentamente.

Marco permaneció unos segundos contemplándola. Después introdujo la mano bajo la túnica y sacó una fina cadena de la que pendía un anillo de oro.

Julia frunció ligeramente el ceño. Nunca se lo había visto.

—Este anillo perteneció a mi madre. Cuando murió, mi padre me dijo que lo guardara hasta encontrar a la mujer con la que quisiera compartir mi vida. Marco tomó la mano de Julia. Por primera vez desde que ella lo conocía parecía nervioso.

—No puedo prometerte una vida sin dificultades. Soy soldado. Habrá guerras. Ausencias. Peligros. Pero sí puedo prometerte que jamás volverás a sentirte sola. Que mientras me quede un solo aliento lucharé por protegerte y que cada mañana daré gracias a los dioses por haberme permitido encontrarte.

Julia sintió cómo las lágrimas comenzaban a nublarle la vista. Marco colocó el anillo sobre la palma de su mano.

—Julia Livio... ¿Me concederías el mayor honor que un hombre puede recibir? ¿Aceptarías convertirte en mi esposa?

El tiempo pareció detenerse. Julia contempló el anillo. Después levantó lentamente la vista hacia el rostro de Marco. Y, sin poder evitarlo, recordó las últimas palabras de Tito.

“No mires nunca atrás. Haz siempre lo que te dicte el corazón. Esta vida no está hecha para cobardes. Confía en el general”.

Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas. Durante toda su vida había esperado que alguien la eligiera. No por obligación, sino por amor. Y ese hombre estaba frente a ella, con el corazón en las manos. Julia sonrió entre lágrimas.

—Sí, Marco. Me casaré contigo porque yo tampoco imagino ya una vida en la que tú no estés.

Marco cerró los ojos un instante, como si quisiera grabar aquel momento para siempre. Después deslizó el anillo en el dedo de Julia y la estrechó entre sus brazos.

—Te prometo que haré todo cuanto esté en mi mano para que seas feliz.

Julia apoyó la cabeza sobre su pecho. Por primera vez desde que había llegado a Baelo Claudia sintió que el futuro dejaba de darle miedo. Porque, ocurriera lo que ocurriera... ya no tendría que afrontarlo sola.

Permanecieron largo rato abrazados junto al manantial, ajenos al paso del tiempo. Compartieron la comida que Prisca había preparado y hablaron de la vida que soñaban construir juntos, sin imaginar que el destino ya había comenzado a tejer una prueba que pondría a ambos al límite.

Aquella misma mañana, Claudia acudió al macellum para realizar las compras de la casa. Bastó con que una de las vendedoras le preguntara por Julia e incapaz de contener la emoción, anunció la noticia con una enorme sonrisa.

—¡Nuestra Julia se casa con el general Marco Vinicius!

La sorpresa dio paso inmediatamente a la alegría.

En pocos minutos la noticia recorría el mercado de puesto en puesto con la misma rapidez con la que el viento levantaba la arena de la playa.

Todos parecían celebrar el acontecimiento.

Tito Livio había acertado una vez más. La muchacha a la que había protegido como a una hija terminaría casándose con el hombre que la amaba. Todos... menos uno.

Cuando aquellas palabras llegaron a oídos de Graco, el mundo pareció detenerse.

Sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

No. Aquello no podía estar ocurriendo. Julia no podía casarse.

Mucho menos con aquel maldito general. Sin despedirse de nadie abandonó el mercado a grandes zancadas.

Solo tenía un pensamiento. Debía hablar con Julia, antes de que fuera demasiado tarde.

Mientras tanto, en el ludus litterarius, otro plan completamente distinto estaba a punto de ponerse en marcha.

Paulo llegó aquella mañana antes que ninguno de sus compañeros.

Miró a un lado, después al otro. El aula permanecía vacía.

Sonrió satisfecho. Con sumo cuidado sacó de debajo de la túnica el pequeño envoltorio que había preparado la tarde anterior y, procurando no hacer el menor ruido, lo escondió dentro del arcón donde el maestro guardaba las tablillas enceradas.

Cuando estaba a punto de volver a cubrirlo con el viejo paño, sintió un agudo pinchazo en el dorso de la mano

—¡Ay…! —murmuró entre dientes.

Retiró la mano de golpe. Una de las abejas, que debía de haberse despertado antes de tiempo, revoloteó unos instantes alrededor de su cabeza. Paulo se quedó completamente inmóvil. Contuvo la respiración. Si empezaba a zumbar por toda la clase antes de tiempo, todo estaría perdido.