EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

Sin embargo, como tantas veces ocurría en aquella casa, el verdadero triunfo de la velada llegó con los dulces que Prisca había preparado cuidadosamente desde el amanecer.

Los pequeños pasteles de miel, piñones y frutos secos arrancaron elogios unánimes de los invitados, que no tardaron en felicitar a la cocinera.

La conversación fue desarrollándose con la cordialidad que siempre había reinado en la Casa de Livio.

Se recordaban anécdotas de Tito, se hablaba de los negocios, del puerto y de la prosperidad que vivía Baelo Claudia, mientras Marco y Julia atendían a todos con cercanía y naturalidad.

Cada vez resultaba más evidente que la transición había sido un acierto.

La casa seguía teniendo un alma y esa alma era Julia. Fue entonces cuando uno de los comerciantes, levantando su copa con una sonrisa pícara, rompió las conversaciones.

—Decidme, general... ¿cuándo tendremos ocasión de celebrar vuestra boda?

Las miradas se dirigieron inmediatamente hacia la pareja. Marco intercambió una rápida mirada con Julia antes de responder. Una sonrisa divertida apareció en sus labios.

—Eso depende de la única persona capaz de darme órdenes.

Todos volvieron la vista hacia Julia. Ella negó suavemente con la cabeza, divertida.

—Todavía sigue intentando convencerme.

Las carcajadas resonaron por todo el comedor. Uno de los invitados levantó su copa.

—General, no imaginábamos que conquistar una ciudad fuera más sencillo que conquistar el corazón de una mujer.

Marco aceptó la broma con deportividad.

—Os aseguro que ninguna campaña militar ha resultado tan complicada como esta.

Las risas se hicieron aún más sonoras. Julia lo miró de reojo y, por primera vez en toda la velada, comprendió que Marco había aprendido algo que antes desconocía.

Había dejado de intentar convencerla. Ahora simplemente...

esperaba. Y, curiosamente, aquella paciencia comenzaba a conquistarla mucho más que todas las promesas que pudiera hacerle.

Mientras tanto, en la domus de Tiberio Aurelius reinaba un silencio absoluto. Lejos del bullicio de la Casa de Livio, dos hombres conversaban a puerta cerrada bajo la tenue luz de una lámpara de aceite.

—¿Has podido entrar sin que nadie te siguiera? —preguntó Tiberio en voz baja.

Spículus asintió.

—El pasadizo continúa siendo seguro. La entrada permanece oculta y nadie sospecha de su existencia. Cuando recibí tu mensaje comprendí que debía de tratarse de un asunto importante.

Tiberio dejó escapar un suspiro cargado de irritación.

—Lo es. Mucho más de lo que imaginaba.

Se volvió lentamente hacia el mercenario.

—Los planes han cambiado. Ya no basta con eliminar a una persona, ahora serán dos.

Spículus frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué ha ocurrido?

—Tito Livio. Incluso muerto continúa complicándome la vida.

El mercenario esperó pacientemente.

—Ha nombrado heredera a Julia. La ha reconocido legalmente como hija adoptiva y, además, ha autorizado su matrimonio sine manu con Marco Vinicius.

Escupió aquellas palabras con evidente desprecio.

—Mientras ese general permanezca a su lado, acercarse a la muchacha será mucho más difícil.

Spículus permaneció pensativo unos instantes.

—Eso no cambia el resultado. Solo obliga a modificar la estrategia.

Se acercó despacio al mapa extendido sobre la mesa.

—El próximo ataque ya está preparado. Solo necesito saber cuándo dejarán de sentirse vigilados.

Tiberio sonrió con frialdad.

—Lo harán. Todos terminan bajando la guardia y ese será el momento.

El mercenario asintió.

—Entonces morirán los dos.

En ese instante, un leve crujido interrumpió la conversación.

Los dos hombres levantaron la cabeza al mismo tiempo.

Spículus llevó instintivamente la mano al puñal.

Sin hacer el menor ruido caminó hasta la puerta.

Al otro lado del pasillo, Valeria contenía la respiración.

Había oído suficientes palabras para comprender que su marido preparaba algo terrible.

Debía marcharse. Ahora. Retrocedió un paso. La madera crujió bajo su sandalia.

Demasiado tarde. La puerta se abrió de golpe.

Antes de que pudiera reaccionar, una mano poderosa la sujetó por el cuello y la empujó violentamente contra la pared.

El golpe le arrancó el aire de los pulmones.

Cuando consiguió abrir los ojos, el rostro curtido de Spículus estaba a escasos centímetros del suyo.

Detrás de él apareció Tiberio. Su expresión era mucho más inquietante que cualquier grito. Sonreía.

—¿Cuánto has oído?

Valeria intentó recuperar el aliento.

—Nada... Iba hacia la cocina... Solo... Solo pasaba por aquí...

Tiberio la observó durante unos segundos. Después negó lentamente con la cabeza.

—Nunca aprendiste a mentir.

Spículus aflojó ligeramente la presión sobre su cuello.

—Lo ha escuchado todo. Haz lo que tengas que hacer. Yo esperaré fuera.

El mercenario desapareció sin volver la vista atrás. Tiberio permaneció inmóvil contemplando a su esposa. Después la agarró bruscamente del brazo.

—Ven conmigo.

Valeria sintió que el miedo le helaba la sangre.

No opuso resistencia. Sabía demasiado bien lo que significaba aquel tono de voz.

Mientras atravesaban el corredor recordó, con una punzada de nostalgia, la casa donde había crecido.

La tranquilidad de su infancia. La protección de sus padres.

¿Cómo había podido equivocarse tanto? ¿Cómo había entregado su vida a un hombre incapaz de sentir compasión?

Al llegar a la habitación, Tiberio cerró la puerta tras ellos. El sonido del cerrojo resonó como una sentencia. Valeria retrocedió instintivamente.

—Por favor... No he escuchado nada. Te lo juro.

Tiberio comenzó a desabrochar lentamente el cinturón de cuero que ceñía su túnica.

—No voy a castigarte por lo que hayas oído.

Ella levantó la vista, esperanzada. Él sonrió. Una sonrisa fría, carente de humanidad.

—Voy a castigarte para que jamás vuelvas a creer que puedes desafiarme.

Valeria sintió que las lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas. Cerró los ojos. Un instante después, el primer golpe rompió el silencio de la habitación. Y después otro. Y otro más.

En el corredor, Spículus permaneció inmóvil. Ni siquiera se volvió al escuchar los gritos. Para hombres como ellos... aquello no era más que otra noche cualquiera.

A la mañana siguiente, Julia se encontraba en la biblioteca revisando las cuentas de la factoría. Sobre la mesa se amontonaban tablillas enceradas, contratos y varias cartas procedentes de Ostia que debía responder antes del mediodía.

Con el cálamo entre los dedos sumaba distraídamente unas cifras cuando un revuelo procedente del atrio interrumpió sus pensamientos.

—¡Julia!... ¡Julia! ¿Dónde estás?

Aquella voz infantil le dibujó una sonrisa antes incluso de levantar la cabeza.

—Estoy aquí.

Apenas terminó de hablar cuando un pequeño torbellino irrumpió en la estancia.

—¡Julia!

Paulo se lanzó sobre ella con tal ímpetu que casi la hizo perder el equilibrio. La joven rompió a reír mientras lo estrechaba entre sus brazos.

—¡Cuánto has crecido en tan pocos días!

—¡Te he echado muchísimo de menos! —protestó el pequeño abrazándola con todas sus fuerzas—. No quiero volver a irme nunca más.

Julia acarició cariñosamente su cabello.

—No tendrás que hacerlo.

—¿Me lo prometes?

Ella lo miró con ternura.

—Te lo prometo.

Solo entonces Paulo pareció quedarse tranquilo. Detrás de él apareció Helena, mucho más tímida, observándolos con una sonrisa. Julia dejó al niño en el suelo y abrió los brazos.

—Ven aquí.

La pequeña no se hizo de rogar. La abrazó con tanta fuerza como su hermano.

—Nos acordábamos mucho de ti. Padre no quería que volviéramos todavía.

Julia besó su frente.

—Lo importante es que ya estáis en casa.

Los dos hermanos intercambiaron una mirada llena de ilusión. Entonces Julia sonrió misteriosamente.

—Además... hoy tengo una sorpresa para vosotros.

Los ojos de Paulo se iluminaron.

—¿Una sorpresa?

—Vamos a ir a un sitio muy especial.

—¿Dónde?

Julia disfrutó unos segundos de la expectación antes de responder.

—Al ludus litterarius.

Paulo abrió mucho los ojos. Helena dio un pequeño salto de alegría. Las reacciones no podían ser más distintas.

—¿A la escuela? —exclamó Paulo horrorizado—. ¡Yo no quiero ir!

Julia tuvo que contener la risa.

—¿Y por qué no?

—Porque voy a ser soldado como el general. Los soldados no necesitan estudiar.

Julia arqueó una ceja.

—¿Ah, no? Entonces explícame cómo escribe el general los informes que envía a Roma.

Paulo permaneció unos segundos en silencio.

—Eso... los escribirá otro.

—No. Los escribe él. Y también sabe leer mapas, calcular distancias y contar el dinero de la paga de sus hombres.

El pequeño comenzó a dudar. Julia aprovechó la ocasión.

—Si quieres parecerte a Marco tendrás que empezar por aprender lo mismo que él aprendió cuando era niño.

Paulo resopló.

—Sigo sin querer.

Julia le tendió la mano.

—Entonces tendrás que acompañarme protestando.

El niño la miró resignado.

—Eso sí puedo hacerlo.

Helena rompió a reír.

—¡Eres un pesado!

—Y tú una empollona.

—¡No lo soy!

Las carcajadas de Julia resonaron por toda la biblioteca.

Antes de salir pasaron por la cocina. Prisca levantó la vista de la masa que estaba amasando. Le bastó contemplar la expresión de Paulo para comprender lo que ocurría.

—¿Qué has hecho ahora?

—¡Julia quiere llevarme a la escuela!

La mujer ocultó una sonrisa.

—Entonces da gracias a los dioses.

—¿Por qué?

—Porque yo habría empezado a enseñarte con la escoba.

Helena soltó una carcajada. Prisca se limpió las manos en el delantal y miró emocionada a Julia.

Nunca olvidaría aquel gesto. Ella y su marido jamás habían tenido la oportunidad de aprender.

Cuando iban al mercado utilizaban pequeñas piedras para no equivocarse al pagar.

Por cada moneda entregada retiraban una piedra del bolsillo.