CAPÍTULO 14
"Hay que atender no solo a lo que cada cual dice,
sino a lo que siente y al motivo por que lo siente."
Cicerón
Habían transcurrido nueve días desde que Tito Livio emprendiera su último viaje. Aquella noche concluiría oficialmente el luto con la tradicional Cena Novendialis, el banquete con el que familiares y amigos despedían definitivamente al difunto y devolvían la casa a la vida cotidiana.
Para Julia, sin embargo, aquella ceremonia significaba mucho más.
Era la primera vez que ocuparía públicamente el lugar que durante tantos años había pertenecido a Tito.
La primera vez que recibiría a sus invitados como señora de la Casa de Livio y aquello la inquietaba profundamente.
Ella nunca había ambicionado riquezas ni honores.
De haber podido elegir, habría preferido seguir ocupándose discretamente de la administración de la casa mientras Tito presidía el banquete con su serenidad habitual.
Pero el destino había decidido otra cosa. Cuando aquella mañana confesó sus dudas a Prisca, la cocinera no tardó en reprenderla con el cariño de una madre.
—Esta noche todos esperan conocer a la nueva señora.
Desde ese momento nadie le permitió discutir.
La costurera acudió a tomarle medidas para confeccionar una estola digna de su nueva posición.
La peluquera fue avisada para arreglarle el cabello según la moda de las matronas romanas.
Los esclavos decoraron el atrio con flores frescas y prepararon el triclinio para recibir a los invitados.
Todos parecían tener muy claro cuál era su papel. Todos... menos ella.
Los días transcurridos desde el entierro habían sido intensos. Mientras Marco dedicaba largas jornadas a investigar el atentado y trataba, sin éxito, de encontrar a los responsables, Julia había asumido definitivamente la dirección de la factoría y de los negocios de Tito.
Gracias a la ayuda del galeno, todos los trámites de la herencia se habían resuelto con rapidez y la ciudad comenzaba a verla no como una antigua esclava, sino como la legítima heredera de la Casa de Livio.
Durante el día procuraban guardar las apariencias.
Ante los demás apenas intercambiaban alguna mirada o unas pocas palabras.
Pero cuando la noche envolvía la domus en silencio...
aquellas horas les pertenecían solo a ellos.
Marco regresaba tarde del campamento. Julia lo esperaba despierta y bastaba una mirada para que el peso de la jornada desapareciera.
Julia sabía perfectamente que muchos habrían desaprobado aquella relación.
No era todavía su esposa, ni siquiera su prometida.
Solo una mujer que había decidido amar antes de haber pronunciado ningún juramento.
Pero también sabía una cosa. Había vivido demasiados años obedeciendo la voluntad de otros.
No estaba dispuesta a permitir que el miedo le arrebatara la felicidad precisamente ahora que la había encontrado.
Si algún día los dioses decidían separar sus caminos...
al menos nadie podría borrar de su memoria aquellos días compartidos.
Aquella mañana había sentido la necesidad de visitar la necrópolis.
Los legionarios que la escoltaban permanecían a prudente distancia, respetando el recogimiento del lugar.
Julia se arrodilló junto a la tumba de Tito.
Después de derramar la última libación en honor a los Manes, depositó cuidadosamente algunos de los objetos que más habían acompañado al anciano durante su vida.
Su viejo volumen de leyes. Una pequeña pluma de escritura. Un estuche de tablillas enceradas.
Sonrió con tristeza.
—Seguro que ya habrás encontrado a alguien con quien discutir sobre leyes... —susurró.
Aún permanecía inmóvil cuando sintió unos pasos detrás de ella. No necesitó volverse para reconocerlos.
—¿Marco?
El general sonrió.
—Pensé que te gustaría que estuviera contigo antes de la cena.
Julia dejó escapar un leve suspiro.
—Esta mañana estaba demasiado nerviosa.
Marco se colocó tras ella y rodeó suavemente su cintura con los brazos. Permanecieron unos instantes contemplando la tumba en silencio.
—¿Qué hacías? —preguntó él finalmente.
—La última libación. A partir de hoy termina el luto.
Hizo una pausa.
—También quería traerle algunas de sus cosas. Me gusta pensar que quizá pueda necesitarlas donde esté.
Marco sonrió con ternura.
—No es ninguna tontería.
Julia apoyó la cabeza sobre su pecho.
—Le echo muchísimo de menos. Creía que estaba preparada para despedirme de él... pero cada día descubro cuánto dependía de su presencia. Ahora me siento un poco perdida.
Después levantó la vista hacia él.
—Gracias por acompañarme esta noche. No sé si estaré a la altura de todo esto.
Marco acarició lentamente su mejilla.
—No tienes que demostrar nada a nadie. Todos los que acudirán esta noche conocieron a Tito y también te conocen a ti. Saben quién eres.
Hizo una breve pausa antes de añadir con una sonrisa.
—Y si aun así dudas... recuerda que solo tienes que encontrar tu lugar. Ese lugar... siempre estará a mi lado.
Julia respondió apretando suavemente su mano.
—Vámonos. No quiero hacer esperar a nuestros invitados.
Cuando regresaron a la domus, el bullicio llenaba ya todos los rincones.
Prisca dirigía la cocina con la autoridad de un general en plena batalla.
Claudia corría de un lado para otro comprobando que nada faltara.
Los esclavos adornaban el comedor con flores recién cortadas mientras otros encendían lámparas y antorchas que bañaban las estancias con una luz cálida y acogedora.
Todo estaba preparado para despedir dignamente al hombre que durante tantos años había sido el alma de aquella casa.
Cuando Julia apareció en el atrio, el murmullo de las conversaciones se apagó casi por completo.
Marco, que acababa de recibir a uno de los últimos invitados, levantó la vista y quedó inmóvil.
Por un instante olvidó dónde se encontraba.
La joven descendía lentamente la escalinata con la serenidad propia de una auténtica matrona romana.
La estola de lino color marfil caía con elegante naturalidad hasta rozar el suelo, ceñida bajo el pecho por un delicado cordón bordado con hilos de oro.
Sobre los hombros descansaba una ligera palla de seda que realzaba aún más la luminosidad de su piel.
La peluquera había recogido su cabello siguiendo la moda romana, dejando escapar algunos tirabuzones dorados que acariciaban suavemente sus mejillas.
Entre el peinado se entrelazaban pequeñas perlas y diminutas flores granates que brillaban bajo la luz de las lámparas de aceite.
No llevaba joyas ostentosas. No las necesitaba.
Su elegancia nacía de la naturalidad con la que caminaba.
Marco sintió cómo el corazón le golpeaba con fuerza en el pecho. Jamás la había visto tan hermosa. No parecía una esclava convertida en heredera. Parecía una mujer nacida para ocupar el lugar que ahora le pertenecía.
Julia levantó la vista y, al descubrir que Marco no apartaba los ojos de ella, sonrió divertida.
—¿Tan mal me han peinado? —preguntó en voz baja cuando llegó junto a él.
Marco tardó unos segundos en reaccionar.
—Al contrario... Creo que los dioses han querido poner hoy a prueba mi capacidad para disimular.
Ella dejó escapar una risa contenida.
—Pues procura hacerlo mejor, porque todos nos están mirando.
—Eso intento. Aunque te confieso que no está resultando nada fácil.
Julia sintió cómo el rubor volvía a teñir sus mejillas. Aquellas palabras, pronunciadas con absoluta sinceridad, valían mucho más que cualquier cumplido.
Poco a poco fueron llegando los últimos invitados.
Uno tras otro saludaban respetuosamente a Julia y dedicaban unas palabras de recuerdo a Tito Livio antes de detenerse frente a la máscara funeraria de cera que presidía el atrio.
La reproducción de su rostro parecía observar en silencio cuanto sucedía en la casa que había gobernado durante tantos años.
Muchos permanecían unos instantes contemplándola antes de inclinar ligeramente la cabeza en señal de respeto.
Julia no pudo evitar emocionarse. Por primera vez comprendió que Tito seguiría presente mucho tiempo después de su muerte. No solo en aquella máscara. También en el recuerdo de todos los que habían compartido parte de su vida con él.
Mientras tanto, desde una de las puertas laterales, Prisca y Claudia observaban discretamente la escena.
—¿La has visto? —susurró Claudia con orgullo—. Parece una auténtica patricia.
Prisca sonrió sin apartar la vista de la joven.
—No, muchacha... Parece la hija de Tito Livio y eso vale mucho más que cualquier vestido.
Claudia asintió emocionada.
—¿Te has fijado en el general?
—¿Cómo no voy a fijarme? No ha dejado de mirarla desde que ha bajado la escalera.
—Creo que está más enamorado de Julia de lo que imagina.
Prisca soltó una leve carcajada.
—Eso ya lo sabemos todos menos ellos.
Cuando todos los invitados ocuparon finalmente sus lugares en el triclinium, Julia respiró hondo antes de hacer una discreta señal con la cabeza. Era el momento.
Como si llevaran toda la vida ensayando aquel instante, los sirvientes comenzaron a servir la cena con impecable coordinación. El aroma del pan recién horneado, de las hierbas aromáticas y del vino especiado fue llenando lentamente el comedor.
Los primeros platos aparecieron con la sencillez elegante que tanto había caracterizado siempre la mesa de Tito Livio.
Verduras frescas acompañadas del mejor garum elaborado en la factoría, aceitunas aliñadas, quesos tiernos, frutas de temporada y delicadas ensaladas fueron dando paso al plato principal: un cordero asado con hierbas aromáticas y una selección de mariscos recién traídos del puerto, acompañados por vino templado con miel.