EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 13 #3
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CAPÍTULO 13 #3

—Quiero a Marco.

El general giró la cabeza sorprendido. Aquellas palabras, pronunciadas delante de otros, valían más que cualquier juramento. Julia continuó hablando.

—Pero también quiero conservar la libertad que acabo de recuperar.

El silencio volvió a instalarse en el atrio.

—Toda mi vida he obedecido la voluntad de otros. Primero fui esclava. Después administré la casa de Tito porque él lo necesitaba. Ayer descubrí quién era realmente... y hoy todavía intento comprender qué significa todo eso.

Levantó la vista hacia el anciano.

—No rechazo a Marco. Solo necesito tiempo para aprender a vivir como una mujer libre antes de decidir cómo quiero vivir el resto de mi vida.

El galeno permaneció unos segundos contemplándola. Después asintió lentamente.

—Creo que Tito estaría orgulloso de esa respuesta.

Marco dio un paso hacia ella.

—Y yo también.

Julia lo miró sorprendida. Él sonrió.

—No voy a pedirte que renuncies a la libertad que tanto has luchado por conseguir. Esperaré. Un mes, un año o el tiempo que necesites. Porque el día que aceptes casarte conmigo... quiero saber que lo haces porque tú lo has elegido, no porque nadie lo haya decidido por nosotros.

Los ojos de Julia comenzaron a humedecerse. No esperaba aquella respuesta.

El galeno dejó escapar una leve carcajada.

—Ahora entiendo por qué mi viejo amigo Tito me encomendó este asunto.

Los dos jóvenes lo miraron.

—Uno ama con toda la impaciencia de un soldado. La otra teme perder precisamente aquello que acaba de encontrar.

Suspiró divertido.

—Supongo que mi trabajo consistirá en recordaros que el tiempo también resuelve algunas batallas.

Marco sonrió.

—En eso tendré que obedeceros.

—Me alegra oírlo.

El anciano hizo ademán de marcharse, pero antes de abandonar la casa añadió:

—Solo os pediré una cosa. No olvidéis que toda Baelo Claudia os observa. Guardad el respeto debido al luto por Tito. Después... dejad que el destino haga el resto.

Con una última sonrisa abandonó la domus.

Quinto había permanecido todo el tiempo en silencio. Cuando el galeno desapareció por la puerta principal, cruzó los brazos y miró alternativamente a Marco y a Julia.

—General... ¿Puedo hacer una observación?

Marco lo miró con desconfianza.

—Depende.

—Creo que, si seguís sujetándole la mano de ese modo, terminaréis por avergonzar a Julia más que todos los rumores de la ciudad.

Julia no pudo evitar sonrojarse. Marco bajó la vista. Solo entonces advirtió que seguía entrelazando sus dedos con los de ella. En lugar de soltarla... los acarició suavemente.

Quinto levantó las manos en señal de rendición.

—Está claro que aquí sobro. Me retiro antes de que acabéis echándome.

Mientras se alejaba añadió con una sonrisa:

—Aunque sospecho que la batalla más difícil de vuestra vida acaba de empezar.

Marco negó divertido con la cabeza.

—Y pensar que siempre fuiste el más sensato de los dos...

—Eso era antes de conoceros a vosotros.

Cuando quedaron solos, Julia volvió su mirada hacia él.

—¿De verdad estás dispuesto a esperar?

Marco no dudó.

—Toda la vida, si fuera necesario.

Ella sonrió con ternura.

—Espero que no tengas que hacerlo tanto tiempo.

Él levantó una ceja.

—¿Eso significa que tengo alguna posibilidad?

Julia soltó una pequeña risa.

—Significa que pienso ponértelo difícil.

—Lo imaginaba.

—¿Y aun así insistes?

—Lo difícil siempre ha sido mi especialidad.

Ella negó con la cabeza divertida. Marco volvió a ofrecerle la mano.

Esta vez no para conducirla. Solo para caminar a su lado.

Julia la aceptó sin vacilar mientras atravesaban juntos el atrio comprendió que aún no estaba preparada para prometerle una vida entera pero sí para regalarle el presente.

Y, por primera vez desde que tenía memoria, el futuro dejó de parecerle una amenaza para convertirse en una posibilidad.

En la cocina, Prisca y Claudia no podían evitar comentar lo sucedido aquella tarde.

—¿Has visto cómo el general no ha soltado la mano de Julia en ningún momento? —preguntó Claudia con una sonrisa traviesa—. Estoy segura de que esos dos no han salido de la habitación en todo el día.

Prisca negó con la cabeza mientras removía el guiso que hervía lentamente sobre el fuego.

—Muchacha, deja de imaginar cosas y ponte a trabajar. Siempre andas metiendo la nariz donde no te llaman.

—¡Pero si Julia es como una hermana para mí!

La cocinera sonrió con cariño.

—Lo sé. Pero no olvides que ahora es la señora de esta casa y nosotras seguiremos sirviéndola como siempre. Y, además, ya has visto cómo el general no permite que nadie haga comentarios sobre ella. En eso hace bien. Julia merece respeto.

Claudia suspiró resignada mientras comenzaba a colocar la mesa.

—Yo creo que han ido a las termas.

Prisca levantó los ojos al cielo.

—¡Ay, dioses! ¿Qué vamos a hacer contigo? Algún día esa lengua curiosa te meterá en un buen lío.

La muchacha soltó una carcajada.

—No soy curiosa... solo observadora.

Y, todavía sonriendo, continuó preparando la cena.

Mientras tanto, Marco cerró la puerta que daba acceso a las termas privadas de la domus. Se volvió hacia Julia con una sonrisa tranquila.

—Pensé que un baño te ayudaría a relajarte después de todo lo que has vivido.

Ella observó el vapor que ascendía desde las piscinas y después lo miró a él con cierto recelo.

—No pienses que voy a sentirme cómoda tan fácilmente.

Marco soltó una leve risa.

—No pretendo incomodarte.

Se acercó despacio.

—Si en algún momento quieres marcharte, nos iremos.

Julia lo contempló durante unos segundos. Aquellas palabras bastaron para tranquilizarla. Entraron en el vestuario y comenzaron a prepararse con la naturalidad propia de quien intenta acostumbrarse a una nueva cercanía. Aun así, el rubor no abandonó las mejillas de Julia.

Marco comprendió inmediatamente su timidez. Sin decir nada, le dio la espalda para ofrecerle la intimidad que necesitaba. Ella sonrió agradecida.

—Ya puedes volverte.

Cuando ambos estuvieron preparados caminaron hacia el frigidarium. Julia introdujo con cautela un pie en el agua y lanzó un pequeño respingo.

—¡Está helada!

Marco no pudo contener la risa.

—Solo al principio.

—Empiezo a pensar que los romanos tenéis costumbres muy extrañas.

—Eso mismo pensé yo la primera vez.

Ella arqueó una ceja.

—No te creo.

—Haces bien.

Los dos rieron. Después atravesaron juntos la estancia hasta llegar al caldarium, donde el agua caliente desprendía una agradable nube de vapor. Julia dejó escapar un suspiro de alivio al sentir cómo el calor relajaba poco a poco la tensión acumulada durante los últimos días.

Permanecieron unos instantes en silencio. Marco se acercó despacio.

—¿Mejor?

Ella asintió.

—Mucho mejor.

Sus miradas volvieron a encontrarse. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo una palabra. Marco alzó una mano y apartó con infinita delicadeza un mechón de cabello que se había escapado junto a su rostro.

—Creo que nunca te había visto sonreír de esta manera.

Julia bajó la vista, incapaz de ocultar la emoción.

—Supongo que tampoco yo me había sentido así nunca.

Marco sonrió.

—Entonces habrá merecido la pena convencerte para venir.

Ella soltó una pequeña carcajada.

—No cantes victoria tan pronto, general.

—¿Sigo teniendo que convencerte?

—Mucho.

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—Acepto el desafío.

Julia negó divertida.

—Eres el hombre más testarudo que he conocido.

—Y tú la única mujer capaz de hacerme cambiar de opinión sobre muchas cosas.

El silencio volvió a envolverlos. Esta vez fue un silencio cómodo, lleno de complicidad.

Por primera vez desde que sus caminos se habían reencontrado, ambos pudieron disfrutar simplemente de la compañía del otro, dejando que el murmullo del agua y el calor de las termas borraran, aunque solo fuera por un instante, el peso de todo lo que habían vivido.