CAPÍTULO 13 #2
La casa había quedado completamente en silencio.
Marco regresó despacio a la habitación. La única luz procedía de una pequeña lámpara de aceite.
Julia seguía profundamente dormida. Se sentó junto al lecho.
Durante largo rato se limitó a contemplarla.
El sueño había borrado la angustia de su rostro.
Parecía una mujer distinta. Más joven, más frágil, más hermosa.
Sonrió sin darse cuenta. ¿Qué había sido del hombre frío que jamás permitía que los sentimientos gobernaran su vida?
Él mismo apenas lo reconocía. Con infinita delicadeza apartó un mechón de cabello que caía sobre la frente de Julia.
Después depositó un leve beso sobre su mano.
—Buenas noches... Julia Livio.
Apagó la lámpara. Y, en lugar de acostarse junto a ella, acercó un sillón al borde de la cama.
Allí permaneció sentado, con la espada apoyada sobre las rodillas, dispuesto a velar su sueño hasta el amanecer.
Sin advertir en qué momento el cansancio terminó por vencerlo, cerró lentamente los ojos.
Aún sentado junto a la mujer que amaba. Como un centinela que protege el bien más valioso que le ha sido confiado.
Julia fue regresando poco a poco a la realidad. Los recuerdos de la víspera acudieron a su memoria como un torrente imposible de contener. Tito. El testamento. Su verdadera identidad. La libertad. Y, sobre todo, aquellas palabras que aún resonaban en su corazón: «...mi hija Julia Livio.»
Una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios.
Ya no tendría que abandonar aquella casa.
Aquel hogar en el que había crecido era, por fin, también suyo.
Sin embargo, otro pensamiento empañó aquella alegría.
El matrimonio. No. Aquello tendría que hablarlo con Marco.
Jamás permitiría que nadie decidiera su futuro, ni siquiera un hombre al que amaba.
Fue entonces cuando percibió un calor a su espalda.
No estaba sola. Con infinita delicadeza giró apenas la cabeza.
Marco dormía profundamente en el sillón que había acercado junto a la cama.
El cansancio había terminado por vencerle mientras velaba su descanso.
Tenía la espalda ligeramente inclinada hacia ella y una mano descansaba todavía sobre el borde del colchón, como si incluso dormido necesitara asegurarse de que seguía allí.
Julia sintió un nudo en la garganta. Había pasado toda la noche a su lado.
No para reclamar nada. Solo para protegerla.
Conmovida, extendió despacio la mano hasta rozar sus dedos.
Apenas fue una caricia pero bastó para que Marco abriera lentamente los ojos.
Durante unos instantes ninguno de los dos habló.
Se limitaron a contemplarse. Había demasiadas cosas que decir y, sin embargo, ninguna palabra parecía suficiente.
—Buenos días... —susurró él.
—¿Has estado aquí toda la noche?
Marco sonrió con sencillez.
—El galeno dijo que necesitabas descansar.
Julia desvió la mirada hacia la mano que él seguía sosteniendo entre las suyas.
—No tenías por qué hacerlo.
—Sí tenía.
Ella volvió a mirarlo. Nunca lo había visto tan desarmado. Tan lejos del general romano que impartía órdenes con una sola mirada. Aquel hombre solo parecía preocupado por una cosa.
Por ella. Sintió cómo el corazón le latía con fuerza. Sin pensarlo, acortó la distancia que los separaba. Marco comprendió su intención antes incluso de que ella llegara hasta él.
Sus labios se encontraron en un beso lento, inseguro al principio, como si ambos estuvieran descubriendo un lenguaje completamente nuevo. No había prisa. Solo ternura. Solo la necesidad de confirmar que aquello no había sido un sueño. Cuando el beso terminó, Julia apoyó la frente contra la de él.
—Creí que todo iba a terminar cuando murió Tito.
Marco acarició con suavidad una hebra de su cabello.
—Y, sin embargo, hoy empieza una vida nueva.
Ella sonrió.
—No exactamente como él la imaginó.
Marco dejó escapar una leve risa.
—No. Porque aún tienes algo que decir sobre ese testamento.
Julia lo miró con esa mezcla de firmeza y dulzura que tanto lo desconcertaba.
—Mucho que decir.
—Lo imaginaba.
Él volvió a besarla, apenas un roce, antes de apartarse con delicadeza.
—Pero hablaremos cuando hayas recuperado todas tus fuerzas. Primero necesito volver a ver a la Julia que discute conmigo por cualquier cosa.
Ella rio por primera vez desde la muerte de Tito.
Una risa limpia, sincera, que llenó la habitación de vida.
Marco pensó que habría sido capaz de enfrentarse él solo a una legión entera con tal de volver a escuchar aquel sonido.
Y en ese instante comprendió que ya no existía marcha atrás.
No era el testamento de Tito lo que había sellado su destino.
Había sido aquella mujer y el amor que, sin pedir permiso, había terminado conquistando el corazón del general romano.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Graco descargaba su frustración sobre el trabajo.
El sol ya caía con fuerza sobre la factoría y el sudor empapaba su túnica mientras supervisaba el embarque de un último cargamento de salazones con destino a Ostia.
Los marineros subían ánforas sin descanso por la pasarela del mercante, acostumbrados a la disciplina que durante años había impuesto Tito Livio.
Todo funcionaba con la precisión habitual.
Los escribanos anotaban las mercancías. Los capataces distribuían a los obreros.
Los carros entraban y salían sin interrupción.
La factoría seguía respirando con la misma perfección de siempre.
Solo faltaba una persona. Julia. Desde la lectura del testamento nadie había vuelto a verla.
La noticia de su desmayo se había extendido por toda Baelo Claudia, pero después solo habían circulado rumores.
La domus permanecía custodiada por legionarios y resultaba imposible acercarse sin llamar la atención.
El tribuno Quinto había dejado bien claro el día anterior que nadie cruzaría aquellas puertas sin autorización.
Graco apretó la mandíbula. Necesitaba verla y saber si aceptaría aquel maldito matrimonio.
A su alrededor, el ambiente era muy distinto al del día anterior.
Aunque el luto por Tito seguía presente, los trabajadores habían recuperado la tranquilidad.
Muchos sonreían mientras comentaban la inesperada herencia.
Nadie parecía inquieto por el futuro. Al contrario, conocían demasiado bien a Julia.
Habían trabajado junto a ella durante años.
Sabían que era ella quien, en muchas ocasiones, había tomado las decisiones importantes cuando Tito enfermaba.
Para ellos, la continuidad de la Casa de Livio estaba asegurada.
Aquella certeza irritaba todavía más a Graco.
Todo le había salido bien. Demasiado bien.
Había pasado de ser esclava a convertirse en una de las mujeres más ricas de Hispania.
Y ahora, además, el viejo romano parecía haber bendecido su unión con aquel general.
Sintió que la rabia le quemaba por dentro.
Debió haberse casado con ella mucho antes.
Había esperado demasiado, pero aún no pensaba rendirse.
Mientras Julia no pronunciara su consentimiento ante los dioses y los hombres, todavía existía una posibilidad.
Y si el destino insistía en arrebatársela...
él mismo se encargaría de cambiar ese destino.
Aunque para conseguirlo tuviera que llevársela por la fuerza.
Graco clavó la mirada en el camino que conducía a la domus. Tarde o temprano, Julia aparecería. Y cuando lo hiciera... esta vez no permitiría que Marco Vinicius volviera a interponerse entre ellos.
Claudia apenas podía contener la sonrisa.
Cada vez que pensaba en Julia, una risa traviesa escapaba de sus labios.
Hacía horas que ella y el general permanecían encerrados en la habitación y el almuerzo había quedado muy atrás.
Ni siquiera el aroma de la comida había conseguido sacar a ninguno de los dos.
Quinto, en cambio, comenzaba a impacientarse.
Había pasado toda la mañana custodiando la domus, impidiendo que curiosos y trabajadores interrumpieran el descanso de la nueva heredera.
Incluso el galeno, que había acudido para hablar con Marco, había terminado marchándose con la promesa de regresar más tarde.
Toda la casa esperaba pero nadie se atrevía a llamar a la puerta.
Ya bien entrada la tarde, la hoja de madera se abrió lentamente.
Marco apareció primero. Su expresión, habitualmente seria, se había suavizado.
Caminaba con la tranquilidad de un hombre que, por primera vez en mucho tiempo, había encontrado paz.
Detrás de él salió Julia. Todavía conservaba cierto rubor en las mejillas, aunque su mirada había recuperado la serenidad perdida durante los últimos días.
Sin darse cuenta, Marco tomó su mano. No la sujetaba con fuerza. Simplemente caminaba junto a ella sin querer soltarla. En el atrium, Quinto conversaba con el galeno cuando ambos levantaron la vista. El anciano observó a los dos jóvenes durante unos instantes. Sonrió para sí.
—Veo que el descanso ha surtido efecto.
Marco respondió con una leve inclinación de cabeza.
—Ha dormido cuanto necesitaba.
—Y tu también, por lo que parece.
Esta vez fue Quinto quien no pudo contener una sonrisa. Julia bajó discretamente la mirada.
El galeno dio un paso al frente.
—General... ¿Habéis reflexionado sobre la voluntad de Tito?
—Sí.
Marco respondió sin vacilar.
—Mi decisión no ha cambiado. Cuando llegue el momento oportuno, si Julia así lo desea, me sentiré honrado de convertirme en su esposo.
El anciano volvió entonces su mirada hacia la joven. Su voz se volvió mucho más suave.
—¿Y tú, Julia? ¿Qué deseas?
La muchacha guardó silencio. Notó cómo Marco aflojaba ligeramente la mano que sostenía la suya, como si quisiera dejarle claro que respondería con absoluta libertad. Respiró hondo.