EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

«En el amor no basta atacar; hay que tomar la plaza.»Ovidio

Marco permanecía inmóvil. Las últimas palabras del escribano seguían resonando en su cabeza como el eco de una batalla.

"...otorgo mi consentimiento al matrimonio sine manu entre el general Marco Vinicius y mi hija Julia Livio..."

Jamás habría imaginado que Tito pudiera dejar escrita semejante disposición.

El viejo romano había visto mucho más de lo que él mismo había querido reconocer.

Había descubierto el amor que ambos se esforzaban por ocultar.

Y, aun después de muerto, les abría una puerta que hasta aquel instante había permanecido cerrada.

Julia ya no era una esclava. Era una ciudadana romana.

Heredera de la Casa de Livio. Poseía el ius connubii.

Era libre para elegir con quién compartir su vida.

Marco sintió una extraña mezcla de emociones.

Una parte de él habría querido maldecir a Tito por ponerlo en semejante situación. La otra... no pudo evitar sonreír.

—Viejo zorro... —murmuró para sí.

Hasta el último instante habías seguido moviendo las piezas.

Entonces volvió la vista hacia Julia. La joven permanecía completamente inmóvil.

Las lágrimas descendían lentamente por sus mejillas.

No escuchaba los murmullos del foro. No veía a Claudia, ni a Marco.

Parecía hallarse en otro lugar. De pronto su cuerpo vaciló. Marco apenas tuvo tiempo de reaccionar.

—¡Julia!

Corrió hacia ella justo cuando sus piernas cedían. La sostuvo entre sus brazos antes de que golpeara el suelo. A su alrededor la multitud comenzó a agitarse.

—¡Apartaos!

—¡Dejad sitio!

Claudia cayó de rodillas junto a su amiga.

—¡Julia! ¡Julia, despierta!

Prisca se cubría la boca intentando contener el llanto. Horacio observaba la escena completamente paralizado. Marco apartó con delicadeza un mechón de cabello del rostro de la muchacha. Colocó dos dedos sobre su cuello. Sintió el pulso. Firme. Regular. Respiró aliviado.

—Solo ha perdido el conocimiento. Nada más.

Levantó la vista.

—Horacio. Busca al galeno. Que vaya inmediatamente a la domus.

—Sí... sí, general.

El antiguo esclavo salió corriendo entre la multitud.

Marco tomó entonces a Julia entre sus brazos.

Le sorprendió lo poco que pesaba. Aquellos días de angustia habían dejado huella en su cuerpo.

Intentó abrirse paso, pero el gentío apenas dejaba espacio para caminar.

Todos querían contemplar a la inesperada heredera de Tito Livio.

Marco levantó la cabeza. Buscó a Quinto. No hizo falta pronunciar una sola palabra. El tribuno comprendió inmediatamente.

—¡Legionarios! Formad un cordón.

Los soldados avanzaron abriéndose paso entre la multitud.

Con disciplina impecable fueron despejando el camino mientras Quinto caminaba junto a su general vigilando cada rostro.

No pensaba permitir que, en medio de aquella confusión, alguien aprovechara para acercarse a Julia.

A medida que avanzaban, los murmullos crecían a su alrededor.

—Tito sabía muy bien lo que hacía...

—La muchacha llevaba años dirigiendo la factoría.

—Será una buena domina.

—Los Livio siguen teniendo heredera.

Muchos sonreían satisfechos. Conocían a Julia desde niña.

Sabían que, aunque hubiera nacido esclava, había administrado durante años los negocios de Tito con la prudencia y la inteligencia de un auténtico heredero.

Aquella decisión no les parecía injusta.

Les parecía lógica. Sin embargo, no todos compartían aquel sentimiento.

Graco observaba cómo Marco se alejaba con Julia entre sus brazos.

Sintió que algo se rompía dentro de él. Hasta aquella mañana aún conservaba la esperanza de comprar la libertad de la joven.

De ofrecerle una vida junto a él. Ahora todo había cambiado.

Julia ya no pertenecía a nadie. Jamás podría comprarla.

Jamás podría ofrecerle aquello que ya poseía.

Y, por si fuera poco, Tito había bendecido públicamente un matrimonio con el hombre al que más detestaba.

Los puños comenzaron a cerrársele hasta clavarse las uñas en las palmas.

No. Aquella historia aún no había terminado.

Al otro extremo del foro, Tiberio Aurelius abandonaba lentamente la plaza.

Su expresión era de serenidad. Solo Valeria, que caminaba unos pasos detrás de él, advirtió la tensión que endurecía sus hombros.

Todo había salido mal. Si Silo hubiera cumplido su misión...

Julia habría muerto y la factoría habría terminado inevitablemente en sus manos.

Ahora la situación era muy distinta. El general seguía con vida y la heredera también.

Dos obstáculos. Dos muertes necesarias. Tiberio apretó la mandíbula.

Tendría que reunirse cuanto antes con Spículus. Era preciso cambiar los planes.

Valeria bajó la mirada para ocultar la leve satisfacción que sentía. Por primera vez en mucho tiempo, los dioses parecían haber dado la espalda a su marido. Y deseó, con todas sus fuerzas, que aquel fuera el principio del fin del hombre que había convertido su vida en un infierno.

Marco llegó a la domus sin detenerse. Llevaba a Julia entre sus brazos con el mismo cuidado con el que un soldado transporta el estandarte de su legión.

Al atravesar el atrio encontró abierta la puerta de una de las habitaciones y entró sin pensarlo.

La depositó lentamente sobre el lecho y esperó.

Pero Julia no reaccionó. Aquello empezó a inquietarlo. El desmayo ya duraba demasiado.

Un instante después llegaron Prisca y Claudia, todavía agitadas por la carrera. La cocinera se acercó inmediatamente.

—Aflojad un poco la túnica, señor. Respirará mejor.

Marco obedeció sin apartar la vista del rostro de la joven.

Prisca observó la delicadeza con la que aquel hombre, acostumbrado a empuñar la espada, acomodaba el cuerpo de Julia sobre el colchón.

No hizo ningún comentario. No era necesario.

Llevaba demasiado tiempo observándolos para no comprender lo que ocurría entre ellos.

Desde hacía años había visto a muchos hombres acercarse a Julia. Ninguno la había mirado jamás de aquella manera. Y nunca había visto a Julia bajar las defensas como lo hacía delante del general. Quizá Tito lo había comprendido mucho antes que todos ellos.

—Claudia —ordenó con serenidad—. Ve a buscar a Horacio. El galeno no debería tardar.

La muchacha salió apresuradamente. Marco permaneció sentado junto a la cama. Sin darse cuenta, había tomado la mano de Julia entre las suyas. La sostuvo con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de aquellas manos acostumbradas al combate.

Pocos minutos después apareció el galeno acompañado por Horacio. El anciano examinó a Julia con calma. Le tomó el pulso y observó sus pupilas. Después sonrió tranquilizador.

—No hay motivo para alarmarse. Solo está agotada. Las emociones de estos últimos días han terminado por vencer a su cuerpo. La muerte de Tito... el peso de la casa... la responsabilidad de la factoría... y lo ocurrido hoy. Ha soportado demasiado para una sola persona.

Marco respiró con alivio.

—¿Cuándo despertará?

—Cuando su cuerpo decida que ha descansado lo suficiente. Ahora necesita dormir. Nada más.

El médico recogió lentamente sus instrumentos. Antes de abandonar la habitación se volvió hacia Marco.

—General... Mañana tendremos que hablar. Hay cuestiones relacionadas con el testamento que requieren vuestra presencia. Pero esta noche... dejad que la muchacha descanse.

Marco sostuvo unos instantes la mirada del anciano. Comprendía perfectamente lo que había quedado sin decir. Asintió en silencio. Cuando el galeno salió de la habitación, Marco permaneció unos segundos inmóvil antes de levantarse. Cerró cuidadosamente la puerta.

Quinto esperaba en el corredor. Conversaba animadamente con Claudia. La muchacha sonreía con una naturalidad que Marco no le había visto desde la muerte de Tito. Al advertir su presencia, ambos interrumpieron la conversación.

—¿Cómo está? —preguntó el tribuno.

—El galeno dice que solo necesita descansar.

Quinto respiró aliviado. Marco dirigió entonces una mirada divertida hacia Claudia. La joven bajó inmediatamente los ojos.

—¿Interrumpo algo?

El tribuno soltó una carcajada.

—Todavía no.

Marco arqueó una ceja.

—Cuida de esa muchacha. Julia la quiere como a una hermana.

—No hace falta que me lo recuerdes.

Ambos guardaron silencio unos segundos. Después Quinto sonrió con malicia.

—Parece que Tito te ha dejado más trabajo del que esperabas.

Marco dejó escapar una risa.

—Nunca imaginé que un hombre pudiera darme una orden... después de muerto.

—Y además una muy difícil.

—Sí. Muy difícil.

Quinto apoyó una mano sobre su hombro.

—¿Qué piensas hacer?

Marco tardó unos instantes en responder.

—Luchar. Como he hecho siempre. Pero esta vez... no por una ciudad, ni por Roma… por una mujer.

El tribuno sonrió.

—Entonces quizá esta sea la batalla más complicada de tu vida.

Marco respondió con otra sonrisa.

—Empiezo a sospecharlo.

Después de despedirse de Quinto, entró en la cocina. Horacio y Prisca terminaban de recoger la mesa.

—Esta noche velaré yo por Julia.

Los dos antiguos esclavos intercambiaron una mirada.

—Como deseéis, señor.

—Si necesitáis cualquier cosa, llamadnos —añadió Prisca.

Marco aceptó un plato de comida. Comió poco.

Casi sin darse cuenta, su pensamiento seguía en la habitación.

Mientras tanto, Horacio observaba a su esposa.

Todavía les costaba creerlo. Eran libres.

Sus hijos también lo serían. Aquella noche dormirían bajo el mismo techo que la víspera, pero todo había cambiado.

—Dentro de unos días traeremos a los niños —susurró Horacio cuando Marco abandonó la cocina.

Prisca sintió cómo los ojos volvían a humedecérsele.

—Nunca podré agradecerle bastante a Tito lo que ha hecho por nosotros.

Horacio sonrió.

—Ni Julia permitirá que olvidemos quién fue.