EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 12 #4
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CAPÍTULO 12 #4

Bajo uno de los pórticos del foro aguardaba Graco junto a varios libertos de la factoría.

Sus ojos no se apartaban de Julia. Vio cómo Marco se acercaba a ella.

Cómo le hablaba. Cómo ella levantaba la cabeza para responderle.

Demasiada cercanía y confianza. Apretó la mandíbula.

No. Todavía no había perdido. Aquella mujer acabaría siendo su esposa.

Costara lo que costase. En el extremo opuesto de la plaza esperaba Tiberio Aurelio.

Su interés no estaba en la ceremonia. Estaba en la herencia.

Si Tito no había designado heredero, la factoría terminaría subastándose.

Y él poseía dinero suficiente para adquirirla.

Dos factorías. Cinco barcos. El monopolio del comercio de salazones.

Aquello lo convertiría en uno de los hombres más ricos de Hispania.

Después trasladaría sus negocios a Roma.

Sonrió para sí. Incluso podría buscar una nueva esposa.

La actual empezaba a resultarle molesta.

Igual que había ocurrido con la anterior.

El galeno avanzó hasta el centro del foro. A su lado caminaba el escribano. Cuando ambos ocuparon su lugar, un profundo silencio se extendió por toda la plaza. Hasta las gaviotas parecieron dejar de graznar. El anciano médico contempló lentamente a los presentes.

—Ciudadanos de Baelo Claudia —comenzó con solemnidad—. Nos encontramos hoy reunidos para dar cumplimiento a la última voluntad de nuestro querido amigo Tito Livio. Se volvió hacia el escribano.

—Proceded.

El escribano desenrolló cuidadosamente las tablillas.

Su voz grave comenzó a resonar en el foro.

Primero leyó las cláusulas relativas a la identidad del difunto.

Después, la relación de sus bienes, fundos, barcos, esclavos, dinero, la domus, la villa de Roma, la factoría…

La multitud escuchaba inmóvil. Entonces llegó la primera disposición importante.

—Otorgo la libertad a los esclavos Horacio, Prisca, Claudia y a los niños Paulo y Helena pertenecientes a la Casa de Livio.

Asimismo decreto que reciban diez mil sestercios cada uno y sean inscritos como libertos en el censo de ciudadanos romanos de Baelo Claudia, permaneciendo al servicio de la Casa de Livio.

Un murmullo recorrió la plaza. Prisca rompió a llorar. Claudia se llevó ambas manos a la boca incapaz de creer lo que acababa de escuchar. Horacio cerró los ojos emocionado pero el escribano continuó. Levantó ligeramente la vista antes de leer la siguiente cláusula.

—Instituyo a Julia, esclava de la Casa de Livio, como mi legítima heredera.

El foro entero quedó inmóvil. Nadie respiró.

—A partir del día de hoy será inscrita como ciudadana romana en los registros de Baelo Claudia y de Roma, adoptando el nombre de Julia Livio como hija adoptiva de Tito Livio.

Le transmito la totalidad de mis bienes, la Casa de Livio y todos los derechos inherentes a su nueva condición, incluido el ius connubii y el derecho al comercio.

El silencio era absoluto. Marco sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho. Quinto abrió los ojos con incredulidad. Graco palideció. Tiberio sintió que toda la sangre abandonaba su rostro. La factoría acababa de escapársele de las manos.

El escribano prosiguió y entonces llegó la última cláusula. La más inesperada. La que nadie habría imaginado jamás.

—Como padre y pater familias otorgo mi consentimiento al matrimonio sine manu entre el general Marco Vinicius y mi hija Julia Livio, si ambos otorgaran libremente su consentimiento para contraer nupcias.

Esta vez ni siquiera hubo murmullos. Solo silencio.

Un silencio tan profundo que parecía imposible.

Marco permaneció inmóvil. Sus ojos buscaron inmediatamente a Julia.

Ella no reaccionaba. No parecía escuchar.

No parecía ver. Las voces comenzaron a alejarse de su conciencia.

Como si procedieran del fondo del mar. Solo podía ver el rostro de Tito. Sonriéndole. Llamándola hija.

Hija.

Aquella única palabra derrumbó de golpe todos los muros que había levantado durante su vida. Nunca había conocido el

amor de un padre. Y acababa de descubrir que sí lo había tenido.

Aunque él nunca hubiera podido decírselo en vida.

Las lágrimas comenzaron a resbalar lentamente por sus mejillas.

Quiso hablar, responder, correr hasta abrazarlo una última vez.

Pero ya era demasiado tarde. Sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

El foro comenzó a girar lentamente a su alrededor.

Claudia la llamó angustiada. Marco dio un paso hacia ella. Demasiado tarde. Julia perdió el conocimiento y cayó hacia atrás, mientras un grito desgarrador rompía el silencio de la plaza.

—¡Julia!

El general fue el primero en llegar antes de que su cuerpo golpeara el suelo.

La sostuvo entre sus brazos mientras toda la multitud observaba, todavía incapaz de asimilar la inesperada revelación.

En apenas unos instantes, la esclava que había entrado en el foro aquella tarde había desaparecido para siempre.

Ante los ojos de toda Baelo Claudia acababa de nacer Julia Livio, hija de Tito Livio, ciudadana romana y heredera de una de las mayores fortunas de Hispania.