EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 12 #3
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CAPÍTULO 12 #3

Julia lo miró sorprendida. No esperaba aquella respuesta. Marco levantó lentamente una mano y, con infinita delicadeza, rozó su mejilla.

—¿Te hizo daño?

Ella negó con la cabeza.

—No. Solo me hizo sentir... incómoda.

Marco cerró un instante los ojos. Respiró hondo antes de hablar.

—No volverá a acercarse a ti.

—No puedes decidir eso. Lo mismo pretende él respecto a ti. Los dos actuáis como si yo fuera un objeto que pudiera entregarse a uno u otro.

Marco permaneció en silencio. Las palabras de Julia le hicieron comprender hasta qué punto ella se sentía atrapada.

—Tienes razón. No quiero convertirme en otro hombre que decida por ti. Lo único que quiero... es que nadie vuelva a imponerte nada.

Julia sintió un nudo en la garganta. Se acercó un paso, hasta quedar frente a él. Apoyó lentamente una mano sobre su pecho, podía sentir el fuerte latido de su corazón bajo la palma.

—Hoy he comprendido algo.

Marco esperó en silencio.

—Los besos de Graco no me dicen nada. Los tuyos... sí.

Sus ojos se encontraron. Aquella sencilla confesión dejó sin palabras al general. Julia bajó la mirada.

—Y precisamente por eso tengo miedo, porque esto no puede terminar bien. Tú eres un patricio y yo… yo sigo siendo una esclava. Cuando el nuevo dueño reclame esta casa... también me reclamará a mí.

Marco tomó suavemente su mano entre las suyas.

—Escúchame. No sé qué ha dispuesto Tito en su testamento. Pero sí sé una cosa. No permitiré que nadie decida tu destino sin que tú puedas elegir el tuyo.

Julia sonrió con tristeza.

—Hay promesas que ni siquiera un general puede cumplir.

—Entonces encontraré otra forma. Aunque tenga que comprar tu libertad. Aunque tenga que enfrentarme al hombre más poderoso de Hispania o renunciar a todo cuanto poseo. Jamás permitiré que vuelvas a sentirte sola.

Julia sintió que el corazón se le desbordaba. Quiso responder pero las palabras se negaban a salir. Marco acarició su mejilla una vez más. Después la besó. Fue un beso breve, intenso, pero lleno de una ternura que ella no había conocido nunca. Cuando se separó, apoyó la frente contra la suya.

—No voy a pedirte que decidas hoy. Solo te pido una cosa. No dejes de creer en nosotros antes de que haya tenido la oportunidad de luchar por ti.

Julia cerró los ojos.

—Eso es precisamente lo que más miedo me da.

Marco sonrió con una mezcla de tristeza y esperanza.

—Nos veremos esta tarde en el foro. Y, pase lo que pase... no dejaré de estar a tu lado.

Se volvió y abandonó la cocina. Julia permaneció inmóvil durante unos instantes.

Solo cuando escuchó desaparecer sus pasos se permitió apoyar ambas manos sobre la mesa.

Intentó serenarse pero era inútil. Acababa de comprender que ya no luchaba por evitar enamorarse de Marco.

Aquella batalla... la había perdido mucho tiempo atrás.

Spículus permanecía oculto en el interior del refugio, observando el ir y venir de los hombres sin pronunciar una sola palabra.

El fracaso del último ataque todavía le escocía.

Había estado a un paso de acabar con Marco Vinicius.

A un solo golpe y ahora el general conocía su rostro.

Aquello lo cambiaba todo. Mientras el romano siguiera con vida, no podría volver a moverse con la misma libertad por Baelo Claudia.

Además, varios de sus hombres permanecían prisioneros en el campamento enemigo. Confiaba plenamente en ellos. Sabía que soportarían cualquier interrogatorio antes que traicionarlo. Aun así, no pensaba abandonarlos. Los sacaría de allí pero no cometería la imprudencia de atacar de nuevo mientras el

general permaneciera alerta. Debía esperar. La paciencia también era un arma.

Sobre la mesa descansaba una tablilla de cera enviada por Tiberio.

Spículus la leyó una vez más. Tito Livio había sido enterrado.

Aquella misma tarde tendría lugar la lectura pública del testamento.

Eso significaba una cosa. Toda la atención de la ciudad estaría concentrada en el foro.

Y cuando todos miraban en la misma dirección... siempre existía un punto ciego.

Una leve sonrisa apareció en el rostro del pirata.

El general había registrado la ciudad de arriba abajo.

Calles. Almacenes. Tabernas. Incluso las cloacas.

Y, sin embargo, seguía ignorando la existencia del pasadizo que comunicaba la casa de Tiberio con el exterior de las murallas.

Mientras aquel secreto permaneciera oculto... la iniciativa seguiría siendo suya.

Se acercó al mapa extendido sobre la mesa.

Su dedo recorrió lentamente la costa hasta detenerse sobre el puerto.

El Fortuna continuaba vigilado. No importaba.

Un barco podía recuperarse. Los hombres también.

Lo verdaderamente importante era otra cosa.

Marco Vinicius. Mientras el general respirara... él jamás volvería a sentirse seguro.

Apoyó ambas manos sobre la mesa y tomó una decisión. No volvería a enfrentarse al romano en un combate improvisado. La próxima vez... solo habría una oportunidad. Y no pensaba desperdiciarla.

Aquella tarde el foro de Baelo Claudia apenas podía contener a la multitud.

Comerciantes, pescadores, artesanos, ciudadanos, libertos y esclavos ocupaban cada rincón de la plaza.

Algunos permanecían de pie sobre los escalones de los templos; otros se refugiaban bajo los soportales buscando una mejor posición desde la que escuchar la lectura del testamento.

Nunca un testamento había despertado tanta expectación.

Tito Livio no era solamente el propietario de la mayor factoría de salazones de la ciudad.

Durante décadas había dado trabajo a centenares de familias y contribuido al esplendor económico de Baelo Claudia.

Muchas de las personas allí reunidas dependían, directa o indirectamente, de la prosperidad de su fábrica.

Y ahora Tito había muerto. Sin esposa ni descendientes conocidos, nadie sabía quién heredaría su inmensa fortuna. El futuro de muchas familias dependía de las palabras escritas en aquellas tablillas de cera.

Marco y Quinto llegaron al foro escoltados por varios legionarios.

Antes de mezclarse entre la multitud, el general recorrió la plaza con la mirada.

Nada escapaba a sus ojos. Había distribuido discretamente a sus hombres entre los soportales, las calles que desembocaban en el foro y las azoteas cercanas.

Vestían como simples ciudadanos o comerciantes, de modo que apenas llamaban la atención. Precisamente ese era el objetivo.

Un enemigo que sabe que está vigilado cambia de estrategia.

Uno que se cree invisible termina cometiendo errores.

Aún no habían logrado arrancar una sola palabra a los hombres capturados de Spículus.

Ni las amenazas ni los interrogatorios habían conseguido quebrar su lealtad.

Aquellos mercenarios preferían morir antes que traicionar a su jefe.

Marco sospechaba que el pirata seguía oculto en la ciudad.

Y, si era así, aquella concentración de gente ofrecía una oportunidad demasiado tentadora para permanecer inactivo.

Su mirada encontró enseguida a Julia. La joven esperaba junto a los esclavos y trabajadores de la Casa de Livio. Se acercó despacio.

—Julia, estaré muy cerca de ti durante toda la ceremonia. Si necesitas cualquier cosa, búscame.

Ella levantó la vista. No hizo falta decir nada más. Simplemente asintió. Claudia permanecía aferrada al brazo de su amiga. Intentaba aparentar serenidad, pero sus manos temblaban.

—Tengo miedo, Julia.

—Lo sé.

—¿Y si el nuevo amo no nos quiere en la casa? ¿Y si decide vendernos? Aunque nos concedieran la libertad... ¿adónde iríamos? No tengo a nadie más. Vosotros sois la única familia que he conocido.

Julia entrelazó los dedos con los de ella.

—Pase lo que pase... lo afrontaremos juntas.

En ese momento vio aparecer al galeno acompañado del escribano. Entre ambos sostenían cuidadosamente las tablillas del testamento.

—Mira... ya vienen.