CAPÍTULO 12 #2
—El galeno ha pedido que estemos todos presentes. Nadie faltará.
Los hombres intercambiaron miradas cargadas de incertidumbre. El contenido del testamento decidiría el futuro de todos ellos. Cuando terminó de dar las instrucciones, cada cual regresó a su puesto. Quinto se acercó entonces a la joven.
—Os esperaré fuera. Si necesitáis cualquier cosa, llamadme.
Julia asintió agradecida.
—No creo que tarde demasiado. Todavía tengo que revisar las cuentas antes de marcharnos al foro.
Entró en la pequeña oficina donde Tito acostumbraba a trabajar. Las tablillas de cera seguían ordenadas exactamente igual que él las había dejado. Sentarse en aquel escritorio le produjo un dolor difícil de explicar. Era como si aún esperara escuchar la voz del anciano corrigiendo alguna cifra.
Llevaba apenas unos minutos revisando las cuentas cuando alguien apareció en la puerta. Era Graco. El liberto permaneció inmóvil unos instantes antes de hablar.
—¿Puedo pasar?
Julia levantó la vista.
—Claro. ¿Qué ocurre?
Graco cerró la puerta tras de sí.
—Necesitaba hablar contigo. Durante el velatorio no encontré ocasión. Siempre estabas rodeada de soldados.
Julia dejó despacio el punzón sobre la mesa.
—¿Qué quieres decirme?
Graco respiró hondo.
—Quiero saber qué ocurrió aquella noche. Saliste con el general... y no regresaste hasta la mañana siguiente. Toda la ciudad habla de ello.
Julia sintió cómo se endurecía su expresión.
—Lo que haga con mi vida no es asunto tuyo.
—Sí lo es. Porque te quiero.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Ya hablamos de esto. No puedo corresponderte.
—¿Es por él?
Julia guardó silencio. Aquel silencio bastó para alimentar todas las sospechas de Graco. Se acercó un paso más.
—Escúchame. Cuando lean el testamento todo cambiará. Si obtengo la libertad... compraré la tuya. Podremos empezar de nuevo. Lejos de todo esto.
Julia sintió una inmensa tristeza.
—Graco... eres un buen hombre. Precisamente por eso no quiero engañarte. Nunca podría hacerte feliz.
Él le sujetó las manos.
—Podrías aprender a quererme.
—No. El amor no se aprende.
Las palabras parecieron romper algo dentro del liberto. Con un movimiento impulsivo la atrajo hacia sí.
—¡Graco, no!
Pero él ya había buscado sus labios. Julia giró la cabeza intentando evitar el beso mientras trataba de apartarlo.
—¡Déjame!
En ese instante una voz retumbó desde la puerta.
—¡Basta!
Quinto entró con paso decidido. Su mano descansaba sobre la empuñadura de la espada.
—La muchacha os ha dicho que no.
Graco soltó a Julia de inmediato. Su rostro reflejaba rabia.
—Estoy harto de que siempre aparezca un legionario entre ella y yo.
Quinto permaneció inmóvil.
—Y yo estoy harto de tener que recordaros que una mujer no deja de ser dueña de su voluntad por ser esclava. Si dice no... es no.
Durante unos segundos ambos hombres sostuvieron la mirada. La tensión podía cortarse. Entonces Julia dio un paso al frente. Miró primero a Graco, después a Quinto y su paciencia terminó por agotarse.
—¡Basta los dos!
Los dos hombres la observaron sorprendidos.
—Estoy cansada de que todos decidáis por mí. Uno pretende comprar mi libertad para convertirme en su esposa. El otro aparece convencido de que necesita salvarme. ¿Es que ninguno piensa preguntarme qué es lo que deseo?
Se volvió hacia Graco.
—Ya te dije que no siento por ti lo mismo. Y no cambiaré de opinión.
Después miró a Quinto.
—Y vos... dejad que sea yo quien resuelva mis problemas mientras pueda hacerlo.
Sin esperar respuesta abandonó la oficina.
Necesitaba aire. Necesitaba alejarse de todos.
Mientras caminaba por el patio de la factoría comprendió algo que llevaba días intentando negar.
Los besos de Graco no despertaban absolutamente nada en su interior.
En cambio... bastaba un roce de Marco para hacer tambalear todas las defensas que había levantado alrededor de su corazón.
Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.
Quinto esperó hasta asegurarse de que Julia se había alejado. Entonces volvió lentamente la vista hacia Graco. Su voz sonó mucho más fría que amenazadora.
—Escuchadme bien. Si volvéis a tocarla contra su voluntad... tendréis que responder ante mí.
Graco sostuvo su mirada.
—Acabará siendo mi esposa.
Quinto negó despacio.
—No. Solo será esposa del hombre al que ella elija. Y, por lo que acabo de ver... ese hombre no sois vos.
Sin añadir una palabra más, salió de la oficina. Graco permaneció inmóvil. Por primera vez comenzaba a comprender que no estaba perdiendo a Julia por culpa de un general romano. La estaba perdiendo porque ella había dejado de mirarlo con los mismos ojos.
Después de despedirse de Julia, Marco regresó al campamento. Apenas cruzó la empalizada, el rostro del hombre enamorado desapareció para dejar paso al comandante de la Novena Legión.
—¡Criso!
El joven soldado acudió inmediatamente.
—¿General?
—Reunid a los tribunos, centuriones y decuriones. Quiero a todos los mandos en mi tienda. No perdamos un instante.
—A la orden.
Mientras esperaba, Marco extendió sobre la mesa un plano de Baelo Claudia dibujado sobre pergamino.
Su mirada recorrió lentamente las calles.
Algo no encajaba. Los mercenarios no podían haberse evaporado.
Cuando los oficiales llegaron, el general salió al exterior.
Había preferido celebrar el consejo al aire libre.
Con un bastón comenzó a dibujar sobre la tierra el trazado de la ciudad.
—Repasad conmigo los movimientos de los asaltantes.
Criso señaló una zona.
—Los últimos hombres fueron vistos aquí. Después... desaparecieron.
Marco permaneció unos segundos observando el dibujo. Precisamente allí se encontraba la residencia de Tiberio Aurelio. Aquello ya no podía ser una casualidad.
—¿Habéis registrado todas las viviendas?
—Sí, general. No encontramos nada.
—Entonces buscaron otro camino.
Levantó la vista hacia sus oficiales.
—Quiero planos de las alcantarillas, depósitos de agua, galerías de servicio y cualquier subterráneo construido bajo la ciudad. Hablad con albañiles, canteros, esclavos, antiguos obreros... Con cualquiera que haya participado en las obras. Si existe una salida secreta... alguien la conocerá.
Los hombres asintieron.
—¿Algún movimiento sospechoso por parte de Tiberio?
—Ninguno.
—Precisamente eso es lo que más me preocupa. Un hombre inocente termina cometiendo errores. Un culpable... procura no cometer ninguno.
El silencio confirmó que todos habían comprendido el mensaje. Marco continuó impartiendo órdenes.
—Duplicad las patrullas del puerto. Distribuid a los sagittarii sobre las murallas y en las azoteas cercanas al barrio donde desaparecieron los mercenarios. Si vuelven a intentarlo... quiero que reciban una lluvia de flechas antes siquiera de desenvainar una espada.
Los centuriones comenzaron a dispersarse para transmitir las instrucciones. En ese momento Marco vio acercarse a Quinto.
—Podéis retiraros. Quiero a los hombres descansados antes del relevo de esta noche.
Cuando quedaron solos, ambos entraron en la tienda. Quinto dejó el casco sobre la mesa.
—Parece que llego tarde.
—Acabamos de terminar. ¿Qué tal con Julia?
El tribuno lo miró con gesto serio.
—Tenemos un problema.
Marco frunció inmediatamente el ceño.
—Habla.
—He sorprendido a Graco intentando besarla contra su voluntad.
El silencio que siguió resultó inquietante. Marco no respondió. Simplemente permaneció inmóvil. Solo el leve endurecimiento de su mandíbula delataba la violencia que contenía.
—¿Le ha hecho daño?
—No. Llegué a tiempo. Pero ese hombre está perdiendo el juicio, no piensa renunciar a ella.
Marco respiró lentamente.
—Ya le advertí una vez.
Quinto cruzó los brazos.
—Si no piensas hacer nada... lo haré yo.
Marco levantó la vista.
—No. Ese asunto me corresponde resolverlo.
Quinto sonrió levemente.
—Eso pensaba.
El ambiente volvió a relajarse.
—¿Qué crees que ocurrirá esta tarde? —preguntó el tribuno.
—No lo sé. Tito era un hombre imprevisible.
—Los esclavos están aterrados. Temen acabar vendidos.
Marco permaneció pensativo.
—Sea cual sea su voluntad... yo cumpliré la promesa que le hice.
Quinto lo observó con curiosidad.
—Nunca te había visto implicarte tanto por una esclava.
Marco sonrió apenas.
—Porque no sabes quién era realmente para Tito. Ni lo que él me pidió antes de morir. Aún no puedo explicarlo pero hay algo que sí tengo claro. Julia no quedará desamparada. Aunque tenga que enfrentarme al nuevo propietario. Aunque tenga que comprar su libertad y desafiar a quien sea.
Quinto soltó una breve carcajada.
—Eso suena sospechosamente a enamoramiento.
Marco recogió el cinturón de la espada.
—Entre otras cosas.
—Lo imaginaba. ¿Vamos a comer?
—Sí. Ya es mediodía.
Ambos abandonaron la tienda. Mientras caminaban hacia la domus, Marco descubrió que, por primera vez en muchos años, ansiaba terminar una jornada militar no para descansar... sino para volver a verla.
Julia ayudaba a Prisca y a Claudia a preparar la comida cuando unos pasos firmes resonaron en el corredor. Las tres mujeres levantaron la vista al mismo tiempo. Marco acababa de entrar en la cocina.
—¿Deseáis algo, general? —preguntó Prisca mientras removía uno de los pucheros—. Enseguida estará servida la comida.
Marco dirigió una rápida mirada hacia Julia.
—Necesito hablar con ella, si me lo permitís.
Prisca sonrió con discreción.
—Por supuesto. Claudia, ven conmigo. Terminaremos de preparar el triclinium.
Las dos mujeres abandonaron la estancia dejando a Julia y a Marco solos. Durante unos segundos ninguno habló. Marco fue el primero en romper el silencio.
—Quinto me ha contado lo ocurrido en la factoría.
Julia dejó despacio el cuenco que tenía entre las manos.
—No era necesario que te dijera nada. Solo ha sido un beso.
Marco dio un paso hacia ella.
—Para mí sí era necesario.
Julia suspiró.
—Puedo defenderme sola. Lo he hecho toda mi vida.
Él asintió.
—Lo sé, y precisamente por eso me duele imaginar que alguien haya intentado obligarte a hacer algo que no deseabas.