EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

«La libertad está en ser dueños de la propia vida.»Platón

La muerte de Tito Livio no podía haber llegado en mejor momento.

Mientras dejaba el cáliz sobre la mesa, Tiberio Aurelius no pudo evitar sonreír.

Durante años había soportado que el anciano monopolizara buena parte del comercio de salazones de Baelo Claudia.

Ahora el tablero había cambiado. Sin hijos, sin herederos y sin nadie capaz de defender el legado que había levantado durante toda una vida, solo harían falta unos cuantos favores...

y las monedas adecuadas cambiarían de manos para que la fábrica terminara perteneciendo a quien siempre debió poseerla.

Su sonrisa se ensanchó. No todo había salido exactamente como esperaba.

El general seguía con vida y aquello suponía un contratiempo.

Marco Vinicius había visto el rostro de Spículus y, mientras respirara, jamás dejaría de perseguirlo.

Había que eliminarlo y cuanto antes. Por fortuna, el pirata había demostrado una vez más por qué era uno de los hombres más escurridizos del Mare Nostrum.

Después del ataque había logrado perder a los soldados por el laberinto de callejuelas de Baelo Claudia.

El pasadizo secreto que comunicaba la casa de Tiberio con el exterior de la ciudad había vuelto a cumplir su cometido.

Cuando los hombres del general registraban las calles...

Spículus y los suyos ya cabalgaban lejos de allí.

Ahora solo quedaba esperar. El siguiente golpe no admitiría errores. Marco Vinicius debía morir.

El chirrido de la puerta interrumpió sus pensamientos. Valeria apareció llevando una bandeja con pan recién horneado, queso y una jarra de vino. Su expresión era tranquila. Tan tranquila que nadie habría imaginado el desprecio que sentía hacia el hombre con quien compartía aquella casa.

—¿Os habéis enterado? —preguntó mientras dejaba la comida sobre la mesa—. Anoche enterraron a Tito Livio. Dicen que casi toda Baelo Claudia acompañó el cortejo hasta la necrópolis.

Tiberio tomó un trozo de pan.

—Lo sé. Ha sido una gran noticia.

Valeria fingió sorpresa.

—¿Os alegra su muerte?

Él soltó una breve carcajada.

—¿Y por qué iba a ocultarlo? Todo el mundo sabía que competíamos por los mismos negocios. Con Tito fuera de escena... muchas cosas cambiarán.

Valeria llenó lentamente su copa.

—Entonces habrá que brindar. Los dioses parecen sonreíros.

Tiberio alzó el cáliz.

—Por fin empiezan a hacer justicia.

Valeria esbozó una sonrisa. Solo ella sabía el enorme esfuerzo que le suponía no arrojarle el vino al rostro.

Desde hacía meses había aprendido que la mejor forma de arrancarle información era fingirse dócil.

Cuando bebía... su lengua terminaba traicionándolo.

Se sentó frente a él y comenzó a servirle la comida con absoluta naturalidad.

—Espero que también desaparezcan los problemas con el general.

Tiberio bebió un largo trago.

—Todo llegará. Nadie escapa eternamente de su destino.

Valeria bajó la vista para ocultar la inquietud que aquellas palabras le provocaban. Sabía perfectamente que su marido no hablaba por hablar. Cada vez que pronunciaba una frase semejante... alguien terminaba muriendo.

Mientras seguía llenándole el plato, decidió continuar interpretando el papel de esposa obediente. Era el precio que debía pagar para descubrir qué nuevo crimen estaba preparando. Y, si los dioses eran misericordiosos... tal vez aún estuviera a tiempo de impedirlo.

Julia se levantó antes del amanecer. Apenas había dormido unas horas.

El llanto de los últimos días le había dejado los ojos enrojecidos y una pesada sensación de vacío que parecía acompañarla en cada respiración.

Aun así, no podía quedarse encerrada en la domus.

La factoría seguía funcionando. Los trabajadores necesitaban instrucciones.

Y, mientras no se conociera el contenido del testamento de Tito, alguien debía procurar que todo continuara como siempre.

Terminaba de colocarse la túnica cuando Marco apareció en el tablinum acompañado por el galeno.

—Buenos días, Julia —saludó el galeno con amabilidad—. El general me ha dicho que os encontraría aquí.

—Buenos días, señor. Estaba a punto de salir hacia la factoría.

El anciano asintió.

—Solo he venido para informaros de que esta tarde se procederá a la lectura pública del testamento de Tito Livio.

Deberéis acudir junto con todos los esclavos de la casa y los trabajadores de la fábrica.

El documento fue otorgado ante siete testigos y permanece custodiado por la Vestal, tal y como establece la ley.

Vuestro amo dejó instrucciones muy precisas.

Deseaba que su última voluntad se conociera al día siguiente de su entierro.

—Allí estaremos —respondió Julia.

Intentó mostrarse serena, aunque el corazón volvió a encogérsele.

Aquella lectura decidiría el destino de todos los que habían servido bajo el techo de Tito.

¿Quién sería el nuevo propietario? ¿Mantendría la fábrica en funcionamiento?

¿Conservaría a los esclavos? Demasiadas preguntas... y ninguna respuesta.

—Entonces nos veremos esta tarde —dijo el galeno.

Antes de marcharse se volvió hacia Marco.

—General, vuestra presencia también será necesaria. Tito insistió expresamente en ello.

—No faltaré.

Cuando el médico abandonó la estancia, el silencio se instaló entre ambos. Marco observó con preocupación el rostro de Julia. La joven había adelgazado. Las sombras bajo sus ojos delataban el cansancio y el dolor acumulados durante aquellos días.

—Estás preocupada.

Ella dejó escapar un suspiro.

—¿Cómo no voy a estarlo? No solo temo por mí. Hay decenas de personas cuyo futuro depende de esa lectura.

Marco se acercó despacio.

—Sea cual sea el resultado, no permitiré que te ocurra nada.

Julia sonrió con tristeza.

—No puedes prometerme eso. Dentro de unas horas quizá pertenezca a otro amo. Y tú... tú no permanecerás siempre en Baelo Claudia.

Marco sintió un nudo en el pecho. Sabía que tenía razón. Tarde o temprano recibiría nuevas órdenes y abandonaría la ciudad. Precisamente por eso no pensaba dejar que nadie reclamara a Julia. Ella dio un paso para marcharse. Él la sujetó suavemente por la muñeca.

—¿No olvidas algo?

Julia lo miró confundida.

—¿Qué?

Marco sonrió apenas.

—Despedirte de mí.

Con infinita delicadeza llevó una mano hasta su mejilla. No hubo prisa. Ni impaciencia. Solo un beso lento, lleno de ternura, como si quisiera transmitirle la tranquilidad que las palabras ya no podían ofrecer.

Julia cerró los ojos. Durante unos instantes volvió a sentirse protegida.

Como si todo el peso del mundo desapareciera mientras permanecía entre aquellos brazos.

Pero precisamente por eso se apartó. No podía acostumbrarse, no debía hacerlo.

Aquel hombre pertenecía a un mundo al que ella jamás tendría acceso.

—No me lo pongas más difícil —susurró sin mirarlo—. Sabes que lo nuestro no tiene futuro.

Y, antes de que él pudiera responder, salió de la estancia.

Marco permaneció inmóvil observando la puerta por la que acababa de desaparecer.

Por primera vez comprendió que ya no bastaba con protegerla.

Debía encontrar la forma de darle aquello que más ansiaba.

La libertad. Si el nuevo propietario aceptaba venderla, pagaría cualquier cantidad.

No le importaba el precio. Cumpliría la promesa hecha a Tito.

Y, aunque Julia tardara en comprenderlo, jamás volvería a sentirse sola.

Cuando Julia llegó al atrio, encontró al tribuno Quinto esperándola junto a varios legionarios.

—¿Ocurre algo, tribuno?

—El general me ha ordenado acompañaros durante toda la mañana.

Julia negó con la cabeza.

—No es necesario. Con los legionarios es más que suficiente. Además, estamos a plena luz del día. Dudo mucho que vuelvan a intentarlo.

Quinto sonrió.

—No puedo desobedecer una orden directa. Ya han atentado dos veces contra vuestra vida. No pienso permitir una tercera.

Julia guardó silencio. Era inútil discutir.

—Está bien. Vayamos.

Descendieron los escalones de la domus cuando apareció Claudia regresando del macellum, con un cesto repleto de verduras entre los brazos.

—¡Julia! Ya he comprado todo lo necesario para la comida. ¿Te marchas?

—Sí. Tengo que dejar la fábrica preparada antes de acudir esta tarde al foro. El galeno quiere que estemos presentes en la lectura del testamento. Prisca ya sabe lo que debe hacer. Regresaré en cuanto termine.

Claudia asintió. Entonces sus ojos se cruzaron fugazmente con los de Quinto. El tribuno le dedicó una discreta sonrisa. Ella bajó inmediatamente la vista para ocultar el rubor que comenzaba a colorear sus mejillas.

Julia no advirtió aquel pequeño intercambio.

Su mente seguía ocupada por la incertidumbre que la esperaba en el foro.

Quinto, en cambio, abandonó la domus con todos los sentidos alerta.

Mientras avanzaban por las calles de Baelo Claudia, su mano no se alejaba de la empuñadura de la espada.

Desde el ataque a la domus había aprendido una lección.

El enemigo siempre elegía el momento en que todos bajaban la guardia.

En cuanto llegaron a la entrada de la factoría, Quinto ordenó a los legionarios que permanecieran vigilando el exterior.

—Nadie entra sin que yo lo sepa.

Los soldados asintieron mientras él acompañaba a Julia al interior. Antes de permitirle continuar, recorrió con la mirada cada rincón del edificio. Solo cuando comprobó que todos los presentes eran trabajadores de la factoría relajó ligeramente la tensión.

El inconfundible olor a sal y pescado impregnaba el ambiente.

Los esclavos y libertos levantaron la vista al ver llegar a Julia y abandonaron por unos instantes sus tareas.

Todos aguardaban la misma noticia. Julia reunió a los encargados y les explicó que aquella misma tarde tendría lugar, en el foro, la lectura pública del testamento de Tito Livio.