EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 11 #4
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CAPÍTULO 11 #4

—Entonces responderé yo mismo. Sí, has dormido bien y creo que podría acostumbrarme a despertar así todas las mañanas.

Ella negó con la cabeza.

—Eres el hombre más arrogante que he conocido.

Marco soltó una carcajada.

—Eso no responde a mi pregunta.

Julia lo miró con una mezcla de resignación y tristeza.

—¿Por qué insistes tanto? Sabes perfectamente que esto no puede terminar bien.

Tú eres un patricio. Yo soy una esclava.

Vuestra vida y la mía pertenecen a mundos distintos.

Algún día deberás casarte con una mujer de tu condición, formar una familia y asegurar el futuro de tu linaje.

Yo... yo no pienso convertirme en un entretenimiento pasajero.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Quizá no posea nada. Ni siquiera soy dueña de mi libertad pero todavía me queda algo que nadie puede arrebatarme. Mi dignidad y no permitiré que me señalen por las calles como la amante del general.

Las palabras de Julia borraron toda sonrisa del rostro de Marco. Sin decir nada, la atrajo hacia él con suavidad.

—Nadie se atreverá jamás a faltarte al respeto mientras yo respire.

Ella apoyó la frente sobre su pecho.

—No puedes prometerme eso.

—Lo único que no puedo prometerte... es dejar de buscarte. Porque ya no sé hacerlo.

Julia levantó lentamente la mirada. Los ojos de ambos se encontraron.

Había demasiadas cosas que ninguno de los dos era capaz de expresar con palabras.

Marco acarició despacio una de sus mejillas.

Como si temiera asustarla. Como si quisiera memorizar cada rasgo de su rostro.

Después la besó. Fue un beso lento, contenido al principio, pero cargado de todo aquello que llevaban días intentando ocultar.

Julia respondió casi sin darse cuenta. Sus manos buscaron el rostro de Marco y, durante unos instantes, el mundo desapareció alrededor de ambos.

Solo existían ellos. Solo el latido acelerado de sus corazones.

Marco apoyó la frente contra la de ella y cerró los ojos.

—No sabes cuánto he intentado mantenerme alejado de ti.

Julia sonrió con tristeza.

—Lo sé. Porque yo he intentado exactamente lo mismo.

Él soltó una breve risa.

—Y ninguno de los dos parece haberlo conseguido.

El silencio volvió a envolverlos. Marco contempló el rostro de Julia con una intensidad que casi dolía.

Había deseo. Pero, por encima de todo, había admiración.

Una admiración sincera por aquella mujer capaz de enfrentarse incluso a él cuando creía que estaba equivocándose.

Con infinita delicadeza apartó un mechón de cabello que caía sobre su frente.

—Quiero recordarte así.

Julia notó cómo el rubor ascendía por sus mejillas.

—No me mires de esa manera.

—¿Por qué?

—Porque acabaré creyéndome todo lo que dicen tus ojos.

Marco sonrió.

—Quizá deberías hacerlo.

Ella bajó la vista. Él respiró hondo. Sabía que, si permanecían allí mucho más tiempo, terminaría olvidando toda prudencia. Con enorme esfuerzo se apartó unos centímetros.

—Será mejor que nos marchemos.

Julia lo miró sorprendida. Marco le acarició nuevamente la mejilla.

—Pero recuerda una cosa. No pienso renunciar a ti. No sé cuánto tardaré, ni cuántos obstáculos tendremos que superar. Solo sé que volveré a buscarte. Y cuando llegue ese día... quiero que sea porque ambos podamos elegir nuestro destino.

Julia sostuvo su mirada durante unos segundos. Después asintió lentamente. Sin pronunciar una sola palabra. Porque, por primera vez desde que lo conocía, comprendió que aquel hombre no hablaba movido únicamente por el deseo. Había empezado a hablarle con el corazón.

En la quinta noche del velatorio, todo quedó dispuesto para conducir el féretrum de Tito Livio hasta su última morada.

Ocho hombres levantaron sobre sus hombros el lecho funerario cubierto con ricos paños negros y coronas de laurel.

El silencio se extendió entre los presentes cuando el cortejo comenzó a avanzar lentamente por las calles empedradas de Baelo Claudia.

A pesar de no haber dejado descendencia, pocos ciudadanos podían presumir de un funeral tan concurrido.

Tras el féretro caminaban sus esclavos, los libertos que durante años habían trabajado a su servicio, comerciantes, armadores, vecinos y amigos que habían encontrado en Tito algo más que a un hombre acaudalado: un ciudadano justo y respetado.

Decenas de antorchas iluminaban la noche, proyectando sobre las fachadas un interminable desfile de sombras que parecía acompañar al anciano en su último viaje. Vestidas de riguroso negro y con el cabello suelto en señal de duelo, las mujeres caminaban tras el cortejo entre sollozos contenidos.

Julia avanzaba cabizbaja. Las lágrimas habían dejado de brotar de sus ojos.

El dolor era ya demasiado profundo para expresarlo con llanto.

Entre sus manos sostenía algunas de las insignias que habían acompañado a Tito durante toda su vida: el anillo con el sello de la familia Livio, una pequeña estatuilla de los Lares y una rama de olivo que simbolizaba la paz con la que abandonaba este mundo.

A su lado marchaba Marco Vinicius. No apartaba la vista de quienes los rodeaban.

Desde que conocía el verdadero origen de Julia, cada rostro desconocido le inspiraba desconfianza.

Sabía que la muerte de Tito cambiaba por completo la situación.

La joven acababa de perder al único hombre capaz de protegerla.

Graco sostenía uno de los varales del féretro.

Mientras avanzaba, no podía evitar dirigir fugaces miradas hacia Julia y el general.

Durante los cinco días que había durado el velatorio, Marco apenas se había separado de ella.

Aquella cercanía comenzaba a resultarle insoportable, pero ahora todo sería diferente.

Tito había muerto. Y, con toda probabilidad, también lo harían las cadenas que retenían a sus esclavos.

Conocía demasiado bien a su antiguo amo para dudar de su última voluntad.

Era un hombre justo. Si alguien merecía descansar en paz, también era porque había procurado la libertad de quienes habían servido fielmente bajo su techo.

Quizá... pensó mientras continuaba caminando...

cuando el testamento fuera leído, Julia dejaría de ser esclava.

Y entonces nadie podría impedir que la convirtiera en su esposa.

Al llegar al foro, el cortejo se detuvo frente a la tribuna.

El silencio fue absoluto. Marco Vinicius, como magistrado de mayor rango presente en la ciudad, subió lentamente los escalones y tomó la palabra.

Su voz resonó firme entre las columnas. No habló de las riquezas de Tito.

Ni de los barcos que habían surcado el Mare Nostrum llevando el prestigio de Baelo Claudia hasta Ostia.

Habló del hombre; del mentor que había formado generaciones de comerciantes; del ciudadano que había ayudado a los más humildes sin esperar recompensa; del amigo cuya palabra siempre había valido más que cualquier contrato.

Mientras pronunciaba el panegírico, Julia comprendió que Tito no desaparecería aquella noche.

Permanecería vivo mientras alguien siguiera recordándolo.

Terminada la ceremonia, el cortejo abandonó la ciudad.

A ambos lados de la calzada comenzaban a alzarse las primeras tumbas de la necrópolis.

Mausoleos de piedra, estelas y pequeños monumentos funerarios escoltaban el camino, recordando a todo viajero que la muerte acompañaba siempre a los vivos.

Los portadores depositaron cuidadosamente el féretro sobre la pira.

Julia se acercó con paso vacilante. Arrodillándose junto al cuerpo de Tito, apoyó una mano sobre su frente por última vez.

Con infinita delicadeza cerró sus párpados...

y, siguiendo la antigua tradición romana, volvió a abrirlos unos instantes para que el difunto pudiera contemplar por última vez la luz del mundo.

Después pronunció su nombre con voz apenas audible.

—¡Tito Livio!

Era la última vez que alguien lo llamaría entre los vivos.

Horacio dio un paso al frente. Tomó la antorcha y, tras elevar una breve oración a los dioses Manes, acercó la llama a la madera.

El fuego comenzó a extenderse lentamente.

Las llamas ascendieron hacia el cielo nocturno mientras el viento arrastraba las primeras chispas sobre la oscuridad.

Julia permaneció inmóvil. No apartó la vista de la pira hasta que el último madero terminó de consumirse.

Horas más tarde, cuando solo quedaban brasas humeantes, las mujeres recogieron cuidadosamente los restos calcinados.

Julia tomó entre sus manos los fragmentos de hueso que aún conservaban el calor del fuego.

Los envolvió en una tela de lino blanco antes de depositarlos con infinito respeto dentro de la urna funeraria.

Después, la urna fue colocada en el columbario familiar.

Todo había terminado. O quizá... todo acababa de empezar.

Julia abandonó lentamente la necrópolis sin volver la vista atrás.

Por primera vez desde que tenía memoria, caminaba completamente sola.

Tito ya no estaba para protegerla. Y el destino que él había intentado ocultar durante tantos años estaba a punto de alcanzarla.