EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 11 #3
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CAPÍTULO 11 #3

Durante la segunda noche, Marco y Quinto permanecían en uno de los extremos del atrio observando a cuantos entraban en la casa.

Los mercenarios habían conseguido desaparecer.

El registro de la vivienda de Tiberio no había revelado nada y ninguno de los hombres apresados en el Fortuna había accedido a hablar.

Marco apenas prestaba atención a las visitas.

Su mirada regresaba una y otra vez hacia Julia.

La joven continuaba sentada junto al cuerpo de Tito, pálida y exhausta.

Llevaba casi dos días sin dormir y apenas había probado alimento.

Sus ojos enrojecidos permanecían fijos sobre el rostro del anciano, como si apartarse de él significara aceptar definitivamente su muerte.

Quinto siguió la dirección de la mirada de su amigo.

—Deberías convencerla de que descanse.

Marco no respondió.

—Está a punto de desplomarse —insistió el tribuno—. Si fuera mi mujer, no permitiría que siguiese ahí sentada.

Marco lo miró de reojo.

—No es mi mujer.

Una sonrisa burlona apareció en el rostro de Quinto.

—Ya. Por eso llevas toda la noche vigilándola como un perro al que pretenden quitarle el hueso.

—Ten cuidado con lo que dices.

—No soy yo quien debería tener cuidado.

Quinto señaló discretamente hacia el otro lado del atrio. Graco permanecía cerca de una de las columnas, sin apartar la vista de Julia.

—Ese hombre lleva horas esperando una oportunidad para hablar con ella.

La mandíbula de Marco se tensó.

—Ya me he dado cuenta.

—Y ahora que Tito ha muerto, nada le impide ofrecerse para hacerse cargo de la joven.

Marco clavó en el liberto una mirada hostil.

—Julia no necesita que nadie se haga cargo de ella.

—Puede que ella piense lo mismo. Pero él no.

Quinto lo observó con abierta diversión.

—Además, la mira como un hombre que tiene muy claro lo que desea.

—Como siga mirándola así, lo arrojaré al mar.

—Eso facilitaría bastante las cosas.

Marco le lanzó una mirada de advertencia y Quinto alzó las manos.

—Solo digo que deberías hacer algo antes de que Julia se caiga al suelo o Graco decida consolarla.

Marco no necesitó escuchar más. Cruzó el atrio y se acercó a la joven.

—Julia.

Ella levantó lentamente la mirada.

—¿Puedes acompañarme un momento?

La muchacha miró hacia el cuerpo de Tito.

—No quiero dejarlo.

—Será poco tiempo.

Algo en el tono del general hizo que terminara por asentir. Se puso en pie con dificultad y tuvo que apoyarse un instante en el brazo de Marco para no perder el equilibrio.

Desde el otro extremo del atrio, Graco los siguió con la mirada mientras abandonaban la estancia. Quinto reparó en la expresión del liberto y no pudo evitar sonreír. Aquella disputa no había hecho más que comenzar.

—Necesito que vengas conmigo al campamento —dijo Marco cuando salieron de la casa.

Julia se detuvo.

—¿Ahora? No puedo abandonar el velatorio.

—Es necesario que reconozcas a uno de los hombres que estamos interrogando.

La fatiga desapareció por un instante de su rostro.

—¿Habéis encontrado a los asaltantes?

—Te lo explicaré cuando lleguemos.

Julia aceptó sin hacer más preguntas. Caminaron en silencio. La joven avanzaba con pasos cada vez más lentos. Le dolía la cabeza y apenas conseguía mantener los ojos abiertos. Dos noches sin dormir y tantas horas de llanto habían terminado por consumir sus fuerzas.

Cuando entraron en el campamento, varios legionarios se volvieron para observarla.

Era la primera vez que Julia cruzaba aquel recinto.

Marco la condujo hasta la gran tienda roja situada en el centro y apartó la tela para permitirle el paso.

El interior estaba dividido en dos espacios. En la zona principal había una

sólida mesa cubierta de mapas, tablillas y documentos militares. Al fondo, una cortina separaba el lugar de trabajo de una estancia más privada.

Julia recorrió la tienda con la mirada.

—¿Dónde está el prisionero?

Marco cerró la entrada.

—No hay ningún hombre al que debas reconocer.

Ella se volvió hacia él.

—¿Qué quieres decir?

—He mentido.

Julia lo miró con incredulidad.

—¿Me has sacado de la casa con un engaño?

—No habrías venido de otro modo.

—¿Para qué me has traído?

Marco se acercó un paso.

—Para que comas algo y descanses.

La expresión de Julia se endureció.

—Mi lugar está junto a Tito.

—Tu lugar no está en el suelo, desmayada por no haber dormido ni comido durante dos días.

—No puedes decidir eso por mí.

—No intento decidir por ti.

—Acabas de engañarme para traerme hasta aquí.

Marco contuvo el impulso de responder con brusquedad. Tito le había pedido que la protegiera incluso de sí mismo. Y

protegerla no significaba imponerle su voluntad.

—Tienes razón —admitió—. No debería haberte mentido.

Julia pareció sorprendida por la disculpa.

—Pero tampoco puedo quedarme observando cómo te consumes —continuó él—. Come algo. Descansa unas horas y te

acompañaré de nuevo a la casa antes del amanecer.

—No tengo hambre.

—Al menos inténtalo.

Julia apartó la mirada. La indignación seguía viva en su interior, pero estaba demasiado cansada para mantener una discusión.

—Comeré algo —cedió—. Después regresaré.

Marco asintió.

—Después hablaremos.

Salió un momento y ordenó a uno de los centinelas que les llevara comida. Poco después, el soldado depositó sobre la mesa pan, queso, aceitunas y una jarra de agua.

Julia tomó asiento. Comió un pequeño trozo de pan, pero el alimento pareció atascarse en su garganta.

Marco la observó sin presionarla.

—No puedo más —confesó ella finalmente—. Quiero volver.

El general reparó en la palidez de su rostro y en el esfuerzo que hacía por mantener los ojos abiertos.

—No llegarías hasta la casa sin caer desfallecida.

Julia se puso en pie.

—Entonces caminaré despacio.

Dio apenas dos pasos antes de tambalearse. Marco la sostuvo por los brazos.

—¿Lo ves?

Ella intentó apartarse.

—Suéltame.

Marco obedeció de inmediato, aunque permaneció cerca por si volvía a perder el equilibrio.

—No voy a obligarte a nada —dijo con calma—. Pero hay un lecho detrás de esa cortina. Puedes descansar sola. Yo permaneceré aquí. Cuando descanses volveremos.

Julia lo observó con desconfianza.

—¿Y me llevarás de regreso cuando despierte?

—Te doy mi palabra.

La muchacha dudó.

—No quiero quedarme dormida y descubrir que ha amanecido.

—Te despertaré antes.

Su voz carecía de burla o arrogancia. Solo había preocupación.

Julia apartó la cortina y contempló el pequeño dormitorio de campaña. El lecho era sencillo, cubierto con mantas oscuras. Sobre un arcón descansaban la coraza y algunas pertenencias del general.

—Solo un rato —dijo.

—Solo un rato.

Julia se acostó sin quitarse siquiera las sandalias. Marco se mantuvo junto a la cortina.

—Puedes marcharte —murmuró ella—. No necesito que me vigiles.

—No te vigilo.

—Entonces deja de mirarme.

Marco apartó la vista.

—Descansa, Julia.

Ella cerró los ojos. Durante unos minutos permaneció rígida, como si se negara a entregarse al sueño. Pero el cansancio terminó por vencerla. Su respiración se hizo más profunda y pausada.

Marco regresó a la mesa. Intentó concentrarse en los documentos, aunque era incapaz de leer una sola línea.

La confesión de Tito continuaba resonando en su cabeza.

Julia era la niña de Roma. La hija de Calígula.

La pequeña cuya supuesta muerte había borrado una parte de su memoria.

Se levantó y se acercó en silencio al lecho.

Durante unos instantes se limitó a observarla.

Dormida, parecía más joven y vulnerable.

Entre sus cejas se formó un leve surco, como si incluso en sueños continuara luchando contra el dolor.

Marco sintió el impulso de acariciarla, pero se contuvo. No tenía derecho. Tito había sido claro: debía protegerla, no convertirla en una posesión. Tomó una manta y la extendió con cuidado sobre ella. Julia se agitó.

—Tito... —susurró.

Marco cerró los ojos. Deseó poder librarla de aquel sufrimiento, pero sabía que no existían espadas ni ejércitos capaces de vencer a la muerte.

Se sentó en el suelo, junto al lecho, apoyando la espalda contra el arcón.

Desde allí permanecería vigilando su sueño.

Había prometido protegerla. Y ahora que conocía la verdad, comprendía que aquella promesa no pertenecía solo al hombre que era en el presente.

También se la debía al niño que, muchos años atrás, había querido a una pequeña de ojos verdes y había llorado su muerte hasta olvidarla.

Julia se movió entre las mantas y una de sus manos cayó cerca del borde del lecho. Marco la contempló durante unos

segundos. Después dejó la suya junto a ella, sin tocarla. Poco antes del amanecer, vencido también por el agotamiento, cerró los ojos. Y allí permanecieron ambos, separados apenas por unos centímetros, unidos por un pasado que solo uno de ellos acababa de recuperar.

Al día siguiente, la brillante luz de la mañana se colaba entre las telas de la tienda, inundando el pequeño espacio de una calidez impropia de las primeras horas del día.

Julia abrió los ojos lentamente. Durante unos instantes permaneció inmóvil, todavía atrapada entre el sueño y la vigilia.

El calor que envolvía la estancia le hizo comprender que el sol llevaba ya un buen rato sobre el campamento.

Entonces recordó dónde estaba y se volvió despacio.

Marco la observaba en silencio. Su cabello rubio aparecía revuelto por el sueño y aquellos intensos ojos azules la contemplaban con una mezcla de ternura y diversión que hizo que el corazón de Julia latiera con más fuerza.

—Nos hemos dormido... —murmuró incorporándose de golpe—. ¡Por todos los dioses! Todos los soldados sabrán que he pasado la noche aquí. Siempre me levanto antes del alba... ¿Cómo voy a salir ahora?

Marco sonrió.

—Respira, Julia. No ha ocurrido ninguna desgracia.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Claro que la ha habido. Para ti todo es sencillo. Para mí no.

Él apoyó la cabeza sobre una mano, sin apartar los ojos de ella.

—¿Has dormido bien?

Julia intentó no sonreír.

—No cambies de conversación.