CAPÍTULO 11 #2
Tito tuvo que detenerse, cada palabra parecía costarle un esfuerzo insoportable.
—Había una conspiración para acabar con toda la estirpe del emperador. Se extendió el rumor de que la niña había sido asesinada, pero nunca encontraron su cuerpo. Yo sabía que, si permanecía en Roma, no viviría lo suficiente para crecer.
Marco lo contempló con creciente incredulidad.
—¿Dónde está?
Tito lo miró fijamente.
—No está escondida.
El silencio se hizo absoluto. Marco negó despacio. Algo dentro de él ya había comprendido la verdad antes de que su razón se atreviera a aceptarla.
—No...
Tito no apartó los ojos de los suyos.
—Julia es la hija de Calígula.
Marco se quedó inmóvil. El rostro de la mujer que había conocido en Baelo se mezcló de pronto con el recuerdo borroso de una niña corriendo por los jardines del palacio.
Aquella risa, aquellos ojos verdes…. la sensación inexplicable de conocerla desde mucho antes de haberla encontrado en el mercado.
Todo encajaba. Y, al mismo tiempo, nada parecía posible.
—Julia... —repitió, casi sin voz.
—La crié como si fuera mi hija. La protegí durante todos estos años y le enseñé cuanto pude para que fuera capaz de valerse por sí misma el día que yo faltara.
Tito volvió a respirar con dificultad.
—Nunca fue una esclava, Marco. La presenté como tal para ocultarla. Su sangre pertenece a la familia imperial.
El general se pasó una mano por el rostro.
—¿Ella lo sabe?
—Sí. Sabe quién es. Pero también sabe que revelar la verdad podría condenarla.
Marco recordó el miedo de Julia, sus silencios, la forma en que siempre había evitado hablar de Roma. De pronto comprendía muchas cosas.
—Por eso intentaron matarla.
—Es posible. O quizá quienes la persiguen todavía no conocen toda la verdad, pero no podemos correr ese riesgo.
Tito volvió a aferrarse a su mano.
—Prométeme que la protegerás.
Marco no vaciló.
—Lo haré.
—No solo de sus enemigos.
El general sostuvo su mirada.
—¿Qué quiere decir?
—También de ti.
Marco se tensó. Tito esbozó una sonrisa débil.
—No creas que no he advertido cómo la miras.
El general apartó los ojos.
—Jamás le haría daño.
—Tal vez no de forma deliberada. Pero el poder, el deseo y el orgullo pueden destruir con la misma facilidad que una espada.
El anciano tomó aire antes de continuar.
—Julia no es una posesión. No es una esclava a la que puedas reclamar porque la deseas.
Marco sintió aquellas palabras como un golpe.
—Lo sé.
Y por primera vez comprendió que era verdad. Ya no quería someterla. No quería obligarla. Quería que algún día fuese ella quien lo eligiera.
Tito pareció leer la respuesta en su rostro.
—Entonces protégela hasta que sea libre de decidir su propio destino.
—Se lo prometo.
El anciano cerró los ojos durante unos instantes.
—Los dioses os separaron cuando erais niños... y ahora han vuelto a cruzar vuestros caminos.
Una sombra de asombro recorrió el rostro de Marco. La niña cuya supuesta muerte había marcado su infancia era la misma mujer que ocupaba ahora cada uno de sus pensamientos. Habían transcurrido más de veinte años y, sin saberlo, había vuelto a encontrarla.
—Descansa. Ya habrá tiempo para tus preguntas —dijo Tito.
—Encontraré a quienes la persiguen.
—Hazlo.
La voz del anciano era apenas un hilo.
—Y no permitas que nadie descubra quién es.
Marco inclinó la cabeza.
—Su secreto morirá conmigo.
Tito exhaló lentamente, aliviado.
—Hazla pasar.
Marco salió de la habitación con la mente trastornada por cuanto acababa de descubrir. Julia aguardaba junto a la puerta. Se levantó en cuanto lo vio aparecer.
—¿Qué quería decirte?
El general la observó durante unos instantes. Ahora veía algo distinto en ella. No una esclava. No solo a la mujer que deseaba. Vio a la niña que había corrido con él por los jardines de Roma. A la heredera de una estirpe perseguida. A la mujer a la que acababa de jurar proteger.
—Quiere hablar contigo —respondió finalmente—. Te espera.
Julia percibió algo extraño en su expresión.
—¿Ha ocurrido algo?
Marco apartó la mirada.
—Después hablaremos.
Ella entró en la habitación sin insistir. Tito volvió la cabeza al escuchar sus pasos mientras Julia se acercaba lentamente al lecho y se arrodillaba junto a él. Tomó su mano entre las suyas y la llevó hasta sus labios.
No necesitaron palabras. Durante años habían aprendido a comprenderse con una simple mirada. El anciano alzó la mano libre y acarició su cabello.
—No quiero que llores.
Aquellas palabras fueron suficientes para que las lágrimas comenzaran a rodar por el rostro de Julia.
—No puedo evitarlo.
—Sabías que este día llegaría.
—No tan pronto.
Tito sonrió con tristeza.
—La muerte nunca llega en el momento que esperamos.
Julia apoyó la cabeza junto a su pecho. Escuchó el latido débil e irregular de aquel corazón que había sido su refugio desde que tenía memoria.
—No estoy preparada para perderte.
El anciano le acarició la mejilla.
—Sí lo estás.
—No.
—Te he enseñado a pensar, a defenderte, a administrar cuanto poseemos y a no permitir que nadie decida por ti.
Hizo una pausa para recobrar el aliento.
—No te he criado para que vivas atemorizada.
Julia cerró los ojos.
—¿Qué voy a hacer sin ti?
—Vivir.
La respuesta fue tan sencilla que consiguió quebrarla aún más.
—No quiero una vida en la que tú no estés.
—Yo estaré.
Tito llevó una mano temblorosa hasta su pecho.
—Aquí.
Después señaló la cabeza de la muchacha.
—Y aquí.
Julia besó sus dedos.
—La casa quedará vacía.
—No mientras tú permanezcas en ella.
El anciano respiró profundamente.
—He dejado todo dispuesto. Una persona de mi confianza se ocupará de mi testamento y se asegurará de que recibas cuanto te pertenece.
Julia levantó la cabeza.
—No me importa la herencia.
—Lo sé, pero necesitarás protección.
—Puedo cuidarme sola.
Tito sonrió con orgullo.
—Eso espero.
Sus ojos comenzaron a cerrarse, aunque se obligó a mantenerlos abiertos.
—Quiero que sepas algo. Desde el día en que abandonamos Roma, jamás me arrepentí de haberte salvado.
Julia ahogó un gemido.
—Me diste una vida.
—Tú diste sentido a la mía.
Ella se inclinó y lo abrazó con cuidado, temiendo quebrar aquel cuerpo tan frágil.
—Has sido mi padre.
Tito cerró los ojos.
—Y tú mi hija.
Julia lloró en silencio contra su pecho. El anciano volvió a acariciar su cabello.
—No mires atrás. No permitas que el miedo gobierne tu vida.
Su respiración se volvió más lenta.
—Haz siempre lo que te dicte el corazón.
—El corazón también se equivoca.
—Quizá.
Una débil sonrisa apareció en sus labios.
—Pero una vida vivida con miedo es una vida desperdiciada.
Julia levantó el rostro.
—¿Qué debo hacer?
—Confiar.
—¿En quién?
—En ti misma.
Tito volvió los ojos hacia la puerta.
—Y, cuando llegue el momento, en Marco.
Julia permaneció callada.
—Él te protegerá —continuó el anciano—. Pero no olvides que nadie debe elegir por ti.
—No quiero que hablemos de eso ahora.
—Entonces no hablaremos.
Su voz se apagaba.
—Solo quédate conmigo.
Julia volvió a apoyar la cabeza sobre su pecho.
—No pienso moverme de aquí.
Tito cerró los ojos, agotado. Ella permaneció abrazada a él, escuchando su respiración cada vez más trabajosa.
En su mente comenzaron a sucederse los recuerdos: las primeras lecciones en la biblioteca, las largas discusiones sobre filosofía, sus paseos junto al mar, las mañanas en el foro, la paciencia infinita con la que había respondido a todas sus preguntas.
Recordó sus consejos, sus regañinas y su bondad.
Todo cuanto era se lo debía a aquel hombre.
Y mientras el corazón de Tito se apagaba lentamente, Julia comprendió que el mundo seguro que ambos habían construido estaba a punto de desaparecer para siempre.
Era de madrugada cuando Tito exhaló su último aliento.
Julia permanecía arrodillada junto al lecho, rodeada por Prisca, Horacio, Claudia y los demás miembros de la casa.
Nadie hablaba. En la estancia solo se escuchaba la respiración fatigada del anciano, cada vez más débil, y el crepitar de las lámparas de aceite.
Cuando el galeno inclinó lentamente la cabeza, Julia comprendió que había llegado el final.
Se acercó al rostro de Tito y, conforme dictaba la tradición, recogió su último aliento con un beso.
Después le cerró los ojos con manos temblorosas y pronunció tres veces su nombre, como si aún esperara que volviese a responderle.
—Tito...
Silencio.
—Tito...
Nada.
—Tito...
La última llamada se quebró en sus labios.
Prisca salió de la habitación con el rostro bañado en lágrimas.
Regresó poco después con agua templada, paños y los ungüentos necesarios para preparar el cuerpo.
Entre todos lavaron al difunto, lo perfumaron con aceites y lo vistieron con una de sus mejores túnicas y la toga que correspondía a su condición de ciudadano romano.
Después lo cubrieron con un sudario blanco.
Horacio ayudó a trasladarlo hasta una litera funeraria, donde lo dispusieron con los pies orientados hacia la puerta.
Rodearon el cuerpo de flores y colocaron una corona sobre su cabeza.
Finalmente, depositaron una moneda en su boca para que pudiera pagar a Caronte el paso hacia el reino de los muertos.
Por su posición y por el respeto que se había ganado en Baelo Claudia, el cuerpo quedó expuesto en el atrio de la domus.
En la entrada colocaron ramas de ciprés para anunciar que la muerte había visitado la casa.
Durante aquellos días nadie acudiría para tratar asuntos de comercio y la actividad quedaría suspendida hasta que, concluidas las exequias, se celebrara el rito de purificación.
El velatorio se prolongaría durante cinco días. Desde el primero comenzaron a llegar trabajadores de la factoría, libertos, comerciantes y vecinos que deseaban rendir homenaje al hombre que, durante tantos años, había formado parte de la vida de la ciudad.