CAPÍTULO 11
«La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos.»Cicerón
El silencio que había quedado tras el combate resultaba más inquietante que el estruendo de las espadas.
La casa, apenas unas horas antes convertida en un campo de batalla, permanecía ahora envuelta en una calma angustiosa.
Los sirvientes caminaban de un lado a otro hablando en voz baja, como si un tono más alto pudiera empeorar el estado de Tito Livio.
Julia permanecía sentada junto al lecho del anciano.
No le soltaba la mano. Aún conservaba la esperanza de que, en cualquier momento, abriera los ojos y le dedicara una de aquellas sonrisas tranquilizadoras que siempre conseguían devolverle la calma.
Pero Tito permanecía inmóvil. Su respiración era lenta, demasiado lenta.
Cuando llamaron al galeno, este acudió sin perder un instante. Entró con paso decidido, dejó su bolsa sobre una pequeña mesa y comenzó a examinar al anciano con el gesto grave de quien ya sospecha lo que va a encontrar. Julia no apartaba la vista de sus movimientos.
—¿Qué le ocurre? —preguntó con un hilo de voz—. No tiene heridas... Nadie llegó a tocarlo...
El médico no respondió inmediatamente. Tomó el pulso, escuchó durante unos instantes el pecho del anciano y observó el color de su piel. Después levantó lentamente la vista.
—¿Cuánto tiempo lleva inconsciente?
—Desde que terminó el combate. Lo encontramos tendido en el suelo.
El galeno asintió despacio. Entonces reparó en el pequeño corte del cuello de Julia.
—¿Y tú? ¿Te han herido otra vez?
Julia llevó instintivamente una mano a la pequeña venda.
—No es nada. Por favor... primero atiéndelo a él.
El médico la contempló con afecto. Aquella muchacha era incapaz de pensar en sí misma.
—Traedme más luz —pidió finalmente—. Necesito verlo bien.
Julia salió apresuradamente y Marco la siguió en silencio.
Mientras ambos abandonaban la estancia, el galeno volvió a posar los dedos sobre la muñeca de Tito.
Cerró los ojos un instante. Aquellas pulsaciones...
ya las conocía demasiado bien. Durante meses había intentado aliviar una enfermedad contra la que nada podía hacer.
El corazón del anciano llevaba mucho tiempo agotándose lentamente.
Solo él y Tito conocían la verdad. Y ambos habían decidido ocultársela a Julia.
El anciano no quería que aquella muchacha viviera pendiente de una muerte que sabía inevitable. Pero aquella noche... Aquel último sobresalto había terminado por vencer a un corazón demasiado cansado. El médico dejó escapar un profundo suspiro.
—Viejo amigo... —murmuró para sí.
Pocos minutos después, Julia y Marco regresaron con varios candiles. La habitación quedó iluminada por una luz cálida y temblorosa.
—¿Cómo está? —preguntó Marco.
El médico permaneció unos segundos en silencio, después se incorporó lentamente.
—Necesito hablar con vosotros, en privado.
Marco condujo a Julia hasta la biblioteca. Ella apenas era consciente de dónde caminaba. No dejaba de mirar hacia la habitación de Tito. Como si, al apartar la vista, pudiera perderlo para siempre.
Mientras esperaban, Prisca entró con un pequeño cuenco de agua templada y varios paños limpios.
—Si al menos no puedo ayudar al amo, dejadme cuidar de vosotros.
Julia negó con la cabeza.
—No necesito nada.
—Claro que lo necesitas. Siéntate.
Obedeció sin protestar. Prisca limpió cuidadosamente el pequeño corte del cuello mientras murmuraba alguna oración a los dioses. Después se volvió hacia Marco. El general permanecía inmóvil. Solo entonces la cocinera descubrió la sangre que empapaba la manga de su túnica.
—Por todos los dioses... También estáis herido.
—No es más que un rasguño.
—Los soldados siempre decís lo mismo.
Mientras terminaba de vendarle el brazo apareció el galeno.
El silencio que traía consigo bastó para que Julia comprendiera que las noticias no eran buenas.
Prisca recogió lentamente los utensilios.
Antes de marcharse, acarició el cabello de Julia con ternura.
La joven apenas reaccionó. Cuando quedaron solos, el médico habló.
—Voy a ser completamente sincero con vosotros.
Julia sintió que el corazón dejaba de latirle.
—Tito lleva mucho tiempo gravemente enfermo.
Ella frunció el ceño. Negó lentamente.
—No...
—Sí. Padece una enfermedad del corazón desde hace años. Intentamos mantenerla controlada. Pero ya no responde. Los últimos acontecimientos, el secuestro, tus heridas, la preocupación constante... Han terminado por consumir las pocas fuerzas que le quedaban.
Julia dio un paso atrás, después otro… Apoyó ambas manos sobre el escritorio de Tito. Negó una y otra vez.
—No... Eso no puede ser... Él estaba bien... Esta mañana estaba bien...
—No quería que lo supieras. Fue decisión suya. Pensaba que ya habías sufrido demasiado.
Aquellas palabras terminaron por romper la poca entereza que conservaba. Las lágrimas comenzaron a caer sin control. El llanto brotó desde lo más profundo de su pecho. No era el llanto de una esclava que perdía a su amo. Era el de una hija que estaba perdiendo al único padre que había conocido.
Marco no pudo soportarlo más. Se acercó despacio.
La giró con infinita delicadeza. Julia ni siquiera opuso resistencia.
Simplemente se dejó caer entre sus brazos.
El general la estrechó contra su pecho. Nunca había sabido consolar a nadie.
Había aprendido a dirigir hombres, a ganar guerras, a sobrevivir, pero no a enfrentarse al dolor de una mujer.
Con infinita ternura levantó su rostro. Las lágrimas seguían
deslizándose por sus mejillas. Con el pulgar las fue secando una a una.
—Julia... Mírame.
Ella obedeció.
—Todavía está aquí. Todavía puede escucharte. No permitas que sus últimos momentos sean viéndote sufrir. Permanece a su lado. Háblale. Haz que se marche sabiendo cuánto lo has querido.
La muchacha rompió a llorar de nuevo. Apoyó la frente contra el pecho del general. Él la abrazó con más fuerza, sin importarle que el médico siguiera presente.
El galeno los observó en silencio. Después volvió a hablar.
—No creo que llegue al amanecer.
La biblioteca quedó completamente en silencio. Aquellas palabras parecían haber detenido el tiempo.
—¿No existe ninguna posibilidad? —preguntó Marco.
El anciano médico bajó lentamente la cabeza.
—Ninguna. Solo podemos procurar que no sufra.
Julia cerró los ojos.
—Siempre fue un padre para mí... Gracias por haber estado a su lado todo este tiempo.
El médico sonrió con tristeza.
—No era solo vuestro amo. También era mi mejor amigo. Y con él desaparece uno de los mejores hombres que he conocido.
Cuando abandonó la biblioteca, Julia permaneció inmóvil unos segundos. Después levantó lentamente la cabeza para mirar a Marco. Sus ojos estaban completamente enrojecidos.
—¿Qué voy a hacer sin él?
Marco sostuvo su rostro entre las manos.
—No estarás sola. Te lo prometo.
Ella asintió muy despacio. Por primera vez desde que lo conocía... creyó cada una de sus palabras.
Horas después, Julia y Marco permanecían junto al lecho de Tito cuando el anciano abrió lentamente los ojos.
Su respiración era débil y entrecortada.
Parecía haber envejecido muchos años en apenas una noche.
Durante unos instantes, su mirada vagó sin rumbo por la habitación hasta detenerse en los dos jóvenes. Movió apenas una mano.
—Marco... —susurró.
El general se inclinó hacia él.
—Estoy aquí.
Tito volvió los ojos hacia Julia y, haciendo un esfuerzo que pareció consumirle las pocas fuerzas que aún conservaba, añadió:
—Necesito hablar con él... a solas.
Julia apretó con mayor fuerza la mano del anciano.
—No quiero dejarte.
—Será... solo un momento.
Marco le dirigió una mirada tranquilizadora.
—Esperaré contigo después. Ve a descansar unos instantes.
Ella dudó, pero finalmente se inclinó y depositó un beso sobre la frente de Tito.
—Estaré al otro lado de la puerta.
Cuando salió de la habitación, Marco se acercó aún más al lecho. Se sentó en el borde y aguardó en silencio. El anciano cerró los ojos, como si necesitara reunir fuerzas antes de hablar.
—Marco... debo pedirte algo.
—No se esfuerce. Necesita descansar.
—No. Ya no queda tiempo para eso.
El general guardó silencio. Tito buscó su mano y la aferró con una fuerza sorprendente en alguien tan debilitado.
—Escúchame con atención. Lo que voy a contarte no puede salir de esta habitación. Debes jurármelo.
Marco percibió la angustia en sus ojos.
—Tiene mi palabra.
Tito respiró con dificultad.
—Hace muchos años... nuestras vidas ya se cruzaron.
Marco frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
—Durante mi estancia en Roma fui tu maestro.
El general lo observó, desconcertado.
—¿Mi maestro?
—Tú y tu hermano acudíais al palacio imperial. Recibíais lecciones junto a una niña.
Marco sintió una punzada en la memoria. Imágenes confusas comenzaron a abrirse paso entre sombras: un jardín, una risa infantil, dos pequeñas manos manchadas de tinta.
—La hija de Calígula —murmuró.
Tito asintió.
—Julia Drusila.
El nombre cayó entre ambos como una piedra. Marco se apartó ligeramente, intentando ordenar sus pensamientos.
—No recuerdo casi nada de aquellos años. Después del asesinato del emperador sufrí un accidente.
La voz del general se volvió más baja.
—Mi madre me contó que, cuando supe que la niña había muerto, salí corriendo del palacio. Tropecé, me golpeé la cabeza y permanecí un día inconsciente. Cuando desperté, había olvidado gran parte de lo ocurrido.
Tito lo escuchaba con los ojos entrecerrados.
—Entonces por eso no me reconociste.
—También me dijeron que mi maestro desapareció durante aquellos días. Todos creyeron que había muerto.
—Necesitaba que lo creyeran.
Marco volvió a mirarlo.
—¿Por qué?
El anciano apretó sus dedos.
—Porque la hija de Calígula no murió.
Durante unos instantes, Marco pensó que no había oído bien.
—¿Qué ha dicho?
—La salvé.
El general se incorporó bruscamente.
—¿La secuestró?
—No. La saqué de Roma antes de que la asesinaran.