CAPÍTULO 10 #4
Marco dejó caer el cuerpo al suelo. Entonces escuchó otro ruido.
Salió al pasillo. El acero chocó violentamente contra otra espada.
Las chispas iluminaron por un instante la oscuridad.
Al mismo tiempo, otra puerta se abrió de golpe.
Quinto apareció con el rostro endurecido por el combate.
A sus pies quedó tendido otro de los asaltantes.
—¡Nos atacan! —gritó.
Los legionarios apostados en el exterior irrumpieron inmediatamente en la casa. La lucha estalló en el atrio.
Marco encontró por fin al hombre que dirigía el asalto. Spiculus. Ambos se reconocieron al instante. No hicieron falta palabras. Sus espadas comenzaron a danzar con una rapidez extraordinaria. Golpe, parada, otro golpe, retroceso. Ninguno conseguía imponerse al otro. Spiculus sonrió.
—Ahora entiendo por qué hablan tanto de ti, romano.
Marco no respondió. Solo atacó con más violencia. Un tajo descendente obligó al pirata a retroceder. Spiculus giró sobre sí mismo y respondió con una estocada fulminante.
Marco logró esquivarla por apenas unos centímetros.
La hoja le abrió el brazo izquierdo. La sangre comenzó a deslizarse lentamente.
El general ni siquiera apartó la vista. Continuó avanzando.
Cada choque de acero retumbaba bajo el techo de la domus.
Alrededor de ellos los mercenarios iban cayendo uno tras otro bajo las espadas legionarias.
Spiculus comprendió demasiado tarde que había subestimado a los soldados de Roma.
Había perdido aquella batalla. Levantó el brazo para ordenar la retirada.
Pero entonces... una voz resonó a su espalda.
—¡Jefe!
Todos se volvieron. Uno de los mercenarios apareció arrastrando a Julia. La sujetaba con fuerza por detrás mientras apoyaba el filo de la espada sobre su garganta. La joven respiraba con dificultad. Un fino hilo de sangre descendía lentamente por su cuello.
Marco sintió que el mundo entero se detenía.
Era la segunda vez que veía una espada sobre aquella garganta.
Julia intentaba mantenerse serena. No gritaba.
No luchaba. Solo buscó los ojos del general y fue entonces cuando comprendió cuánto significaba para él.
Una única lágrima resbaló por su mejilla.
Marco bajó lentamente la espada. Su voz sonó baja. Helada.
—Si le haces el más mínimo corte... No habrá rincón del Imperio donde puedas esconderte de mí.
Spiculus sostuvo su mirada. Por primera vez dudó, aquel hombre hablaba completamente en serio.
—Ordena a tus soldados que se aparten.
Marco no se movió.
—Marchaos. Ahora. Mientras aún podéis hacerlo.
El pirata comprendió que prolongar el combate sería un suicidio.
Hizo una señal. Los mercenarios comenzaron a retroceder lentamente hacia el corral.
El hombre que sujetaba a Julia avanzó con ellos sin apartar el filo de su cuello.
Nadie respiraba. Solo se escuchaban los pasos sobre el mármol.
Cuando llegaron casi al pasillo... el mercenario tiró bruscamente de Julia para llevársela.
Fue su último error. Desde el extremo opuesto del atrio, Quinto llevaba varios segundos esperando aquel instante.
Sacó lentamente la daga de su cinturón. Inspiró.
Calculó la distancia y lanzó. La hoja silbó en el aire.
Se clavó limpiamente en el cuello del mercenario.
El hombre abrió mucho los ojos, soltó la espada e intentó llevarse una mano a la herida.
No llegó a tiempo. Cayó pesadamente al suelo, arrastrando a Julia consigo.
—¡Ahora! —rugió Marco.
Los legionarios se lanzaron tras los fugitivos. Spiculus desapareció entre las sombras del corral junto a los pocos hombres que aún seguían con vida.
La persecución continuó por las estrechas calles de Baelo Claudia. Pero el pirata conocía demasiado bien la ciudad. Cuando los soldados llegaron a la última esquina... ya había desaparecido.
Poco a poco fueron abriéndose las puertas de las habitaciones.
Los esclavos comenzaron a salir. Prisca.
Claudia. Horacio. Todos observaban horrorizados los cuerpos tendidos sobre el suelo.
Marco no prestaba atención a nada. Se arrodilló junto a Julia, la tomó entre sus brazos con una delicadeza impropia de un guerrero.
Solo entonces respiró profundamente. Seguía viva.
Le apartó con cuidado varios mechones de cabello pegados al rostro.
Después acarició con el pulgar el pequeño corte de su cuello.
—¿Te ha hecho daño? —preguntó con una ternura que ni él mismo creyó reconocer en su propia voz.
Julia negó lentamente. Todavía estaba demasiado conmocionada para hablar. Marco apoyó la frente sobre la de ella durante un instante. Después depositó un beso suave sobre su cabello. La abrazó con fuerza, como si todavía temiera perderla.
Julia levantó entonces la vista por encima de su hombro. Su expresión cambió de inmediato. El color desapareció de su rostro.
—¡Tito!
Marco se volvió bruscamente. El anciano yacía inmóvil sobre el suelo del atrio. Y, de pronto, el silencio que siguió al combate resultó mucho más aterrador que el estruendo de las espadas.