EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 10 #3
46%

CAPÍTULO 10 #3

Los mercenarios obedecieron de inmediato, amordazándolo y ocultándolo tras unos grandes toneles de aceite. Spiculus recorrió entonces el almacén con la mirada. Sus ojos se detuvieron sobre varias ánforas de gran tamaño. Sonrió.

—Estas servirán.

Uno de sus hombres comprendió inmediatamente el plan.

—¿De verdad cabrá un hombre dentro?

—Un hombre... y algo más.

Los mercenarios comenzaron a vaciar cuidadosamente el contenido de varias ánforas. El aceite fue trasvasado a recipientes más pequeños. Después prepararon las grandes vasijas. Spiculus observó satisfecho el trabajo.

—Llevad el carro a la domus de Tito. Recordad... Nadie debe sospechar nada.

Poco después, el carro atravesaba tranquilamente las calles de Baelo Claudia. Horacio esperaba junto al portón trasero de la casa. Al ver acercarse el cargamento sonrió. Sin embargo, algo llamó inmediatamente su atención.

—¿Y Gaius?

El desconocido que conducía el carro respondió con absoluta naturalidad.

—Su mujer ha comenzado el parto hace apenas un rato. Ha salido corriendo sin tiempo siquiera para terminar el reparto. Me pidió que viniera en su lugar.

Horacio sonrió.

—Así que al fin ha llegado el día...

El hombre asintió.

—Ya sabe cómo son estas cosas. Los niños no entienden de horarios.

Después señaló el carro.

—¿Podéis abrirme? Todavía tengo otro reparto pendiente.

Horacio no sospechó absolutamente nada. Julia le había comentado días atrás que Gaius esperaba un nuevo hijo. Todo parecía encajar. Abrió el portón y el carro penetró lentamente en el corral. Entre ambos comenzaron a descargar las enormes ánforas. Horacio observó sorprendido su tamaño.

—Son mucho más grandes que las habituales.

—Gaius consiguió un buen precio esta semana. Dijo que vuestra ama estaría encantada.

Horacio sonrió satisfecho.

—Entonces Julia habrá negociado mejor que nunca.

Cuando terminaron, entregó al hombre la bolsa con las monedas.

—Aquí tenéis el importe acordado. El falso transportista la pesó con disimulo en la mano. Una sonrisa apenas perceptible cruzó su rostro.

La misión marchaba incluso mejor de lo previsto. Habían conseguido introducir el cargamento... y nadie había formulado una sola pregunta.

—Que disfrutéis del aceite. Hasta la próxima.

Horacio levantó la mano en señal de despedida.

—Buen viaje.

El carro abandonó lentamente la casa. Cuando desapareció calle abajo, Horacio cerró el portón y regresó tranquilamente a sus tareas. Ignoraba que, ocultos en el interior de dos de aquellas enormes ánforas... dos hombres esperaban inmóviles el momento oportuno para salir.

Aquella misma tarde, Marco regresó al puerto acompañado por Quinto y una veintena de legionarios.

El Fortuna permanecía amarrado en el mismo lugar.

Sus velas seguían recogidas y la cubierta ofrecía una apariencia engañosamente tranquila.

Cuando los soldados subieron a bordo, los pocos marineros que permanecían en la nave interrumpieron sus tareas y los observaron con abierta hostilidad.

Uno de ellos, el mismo que había hablado con Marco el día anterior, sonrió con descaro.

—Vaya... parece que el general no ha quedado satisfecho con la visita de ayer.

Quinto dio un paso al frente y lo empujó con el escudo.

—Cuida esa lengua si no quieres perderla.

El marinero trastabilló un par de pasos, pero recuperó enseguida el equilibrio. Marco permanecía impasible.

—Supongo que vuestro capitán sigue sin aparecer.

El hombre se encogió de hombros.

—Ya os dije que cuando esos hombres pisan tierra son difíciles de reunir. Seguro que siguen disfrutando del vino y de las tabernas de Baelo.

—Qué casualidad —respondió Marco con frialdad—. Ninguno de ellos ha considerado oportuno volver a su barco.

El marinero sonrió con insolencia.

—No soy quien para controlar lo que hacen mis compañeros.

Marco recorrió lentamente la cubierta con la mirada. Todo parecía en orden. Demasiado en orden. Aquello no le gustaba. Volvió a fijarse en el tripulante.

—¿Sabes cuál es vuestro problema?

El hombre no respondió.

—Que intentáis aparentar demasiada tranquilidad.

El silencio se hizo incómodo. Marco dio un paso hacia él.

—Y cuando un hombre tiene tanto interés en parecer tranquilo... normalmente es porque oculta algo.

El marinero sostuvo su mirada sin pestañear.

—Si solo habéis venido para decirme eso, me temo que estáis perdiendo el tiempo, general.

Marco sonrió apenas un instante.

—Puede.

Se volvió hacia Quinto.

—Pero yo ya he terminado de esperar.

Quinto comprendió inmediatamente la orden.

—¿Qué hacemos?

Marco señaló a los marineros.

—Detenedlos a todos.

Los rostros de la tripulación cambiaron por completo.

—¿Con qué autoridad? —protestó uno de ellos.

—Con la del representante de Roma en Baelo Claudia.

Su voz sonó firme, sin elevarse.

—Seréis interrogados en el campamento. Hasta que aparezca vuestro capitán... este barco queda bajo custodia del ejército.

Quinto sonrió satisfecho. Aquello empezaba a ponerse interesante.

—Habéis oído al general.

Los legionarios rodearon inmediatamente a los marineros. Ninguno ofreció resistencia. Sabían que eran muy inferiores en número. Mientras descendían por la pasarela escoltados por los soldados, Marco se volvió hacia Lucio.

—Quiero una guardia permanente. Nadie entra ni sale. Y si Spiculus aparece... lo quiero vivo.

Lucio golpeó el puño contra el pecho.

—Así se hará, mi general.

Marco lanzó una última mirada al Fortuna. Algo le decía que aquel barco escondía muchos más secretos de los que habían descubierto y estaba decidido a encontrarlos.

La casa dormía. Solo el rumor del viento agitaba las hojas del peristilo y el murmullo lejano del mar rompía el silencio de la noche.

Dos legionarios vigilaban la puerta principal, convencidos de que el peligro permanecía fuera de aquellos muros.

Ignoraban que ya había entrado. En el corral, una de las enormes ánforas comenzó a moverse.

Después otra. Y una tercera. Las tapas se desplazaron lentamente y, uno tras otro, los hombres de Spiculus fueron saliendo de su escondite.

Permanecieron inmóviles unos instantes, acostumbrando la

vista a la oscuridad. El pirata fue el último en abandonar su escondrijo.

Desenvainó despacio la espada. Con un simple gesto de la mano repartió las órdenes.

Nadie habló. Los mercenarios avanzaron como sombras.

Según las indicaciones de Tiberio, las habitaciones de los esclavos se encontraban junto al corral.

Desde allí cruzaron la cocina y se internaron por un estrecho pasillo hasta desembocar en el atrio de la domus.

Spiculus se detuvo. Frunció el ceño. Había demasiadas habitaciones. No sabía cuál ocupaba el general. Señaló dos puertas. Los hombres se separaron silenciosamente.

Marco dormía con el sueño ligero de quien llevaba media vida viviendo entre guerras.

Un leve roce. Un tablón que crujía. Una respiración contenida.

Bastó aquello para que sus ojos se abrieran de golpe.

No hizo el menor ruido. Los años de campaña le habían enseñado que, cuando el enemigo entraba en una habitación, el primer segundo decidía quién viviría para ver el amanecer.

Descolgó el gladius. Se pegó a la pared, oculto tras la puerta.

La hoja comenzó a girar lentamente sobre sus goznes.

Una silueta apareció en el umbral. El mercenario apenas dio dos pasos.

Marco salió de la oscuridad. Su brazo rodeó el cuello del atacante mientras el gladius penetraba limpiamente entre sus costillas. El hombre murió sin llegar a gritar.