CAPÍTULO 10 #2
Horas más tarde, la centuria de Lucio Flavio recorría nuevamente las calles de Baelo Claudia.
Entraron en tabernas, inspeccionaron almacenes, registraron callejones y hablaron con comerciantes, pescadores y carreteros.
No encontraron rastro alguno de Spiculus.
Aquello empezaba a inquietar a Marco. Un hombre podía esconderse. Toda una tripulación, no.
Cuando regresaron a la domus de Tito Livio, el sol ya se encontraba alto. El anciano los esperaba en el triclinio. Nada más verlos comprendió por sus rostros que la mañana no había dado los resultados esperados.
—Supongo que no traéis buenas noticias.
Marco tomó asiento.
—Hemos encontrado algo... pero todavía no al hombre que buscamos.
Tito apoyó lentamente las manos sobre la mesa.
—Os escucho.
—Ayer registramos todos los barcos mercantes del puerto. En uno de ellos encontramos cinco ánforas con el sello de vuestra factoría ocultas en un compartimento secreto.
El anciano abrió mucho los ojos.
—¿Cinco ánforas?
—Exactamente.
—Pensé que la mercancía robada habría desaparecido hace tiempo.
—Nosotros también.
—¿Qué barco era?
—El Fortuna.
Durante unos instantes Tito permaneció inmóvil. Luego respondió despacio.
—Conozco ese barco.
Marco levantó la vista.
—¿Habéis tratado con su capitán?
—Alguna vez.
Hizo memoria.
—Se llama Spiculus.
Julia, que acababa de entrar con varias bandejas de comida, levantó ligeramente la cabeza al escuchar aquel nombre.
Marco advirtió el gesto. Continuó escuchando.
—Hace tiempo era frecuente verlo junto a Tiberio —prosiguió Tito—. Últimamente había desaparecido de la ciudad... igual que esa amistad.
Marco intercambió una rápida mirada con Quinto. Las piezas empezaban a encajar.
—Esta tarde volveremos al puerto —dijo el general—. Y antes haremos una visita a Tiberio.
El anciano frunció el ceño.
—¿Creéis que todo esto puede guardar relación con lo sucedido a Julia?
Aquellas palabras hicieron que la joven se detuviera un instante mientras servía el vino. Marco lo advirtió. Sus ojos se encontraron apenas un segundo. Había preocupación en los de ella y él comprendió inmediatamente el motivo. No quería asustarla. Por eso respondió con calma.
—Aún es pronto para afirmarlo. No debemos sacar conclusiones precipitadas.
Julia bajó la vista, agradecida por su prudencia. Sin embargo, Marco pensaba exactamente lo contrario. Cada nueva pista conducía una y otra vez hasta el mismo hombre. Tiberio.
—Julia —dijo Tito con voz serena—, sirve primero al general y al tribuno. Han tenido una mañana demasiado larga.
—Sí, amo.
La joven comenzó a repartir las bandejas. Marco la observaba sin disimulo. Le sorprendía la delicadeza con la que realizaba los gestos más cotidianos. Todo en ella transmitía orden, serenidad y una elegancia imposible de aprender.
Julia, aunque evitaba mirarlo directamente, era plenamente consciente de aquella mirada. Y eso comenzaba a ponerla peligrosamente nerviosa.
Mientras Tito y el general conversaban sobre mercancías y patrullas, otra conversación silenciosa se desarrollaba al otro lado de la mesa.
Claudia fingía atender el servicio. Quinto aparentaba escuchar a Marco.
Pero ninguno de los dos dejaba de percibir la presencia del otro.
La noche anterior habían vuelto a encontrarse junto a la playa. Habían hablado durante horas.
Quinto no recordaba haber reído tanto en mucho tiempo y Claudia había descubierto que, bajo la disciplina del tribuno romano, se escondía un hombre capaz de escucharla como nadie lo había hecho jamás.
Cuando sus miradas se cruzaron apenas un instante, ambos sonrieron con una complicidad que pasó inadvertida para todos...
salvo para Julia, que empezaba a sospechar que entre aquellos dos también estaba naciendo algo imposible.
Una hora más tarde, la cocina recuperaba poco a poco la tranquilidad. El aroma del pan recién horneado todavía permanecía en el ambiente mientras Prisca y las dos muchachas recogían las últimas bandejas. Solo se escuchaba el tintinear de la vajilla y el crepitar del fuego.
Prisca las observó de reojo. Demasiado silencio. Conocía a aquellas dos desde hacía muchos años y sabía distinguir cuándo algo les rondaba la cabeza. Terminó de secarse las manos con un paño y las miró divertida.
—Bueno... ¿cuál de las dos piensa hablar primero?
Julia y Claudia levantaron la vista al mismo tiempo.
—¿Hablar de qué? —preguntó Claudia fingiendo inocencia.
La cocinera soltó una carcajada.
—No intentéis engañarme. Desde que habéis entrado apenas habéis cruzado dos palabras. Eso solo puede significar una cosa: o habéis hecho alguna trastada... o estáis enamoradas.
Las dos jóvenes protestaron a la vez.
—¡Prisca!
La mujer sonrió satisfecha.
—Empieza tú, Julia.
La joven dejó lentamente una fuente sobre la mesa.
—Estoy preocupada.
Su tono hizo desaparecer la sonrisa de la cocinera.
—¿Por qué?
—El general ha encontrado varias ánforas robadas en un barco del puerto. Su capitán parece estar relacionado con Tiberio... igual que Silo.
Prisca permaneció pensativa unos segundos.
—Eso significa que el general está empezando a descubrir cosas importantes.
—Precisamente por eso me preocupa.
—¿Temes que vuelvan a intentarlo?
Julia asintió despacio.
—Sí.
Prisca le acarició el brazo con cariño.
—Escúchame bien. Nunca había visto esta casa tan protegida como ahora. Hay soldados vigilando de día y de noche. Confía un poco en ellos.
Julia suspiró.
—Lo intento.
La cocinera sonrió.
—Y ahora...
Se volvió hacia Claudia.
—¿Qué te ocurre a ti?
La muchacha abrió mucho los ojos.
—¿A mí?
—Sí, a ti.
Prisca levantó una ceja.
—Porque llevas toda la mañana sonriendo sola.
Claudia bajó inmediatamente la cabeza. Julia empezó a sospechar.
—Un momento...
La observó fijamente.
—¿No me digas que has vuelto a ver al tribuno?
La joven mordió el labio inferior.
—Bueno...
—¡Claudia!
—Solo dimos un paseo.
Julia cruzó los brazos.
—¿Cuándo?
—Anoche.
—¿Anoche?
—Después de recoger la cocina.
Prisca no pudo contener una sonrisa.
—Así que era eso...
Claudia terminó por rendirse.
—Sí. Paseamos por la playa.
Miró a Julia.
—Y fue maravilloso.
Las dos mujeres intercambiaron una mirada divertida.
—¿Y? —preguntó Prisca.
Claudia sonrió con timidez.
—Hablamos durante horas.
—¿Solo hablasteis?
La muchacha asintió.
—Solo eso.
Después añadió muy bajito:
—Pero creo... que le gusto.
Julia no pudo evitar sonreír. Aquella muchacha estaba completamente ilusionada.
—Solo prométeme una cosa.
—¿Cuál?
—Que no pierdas la cabeza.
Claudia hizo una mueca.
—Intentaré obedecerte... aunque no prometo conseguirlo.
Las tres rieron. Entonces Claudia miró a Julia con una expresión traviesa.
—Ya que estamos confesándolo todo... Creo que ahora te toca a ti.
Julia dejó de sonreír.
—¿A mí?
—Sí.
—No tengo nada que contar.
—¿Ah, no?
Claudia cruzó los brazos.
—Pues yo sí tengo algo que decir.
Julia empezó a ponerse nerviosa.
—¿Qué?
—He visto cómo te mira el general.
Prisca dirigió inmediatamente la vista hacia Julia.
—¿Es verdad eso?
—No exageres...
Claudia negó con energía.
—No exagero. Cuando tú no lo miras, él no aparta los ojos de ti.
Julia permaneció callada.
—Y Quinto me ha dicho que Marco está completamente trastornado contigo.
Julia abrió mucho los ojos.
—¿Ha dicho eso?
—Con otras palabras.
Prisca sonrió.
—Pues no me sorprende.
Julia resopló.
—Está empeñado en hacer siempre lo que quiere.
—Y tú...
Claudia se acercó un poco más.
—¿Qué sientes cuando está cerca?
Julia abrió la boca para responder... pero ninguna palabra salió de ella.
Aquello hizo sonreír todavía más a las otras dos.
—¿Lo ves? —dijo Claudia.
—No sé qué me pasa.
Julia terminó sentándose sobre el banco de madera.
—Con Graco nunca sentí nada parecido.
Las otras dos guardaron silencio. Ella continuó hablando muy despacio.
—Cuando Marco se acerca... todo deja de parecerme igual.
Prisca sonrió con ternura.
—Eso tiene un nombre, muchacha.
Julia negó rápidamente.
—No. Todavía no.
Claudia soltó una risita.
—Pues entonces explícame esto.
Julia la miró.
—¿Qué?
—Antes has dicho una cosa muy curiosa.
Julia frunció el ceño.
—¿Qué he dicho?
Claudia imitó perfectamente su voz.
—"Por muy bien que bese..."
Julia se quedó inmóvil. Después abrió mucho los ojos.
—¡Por todos los dioses!
Prisca estalló en una carcajada.
—¡Así que te ha besado!
Julia se llevó las manos a la cara.
—Quiero morirme ahora mismo.
—Eso significa que es verdad.
Julia terminó rindiéndose.
—Sí... Me ha besado. Varias veces.
Las dos mujeres esperaron.
—¿Y?
Julia permaneció unos segundos en silencio. Finalmente confesó en voz muy baja:
—Le dije que no quería nada con él... pero cada vez me cuesta más convencerme a mí misma.
Prisca dejó el paño sobre la mesa y la abrazó con cariño.
—Solo hay una cosa más peligrosa que enamorarse de un hombre.
Julia levantó la vista.
—¿Cuál?
—Enamorarse de un romano.
Las tres rompieron a reír. Pero, en el fondo, ninguna de ellas ignoraba que aquella broma escondía una verdad mucho más seria de lo que estaban dispuestas a reconocer.
Mientras tanto, al otro extremo de la ciudad, Spiculus se detenía frente a la tienda de Gaius. Observó la calle durante unos instantes. No había testigos. Empujó la puerta y entró con absoluta tranquilidad. El comerciante levantó la vista al escuchar el sonido de la campanilla.
—Buenos días, señor. ¿Deseáis aceite? Lamento informaros de que estoy a punto de cerrar. Tengo que llevar un pedido a la casa de Tito Livio.
Una lenta sonrisa apareció en el rostro del pirata.
—Precisamente por eso estoy aquí.
Gaius frunció el ceño, sin comprender.
—¿Perdón?
Spiculus dio un paso hacia él.
—Vengo a hacerme cargo de ese reparto.
Antes de que el comerciante pudiera reaccionar, el pirata descargó un brutal puñetazo sobre su mandíbula. Gaius cayó al suelo sin emitir un solo grito. Su cuerpo quedó inmóvil. Spiculus comprobó su pulso.
—Sigue vivo.
Dos hombres salieron inmediatamente de la trastienda.
—¿Lo matamos?
El pirata negó despacio.
—No. Cuando despierte, nosotros ya estaremos muy lejos. Atadle bien. Que nadie pueda oírlo.