EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

"Las batallas se ganan con espadas y fuerza,

pero las guerras se ganan con la cabeza."Publio Cornelio Escipión

El aceite de oliva era uno de los mayores tesoros de la Bética.

Desde Aurgi, Corduba o Hispalis, miles de ánforas descendían por el río Baetis hasta alcanzar los puertos desde donde partían hacia todos los rincones del Imperio.

Baelo Claudia era uno de esos enclaves privilegiados.

Desde allí salían cargamentos enteros con destino a Roma, junto a las salazones, el garum, el vino o el esparto.

Aquella riqueza convertía el macellum en uno de los lugares más bulliciosos de la ciudad.

Desde primera hora de la mañana el foro rebosaba vida.

Los panaderos pregonaban sus hogazas recién horneadas; el aroma del pan se mezclaba con el del pescado salado, las especias orientales y el aceite recién prensado.

Los herreros hacían sonar sus martillos sobre el yunque, los alfareros exhibían sus mejores cerámicas y los comerciantes competían a gritos por atraer compradores bajo las galerías porticadas.

Julia siempre había disfrutado perdiéndose entre aquel ir y venir de gentes. Sin embargo, aquella mañana caminaba con una ligera inquietud. Sabía perfectamente quién la estaría esperando.

Después de servir el desayuno y asistir a Tito durante la salutatio matutina, cruzó el atrio con una cesta de mimbre en la mano.

No se equivocaba. Marco la esperaba junto a la puerta acompañado por varios legionarios.

Al verla aparecer sonrió con esa seguridad que tanto la irritaba...

y, al mismo tiempo, comenzaba peligrosamente a desarmarla.

—No era necesario que vinieras —dijo Julia deteniéndose frente a él.

Marco inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Puedo acompañarte?

Julia arqueó una ceja.

—¿Lo preguntas?

—Empiezo a aprender que contigo es mejor hacerlo.

Aquella respuesta la sorprendió más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Aun así, sigo pensando que no hace falta.

—Yo sigo pensando lo contrario.

Julia suspiró resignada.

—Eres imposible.

—Eso mismo empiezo a pensar de ti.

Los soldados ocultaron una sonrisa mientras comenzaban a caminar.

Las calles que conducían al mercado estaban abarrotadas. Muchos vecinos interrumpían sus conversaciones al ver pasar al general romano junto a la joven esclava de Tito Livio. Las miradas comenzaban a resultar evidentes. Julia lo notó enseguida.

—¿Te has dado cuenta de que toda la ciudad nos está mirando?

—Sí.

—¿Y no te incomoda?

Marco negó con tranquilidad.

—No especialmente.

Ella lo observó de reojo.

—A mí sí.

—Precisamente eso es lo que busco.

Julia frunció el ceño.

—¿Qué pretendes ahora?

Marco bajó ligeramente la voz.

—Que todos sepan que nadie volverá a acercarse a ti sin pensárselo dos veces.

Ella apartó la vista. No sabía por qué aquellas palabras conseguían tranquilizarla tanto.

Nada más entrar en el macellum, el bullicio los envolvió por completo.

Mercaderes, esclavos, artesanos y campesinos recorrían las calles del mercado cargados con mercancías.

Había montones de frutas y verduras recién recolectadas, tejidos de vivos colores, sandalias de cuero, muebles, herramientas, pescado, carne, perfumes y toda clase de especias llegadas desde Oriente.

Marco observaba cada rincón con curiosidad.

—¿Qué necesitamos comprar?

—Aceite.

—¿Solo aceite?

—Solo para empezar.

Él sonrió.

—Empiezo a comprender por qué Tito confía tanto en ti.

Julia fingió no escuchar el cumplido.

—Siempre compro el aceite al mismo comerciante. Lo trae desde Aurgi y nunca mezcla calidades, como hacen otros vendedores.

Mientras hablaban llegaron frente a uno de los puestos. El comerciante levantó inmediatamente la vista. Su rostro se iluminó.

—¡Por Júpiter! ¡Julia!

La joven sonrió con verdadero cariño.

—Hola, Gaius.

—¿Dónde te habías metido? Llevamos días sin verte. Hasta llegué a pensar que habías abandonado Baelo.

—He estado indispuesta.

El comerciante la observó unos segundos.

—Pues me alegra comprobar que los dioses han querido devolverte la salud.

Después reparó en Marco.

—Y... ¿quién es vuestro acompañante?

Julia vaciló apenas un instante.

—Es el general Marco Vinicius. Ha venido a reorganizar la defensa de la ciudad.

Gaius hizo una respetuosa inclinación.

—Es un honor conoceros, general.

—El honor es mío.

Mientras ambos hombres intercambiaban unas palabras, Julia comenzó a revisar las ánforas de aceite. Marco observó la confianza con la que hablaban.

—Parece que os conocéis desde hace muchos años.

El comerciante soltó una carcajada.

—Desde que esta muchacha apenas levantaba un palmo del suelo.

Julia protestó.

—Gaius...

—Déjame contarle esto al general.

Marco cruzó los brazos, divertido.

—Os escucho.

—Venía aquí de niña acompañando a Tito Livio. Traía una tablilla de cera donde apuntaba todos los precios. Discutía conmigo como si fuera una veterana comerciante.

Julia negó con la cabeza.

—No exageres.

—En absoluto. Más de una vez me marché convencido de haber hecho un gran negocio... y era ella quien terminaba ganando.

Marco no pudo evitar sonreír. Le gustaba descubrir facetas desconocidas de Julia.

—Además —continuó Gaius—, no conozco a nadie en Baelo que hable mal de ella.

Marco dirigió una fugaz mirada hacia la joven. Tampoco él encontraba motivos para hacerlo.

Mientras cerraban el pedido, Marco aprovechó la ocasión.

—Gaius... quizá dentro de poco necesite un proveedor de aceite para mi legión.

Los ojos del comerciante brillaron.

—Será un honor.

Julia sonrió.

—Ya decía yo que tanta amabilidad escondía algún negocio.

Marco la miró divertido.

—Los buenos generales nunca desperdician una oportunidad.

Ella negó con la cabeza.

—Y los buenos comerciantes tampoco.

Los tres rieron. Después abandonaron el puesto.

Los legionarios continuaban abriéndoles paso entre la multitud.

En un rincón del mercado, un mendigo observaba cada uno de sus movimientos sin perder detalle.

Nadie reparó en él. El siguiente destino fue la tienda del zapatero.

El anciano artesano salió inmediatamente a recibirlos.

—Buenos días, Julia.

—Buenos días. Necesito unos calcei nuevos para Tito Livio.

Mientras el hombre buscaba las medidas en una tablilla de cera, observó con curiosidad al militar.

—¿También vos acompañáis a nuestra Julia?

Marco respondió antes de que ella pudiera hacerlo.

—Mientras permanezca en Baelo... sí.

El zapatero sonrió con picardía. Julia lanzó una mirada fulminante al romano. Cuando abandonaron la tienda caminaban nuevamente uno junto al otro.

—¿Te divierte ponerme en evidencia?

Marco fingió pensarlo.

—Un poco.

Ella resopló.

—Eres insufrible.

Él sonrió despacio.

—Y tú empiezas a acostumbrarte.

Julia se volvió hacia él.

—No te confundas.

Marco se acercó apenas unos centímetros.

—Entonces explícame por qué todavía sigues caminando a mi lado.

Durante unos segundos Julia fue incapaz de responder. Su corazón latía demasiado deprisa. Finalmente murmuró:

—Porque eres el general...

Marco la contempló con una sonrisa apenas visible.

—No.

Julia levantó la vista.

—Sigues aquí... porque ninguno de los dos quiere separarse todavía.

Ella notó cómo el calor le subía hasta las mejillas.

—Como sigas mirándome así... terminarás consiguiendo que me ruborice.

Marco bajó ligeramente la cabeza hasta quedar muy cerca de ella.

—Eso es precisamente lo que intento.

Julia apartó la mirada con una sonrisa que ni siquiera ella pudo evitar.

Desde el otro extremo del mercado, Graco contemplaba la escena. No escuchaba sus palabras. No hacía falta. Nunca había visto a Julia sonreír de aquella manera y comprendió, con un dolor que le atravesó el pecho, que estaba empezando a perderla.

Muy cerca de él, oculto bajo los harapos de un mendigo, Spiculus también observaba. Una lenta sonrisa apareció en sus labios. Acababa de descubrir el único punto débil del general Marco Vinicius y pensaba aprovecharlo.

Marco regresó directamente al campamento.

Mientras cabalgaba no dejaba de darle vueltas a lo ocurrido en el puerto.

Las cinco ánforas ocultas en la bodega del Fortuna eran una prueba demasiado importante para tratarse de una simple casualidad.

Cuando entró en la tienda de mando, Quinto estudiaba varios mapas extendidos sobre la mesa.

—¿Has podido acompañar a Julia? —preguntó sin levantar la vista.

Marco dejó el casco sobre una banqueta.

—Sí. Aunque sigue pensando que no necesita mi protección.

Quinto sonrió con disimulo.

—Empiezo a creer que lo que no necesita es que la estés vigilando cada instante.

Marco resopló.

—Puede ser... pero no pienso correr riesgos. Después de lo ocurrido con Silo, no volveré a permitir que salga sola.

Quinto comprendió que ya no hablaban únicamente del deber. Cambió de asunto.

—No tenemos noticias del capitán del Fortuna.

Marco alzó la vista.

—¿Nada?

—Nuestros hombres continúan vigilando el puerto, pero ese barco sigue atracado exactamente igual que ayer. Ningún tripulante importante ha regresado a bordo y tampoco ha zarpado rumbo a Ostia, como aseguraron.

Marco comenzó a pasear lentamente por la tienda.

—Eso significa que saben que los estamos vigilando.

—Yo también lo creo.

—Y si ellos saben que los vigilamos... da por hecho que también nos observan a nosotros.

Quinto asintió.

—He doblado las patrullas alrededor del campamento.

Marco permaneció unos segundos pensativo.

—Hay algo que no termino de comprender.

—¿Las ánforas?

—Sí.

Se detuvo frente al mapa.

—Quien es capaz de organizar un robo como ese no comete el error de esconder parte del botín en su propio barco. Es demasiado burdo.

—¿Crees que alguien pretendía despistarnos?

—O quizá tuvieron que abandonar el barco antes de tiempo.

El silencio volvió a instalarse entre ambos. Finalmente Marco tomó una decisión.

—Quiero registrar otra vez toda la ciudad.

—¿Otra vez?

—Tabernas, almacenes, posadas, baños públicos... todo.

Quinto sonrió.

—Sabía que ibas a decir eso.

—Y después volveremos al puerto.