EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 9 #4
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CAPÍTULO 9 #4

Los dos guardaron silencio. Solo se escuchaba el suave murmullo del agua. Julia fue la primera en romperlo.

—Lo de Graco no fue como parecía.

Marco asintió lentamente.

—Lo sé, pero cuando lo vi besarte... No pude pensar.

Ella levantó la vista. Encontró en los ojos del romano algo que nunca había visto antes. No era arrogancia. Ni orgullo. Era vulnerabilidad.

Marco dio un paso hacia ella.

—No sé qué me está pasando contigo, Julia. Nunca me había sentido así.

Ella tragó saliva. Tampoco sabía qué responder porque empezaba a hacerse exactamente la misma pregunta. Marco se detuvo muy cerca de ella. Lo suficiente para que ambos sintieran la respiración del otro.

—¿Qué harás mañana?

Julia dejó escapar una leve sonrisa.

—¿Sigues empeñado en saber todos mis movimientos?

—Sí.

—Eres insoportable.

—Eso ya me lo has dicho otras veces.

Ella bajó la cabeza para ocultar una sonrisa que no consiguió contener.

—Tengo que ir al macellum. Necesito comprar algunas cosas para la casa.

Marco respiró aliviado sin saber muy bien por qué. Después levantó lentamente una mano.

—¿Puedo?

Julia dudó unos segundos. No respondió, pero tampoco se apartó.

Marco acarició con infinita suavidad una de las mejillas de la joven.

Ella cerró los ojos apenas un instante. Aquel simple roce hizo que un estremecimiento recorriera su espalda.

Cuando volvió a abrirlos, ambos permanecieron inmóviles.

El tiempo parecía haberse detenido. Fue Marco quien terminó de acortar la distancia.

La besó muy despacio. Con una delicadeza completamente desconocida para él.

No hubo prisas, ni pasión descontrolada. Solo un beso breve, sincero.

Julia sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza. Quiso apartarse. De verdad quiso hacerlo. Pero, antes de darse cuenta, fue ella quien respondió apenas unos segundos a aquel beso. Cuando recuperó la razón, retrocedió un paso.

Los dos respiraban con dificultad. Ninguno encontraba palabras. Marco sonrió con una mezcla de sorpresa y felicidad.

—Ahora ya sé que no estaba soñando.

Julia seguía completamente desconcertada. Se llevó una mano a los labios. Todavía podía sentir el calor de aquel beso.

—Esto... no debería haber ocurrido.

—Probablemente.

—Complica demasiado las cosas.

Marco asintió.

—Sí. Las complica.

Hubo otro silencio. Después él habló con una voz mucho más baja.

—Cuando vuelvas a ver a Graco...

Julia levantó la mirada.

—¿Sí?

Marco sonrió apenas.

—No compares ese beso con el mío.

Ella sintió que el rostro le ardía. Él continuó.

—Porque yo llevo intentando olvidarlo desde que ocurrió... y no he podido.

Julia permaneció completamente inmóvil. Aquellas palabras la desarmaron mucho más que el beso.

Marco le tendió la mano.

—Vamos. Es tarde.

Caminaron juntos por el corredor en silencio. Ninguno parecía dispuesto a romper aquel momento. Al llegar al cruce donde debían separarse, Julia soltó lentamente su mano. Durante unos segundos permanecieron mirándose.

—Buenas noches... general.

Marco sonrió.

—Ahora vuelves a llamarme general.

Julia bajó la vista. Una leve sonrisa apareció en sus labios.

—Buenas noches... Marco.

El general permaneció inmóvil observándola hasta que desapareció tras la puerta de su habitación.

Solo entonces dejó escapar lentamente el aire que había contenido.

Aquella noche comprendió una verdad que jamás habría imaginado aceptar.

No deseaba conquistar a Julia. Deseaba que algún día fuera ella quien decidiera caminar a su lado.

Y eso era infinitamente más peligroso que cualquier batalla librada hasta entonces.

Al otro extremo de la ciudad, ajenos por completo a cuanto acababa de suceder en la domus de Tito Livio, Quinto y Claudia paseaban despacio por la orilla de la playa.

La luna se reflejaba sobre el mar, dibujando un camino plateado sobre las aguas tranquilas de la bahía. La brisa nocturna agitaba los rizos cobrizos de la joven mientras ambos caminaban sin prisa, disfrutando por primera vez de un momento de intimidad lejos de las miradas indiscretas.

Quinto escuchaba a Claudia hablar con aquella alegría contagiosa que parecía acompañarla siempre. Sonreía sin darse

cuenta. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan cómodo en compañía de una mujer.

Ninguno de los dos advirtió que, mar adentro, una sombra permanecía inmóvil sobre la cubierta de un mercante.

Desde la popa del Fortuna, un hombre los observaba atentamente.

Spiculus entrecerró los ojos. Reconoció enseguida el uniforme del tribuno romano.

Después fijó la mirada en la muchacha que caminaba a su lado.

Una lenta sonrisa apareció en sus labios.

—Los dioses empiezan a sonreírnos... —murmuró para sí.

Sin apartar la vista de la pareja, llamó a uno de sus hombres.

—Averigua quién es esa joven. Si el tribuno frecuenta su compañía... puede que acabemos encontrando una forma mucho más sencilla de llegar hasta los romanos.

El pirata volvió la vista hacia la playa. En ocasiones, una guerra podía ganarse sin necesidad de desenvainar una espada. Bastaba con descubrir el punto débil del enemigo.