EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

Muy despacio levantó la vista hacia el puerto. Su voz sonó fría.

—El general está empezando a convertirse en un problema.

Miró uno por uno a sus hombres.

—Y los problemas... se eliminan.

A última hora de la tarde, la cena en casa de Tito Livio transcurría envuelta en un silencio incómodo. La tensión de los acontecimientos de aquella mañana seguía flotando sobre la mesa como una sombra invisible.

Marco apenas había pronunciado unas palabras desde que se había sentado en el triclinium.

Aquello resultaba impropio de él. Siempre había sido un hombre de conversación fácil, abierto y seguro de sí mismo, pero aquella tarde permanecía abstraído, incapaz de apartar de su memoria la imagen de Graco inclinándose sobre Julia.

Las cosas estaban escapando a su control.

Y eso era precisamente lo que más le inquietaba.

Había esperado encontrar a Julia sirviendo la mesa desde el principio de la cena, pero la muchacha no aparecía por ninguna parte.

Durante unos instantes llegó a pensar que estaba evitándolo deliberadamente.

La sola idea le produjo una desagradable sensación de vacío.

Nunca antes le había importado que una mujer lo esquivara. Con Julia era diferente.

En ese momento la puerta se abrió.

Julia entró apresuradamente en la domus. Venía directamente de la factoría. Había terminado más tarde de lo previsto organizando los envíos hacia Ostia y apenas había tenido tiempo de asearse antes de acudir al servicio de la cena.

Nada más verla, Marco sintió cómo desaparecía parte de la tensión que llevaba acumulando desde la mañana. Sin proponérselo, respiró con más calma mientras Julia saludaba respetuosamente.

—Perdón por el retraso, amo.

Tito levantó la vista.

—¿Has podido resolver los asuntos pendientes de Ostia? ¿Han cargado ya el pedido en los barcos?

—Sí, amo. Todo está preparado para que zarpen mañana al amanecer.

—Excelente. Entonces sírvenos. Claudia, trae otra jarra de vino. Julia comenzó a servir la comida siguiendo el orden habitual. Primero Tito. Después Quinto. Por último, Marco.

Cuando se acercó a él procuró mantener la vista fija sobre la copa de plata.

Sin embargo, era plenamente consciente de que el general no dejaba de observarla.

Sentía su mirada incluso sin levantar la cabeza.

Aquello la incomodaba. Y, al mismo tiempo, la inquietaba descubrir que una parte de ella deseaba mirarlo.

Se obligó a contenerse. Bastante confundida estaba ya consigo misma.

Marco, por su parte, apenas escuchaba la conversación. Contestaba casi por inercia mientras seguía discretamente cada movimiento de la muchacha. Ella evitaba cruzar los ojos con él. Ni una sola vez lo había mirado y aquello le molestó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Tito rompió finalmente el silencio.

—Decidme, general, ¿ha recibido noticias recientes de Roma?

Lo último que llegó hasta nosotros fueron los espectáculos públicos que organiza Nerón. Me cuesta creer que el destino del Imperio dependa de un emperador más interesado en la poesía y el teatro que en gobernar.

Marco apartó por fin la vista de Julia.

—Me temo que los rumores son ciertos.

Nerón continúa entregado a sus representaciones públicas y el año pasado hizo ejecutar a su esposa Octavia para casarse con Popea Sabina. Según parece, la nueva emperatriz dará a luz dentro de pocos meses.

Tito negó lentamente con la cabeza.

—Roma atraviesa tiempos peligrosos.

—Y no solo por eso —continuó Marco—. El enfrentamiento con parte del Senado es cada vez mayor. El emperador no tolera la menor crítica. Antistio fue acusado de traición por unas simples palabras pronunciadas durante un banquete. Palas, Plauto y Fausto Sila también acabaron ejecutados.

El anciano suspiró.

—No puede sostenerse un imperio únicamente sobre el miedo.

Marco asintió.

—Los soldados procuramos mantenernos al margen de la política. Nuestro deber es obedecer.

Mientras hablaba, Julia se acercó para rellenarle la copa. Durante un brevísimo instante sus miradas se encontraron. Ninguno de los dos dijo nada. Ella apartó los ojos inmediatamente y Marco tardó un segundo en retomar el hilo de la conversación.

Tito no pasó por alto aquel pequeño silencio. Siguió discretamente la dirección de la mirada del general. Durante toda la cena había observado a Marco mirar a Julia mucho más que a cualquiera de los presentes. Aquello empezó a inquietarlo.

—¿Ha visitado muchas veces Roma? —preguntó entonces Marco.

La pregunta sorprendió al anciano. Por un instante creyó que el general había terminado reconociéndolo, pero enseguida comprendió que no. Marco era apenas un niño cuando abandonaron la capital. Respiró aliviado. Cuanto menos supiera aquel romano sobre el pasado de Julia, mucho mejor.

—Nací en Venetia, aunque pasé algunos años en Roma antes de establecerme definitivamente en Hispania. Hace tanto tiempo de aquello que apenas conservo recuerdos.

Sin conceder tiempo para profundizar en el asunto, cambió hábilmente de conversación.

—¿Y las pesquisas? ¿Han averiguado algo sobre los responsables del robo?

Julia permaneció inmóvil, escuchando atentamente. Temía que cualquier referencia al pasado pudiera despertar sospechas.

Marco respondió con cautela.

—Hoy hemos encontrado un primer indicio importante. Todavía es pronto para sacar conclusiones, pero estamos más cerca de los responsables. Cuando tenga pruebas concluyentes, será el primero en saberlo.

Tito asintió satisfecho.

—Esperaremos entonces.

Terminada la cena, los hombres se retiraron a sus habitaciones. Julia y Claudia comenzaron a recoger las bandejas y las copas de plata. Mientras trabajaban, Julia observó que su amiga permanecía inusualmente callada. Aquello no era propio de ella.

—Claudia, puedes retirarte si has terminado. Yo iré un momento a los baños. Necesito refrescarme, ha sido un día demasiado largo.

La muchacha sonrió.

—Que descanses, Julia.

Antes de marcharse se acercó inesperadamente y la besó con cariño en la mejilla.

Julia la miró sorprendida.

—¿Y eso? Pensaba que seguías enfadada conmigo por lo de Quinto.

Claudia sonrió con dulzura.

—Ya se me ha pasado. Quizá tenías algo de razón.

Julia dejó escapar una leve risa.

—Eso sí que no me lo esperaba.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Julia la vio alejarse por el corredor. Negó divertida con la cabeza.

Aquella muchacha era incapaz de permanecer seria demasiado tiempo.

Después tomó el camino de los baños privados.

No sabía que, unos pasos más atrás, otra persona había esperado pacientemente a que el pasillo quedara completamente vacío antes de echar a andar en la misma dirección.

Julia aprovechaba que toda la casa estuviera en silencio para disfrutar de las termas privadas.

Era uno de los pocos momentos del día en los que conseguía olvidarse de todo.

El calor del agua relajaba sus músculos doloridos y apaciguaba, aunque solo fuera durante unos instantes, el torbellino de pensamientos que llevaba varios días ocupando su cabeza.

Desde que había resultado herida, Tito permitía que utilizara los baños siempre que no coincidiera con los invitados.

Consideraba que la limpieza era parte esencial de la salud y jamás había tratado a los miembros de su casa como simples esclavos.

Aquella noche, el agua estaba especialmente agradable. Julia permanecía inmóvil, con la cabeza apoyada sobre el borde de mármol de la piscina y los ojos cerrados. Respiró profundamente. Por primera vez en todo el día consiguió relajarse. Entonces escuchó una voz detrás de ella.

—Si Venus hubiera tenido tu belleza, los poetas habrían necesitado inventar otra diosa para describirla.

Julia abrió los ojos sobresaltada. No necesitó girarse para reconocer aquella voz. Suspiró resignada.

—¿No sabes aparecer nunca sin asustarme?

Marco permanecía apoyado en una de las columnas de la estancia.

La contemplaba sin el menor disimulo. La túnica ligera que llevaba la joven se había adherido completamente a su cuerpo bajo el agua, dibujando con delicadeza cada una de sus formas.

Durante un instante, Marco comprendió que debía apartar la vista, no por falta de deseo, precisamente por todo lo contrario. Ella se volvió lentamente.

—Creía que ya te habías retirado.

Marco sonrió apenas.

—Lo intenté. Pero no dejaba de pensar en ti.

Julia negó con la cabeza.

—Empiezas a ser un verdadero problema para mi tranquilidad.

—Eso mismo estaba pensando yo.

Ella rodó los ojos.

—Haz el favor de darte la vuelta.

El general obedeció sin protestar. Aquello sorprendió a Julia más que cualquier otra cosa. Salió rápidamente de la piscina y tomó la túnica seca que había dejado preparada sobre un banco de piedra. Cuando terminó de ajustársela, habló.

—Ya puedes mirar.

Marco se volvió despacio. Seguía siendo la mujer más hermosa que había visto nunca y aquella certeza empezaba a preocuparle.

Julia cruzó los brazos.

—¿Qué quieres ahora?

Marco permaneció unos segundos en silencio. Después habló con una sinceridad que ni él mismo esperaba.

—Pedirte perdón.

Ella parpadeó. Aquella respuesta no entraba dentro de lo previsible.

—¿Perdón?

—Por lo ocurrido esta mañana. No debí perder los nervios de esa manera.

Julia lo observó sorprendida. Jamás habría imaginado escuchar aquellas palabras salir de labios del orgulloso general romano.

—¿Y desde cuándo los generales piden disculpas?

Marco sonrió con cansancio.

—Desde que una mujer consigue hacerles olvidar quiénes son.