CAPÍTULO 9 #2
—No digas estupideces.
—Llámalo como quieras, pero estuviste a punto de romperle la cara.
Marco no contestó. Porque, por primera vez en muchos años, no encontraba una explicación racional para su comportamiento.
Mientras conversaban, atravesaron la Puerta de Asido y descendieron hacia el puerto. Varios mercantes permanecían amarrados junto a los muelles, mientras estibadores y marineros descargaban ánforas, fardos y mercancías procedentes de distintos puntos del Mediterráneo.
—¿Qué buscamos exactamente? —preguntó Quinto.
—Dos cosas.
Marco recorría el puerto con la mirada.
—La primera, identificar a alguno de los hombres que participaron en el secuestro de Julia. No creo que se paseen tranquilamente por la ciudad, pero si alguno pertenece a una tripulación, mis soldados podrían reconocerlo.
Se volvió hacia Quinto.
—Si no entraron por las puertas de la muralla, tuvieron que llegar por mar.
Quinto asintió.
—¿Y la segunda?
—Las ánforas robadas a Tito Livio.
Es poco probable que todavía las conserven, pero debemos revisar toda la mercancía. Si encontramos una sola... sabremos por dónde empezar a tirar del hilo.
Inspeccionaron los dos primeros mercantes durante toda la mañana.
Todo parecía en orden. La documentación coincidía con las cargas transportadas y las tripulaciones estaban correctamente identificadas.
Sin embargo, al llegar al tercer barco, Marco redujo el paso.
Algo llamó inmediatamente su atención. Era una embarcación considerablemente mayor que las anteriores.
La proa y la popa presentaban una estructura casi simétrica, poco habitual en los mercantes de aquella zona.
Sobre la vela principal destacaba la imagen de la diosa Fortuna, sosteniendo el timón de una nave y el cuerno de la abundancia.
En la popa podía leerse claramente el nombre del barco. Fortuna.
Marco permaneció unos segundos observando la cubierta. Los pocos marineros que permanecían a bordo parecían demasiado tensos. Como si hubieran estado esperando su llegada. Uno de ellos se adelantó.
—Nuestro capitán no se encuentra a bordo, general.
Marco asintió.
—No importa. Revisaremos igualmente la carga.
Los hombres intercambiaron discretamente una mirada.
A Marco no le pasó desapercibida. Mientras Lucio y varios legionarios descendían a la bodega, él permaneció sobre cubierta junto a Quinto observando atentamente a la tripulación.
Nadie hablaba ni sonreía. Solo esperaban.
De pronto, la voz de Lucio resonó desde la escotilla.
—¡General!
Marco descendió de inmediato. El centurión apartó unas tablas del suelo. Debajo aparecía un pequeño compartimento oculto. Cinco ánforas. Marco pasó lentamente los dedos sobre uno de los sellos de barro. Conocía perfectamente aquella marca. La factoría de Tito Livio. Levantó la vista hacia Lucio.
—Las escondían.
El centurión asintió.
—Y eso significa que sabían perfectamente que eran robadas. Marco volvió a observar el escondite. Aquello ya no era una simple sospecha. Era la primera prueba que relacionaba el robo con aquella embarcación.
Cuando regresó a cubierta, encontró a los marineros mucho más inquietos.
—¿Dónde está vuestro capitán?
—No lo sabemos, general. Los hombres tenían el día libre y...
Marco dio un paso al frente.
—Has tardado demasiado en responder.
El marinero tragó saliva.
—Habrá ido a alguna taberna.
Marco apoyó lentamente una mano sobre la empuñadura del gladius. Su voz fue tranquila. Demasiado tranquila.
—¿Cómo se llama vuestro capitán?
Silencio. El hombre evitó mirarlo. Marco se acercó todavía más y lo agarró del pecho.
—No volveré a preguntarlo.
El marinero comprendió que aquel romano no estaba dispuesto a perder la paciencia.
—Spiculus.
Durante un instante nadie habló. Marco intercambió una rápida mirada con Quinto. Por fin tenían un nombre. Soltó lentamente al marinero.
—Muy bien. Dile a tu capitán que volveremos a vernos. Y la próxima vez... será una conversación mucho menos agradable.
Sin añadir nada más, descendió del barco seguido de sus hombres. Cuando se hubieron alejado del muelle, habló en voz baja.
—Quiero vigilancia permanente sobre ese mercante pero que nadie se acerque demasiado. Si descubren que los seguimos... Spiculus desaparecerá antes de que podamos atraparlo.
Quinto asintió.
—Será difícil. Saben que hemos descubierto las ánforas.
Marco volvió la vista hacia el Fortuna. Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Precisamente por eso. Ahora saben que nosotros también vamos detrás de ellos. Y los hombres acorralados... son los que cometen los errores más peligrosos.
Desde que había resultado herida, Julia había permanecido demasiado tiempo alejada de la factoría.
Los pedidos se acumulaban y había asuntos que solo ella podía resolver.
Aquella mañana recorría las instalaciones revisando tablillas de cuentas, comprobando encargos y organizando los próximos envíos mientras los trabajadores aguardaban sus instrucciones.
Todo parecía volver poco a poco a la normalidad, hasta que Graco apareció en la nave principal.
Julia sintió cómo todo su cuerpo se tensaba.
Aun así, continuó dando órdenes con la misma serenidad de siempre.
—Graco, estaba organizando el cargamento. El navicularius ya habrá recibido aviso de nuestra llegada. Necesitan la mercancía con urgencia en Roma.
El marinero no apartó la vista de ella.
—Así se hará.
Hubo unos segundos de silencio. Después dio un paso adelante.
—Necesito hablar contigo.
Julia continuó revisando las tablillas.
—Creo que ya quedó todo dicho esta mañana.
—No. Necesito que me escuches.
Ella levantó finalmente la cabeza. Comprendió que, si no aclaraban la situación, aquello no terminaría nunca.
—Está bien. Sígueme.
Los dos entraron en el pequeño despacho desde donde Julia solía dirigir el trabajo de la factoría. Nada más cerrar la puerta, ella fue directa al asunto.
—¿Qué quieres decirme?
Graco respiró profundamente.
—Quiero pedirte perdón.
Julia permaneció en silencio.
—No debí hablarte de aquella manera delante del general. Me dejé llevar por los celos. Nunca he dudado de tu honor.
Julia dejó lentamente las tablillas sobre la mesa.
—No es una cuestión de honor, Graco. Es una cuestión de respeto. No tienes derecho a exigirme explicaciones sobre mi vida. Nunca te he dado motivos para creer que existía algo entre nosotros.
Graco bajó la cabeza unos segundos.
—Lo sé. Pero eso no cambia lo que siento.
Levantó nuevamente la vista.
—Quiero casarme contigo. Hablaré con Tito Livio, compraré tu libertad y, si aceptas... te daré una vida digna.
Julia sintió una profunda ternura. Graco era un buen hombre. Precisamente por eso no quería alimentarle falsas esperanzas. Se acercó despacio.
—Te agradezco de corazón todo lo que acabas de decirme. Y me honra que hayas pensado en mí como esposa pero no puedo corresponderte. Nunca he sentido por ti lo que tú sientes por mí. No sería justo aceptar una vida junto a un hombre al que no amo.
Graco cerró lentamente los ojos. Aquella respuesta era la que más temía. Julia continuó con suavidad.
—Eres un hombre bueno. Encontrarás a una mujer que te quiera como mereces. Pero esa mujer... no soy yo.
El silencio se hizo largo. Muy largo. Finalmente Graco formuló la única pregunta que realmente necesitaba hacer.
—¿Es por el general?
Julia levantó la vista inmediatamente.
—¿Qué?
—¿Estás enamorándote de él?
Aquellas palabras la dejaron completamente inmóvil.
Nunca se había planteado esa posibilidad.
Quiso responder. Negarlo, reírse incluso.
Pero ninguna palabra acudió a sus labios.
Porque, por primera vez... la respuesta no era tan sencilla.
En su memoria aparecieron uno tras otro los recuerdos de aquellos últimos días.
Marco rescatándola del bosque. Marco velándola junto a su cama.
Marco besando su mano creyéndola dormida.
Marco perdiendo el control al verla con otro hombre.
¿Por qué seguía pensando constantemente en él?
¿Por qué su corazón latía con tanta fuerza cada vez que lo tenía cerca?
¿Por qué le había dolido verlo marcharse aquella mañana?
No. Aquello no podía significar nada. Tenía que ser simplemente agradecimiento. ¿O no?
Graco observó el silencio de Julia y comprendió la respuesta antes de que ella fuera capaz de hacerlo. Sonrió con tristeza.
—Ya veo.
Julia reaccionó de inmediato.
—No. No saques conclusiones precipitadas. Ni siquiera yo sé lo que siento.
Graco asintió lentamente.
—Precisamente por eso... ya he perdido.
Julia sintió un profundo pesar por él.
—Lo siento, Graco. De verdad. Pero no puedo engañarte.
El marinero hizo un esfuerzo por sonreír.
—No. La que merece una disculpa soy yo. Espero que algún día puedas perdonarme.
Se volvió sin añadir nada más. Cuando la puerta se cerró, Julia permaneció inmóvil durante largo rato.
Apoyó las manos sobre la mesa. Respiró profundamente.
¿Por qué aquella pregunta la había dejado tan desconcertada?
¿Por qué no había sido capaz de responder inmediatamente que no?
Aquello la inquietaba más que cualquier otra cosa.
Horas más tarde, Spiculus regresó al Fortuna.
Ningún legionario reparó en el mendigo harapiento que caminaba lentamente por el puerto apoyado en un viejo bastón.
Solo la tripulación sabía quién se ocultaba bajo aquella apariencia.
Nada más subir a bordo, sus hombres le informaron de la inspección realizada aquella mañana por el general romano.
También le hablaron de las cinco ánforas encontradas en el compartimento oculto.
Spiculus permaneció inmóvil. Su expresión no cambió pero sus ojos se endurecieron.
Había cometido un error. Y él no cometía errores.
Durante años había construido una red de contrabando y piratería sin dejar un solo cabo suelto.
Aquellas cinco ánforas podían convertirse en el hilo del que tirara Marco Vinicius para llegar hasta él. Eso era inadmisible.