EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

«Los deseos del joven muestran las futuras virtudes del hombre.»Cicerón

Marco siempre se había considerado un hombre dueño de sí mismo.

La disciplina había gobernado toda su vida.

Un general incapaz de controlar sus emociones no sobrevivía mucho tiempo en el campo de batalla.

Allí bastaba un instante de ira, una decisión precipitada o una distracción para acabar atravesado por una espada enemiga.

Sin embargo, al contemplar a otro hombre inclinándose sobre Julia, todo aquel férreo dominio había saltado por los aires.

Jamás habría imaginado que los celos pudieran convertirlo en alguien a quien ni él mismo reconocía. Solo una vez había sentido aquella necesidad salvaje de matar. Cuando encontró a Silo apuñalando a Julia y aquella sensación acababa de regresar.

La sangre le ardía en las venas como la lava de un volcán desbordado.

Sin pensar, sin razonar, entró en la cocina.

Sujetó al desconocido por la túnica con ambas manos y lo zarandeó con una violencia impropia de él.

Aunque Graco era casi tan corpulento como el romano, el inesperado ataque lo hizo retroceder varios pasos.

El liberto reaccionó inmediatamente. Agarró las muñecas de Marco intentando soltarse. Los dos hombres quedaron frente a frente. Respiraban con violencia. Se medían como dos fieras preparadas para lanzarse una contra otra. Julia dio un paso hacia ellos.

—¡Marco, por favor! ¡Suéltalo!

Los dos permanecieron inmóviles unos instantes. Graco fue el primero en reaccionar. La miró con extrañeza.

—¿Marco?

Repitió el nombre despacio, como si le resultara extraño escucharlo en labios de la joven.

—Nunca te había oído llamar a ningún hombre por su nombre.

Julia se quedó desconcertada. Ni siquiera se había dado cuenta de lo que acababa de hacer. Ninguna palabra acudió a sus labios porque, por primera vez desde que conocía al romano… ni ella misma sabía como había dicho el nombre de Marco.

Graco frunció ligeramente el ceño y clavó los ojos en el general.

—¿Quién demonios eres tú?

Marco no respondió. Su mirada seguía fija sobre él. Julia volvió a interponerse.

—Por favor... basta.

Marco continuaba sujetándolo.

—¿De qué lo conoces? —preguntó Marco a Julia sin apartar los ojos del liberto.

—Es Graco. Lleva muchos años trabajando para el amo Tito.

Marco aflojó ligeramente la presión. Solo lo suficiente para que el otro pudiera respirar.

Graco se sacudió la túnica con dignidad. Después miró a Julia. Aquella fue la pregunta que ninguno esperaba.

—Julia... ¿Quién es este hombre?

La joven abrió la boca pero ninguna respuesta acudió a sus labios.

El silencio se hizo pesado y Graco volvió a insistir.

—¿Qué significa para ti?

Julia sintió que el corazón golpeaba con fuerza contra su pecho.

Era el hombre que había arriesgado la vida por rescatarla.

El que había permanecido tres noches junto a su cama.

El que había besado su mano creyéndola dormida.

El hombre en quien pensaba mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Pero ¿cómo explicar algo que ni siquiera ella comprendía?

Levantó lentamente la vista. Sus ojos buscaron los de Marco. Durante un instante ambos permanecieron inmóviles.

—Es...

Titubeó.

—Es el hombre que me salvó la vida.

Nada más pronunciar aquellas palabras comprendió que no bastaban.

Porque no explicaban por qué recordaba constantemente su beso.

Ni por qué, desde que había despertado, lo buscaba con la mirada cada vez que abría los ojos.

Ni por qué aquel hombre conseguía alterarla como nadie antes lo había hecho. Pero ya era demasiado tarde.

Marco solo había escuchado una parte. "El hombre que me salvó la vida.

" Nada más. Solo gratitud. Aquello cayó sobre él como un jarro de agua helada.

Así que eso era todo. Después de cuanto había sentido...

después de las horas junto a su cama... después de creer ver algo distinto en sus ojos...

para ella seguía siendo únicamente el soldado que la había rescatado.

Una amarga decepción le atravesó el pecho.

Graco dio un paso hacia Julia.

—Pues entonces todavía tengo una oportunidad.

Se volvió hacia el romano.

—Nunca he estado confundido. Llevo enamorado de Julia desde que era casi una niña. Solo me faltó el valor para decírselo. Ahora ya lo sabe.

Julia lo miró completamente sorprendida.

—¿Cómo...?

Graco sonrió con cierta timidez.

—Nunca quise molestarte mientras no pudiera ofrecerte un futuro pero pienso comprar tu libertad a Tito Livio. Y, si tú me aceptas... quiero casarme contigo.

Julia permaneció inmóvil. Jamás habría imaginado semejante confesión.

Marco sintió que algo volvía a romperse dentro de él. Su mirada se endureció.

—No volverás a acercarte a ella.

Graco sostuvo la mirada del romano sin retroceder un solo paso.

—¿Y quién eres tú para decidir eso?

Marco dio un paso al frente.

—El hombre que te partirá el cuello si vuelves a tocarla.

Los dos quedaron frente a frente. El aire parecía haberse detenido. Julia respiraba cada vez más deprisa.

—¡Basta ya!

Ninguno de los dos la escuchó. Graco señaló al general con desprecio.

—No eres más que un soldado acostumbrado a que todos obedezcan tus órdenes. Aquí no mandas sobre mí.

Marco sonrió apenas. Era una sonrisa peligrosa.

—No necesito mandar sobre ti. Solo te advierto.

Graco respondió sin apartar la mirada.

—Pues escucha tú también. No pienso renunciar a Julia. Ella decidirá con quién quiere estar. Nadie más.

Aquellas últimas palabras terminaron por hacer estallar al romano. Marco descargó un violento puñetazo sobre el rostro de Graco. El impacto lo lanzó contra la mesa. Las ánforas, los cuencos y los utensilios de cocina cayeron al suelo con un estrépito ensordecedor.

Graco se incorporó con rapidez. Intentó abalanzarse sobre el general, pero Marco esquivó el golpe con la facilidad de quien llevaba media vida luchando. Los dos comenzaron a rodearse lentamente. Sin apartar los ojos del adversario. Como dos gladiadores esperando el instante oportuno.

Graco tomó del suelo un grueso leño. Marco flexionó ligeramente las piernas.

—Hazlo. Atrévete porque será lo último que hagas.

—¡Graco, por favor! —suplicó Julia.

Pero ninguno parecía escucharla. En ese instante aparecieron Tito Livio, varios sirvientes y los legionarios que montaban guardia en la entrada.

—¡Graco! —tronó el anciano—. ¿Qué significa todo esto?

El liberto volvió lentamente la cabeza. Miró a Tito, después dejó caer el leño al suelo. Sin apartar los ojos de Marco.

—Por respeto a mi patrón dejaré aquí esta pelea. Pero esto no ha terminado.

Marco dio un paso hacia él.

—No. No ha hecho más que empezar.

Graco abandonó la cocina sin volver la vista atrás.

Julia permanecía inmóvil. Incapaz de asimilar lo ocurrido.

Jamás habría imaginado que Graco estuviera enamorado de ella.

Y mucho menos... que Marco reaccionara de aquella manera.

Lo que más la desconcertaba no era la pelea.

Era la intensidad con la que el general la había defendido.

¿Por qué le importaba tanto? Y, sobre todo...

¿Por qué le había dolido tanto verlo marcharse con aquella expresión de decepción?

No. Aquello no podía significar nada. Se negó a seguir pensando en ello.

Tito observó alternativamente a Julia y al general. Había comprendido mucho más de lo que cualquiera de los dos imaginaba.

—General... ¿hay algo que deba saber?

Marco recuperó parte de la serenidad.

—No se preocupe. Es un asunto entre ese hombre y yo.

Se volvió inmediatamente y abandonó la cocina acompañado por sus legionarios. El silencio volvió a adueñarse de la estancia. Tito suspiró profundamente y después miró a Julia.

—Bueno... Puesto que ninguno de los dos ha querido explicarme qué acaba de suceder... supongo que tendrás que hacerlo tú. Acompáñame al despacho.

Julia cerró los ojos un instante. Aquella mañana no podía complicarse más. O eso creía.

Puerto de Baelo Claudia

El calor comenzaba a apretar sobre la bulliciosa ciudad.

A Marco todavía le hervía la sangre cada vez que recordaba a Graco inclinándose sobre Julia.

La escena regresaba una y otra vez a su cabeza con una claridad insoportable.

Había vuelto a perder el control. Aquello era lo que más le irritaba.

Nunca, en toda su carrera militar, había llegado a las manos movido por un impulso personal.

Siempre había combatido por Roma, por sus hombres o por cumplir una misión.

Jamás por una mujer. ¿Qué demonios le estaba ocurriendo?

Se había comportado como un vulgar pendenciero de taberna.

Él, que siempre había despreciado a quienes permitían que las emociones gobernaran sus actos.

Mientras caminaba hacia el puerto intentó serenarse. Necesitaba despejar la mente. Aquella mañana debía inspeccionar los barcos mercantes atracados en Baelo Claudia junto a una patrulla de legionarios. Al menos el trabajo conseguía mantener ocupados sus pensamientos o eso esperaba.

Quinto lo alcanzó pocos minutos después. Lo observó de reojo y sonrió con evidente diversión.

—¿Qué ocurrió esta mañana en la domus? Según cuentan los hombres, casi matas a uno de los trabajadores de Tito Livio.

Marco resopló.

—No era un trabajador cualquiera.

—Ya me he dado cuenta.

Quinto siguió caminando a su lado.

—Lo que todavía intento comprender es desde cuándo pierdes tú los nervios por una mujer.

Marco guardó silencio. Aquella pregunta era precisamente la que llevaba haciéndose desde que abandonó la casa.

—Yo tampoco lo entiendo.

Quinto soltó una breve carcajada.

—Parece que Julia ha conseguido algo que ningún enemigo logró jamás.

Marco lo miró de soslayo.

—¿Y qué es eso?

—Hacerte actuar antes de pensar.

El general no respondió porque sabía que era verdad. Después murmuró, casi para sí mismo:

—Cuando lo vi acercarse a ella... solo pensé en apartarlo.

Quinto arqueó una ceja.

—Eso tiene un nombre.

Marco lo miró.

—Celos.

El general apartó inmediatamente la vista.