CAPÍTULO 8 #5
Julia conocía cada rincón del negocio mejor que muchos hombres experimentados y se había ganado el respeto de todos.
También el suyo, aunque ella jamás pareciera darse cuenta.
No era un hombre al que le faltaran pretendientas.
Alto, de complexión atlética y piel curtida por el sol y la sal, despertaba fácilmente el interés de muchas mujeres allí donde atracaba su barco.
Su cabello negro como el ébano y unos ojos oscuros, rasgados y vivaces contribuían todavía más a su éxito.
Sin embargo, ninguna conseguía apartar de su pensamiento a Julia.
Aquella mañana, nada más desembarcar, recibió el aviso de que Tito deseaba verlo con urgencia.
El anciano lo puso al corriente de los últimos acontecimientos ocurridos en la ciudad y le pidió un favor muy concreto.
Durante unos días, además de los legionarios, sería él quien acompañaría a Julia cada vez que tuviera que abandonar la casa.
Graco aceptó sin dudarlo. Los dioses parecían haber escuchado por fin sus plegarias. Ignoraba qué le había sucedido a Julia durante su ausencia, pero, si necesitaba protección, él sería el primero en ofrecérsela.
Graco aguardaba en el atrium cuando la vio aparecer con la cesta de las ofrendas entre las manos. La muchacha sonrió al reconocerlo.
—¡Graco! ¿Cuándo has llegado? No te esperaba todavía.
Se acercó espontáneamente y le dio un cariñoso beso en la mejilla. El corazón del marinero dio un vuelco. Durante un instante cerró los ojos al percibir el delicado aroma que desprendía Julia. Siempre le recordaba al azahar en primavera. Con una sonrisa, tomó la cesta de sus manos.
—Acabo de atracar. El amo me ha pedido que te acompañe cuando salgas de casa.
Julia miró discretamente a los legionarios que aguardaban junto a la puerta.
—Te lo agradezco, pero creo que no es necesario. Ya ves que voy bien escoltada y tú tendrás mucho trabajo pendiente en la factoría.
—Podré ocuparme de ambas cosas —respondió él con naturalidad.
Mientras caminaban, observó que Julia avanzaba despacio. Demasiado despacio.
—¿Qué te ocurre? Caminas con dificultad.
Ella bajó ligeramente la mirada.
—Solo he pasado unos días complicados. No te preocupes.
—¿Te han hecho daño?
Julia esbozó una leve sonrisa para tranquilizarlo.
—Ya estoy mejor.
Graco comprendió que no deseaba hablar del asunto. No insistió, pero estaba decidido a averiguar quién había sido capaz de hacer sufrir a aquella mujer.
Al llegar al foro, Julia ascendió lentamente los escalones que conducían al templo de Minerva.
Siempre había sentido una especial devoción por la diosa de la sabiduría y protectora de los artesanos.
Depositó sobre el altar la mola salsa, la muries y las demás ofrendas, inclinando respetuosamente la cabeza.
Pidió protección para todos los habitantes de la casa de Tito Livio.
También para los legionarios que defendían la ciudad.
Y, por último, rogó a los dioses que velaran por los comerciantes y artesanos de Baelo Claudia, especialmente por aquellos que dependían de la factoría.
Cuando descendió los escalones, el pequeño grupo emprendió el camino de regreso.
Cuando llegaron a la domus, los legionarios ocuparon nuevamente sus puestos de vigilancia y Graco acompañó a Julia hasta la cocina.
Ella dejó la cesta sobre la mesa y le dedicó una sonrisa agradecida.
—Gracias por acompañarme. No hacía falta que perdieras toda la mañana por mi culpa. Espero que aún llegues a tiempo de regresar a la factoría.
Graco permaneció unos segundos en silencio. La observaba como llevaba haciéndolo desde hacía tantos años. Con una mezcla de admiración... y esperanza. Respiró hondo. Sabía que, si dejaba pasar otra oportunidad, quizá nunca reuniría el valor suficiente.
Con infinita delicadeza tomó una de las manos de Julia entre las suyas. Ella lo miró sorprendida.
—Julia...
La voz apenas le salió.
—Llevo demasiado tiempo queriendo decirte algo.
La joven sintió un ligero sobresalto.
Graco dio un paso hacia ella, sin invadir su espacio.
—Estoy enamorado de ti desde hace mucho tiempo.
El silencio se hizo entre ambos.
Graco levantó lentamente la mano de la joven y depositó un suave beso sobre sus dedos. Después, venciendo todos los miedos que llevaba años arrastrando, dio un paso más. Acercó despacio su rostro al de Julia.
Ella seguía paralizada por la sorpresa. No era rechazo, tampoco aceptación. Simplemente no encontraba la forma de reaccionar. Se había quedado completamente paralizada. Cuando los labios del marinero apenas rozaron los suyos... Una voz helada estalló detrás de ellos.
—¡Apártate de ella!
Los dos se volvieron sobresaltados.
Marco permanecía inmóvil junto a la entrada de la cocina. Su rostro era una máscara de hielo. Pero sus ojos... sus ojos parecían capaces de matar. Clavó la mirada en Graco.
—Suéltala ahora mismo...
Su mano descendió lentamente hasta la empuñadura del gladius.
—...si no quieres que te atraviese aquí mismo.
Durante unos segundos, el silencio fue absoluto. Ni siquiera Julia había visto nunca aquella expresión en el general. Era ira, una ira fría, peligrosa. La misma que precedía a una ejecución.