EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 8 #4
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CAPÍTULO 8 #4

—¿Cómo has conseguido entrar en la casa sin que nadie te viera? —preguntó en voz baja—. Desde que llegó el general, hay soldados por toda la ciudad. Es imposible dar un paso sin cruzarse con alguno.

Spiculus sonrió con suficiencia.

—Entré oculto entre las ánforas del carro que descargó en la puerta trasera. Tus legionarios registran a los hombres... pero no prestan demasiada atención a la mercancía.

Bebió un sorbo de vino antes de continuar.

—Aunque deberías preocuparte por otra cosa.

Tiberio frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

—No solo vigilan la ciudad. También te vigilan a ti.

El comerciante dejó la copa sobre la mesa.

—¿Cómo dices?

—Hay varios hombres siguiéndote cada vez que sales de casa.

Tiberio se incorporó alarmado.

—Yo no he visto a nadie.

—Porque no van vestidos como legionarios. Unos aparentan ser artesanos; otros, simples comerciantes. El general sabe hacer bien su trabajo.

Tiberio masculló una maldición entre dientes.

—No te preocupes. Estoy siguiendo tus consejos. Paso buena parte del día en el foro y después regreso directamente a casa. Si me observan, solo verán a un comerciante ocupado en sus negocios.

Guardó silencio unos instantes antes de añadir:

—Ayer mismo los soldados fueron a buscarme. El general quería interrogarme sobre Silo.

Spiculus dejó lentamente la copa sobre la mesa.

—¿Y qué le dijiste?

—Que lo había enviado a Gades para recoger un cargamento.

—¿Se lo creyó?

Tiberio negó con la cabeza.

—No. Sabía que Silo estaba muerto.

Por primera vez, el semblante de Spiculus perdió parte de su habitual tranquilidad.

—¿Muerto?

—Sí, fracasó en el intento de matar a la muchacha de Tito Livio. Marco Vinicius lo mató antes de que pudiera rematarla.

El pirata apretó la mandíbula.

—Maldita sea...

Tiberio dio otro trago al vino.

—La mujer sigue viva. Todavía no sé en qué estado se encuentra, pero no debió de morir.

Spiculus permaneció unos segundos pensativo. Después habló con una frialdad que helaba la sangre.

—No vuelvas a fallarme, Tiberio.

El comerciante alzó la vista.

—El plan era sencillo. Los robos debían arruinar lentamente a Tito Livio. La muerte de su mano derecha terminaría de hundir su negocio. Esa mujer debe desaparecer. Mientras siga con vida, continúa siendo un problema.

Clavó los ojos en él.

—Del general me ocuparé yo.

Tú encárgate de Tito. Tiberio asintió lentamente.

—Así será.

Ambos chocaron las copas. El sonido del brindis resonó con un eco siniestro en la estancia.

Al otro lado del muro, ocultas tras una cortina que separaba las dos habitaciones, Valeria y su esclava Servia contenían incluso la respiración.

Las dos mujeres se miraron en silencio. Ahora comprendía por qué Silo había desaparecido aquellos últimos días.

Estaba muerto y también comprendía algo mucho más importante.

Su marido era responsable de todo. De los robos, del ataque contra Julia y del intento de asesinato.

Valeria cerró lentamente los ojos. Durante años había soportado humillaciones, golpes y amenazas.

Había intentado convertirse en la esposa obediente que Tiberio deseaba, convencida de que, si era paciente, algún día cambiaría.

Qué equivocada había estado. Aquel hombre jamás cambiaría.

Sentía repugnancia cuando la rozaba y aborrecía incluso escuchar su voz.

Mientras Tiberio brindaba convencido de que seguía controlándolo todo, una decisión irrevocable terminó de tomar forma en el corazón de Valeria.

Lo destruiría. Aunque para conseguirlo tuviera que arrastrarse con él hasta el mismo infierno.

Porque, si algo había aprendido durante aquellos años de cautiverio, era que la venganza... siempre se servía fría.

Graco llevaba trabajando para Tito Livio desde que apenas era un niño.

Hijo de unos libertos procedentes de Corduba, había llegado a Baelo Claudia con apenas diez años, cuando su padre fue contratado para trabajar en la factoría de salazones.

Durante años observó cómo los hombres limpiaban el pescado, seleccionaban las mejores piezas para el ahumado y llenaban las grandes piletas donde se elaboraba el apreciado garum.

En cuanto tuvo edad suficiente comenzó a ayudar en las tareas más humildes, limpiando pescado y transportando mercancías.

Con esfuerzo, disciplina y muchas jornadas de trabajo bajo el sol, fue ascendiendo hasta convertirse en capitán de uno de los barcos mercantes de Tito Livio.

Ahora era él quien recorría los puertos del Imperio transportando las mercancías de la factoría.

Pero aquella nunca había sido la única razón por la que disfrutaba regresando a Baelo Claudia.

Desde niño recordaba a la pequeña muchacha rubia que caminaba siempre junto al anciano comerciante. Había visto cómo aquella niña curiosa se transformaba poco a poco en la mujer que dirigía buena parte del funcionamiento de la factoría.