CAPÍTULO 8 #3
Se dio media vuelta y comenzó a alejarse. Quinto la siguió con la mirada mientras desaparecía entre las calles de Baelo Claudia. Un veterano que había presenciado toda la escena se acercó sonriendo.
—Mi tribuno...
Quinto volvió la cabeza.
—¿Qué?
—Creo que esa muchacha os ha derrotado con mucha más facilidad que cualquiera de nosotros esta mañana.
Quinto miró hacia el lugar por donde Claudia acababa de desaparecer. Una sonrisa, imposible de disimular, apareció en sus labios.
—Puede que llevéis razón.
Puerto de Cartago Nova (Hispania Citerior)
El puerto de Carthago Nova despertaba mucho antes que la ciudad.
Con las primeras luces del alba, decenas de estibadores descargaban ánforas, fardos de esparto y lingotes de plomo mientras las voces de mercaderes y marineros se mezclaban con el graznido de las gaviotas.
El olor a sal, pez y madera húmeda impregnaba el aire.
Desde aquel magnífico abrigo natural, protegido por la bahía del Mandarache, partían embarcaciones rumbo a Ostia, Corinto, Rodas o Alejandría, y llegaban otras cargadas de mármoles orientales, cerámicas finas, sedas y especias destinadas a las familias más acaudaladas de Hispania.
Entre aquel incesante trasiego destacaba una figura.
Máximus Vinicius, prefecto de la flota romana destacada en Carthago Nova, supervisaba personalmente la inspección de un mercante recién llegado del norte de África.
Alto, de anchos hombros y cabello oscuro, observaba con atención cómo sus hombres comprobaban los sellos de las ánforas y revisaban la documentación de la carga.
Ninguna embarcación entraba o salía de Carthago Nova sin pasar antes por su autorización.
Su fama de hombre justo era tan conocida como su inflexible disciplina.
—Revisad también la bodega —ordenó al capitán del destacamento—. Quiero saber exactamente qué transporta este barco.
El oficial asintió y desapareció entre los marineros. Apenas unos instantes después, un decurión avanzó apresuradamente por el muelle.
—Prefecto.
Máximus levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
—Acaba de llegar un mensajero desde Baelo Claudia.
Por primera vez aquella mañana cambió ligeramente su expresión.
—¿Lo envía mi hermano?
—Sí, señor.
El legionario se adelantó unos pasos, saludó militarmente y le entregó un pequeño cilindro de cuero lacrado.
Máximus rompió el sello y desplegó la misiva.
Hacía meses que no recibía noticias de Marco.
La última información que tenía lo situaba en Tarraco, por lo que le sorprendió descubrir que el Senado lo había destinado a reorganizar la defensa de Baelo Claudia.
Leyó con atención cada línea. Marco describía la llegada a la ciudad, el robo sufrido por Tito Livio, la aparición de un enemigo oculto y la posibilidad de que muy pronto necesitara apoyo naval. Terminaba con una petición escueta, propia de su hermano.
"Mantén preparada la flota"
Máximus dobló lentamente el pergamino. Conocía demasiado bien a Marco para saber que jamás habría pedido ayuda si la situación no fuese realmente preocupante.
—Acompañad al mensajero para que descanse —ordenó—. Que coma, cambie de caballo y emprenda el regreso cuanto antes.
El legionario inclinó la cabeza.
—¿Deseáis enviar respuesta, señor?
Máximus volvió la mirada hacia la bahía, donde varias galeras romanas se balanceaban suavemente sobre las aguas.
—Sí.
Permaneció unos segundos pensativo antes de responder.
—Decidle a mi hermano que la flota romana estará preparada para zarpar en cuanto la reclame.
Mientras observaba el horizonte, una extraña inquietud comenzó a instalarse en su interior. Conocía a Marco y si él intuía que se aproximaba una tormenta, es que había tormenta.
Hacía años que Valeria había dejado de sentirse dueña de su propia vida.
A los doce años, su padre, como pater familias, había concertado su matrimonio con Tiberio Aurelius.
Aquella alianza entre ambas familias fue celebrada como un magnífico acuerdo comercial que fortalecería el prestigio de las dos casas.
Nadie pensó en preguntarle qué deseaba ella.
Desde aquel día dejó de pertenecer a su familia para quedar bajo la autoridad absoluta de su esposo.
Si hubiera sabido entonces el verdadero significado de aquel matrimonio...
jamás habría sonreído el día de su boda.
Su marido se había convertido con los años en un hombre insoportable.
La magnífica domus, admirada por cuantos la visitaban, era para ella una prisión sin barrotes.
Hacía demasiado tiempo que no cruzaba libremente sus puertas.
Ni siquiera conservaba el consuelo de acudir a las termas públicas o visitar a sus padres, donde al menos habría encontrado un hombro sobre el que descargar tanta tristeza.
Tiberio había ido arrebatándole poco a poco cualquier vínculo con el exterior.
Primero le prohibió visitar a una amiga.
Después dejó de permitirle recibir a sus hermanas.
Más tarde, incluso las visitas a su propia familia necesitaron su autorización.
Cuando quiso darse cuenta, ya no le quedaba nadie.
La había aislado del mundo con la misma paciencia con la que una araña envuelve a su presa antes de inmovilizarla.
Gracias a las historias que le contaba en voz baja su esclava Servia, conocía los últimos acontecimientos ocurridos en Baelo Claudia.
Sabía del robo en la factoría de Tito Livio, de la llegada del ejército romano y del brutal ataque sufrido por Julia.
También había observado el creciente nerviosismo de su marido.
Cuanto peor le marchaban los negocios, mayor era la violencia con la que descargaba su frustración sobre ella.
Bastaba escuchar el sonido de sus sandalias resonando por el atrio para que un nudo le atenazara el estómago.
Nunca sabía con qué humor regresaría aquel día.
Y cuando el vino dominaba su voluntad... Entonces aparecía el peor Tiberio.
Los dioses tampoco habían bendecido aquel matrimonio con hijos. Cada año que pasaba aumentaba el miedo de Valeria a ser repudiada. Sabía que, con un simple soborno al censor, su marido encontraría cualquier excusa para deshacerse de ella. Si antes no acababa matándola con alguno de sus golpes.
—¡Valeria! ¿Dónde te metes, mujer? ¡Nunca estás cuando se te necesita! —gritó Tiberio desde el tablinum.
Valeria respiró hondo antes de dirigirse hacia allí.
El tablinum era el despacho desde donde Tiberio dirigía todos sus negocios.
Las paredes aparecían cubiertas de frescos cuidadosamente conservados y varios bustos familiares presidían la estancia sobre elegantes pedestales.
En un rincón se alzaba el pequeño lararium, donde cada mañana ella depositaba sus ofrendas a los dioses protectores del hogar.
El mobiliario, que años atrás había sido digno de una de las familias más ricas de Baelo Claudia, empezaba ya a mostrar el desgaste del tiempo.
En aquella habitación su marido guardaba los documentos de sus negocios, recibía a sus clientes e impartía órdenes a Silo.
También era el único lugar de la casa donde ella tenía terminantemente prohibido abrir un solo armario. Entró con la cabeza inclinada.
—¿Qué deseáis, Tiberio?
Él ni siquiera levantó la vista de los pergaminos.
—Hoy recibiré una visita importante. Ordena a los sirvientes que preparen la comida para dos personas y que, una vez servida la mesa, desaparezcan.
Valeria dudó un instante.
—¿No queréis que permanezca durante la comida?
Tiberio alzó lentamente la cabeza. La miró como si acabara de cometer la mayor insolencia imaginable.
—¿Acaso no me has oído? He dicho mi invitado y yo. Tenemos asuntos que tratar y no deseo a nadie revoloteando alrededor. Mucho menos a ti, que cada día resultas más molesta para mi vista.
La mujer bajó los ojos.
—Se hará como ordenáis.
—Y cuando termines... tráeme las sandalias nuevas.
Valeria hizo ademán de retirarse.
—Ahora mismo avisaré a Horacio para que...
—He dicho que lo hagas tú.
Su voz sonó fría. Amenazante. Valeria regresó lentamente.
Se arrodilló frente a él y comenzó a desatar las correas de las sandalias con manos temblorosas.
Notaba la mirada de su marido fija sobre ella.
Como un depredador entretenido con el sufrimiento de su presa.
Cuando terminó de desabrochar una de las correas, Tiberio levantó el pie y, con un gesto lento y humillante, le obligó a alzar el rostro empujándole suavemente la barbilla.
Durante unos segundos la contempló en silencio.
Sonrió. Y, de improviso, descargó una violenta patada sobre su pecho.
Valeria cayó de espaldas golpeándose contra el pavimento de mármol. El aire escapó de sus pulmones en un jadeo ahogado mientras una punzada de dolor le recorría el costado.
Tiberio soltó una carcajada.
—Era para que no olvides cuál es tu lugar.
Se levantó despacio y caminó hasta situarse frente a ella.
—El suelo es donde perteneces... no mi mesa.
La observó unos instantes, disfrutando de su humillación.
—Levántate... y tráeme las sandalias.
Valeria consiguió incorporarse con dificultad. No pronunció una sola palabra. Había aprendido hacía mucho tiempo que cualquier respuesta solo conseguía aumentar la violencia de su marido.
Abandonó la estancia con la cabeza inclinada.
Solo cuando dobló el pasillo permitió que una lágrima resbalara lentamente por su mejilla.
Se la secó antes de que nadie pudiera verla.
Y, mientras caminaba hacia sus aposentos, hizo una promesa silenciosa a los dioses.
Si algún día llegaba el momento en que Tiberio Aurelius cayera...
Ella no derramaría una sola lágrima por él.
Horas más tarde, Tiberio y Spiculus compartían la comida en el tablinum. Sobre la mesa, los sirvientes habían dispuesto pan recién horneado, queso, aceitunas, fruta y una jarra de vino especiado. Tiberio llenó las copas mientras observaba con inquietud a su invitado.