CAPÍTULO 8 #2
Sus miradas volvieron a encontrarse. Esta vez fue Julia quien no pudo apartar la suya. Marco levantó lentamente una mano, dándole tiempo para retroceder. Cuando ella permaneció inmóvil, apartó con delicadeza un mechón de cabello de su rostro.
—Decidme que me detenga —murmuró.
Julia sabía que debía hacerlo. Marco era un senador, un general y un hombre perteneciente a un mundo que nunca podría ser el suyo.
Ella era una esclava, aunque su nacimiento escondiera una verdad muy distinta.
Tarde o temprano él abandonaría Baelo Claudia y ella se quedaría con un recuerdo imposible de borrar.
Todo en aquella cercanía era peligroso. Pero no dijo nada.
Marco inclinó lentamente la cabeza. Sus labios rozaron los de Julia con una suavidad que ella no esperaba. No fue un beso impaciente ni exigente, sino una pregunta. Durante un instante, Julia permaneció inmóvil. Después cerró los ojos y respondió.
El mundo pareció reducirse al calor de aquella boca y a la mano de Marco junto a su mejilla. Julia sintió que el corazón le latía con tanta fuerza que temió que él pudiera escucharlo. Nadie la había besado antes. No de aquel modo. Marco se apartó apenas lo suficiente para mirarla.
—Julia...
Ella abrió los ojos. La ternura que encontró en los de él la asustó mucho más que el deseo. Apoyó una mano sobre su pecho y creó una pequeña distancia entre ambos.
—Esto está mal.
Marco cubrió su mano con la suya.
—No me lo ha parecido.
—Usted puede marcharse cuando quiera. En cambio, yo seguiré aquí.
—No estoy pensando en marcharme.
—Pero lo haréis, algún día. Pertenecéis a Roma, al ejército... a una vida en la que no hay lugar para alguien como yo.
—No sabéis cuál es el lugar que quiero daros.
Julia retiró la mano.
—Ni usted sabe quién soy.
Aquella frase hizo que Marco volviera a mirar el medallón. Antes de que pudiera preguntar, ella se apartó de la mesa. El movimiento brusco le provocó una punzada en el costado y tuvo que apoyarse en el banco. Marco la sujetó de inmediato por el brazo.
—Os habéis hecho daño.
—Estoy bien.
—No lo estáis.
—No necesito que me llevéis de nuevo a la cama.
—No pensaba hacerlo.
Una sonrisa traviesa apareció en sus labios.
—Al menos, no sin vuestro permiso.
Julia lo miró escandalizada.
—¡Sois imposible!
—Y tú sigues tuteándome cuando te enfadas.
Ella intentó contener la sonrisa, pero no lo consiguió. Marco la soltó con cuidado.
—Mañana os acompañaré al templo.
—No os he dado mi consentimiento.
—Entonces estaré en la entrada por casualidad.
—¿También con una escolta?
—Con todos los hombres necesarios para asegurarme de que regreséis sana y salva.
Julia negó con la cabeza.
—No hay forma de haceros cambiar de opinión.
—Empiezo a sospechar que eso es precisamente lo que os gusta de mí.
—Sois demasiado presumido.
—Pero no habéis dicho que esté equivocado.
Marco inclinó ligeramente la cabeza antes de marcharse.
—Descansad, Julia.
Ella lo observó salir de la cocina. Solo cuando sus pasos dejaron de escucharse por el corredor comprendió que seguía conteniendo la respiración. Se llevó lentamente los dedos a los labios. Todavía podía sentir el calor de aquel beso.
—Esto no puede volver a suceder —susurró.
—¿Qué es lo que no puede volver a suceder?
Julia se volvió sobresaltada. Claudia acababa de entrar en la cocina y la observaba con una sonrisa demasiado perspicaz.
—Nada.
—Claro. Y yo soy una vestal.
Julia se apresuró a ordenar los recipientes de la ofrenda.
—He dicho que no ha ocurrido nada.
—Acabo de ver salir al general. Llevaba una sonrisa que no le había visto nunca.
Claudia se acercó y examinó el rostro de su amiga.
—Y tú pareces haberte olvidado de cómo se respira.
—No empieces.
—¿Te ha besado?
Julia guardó silencio. La expresión de Claudia cambió al instante.
—¡Te ha besado!
—Baja la voz.
—¡Por todos los dioses! Sabía que algo ocurría entre vosotros.
—No ocurre nada.
—Julia, tienes los labios enrojecidos.
Ella se los cubrió con la mano y Claudia rompió a reír.
—No tiene ninguna gracia.
—Tiene toda la gracia del mundo. El general más arrogante de Roma lleva días siguiéndote como si fueras la única mujer del Imperio y tú continúas fingiendo que no te das cuenta.
—Marco no me sigue.
Claudia arqueó las cejas.
—¿Marco?
Julia comprendió demasiado tarde su error.
—Es como me ha pedido que lo llame.
—Por supuesto.
—No me mires así.
—¿Cómo quieres que te mire?
Julia dejó escapar un suspiro.
—No puede existir nada entre nosotros. Él es un patricio y yo una esclava.
—A él no parece importarle.
—Ahora no. Pero terminará marchándose. Los hombres como Marco Vinicius no permanecen demasiado tiempo en ninguna parte.
Claudia guardó silencio. Comprendía el miedo de su amiga, pero también había visto la expresión del general mientras Julia se debatía entre la vida y la muerte.
—Tal vez deberías dejar que sea él quien decida dónde quiere permanecer.
Julia no respondió.
—Además —continuó Claudia—, no eres la única que tiene asuntos pendientes con un romano.
La miró con curiosidad.
—¿Qué quieres decir?
—He decidido ir mañana al campamento.
—¿Para qué?
—Para ver a Quinto.
—¡Claudia!
—No pienso esperar eternamente a que él se acerque.
—Apenas tienes diecisiete años.
—Y los suficientes para saber cuándo un hombre me interesa.
Julia negó con incredulidad.
—Los soldados terminarán marchándose. No quiero que después sufras.
—Lo sé. Pero tampoco quiero pasarme la vida preguntándome qué habría ocurrido si hubiera sido un poco más valiente.
Se encaminó hacia la puerta.
—Nuestro destino no tiene por qué limitarse a lo que otros han decidido para nosotras.
Aquellas palabras dejaron a Julia inmóvil. Claudia se volvió antes de salir.
—Y procura no borrar esa sonrisa. Te sienta muy bien.
Cuando se quedó sola, Julia contempló la cesta de las ofrendas.
Había pasado toda su vida deseando ser libre para elegir su propio destino.
Ahora que el destino parecía haber puesto a Marco en su camino, era ella quien tenía miedo de elegir.
Volvió a llevarse los dedos a los labios.
Aquello no podía volver a suceder. Y, sin embargo, una parte de ella ya deseaba que llegara el día siguiente.
A la mañana siguiente, el campamento bullía de actividad desde mucho antes del amanecer.
Quinto dirigía el entrenamiento diario de los legionarios.
Un ejército romano no se mantenía invencible únicamente por la disciplina, sino por la constancia.
Cada jornada comenzaba del mismo modo: ejercicios, formación y práctica con las armas.
Aquel día los hombres entrenaban con espadas de madera reforzadas con plomo, mucho más pesadas que los gladius reglamentarios. Si conseguían dominar aquellas armas, en combate real sus movimientos resultarían más rápidos y precisos.
Mientras unos practicaban ataques y defensas por parejas, otros lanzaban jabalinas contra postes de madera situados junto a la empalizada.
Más allá, un tercer grupo ejercitaba el tiro con arco y con honda.
El choque del hierro, los gritos de mando y el golpear de los escudos resonaban por todo el campamento.
Quinto cruzó su espada con la de un veterano.
—¡No confiéis solo en la fuerza! —corrigió mientras desviaba el ataque con el escudo—. La victoria pertenece al que piensa más deprisa que su enemigo.
Con un giro de muñeca desarmó al legionario y la espada cayó sobre la arena.
—Otra vez.
El hombre recogió el arma y volvió a la formación.
Quinto comenzó a explicar una nueva combinación de ataque cuando un movimiento al otro lado del campo llamó su atención.
Junto a la entrada del campamento había una muchacha observando el entrenamiento.
No necesitó acercarse para reconocer aquellos rizos rojizos.
Claudia. Durante apenas un instante su concentración vaciló.
El legionario que tenía delante aprovechó la ocasión para lanzar un fuerte golpe contra el escudo.
El impacto lo hizo perder el equilibrio y retroceder varios pasos antes de caer de espaldas sobre la arena.
Los soldados estallaron en carcajadas. Quinto levantó una mano.
—Seguid entrenando.
Se incorporó con toda la dignidad que pudo, sacudió la arena de la túnica militar y caminó hacia la joven fingiendo que nada había ocurrido. Claudia intentaba contener la risa. No lo consiguió.
—Buenos días, tribuno.
Quinto arqueó una ceja.
—Espero que esa sonrisa no tenga nada que ver conmigo.
—Jamás me atrevería.
Él cruzó los brazos.
—¿Qué hacéis aquí?
—He venido a buscaros.
—¿A mí?
—Sí.
—Eso empieza a preocuparme.
Claudia sonrió con descaro.
—Quería haceros una proposición.
Quinto no pudo evitar divertirse.
—¿Y qué clase de proposición puede hacerme una muchacha que apenas me conoce?
Ella dio un paso más.
—Invitaros a pasear mañana al atardecer.
El romano permaneció unos segundos en silencio. Aquella respuesta era la última que esperaba escuchar.
—¿Invitarme tu a mí?
—¿Hay alguna ley romana que lo prohíba?
Quinto soltó una breve carcajada.
—No que yo recuerde.
—Entonces aceptad.
—¿Y por qué habría de hacerlo?
Claudia inclinó ligeramente la cabeza.
—Porque todavía no conocéis la playa de Bolonia.
—He visto playas mucho más hermosas.
—No como esta.
—¿Tan segura estáis?
—Completamente.
Quinto observó durante unos instantes el brillo decidido de aquellos ojos.
La joven parecía hablar con absoluta naturalidad, aunque él alcanzaba a percibir un leve temblor en su respiración.
Aquella valentía escondía muchos más nervios de los que ella quería reconocer y eso le resultó todavía más encantador.
—¿No os preocupa lo que puedan decir en la casa de Tito?
Claudia encogió ligeramente los hombros.
—Por eso os espero detrás de la casa.
Quinto sonrió.
—Habéis pensado en todo.
—Casi.
—¿Qué os falta?
—Saber si vais a venir.
El tribuno permaneció unos segundos contemplándola. Después respondió con una sonrisa tranquila.
—No suelo rechazar una invitación tan... original.
Los ojos de Claudia se iluminaron.
—Entonces os esperaré.