CAPÍTULO 8
«El hombre tiene mil planes para sí mismo.
El azar, solo uno para cada uno».
Aristóteles
La noche había caído sobre Baelo Claudia cuando Paulo entró corriendo en la cocina con un pequeño ramillete entre las manos.
—¡Mira, Julia! He encontrado las flores que me pediste.
Se detuvo frente a ella, respirando con dificultad después de la carrera.
—Ya casi no veía nada, pero las he cogido en el huerto que hay detrás del establo. ¿Te gustan?
Julia dejó la cesta que estaba preparando y observó las flores silvestres. Algunas habían perdido varios pétalos y otras aparecían aplastadas por la fuerza con que el niño las sujetaba, pero eran exactamente las que necesitaba.
—Son perfectas.
Paulo sonrió orgulloso.
—¿Crees que les gustarán a los dioses?
—Estoy segura de que sí. Sobre todo, cuando sepan que las has recogido tú.
El muchacho se acercó a la mesa y se puso de puntillas para mirar el contenido de la cesta.
—¿Qué estás preparando?
—La ofrenda que llevaré mañana al templo. Debemos agradecer a los dioses que me hayan permitido regresar a casa.
Paulo alargó la mano hacia uno de los pequeños recipientes.
—¿Y esto qué es?
Julia le apartó los dedos con suavidad.
—No lo toques. Es la mola salsa que Claudia ha recogido esta mañana en la casa de las vestales.
—¿La qué?
—Mola salsa —repitió ella con paciencia—. Se prepara con harina de farro tostado y sal. Las vestales la utilizan en las ceremonias religiosas.
El niño señaló otro recipiente.
—¿Y eso?
—Muries. Una salmuera purificada que también se emplea en las ofrendas.
Paulo frunció el ceño, como si intentara recordar algo.
—Creo que ya me lo habías explicado.
—Más de una vez. Si prestaras atención cuando te hablo, no tendría que repetir siempre las mismas cosas.
El muchacho sonrió con descaro.
—Puedo ayudarte mañana.
—Me ayudarás a preparar la comida.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—La cocina no me gusta.
—¿Ah, no?
—A mí me gusta guerrear.
Julia dejó lo que estaba haciendo y se volvió hacia él.
—¿Cómo que guerrear?
Paulo dio un paso atrás.
—El general dice que un buen soldado debe entrenarse todos los días.
—El general dice demasiadas cosas.
La voz de Julia se elevó sin que pudiera evitarlo.
—Y como vuelva a enterarme de que te has metido en una pelea o has hecho alguna de tus travesuras, te encargarás tú solo de limpiar las letrinas durante una semana. ¿Me has entendido?
El niño no respondió. Miraba hacia la puerta con una expresión demasiado inocente.
—Paulo, te estoy hablando.
—Creo que con esos gritos se ha enterado toda la casa.
La voz masculina hizo que Julia se volviera de inmediato.
Marco permanecía apoyado en el umbral, observándolos con una sonrisa contenida.
Acababa de salir de los baños. El cabello rubio, todavía húmedo, caía ligeramente sobre su frente.
Había cambiado la ropa militar por una túnica blanca, rematada con una amplia franja púrpura que revelaba su rango senatorial.
Julia se quedó inmóvil. Sin la armadura, el general parecía menos intimidante, pero no menos imponente.
La tela clara realzaba la anchura de sus hombros y la poderosa constitución de un cuerpo moldeado durante años para la guerra.
Desvió la mirada antes de que él advirtiera cuánto la había impresionado.
—¡Mi general! —exclamó Paulo—. He cumplido vuestra orden. No la he dejado sola en ningún momento.
Julia lo miró indignada.
—¿Desde cuándo eres tan ingrato?
—Yo solo cumplo con mi deber —respondió el pequeño, muy serio.
—Recuérdame que te llame la próxima vez que haya que limpiar las letrinas.
Paulo hizo una mueca de horror y comenzó a retirarse hacia la puerta.
—Me voy a dormir. Ahora os toca vigilarla, mi general. Yo ya he cumplido mi turno.
Salió corriendo antes de que Julia pudiera detenerlo.
—¡Paulo!
La risa del niño se perdió por el corredor. Julia negó con la cabeza.
—No sé qué ideas le estáis metiendo a ese muchacho.
Marco entró en la cocina.
—Le estoy enseñando disciplina.
—Pues todavía no se han notado los resultados.
—Dadme tiempo.
Ella volvió a ocuparse de la cesta, procurando aparentar una tranquilidad que no sentía.
Desde que había despertado, Marco encontraba cualquier pretexto para acercarse a la casa.
Algunas veces preguntaba por su salud; otras, aseguraba que necesitaba hablar con Tito.
Pero siempre terminaba apareciendo allí donde ella se encontraba y Julia empezaba a sospechar que no era fruto de la casualidad.
—No deberíais estar de pie tanto tiempo —dijo él.
—El galeno me ha permitido levantarme.
—También os ha ordenado descansar.
—Llevo muchos días encerrada en una habitación. Necesitaba hacer algo útil.
Marco se aproximó a la mesa y observó la cesta.
—¿Una ofrenda?
—Mañana iré al templo para dar gracias a los dioses.
—Os acompañaré.
Julia levantó la vista.
—No es necesario.
—No he dicho que lo fuera.
—Entonces, ¿por qué queréis venir?
Marco guardó silencio unos instantes.
—Porque los hombres que os secuestraron siguen libres.
—Silo ha muerto.
—Silo no actuó solo.
Julia apretó los labios. Sabía que tenía razón, pero no estaba dispuesta a permitir que decidiera cada uno de sus movimientos.
—No pienso vivir escondida.
—No os estoy pidiendo que lo hagáis.
—Pretendéis acompañarme a todas partes.
—Hasta que esté seguro de que no corréis peligro.
—Sé defenderme.
La mirada de Marco descendió fugazmente hacia su costado.
—Lo sé.
Aquella respuesta la sorprendió. No había ironía en su voz, sino un respeto sincero.
—De no ser así —continuó—, no habríais sobrevivido el tiempo suficiente para que pudiéramos encontraros.
Julia permaneció en silencio. Los recuerdos llegaron sin previo aviso: la cabaña, la cuerda desgarrándole las muñecas, el rostro de Silo inclinado sobre ella y el acero atravesándole el costado.
Su mano se apoyó inconscientemente sobre la herida.
Marco lo advirtió. La sonrisa desapareció de su rostro.
—No quería haceros recordar.
—No ha sido culpa vuestra.
La respuesta salió de sus labios antes de que pudiera evitarla. Marco dio un paso más, aunque esta vez dejó entre ambos la distancia suficiente para no intimidarla.
—¿Todavía os duele?
—Solo cuando respiro, camino o intento moverme.
Él arqueó una ceja.
—Entonces supongo que el galeno tenía razón y deberíais estar descansando.
—Empiezo a pensar que habéis venido únicamente para darme órdenes.
—No.
—¿Entonces qué queríais?
Marco la contempló sin responder. La luz de las lámparas suavizaba las facciones de Julia, aún marcadas por algunos hematomas. Estaba más delgada y la palidez seguía dominando su rostro, pero sus ojos habían recuperado aquella fuerza que lo había fascinado desde el primer día.
Había pasado tres noches creyendo que podía perderla. Ahora que la tenía delante, necesitaba decirle demasiadas cosas y no encontraba las palabras adecuadas para ninguna.
—Quería veros —admitió finalmente.
Julia sintió que algo se agitaba en su interior.
—Me habéis visto durante toda la cena.
—No es lo mismo.
—¿Qué diferencia hay?
Marco esbozó una sonrisa muy leve.
—En el comedor hay demasiadas personas observándonos.
Ella bajó la mirada hacia las flores.
—Tal vez tengan motivos para hacerlo.
—Seguramente.
—No quiero que se hagan una idea equivocada.
—¿Y cuál sería la idea correcta?
Julia levantó la cabeza. Marco ya no sonreía. La miraba con una intensidad que la obligó a contener la respiración.
—No existe nada entre nosotros.
—Todavía.
—General...
—Marco.
—¿Qué?
—Cuando estamos solos, quiero que me llaméis Marco.
—No creo que sea apropiado.
—Me tuteáis cada vez que os enfadáis conmigo.
A pesar de sí misma, Julia sintió deseos de sonreír.
—Eso ocurre porque conseguís que olvide las buenas maneras.
—Entonces tendré que provocaros más a menudo.
—No os supondrá ningún esfuerzo.
Durante unos segundos se miraron en silencio.
La tensión que siempre había existido entre ellos seguía allí, pero había cambiado.
Ya no era únicamente el enfrentamiento entre dos voluntades orgullosas.
Había nacido algo más delicado y peligroso: una confianza incipiente que ninguno sabía todavía cómo manejar.
Marco reparó en el colgante que descansaba sobre el pecho de Julia. La pieza le resultaba extrañamente familiar.
—Ese medallón...
Ella lo cubrió instintivamente con la mano.
—¿Qué ocurre con él?
—Creo haberlo visto antes.
—Es imposible.
La rapidez de su respuesta despertó su curiosidad.
—¿Quién os lo dio?
—Lo he tenido desde niña.
—¿Pertenecía a vuestra familia?
Julia apartó la mirada.
—No lo sé.
Marco comprendió que no deseaba continuar hablando de ello y, por una vez, decidió no insistir.
—No os preocupéis. No voy a interrogaros.
—Eso sería toda una novedad.
—Puedo ser paciente.
Julia soltó una risa breve.
—Creo que no sabéis qué significa esa palabra.
—He esperado tres días junto a vuestro lecho.
La sonrisa se desvaneció lentamente del rostro femenino. Marco también pareció arrepentirse de haber pronunciado aquellas palabras. Julia se llevó inconscientemente los dedos al interior de la muñeca, al mismo lugar donde él la había besado cuando despertó.
—Claudia me contó que apenas os separasteis de mí.
—Claudia habla demasiado.
—¿Por qué lo hicisteis?
Marco la observó durante unos segundos.
—Porque no sabía qué otra cosa hacer.
La honestidad de aquella respuesta la desarmó. No había arrogancia ni intención de seducirla. Solo la sencilla confesión de un hombre que había permanecido junto a ella porque la idea de marcharse le resultaba insoportable.
Julia sintió que sus defensas comenzaban a resquebrajarse.
—Gracias por encontrarme —susurró.
—Volvería a hacerlo.
—Ni siquiera me conocéis.
—Lo suficiente.
—¿Qué sabéis de mí?
Marco se acercó un poco más.
—Sé que sois la mujer más valiente que he conocido. Que dirigís una factoría mejor que muchos comerciantes romanos. Que protegeríais a cualquiera de esta casa aunque os costara la vida y que sois incapaz de obedecer una orden sin discutirla antes.
Julia sonrió débilmente.
—Eso último no parece una virtud.
—En ti lo es.