EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

El galeno había asegurado que aún existía una posibilidad de que despertara, y no pensaba alejarse hasta comprobar con sus propios ojos que estaba fuera de peligro.

Había contemplado morir a muchos hombres en los campos de batalla.

Aquella espera silenciosa, sin embargo, estaba resultándole mucho más difícil que cualquier combate.

Cada vez que recordaba la imagen de Silo hundiendo la daga en el cuerpo de Julia, una oleada de rabia recorría todo su ser. Sabía que aquella emboscada no había sido obra del esbirro. Detrás de todo estaba Tiberio Aurelius, pero todavía necesitaba pruebas para desenmascararlo.

Aquel día había entrenado durante horas con sus legionarios y el cansancio comenzaba a pesarle.

Después de la cena regresó a la habitación de Julia.

Permaneció largo rato observándola en silencio hasta que, sin darse cuenta, el agotamiento terminó venciendo su resistencia.

Se quedó dormido sentado junto al lecho.

Cuando Julia recuperó lentamente la consciencia, creyó encontrarse aún atrapada en una pesadilla.

Todo su cuerpo le dolía. Le costaba respirar.

La garganta estaba completamente seca y un intenso escozor le atravesaba el costado.

Intentó moverse, pero un dolor agudo la obligó a permanecer inmóvil.

Poco a poco fue recordando. La emboscada. Silo. La daga.

Abrió lentamente los ojos. La estancia aparecía iluminada por la tenue luz del amanecer.

Giró apenas la cabeza y entonces lo vio.

El general Marco dormía en el sillón, apoyado contra el respaldo, todavía vestido con la túnica militar.

El cansancio había borrado de su rostro la dureza que siempre mostraba despierto.

Parecía otro hombre. La arrogancia había desaparecido, también la severidad del comandante.

Dormido, transmitía una serenidad inesperada.

Julia no pudo evitar observarlo unos instantes.

«¿Dónde se esconde el romano orgulloso cuando duerme?

», pensó con una débil sonrisa. Era imposible negar la evidencia.

Los dioses habían sido especialmente generosos al modelar aquel rostro.

Como si hubiera sentido que lo observaban, Marco abrió lentamente los ojos.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

El general permaneció inmóvil, contemplándola como si necesitara convencerse de que realmente había despertado.

Una inmensa sensación de alivio inundó su expresión.

Sin apartar la mirada de ella, se levantó despacio y se acercó al lecho.

Con infinita delicadeza apartó un mechón de cabello que descansaba sobre la frente de Julia.

Después tomó una de sus manos entre las suyas y la sostuvo unos instantes.

La observó en silencio, recorriendo con la vista aquellos dedos inmóviles que tantas veces había temido no volver a sentir con vida.

Muy despacio giró la mano, descubriendo el interior de la muñeca.

Entonces inclinó la cabeza y depositó un beso lento y delicado sobre aquella piel todavía fría.

Julia sintió un estremecimiento recorrerle todo el cuerpo. No era un beso apasionado. Ni posesivo. Era el gesto silencioso de un hombre que acababa de recuperar aquello que creía haber perdido para siempre.

Cuando Marco levantó la cabeza, sus miradas volvieron a encontrarse. Por primera vez desde que se conocían, ninguno sintió la necesidad de desafiar al otro. Solo permanecieron mirándose. En silencio.

—¿Qué... hacéis aquí? —preguntó Julia con un hilo de voz.

Una leve sonrisa apareció en los labios del general.

—Esperaros.

Aquella única palabra bastó para que Julia sintiera cómo el corazón le golpeaba con fuerza el pecho. No supo qué responder. Marco continuó sosteniendo su mano unos segundos más antes de soltarla.

—Nos habéis tenido a todos muy preocupados. ¿Cómo os encontráis?

—Me duele todo el cuerpo... y tengo mucha sed.

—Ahora mismo mandaré que os traigan agua.

Hizo ademán de marcharse, pero antes volvió a detenerse. La observó unos instantes más.

—Cuando esta madrugada os bajó la fiebre, Tito accedió por fin a descansar un poco. Lleva varios días sin apenas separarse de vuestro lado. Todos están fuera esperando una buena noticia.

Julia asintió débilmente. Marco sonrió con una mezcla de alivio y cansancio.

—Me alegro de que hayáis vuelto.

Después salió de la habitación.

Julia permaneció unos instantes inmóvil.

Todavía podía sentir el calor de los labios del romano sobre la muñeca.

No comprendía nada. No recordaba cómo había llegado hasta allí.

Ni por qué Marco había permanecido a su lado.

Solo sabía una cosa. El hombre que acababa de abandonar la habitación no era exactamente el mismo romano arrogante al que había conocido apenas unos días atrás.

Y además, acababa de darse cuenta que pensaba en él, nombrándolo solo por su nombre.

En ese momento la puerta volvió a abrirse. Varias cabezas asomaron casi al mismo tiempo. Claudia, Prisca, Horacio y, antes de que nadie pudiera detenerlo, el pequeño Paulo entró

corriendo hasta el lecho. Se arrodilló junto a Julia y la abrazó con cuidado para no hacerle daño.

—¡Sabía que ibas a despertarte! —exclamó con los ojos llenos de lágrimas—. El general dice que ahora soy tu guardián. Me ha aceptado en su ejército y tengo que vigilarte para que nadie vuelva a hacerte daño.

Julia sonrió emocionada. Le acarició el cabello con la poca fuerza que le quedaba.

Al levantar la vista descubrió los rostros agotados de todos los presentes.

Solo entonces comprendió cuánto habían sufrido durante aquellos días.

En ese momento apareció Tito, apoyándose ligeramente en el marco de la puerta.

A su lado caminaba Marco. El anciano se acercó despacio hasta la cama y tomó la mano de Julia entre las suyas. Sus ojos brillaban de emoción.

—Muchacha... no vuelvas a darnos un susto semejante.

Julia le devolvió la sonrisa.

—Gracias... por no dejar de buscarme.

Tito negó lentamente con la cabeza.

—No fui yo quien os encontró.

Miró al general.

—Debéis agradecérselo a él. Fue quien salió en vuestra busca y quien os arrancó de las manos de vuestros asesinos.

Julia volvió lentamente la cabeza. Sus ojos buscaron los del general. Él sostuvo su mirada. Durante unos largos segundos ninguno de los dos pronunció una sola palabra. Pero ambos comprendieron que, desde aquella mañana, algo había cambiado para siempre entre ellos.